Capítulo 8 #4
Sonreí sobre sus labios antes de volver a besarlo para no darle tiempo de procesar aquella confesión.
Sentí cómo se reía sin soltar mis labios devolviéndome el beso, subiendo sus manos por mis piernas para abrazar mi cintura.
Ambos nos reímos entre besos al escucharle decir que iba a volver a hacerme el amor, aunque eso supusiera llegar tarde a trabajar.
Tras cumplir con su palabra y regalarme varios besos susurrándome que no quería irse, Rubén se vistió sin apartar sus ojos de mí.
Yo me quedé acurrucada en su almohada para seguir disfrutando de su olor mientras lo observaba vestirse, completamente embelesada.
Al terminar de vestirse, se inclinó sobre la cama para volver a besarme antes de irse.
Me quedé con la sonrisa puesta bastante rato después de que se fuera.
No recordaba la última vez que me sentía así.
Envuelta en las sábanas que antes habíamos revuelto y abrazada a su olor.
Me quedé mirando a través de la ventana, cómo los rayos de sol golpeaban aún sin fuerza los ventanales cubiertos por aquellas cortinas blancas.
Suspiré tras llenar mis pulmones de aire sin perder la semisonrisa de los labios, dejando que pasara el tiempo.
Disfrutando por primera vez de aquella soledad.
Sintiéndome paradójicamente ahora más completa que antes, cuando creía tenerlo todo.
Cuando decidí abandonar por fin la cama, dejé que los chorros efecto lluvia recorrieran todo mi cuerpo, recordando el tacto de las manos de Rubén por mi piel.
Reviviendo la primera vez que soñé con él y lo mucho que la realidad había superado la ficción.
Al salir de la ducha, cubrí mi cuerpo con mi albornoz colgado al lado de la ducha, cubriendo mi cabello con otra toalla antes de mirar mi reflejo en el espejo.
Sonreí al gustarme lo que veía a pesar de ver el paso de los años sobre mi rostro.
Sentía que las pequeñas arrugas pesaban menos, hasta me gustaban.
Desenredé mi cabello mientras pensaba que era tiempo de cambiar de look.
Me había cansado de aquel color oscuro, quería volver a mi pelo rizado más salvaje, más rubio.
Necesitaba dejar atrás a la mujer que Marc quería que fuese.
Una mujer discreta, con un cabello que llamara poco la atención, obediente.
Mi cabello rizado siempre le había molestado, decía que era algo fácil de reconocer, fuera donde fuera.
Era mi seña de identidad. Así que me lo fui oscureciendo, perdiendo poco a poco mi rizo, su forma salvaje.
Perdiendo mi identidad. Hasta mi acento había tratado de ocultar para no avergonzarlo frente a sus amigos o su familia.
Nadie iba a volver a decirme cómo tenía que comportarme.
Me vestí con una camiseta negra básica debajo de una blusa color crema transparente y pantalones oversized .
Salí de mi dormitorio con algo de corrector para las ojeras y pellizcando mis mejillas para ponerme mejor color en el rostro mientras bajaba las escaleras.
Al bajar, llamé a mi hermano para avisarle de que iría a desayunar con ellos.
Decidí que saldría por la puerta principal, me había cansado de esconderme.
Yo no era quien tenía que sentirse avergonzada.
Nada más abrirse la puerta, el clic de las cámaras comenzaron a sonar mientras me llamaban antes de soltar las mismas preguntas una y otra vez.
Sobre todo, ahora que se dedicaban a analizar palabra por palabra de la canción que había publicado.
Después de alzar mi mano amablemente saludándolos, coloqué mis gafas de sol mientras salía con cuidado para incorporarme a la carretera.
Sonreí al dejarlos atrás pidiéndole a mi asistente de voz que reprodujera la canción que Rubén me había puesto unas horas antes.
Aquella base resonó por todo mi coche al subir el volumen, dándole a mi cabeza los tempos para componer nueva música, dejando el otro hemisferio libre de fantasear con aquella canción.
Mi buen humor no pasó desapercibido al llegar a casa de mi hermano, donde los ojos curiosos tanto de mi hermano como de María no paraban de mirarme queriendo imaginar cuál era el motivo.
Me salvó que delante de Violeta estaba prohibido hablar de temas que a ella no le aportaran un nuevo aprendizaje y mi vida amorosa no era tema de cultura.
El temido día de la firma llegó.
Un día antes de mi cumpleaños tenía que ir a firmar para ponerles fin a doce años de relación en menos de tres minutos, tal como me aseguró Gaby. Aquel día todas las cadenas de televisión, tanto nacionales como extranjeras, fueron a cubrir la entrada de ambos al juzgado.
Esa mañana, Rubén, tras una larga guardia, se presentó en casa en calidad de amigo para mostrarme su apoyo.
El mero hecho de tenerlo allí, aunque fuese desde la distancia con su leve sonrisa mientras mi hermano hablaba por teléfono, calmaban mi ansiedad al observar el verde esperanza de sus ojos.
Aquel día comprendí, tras verlo aparecer, que Dios lo puso en mi camino para compensar todo el daño que me habían hecho anteriormente.
Enseñándome cómo se ve el auténtico interés.
Rubén se ofreció a llevar a Violeta al colegio al no localizar a Elia, la chica que se encargaba de mi pequeña cuando tenía que ausentarme.
Rubén, la misma persona que acababa de salir de un turno de veinticuatro horas, estaba ahí de nuevo haciéndome sencillo lo complicado, resolviendo problemas que a él no le afectaban.
Al irse mi hermano a preparar el coche, nuestros cuerpos avanzaron el uno hacia el otro como dos imanes atraídos, fundiéndonos en un abrazo que consiguió recomponerme el alma que estaba hecha pedazos.
Su olor a madera, mezclado con incienso y tabaco, calmó mis nervios y la ansiedad que me consumían en aquel momento mientras sus manos acariciaban con cariño y sin descanso mi espalda.
Los dos estábamos en silencio en una esquina de la cocina, con el ventanal que daba al patio a nuestras espaldas simplemente abrazándonos.
Al escuchar pasos, Rubén me susurró un te quiero que se me quedó tatuado en el alma antes de alejarnos, dedicándome un clandestino guiño antes de irme con Agustín al juzgado.
Al llegar, aparcamos en un sitio discreto esperando que llegara mi hora de firmar.
Marc fue el primero en ser citado, acompañado de su novia.
Mis ojos no pudieron evitar contemplar ver cómo ambos caminaban agarrados de la mano entre la gente.
Sonrientes. Sin ocultarse, como si no hubieran destrozado una familia y mi vida.
Sobre todo él, que iba a sacar más del divorcio que todo lo que había sacado estando casado conmigo.
La mano de mi hermano me hizo desviar la mirada de aquella provocación innecesaria.
Respiré hondo dedicándole una breve sonrisa a mi hermano, recordándome a mí misma que mi historia con él hacía tiempo que estaba acabada.
Mis ojos volvieron a alzarse viéndolo agarrar la mano de aquella chica como antes agarraba la mía, comprobando que había ganado en esta lucha de hacernos daño, demostrándome de nuevo al verlo sonreír al lado de aquella chica con rasgos parecidos a mí, que nunca le importé ni se preocupó por mí.
Es más, lo veía y no lo reconocía, no encontraba en él al hombre del que alguna vez estuve tan enamorada.
En cuanto cruzaron la puerta del juzgado, respiré hondo mirando nuevamente a mi hermano.
—Vamos… —Acaricié la mano de mi hermano avisándole de que era momento de salir—. Que empiece el espectáculo.
Cogí aire para soltarlo lentamente mientras me colocaba las enormes gafas de sol antes de abrir la puerta para salir con aquel traje color rosa claro que había comprado expresamente para ese día.
Al bajar del coche todas las cámaras que lo habían enfocado a él, corriendo hacia nosotros.
Tras agarrarme al brazo de mi hermano, los dos caminamos entre aquella marea de periodistas fotografiando aquel momento hasta verme entrar al juzgado.
Al entrar en aquella sala rodeada de abogados de ambas partes, mis dedos agarraron aquel bolígrafo, observando su firma ahí plasmada.
Inhalé todo el aire que mis pulmones fueron capaces de sostener, martilleando en silencio aquel bolígrafo antes de firmar para dar por acabada aquella historia.