Capítulo 8 #3
Sonreí como una tonta enamorada antes de besar sus labios, sintiendo sus brazos rodear mi cintura devolviéndome el beso con las mismas ganas que las mías.
Después de varios besos tontos, le pedí que ejerciera de amigo aquella noche.
Necesi taba sentir sus brazos protegiéndome.
Contemplé embelesada cómo se quitaba su cazadora, dejándola perfectamente doblada sobre una de las sillas de mi dormitorio antes de meterse en la cama.
Al volver a girarme, me topé de nuevo con aquella foto.
Rubén me dedicó una leve sonrisa ofreciéndome su mano para que se la diera, guardándola en el primer cajón de la mesita que había pertenecido a Marc.
Su sonrisa junto con sus brazos fue lo último que vi antes de acurrucarme a su cuerpo, cerrando los ojos al sentir los melódicos latidos de su pecho calmando mi ansiedad con su tierno beso sobre mi cabeza.
Últimamente solo sentía que respiraba entre sus brazos.
Y eso me asustaba. A la mañana siguiente el sonido de su alarma nos obligó a despertarnos, separando su cuerpo del mío al levantarse aún sonámbulo hasta su chaqueta para sacar el teléfono de su bolsillo.
Suspiró apagando la alarma antes de dejarse caer a mi lado de nuevo en la cama gruñendo por haberse tenido que levantar.
Su cuerpo cayó con cuidado encima de mí, dándome la oportunidad de abrazar con mis cortos brazos su enorme espalda.
Cerré de nuevo los ojos al colocar mi cabeza sobre la suya acariciando su pelo.
—¿Ya te tienes que ir? —pregunté en voz baja regalándole un rápido beso en su cabeza despeinada. Rubén volvió a gruñir como respuesta para luego suspirar sobre mi pecho.
—Aún me quedan un par de horas… —respondió al fin al incorporar su cuerpo para frotar su rostro.
—¿Entonces pones el despertador a las seis solo para torturarme? —pregunté pasando mis dedos sobre mis ojos para tratar de abrirlos.
—También puedo compensarte por haberte despertado… —dijo sonriendo, acomodándose sobre mi cuerpo regalándome leves besos sobre mi cuello.
—¿Y cómo tenías en mente compensarme? —pregunté de forma coqueta viendo alzar su cabeza para mirarme sonriente.
—Se me ocurren muchas formas, pero… tengo una en mente ahora mismo.
Escondí mis manos entre su pelo sin evitar sonreír al sentir las cosquillas que me provocaban sus labios.
Sus labios dejaron de besarme para poder mirarme esperando mi respuesta.
La magnitud de la sonrisa que se dibujaba en mi rostro aun soñolienta fue mi respuesta antes de besarlo.
Sus manos que me habían servido de abrigo esta noche, ahora se daban prisa en desnudarse a la misma vez que yo también me quitaba la ropa para esconder nuestros cuerpos bajo las sábanas.
Entre sonrisas llenas de complicidad, nuestras bocas volvían comerse con las mismas ganas de la primera vez en su piso.
Me encantaba la manera en la que sus manos me acariciaban sin descanso.
Cómo sus labios recorrían mi piel encendiendo un profundo cosquilleo dentro de mi vientre que electrificaba todo mi cuerpo, erizando cada milímetro de mi piel.
Estaba redescubriendo el sexo con él, me hacía sentir deslumbrante bajo ese brillo que tenía en sus ojos cada vez que me miraba.
Me dejaba tocar, disfrutar, tanto con su cuerpo como con el mío.
Me encendía con solo tocarme. Sanaba mis heridas mientras me hacía suspirar su nombre entre los gemidos que se escapaban de mi garganta.
Y lo que más me gustaba aparte de hacer el amor con él, era cómo sus brazos y su cuerpo siempre me abrazaban al terminar, acariciando con sus dedos los restos de sus besos sobre mi piel, haciéndome sentir que aquello era más que el mejor sexo que había tenido en mi vida.
No podía ser así de especial con todas, aunque mi inseguridad me repetía que Marc también me había hecho ver que era la única en su vida.
Mis dedos acariciaron el vello sobre su pecho mientras mi corazón se sincronizaba con sus acelerados latidos.
Su caja torácica comenzó a vibrar al empezar a tararear una melodía.
Moví la cabeza sobre su pecho para verlo.
—¿Qué tarareas? —pregunté acomodando mi pelo despeinado.
—Una canción que escuché anoche al venir y no sale de mi cabeza.
—¿Qué canción es? —pregunté con una sonrisa aún recostada sobre su pecho, pasando mis dedos despreocupados sobre el nacimiento de su barba en el cuello.
— Baby me dao cuenta que te amo, que no sé lo que hago sin ti… Nananana, pero me prefiere a mí, a mí a m í …
No pude hacer otra cosa más que sonreír al escucharle tararear aquellas líneas que me hacía sentirlas tan personal mientras veía cómo movía ese inmenso cuerpo si lo comparabas con el mío. Mi mirada se quedó fija en su sonrisa al terminar de cantar aquello.
—Menos mal que me hice médico y no cantante… —añadió riéndose.
—Yo creo que con unas clases particulares… —dije burlándome.
—¿Sí, verdad?
—Sobre todo, la parte del «nananana» —seguí burlándome de él contemplando su sonrisa—. Tu entonación ha sido… emocionante.
—Es que mis padres me hicieron guapo… pero con la afinación de una cabra —dijo mirándome con aquella mirada y aquella sonrisa de medio lado que me cortaba la respiración.
—¿Y de quién es esa canción que has cantado con la afinación de una cabra? —Me reí acomodándome sobre su pecho para vernos de frente.
—De Rels B —respondió riéndose.
—¿Quién?
Rubén alzó sus cejas mirándome sorprendido.
—Isabella Chadid, ¿dónde ha quedado su cultura musical?
—Al lado de tu afinación —respondí divertida saboreando mis labios al verle a él mojar los suyos mientras se reía.
—Pásame mi teléfono anda, voy a enseñarte el maravilloso mundo del…
—No digas reggaetón, por favor —le señalé sujetando la sábana al incorporarme.
—Afrobeat —recalcó con una sonrisa—. Y te recuerdo que tienes varias canciones de reggaetón.
—Porque experimento con todos los géneros que me da la gana… Pero no es un género que me encante.
Arrugué la frente haciéndome la digna tras su sonrisa antes de alcanzarle el teléfono que había colocado sobre mi mesita de noche para ver cómo sus ágiles dedos buscaban aquella canción para enseñármela.
Aquellas notas empezaron a salir del altavoz de su teléfono, con un ritmo pegadizo, caribeño que incitaba a bailar.
Rápidamente mi cabeza comenzó a moverse levemente al ritmo de aquella melodía, al igual que el resto de mi cuerpo. Era buena, mi cuerpo nunca mentía.
—Mola ¿verdad? —dijo feliz de verme seguir el ritmo—. Ella es como una hechicera, me ha robado el corazón para que a ninguna quiera… Dice que tiene el corazón roto, por eso no me quiere…
Volvió a cantarme siguiendo el ritmo, provocando de nuevo la sonrisa en mis labios al escucharlo.
Viéndolo disfrutar de esa canción, mi cabeza no podía evitar pensar si le gustaba porque se sentía identificado con la letra o simplemente porque el ritmo era pegadizo.
El caso es que por más que trataba de concentrarme en otra cosa, no podía apartar la mirada de sus manos siguiendo el ritmo después de soltar el teléfono sobre su pecho.
De cómo cerraba los ojos sintiendo aquella melodía, dibujando unas leves arrugas al presionarlos.
Cómo en su barba a contraluz se apreciaban algunos pequeños pelos más largos que otros.
La longitud de sus pestañas o cómo su nariz se arrugaba al sonreír tras morder sus labios.
Estaba tan absorta en analizar cada pequeño detalle de su cuerpo con aquella melodía de fondo que ni cuenta me di de que la canción había terminado.
Su cuerpo se incorporó al ver que me había quedado en silencio.
Sonreí tragando saliva, aceptándome a mí misma que estaba irremediablemente loca por él.
—¿Todo bien? —preguntó preocupado.
—Perfectamente —dije con una sonrisa.
—¿Dónde te fuiste? —preguntó divertido bloqueando su teléfono para prestarme atención—. ¿No te gustó la canción?
—No, sí… Al contrario, me ha encantado.
—Por favor no me digas que te recuerda a Marc… —dijo riéndose nervioso mientras fruncía el ceño.
—¿Tendría algo de malo? —pregunté acariciando mis dientes con la lengua sin apartar los ojos de su cuerpo y de él.
—Sería una putada —dijo lamiendo sus labios—. Porque a mí quien se me vino a la mente al escucharla fuiste tú.
—Pues sí que es una putada —respondí burlándome.
Aproveché que desvió su mirada para acercarme a él, acortando la pequeña distancia que había entre su cuerpo y el mío, colocando mis piernas a cada lado de su cintura para rodear su cuello con mis brazos mientras la sábana caía de mi cuerpo.
—No te preocupes —susurré cerca de sus labios—. A mí me pasa lo mismo cada que escucho No sirve de nada .