Y en el medio, tú: 1 Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

Agustín pronunció junto a mí aquellas últimas palabras, dedicándonos una sonrisa antes de darle un sorbo a nuestras copas.

Los tres saboreamos en silencio aquel sabor afrutado que dejaba aquel vino en el paladar.

Mi mirada se quedó perdida en aquel vino dejando pequeñas marcas al girarlo suavemente, recordando con cariño los viajes que había hecho con Marc, visitando licorerías para comprar bebidas típicas de cada país.

Su recuerdo aún dolía. No como al principio, pero seguía siendo un dolor que me dejaba con sentimientos contradictorios.

Quería que pasara el tiempo rápido, pero también tenía miedo de que el recuerdo de Marc se convirtiera en un vago recuerdo borroso después de haber sido mi todo.

Rubén me estaba ayudando a tratar de recordar solo lo bueno.

Al final, él tenía razón al recordarme cada vez que me invadían sentimientos negativos, que Marc sin saberlo, me había hecho el mejor regalo del mundo.

Mi hija. Solo por eso, tenía que curarme de lo malo para agradecerle lo bueno.

Después del brindis, le contamos por encima a Yaris cómo había ido la reunión, antes de que ambos se fueran, quedándome de nuevo sola entre esas inmensas paredes llenas de recuerdos, pero sobre todo de ausencias.

Me escondí en mi lugar seguro para aprovechar todos esos sentimientos que fluían dentro de mí.

Trabajé escribiendo hasta medianoche, cuando sentí mis párpados empezando a pesarme.

Me dirigí a mi habitación intercambiando mensajes con Rubén, sacándome una sonrisa idiota al mirar la pantalla e imaginarlo con su uniforme azul, sentado en cualquier sala de descanso con su sonrisa bajo la barba, con sus manos que se habían vuelto mis mejores amigas, tecleando puras tonterías solo para hacerme reír.

Al llegar a mi dormitorio, me di una ducha antes de esconderme bajo aquel frío nórdico, sintiendo la inmensidad del vacío de aquella cama.

Suspiré dirigiendo la mirada a la mesita de noche donde aún se encontraba la botella que me regaló Rubén.

Sonreí abriendo aquella mesita cogiendo fuerzas para sacar esta vez la foto que había guardado de Marc y mía besándonos en alguna playa.

Ni siquiera recordaba el lugar, ni la sensación de sus labios sobre mi piel.

Solo veía cómo sus labios besaban mi mejilla en aquella foto.

Solo podía sentir lástima de la Isabella del pasado disfrutando ajena a todo lo que estaba por venirle encima.

El sonido de unos dedos golpeando la puerta de mi habitación me hicieron alzar la cabeza, incorporándome ante el atrevimiento de ver cómo aquella puerta se abría.

Unos dedos aparecieron tras la puerta provocando que mi corazón latiera desbocado al ver la muñeca de Rubén adornada con el reloj de su padre.

—¿Se puede? —Sus ojos aparecieron tras la puerta acompañados como siempre de su sonrisa.

—¿Qué haces tú aquí? —pregunté esbozando la más sincera de las sonrisas mientras me incorporaba de aquella cama.

—Si te pillo mal puedo irme… —dijo burlándose mientras señalaba.

Ambos sabíamos perfectamente que no iba a irse para ningún lado.

Extendí los brazos reclamando que acortara aquella distancia que había entre ambos.

Con aquella sonrisa que solo me incitaba a seguir pecando con él, se acercó rápidamente hasta mí para rodear mi cuerpo y estrecharme entre sus brazos.

Los dos nos fundimos en un profundo y necesario abrazo de estos que te sostienen el alma.

Mis ojos se cerraron al respirar su perfume con toques de incienso que me calmaba y me enloquecía a partes iguales.

Sus manos acariciaron mi espalda lentamente mientras sentía su respiración sobre mi cabeza.

Sonreí abrazándome con fuerza a su cuerpo.

A pesar de todo, estaba totalmente agradecida con Dios y con la vida por ponérmelo en mi camino.

Al cabo de unos segundos nos separamos, dejando que sus manos acariciaran mi rostro antes de regalarme un tierno beso.

—Gracias por venir —susurré sobre sus labios al separarnos.

—Poco me conoces si pensabas que no iba a estar contigo en un día como hoy —dijo con su sonrisa antes de regalarme otro beso.

—Bueno… en mi defensa diré que te hacía trabajando…

Coloqué mis manos alrededor de su cintura, acariciando su espalda bajo la ropa. Rubén sonrió desviando sus hermosos ojos verdes a nuestro alrededor.

—Le he pagado a un compañero para que me cubra —confesó riéndose.

—¡Rubén! —le regañé—. Al final te echarán por mi culpa…

—Bueno… Si es por estar aquí contigo merecerá la pena —respondió dedicándome una breve sonrisa.

Suspiré para aliviar a mi cuerpo de todo lo que este hombre me hacía sentir mientras lo contemplaba en silencio.

Aún traía puesta su cazadera negra de cuero sobre su uniforme azul del hospital.

Sus manos acariciaron mis mejillas provocando que involuntariamente mis ojos se cerraran disfrutando de aquella caricia.

—¿Cómo te sientes? —preguntó buscando mi mirada.

Inhalé tras abrí de nuevo los ojos, alzando levemente los hombros tratando de encontrar las palabras que pudieran describir cómo me sentía.

—Te confieso que me siento aliviada, pero… Tengo como una mezcla de emociones agarradas aquí en el alma. —Desvié levemente la mirada— Yo lo amaba con toda el alma…

—Lo sé… —Sus nudillos seguían acariciando mis mejillas con cariño y sin descanso.

—Para mí si era una relación que quería que durara toda la vida… En cambio, él se acostaba cada noche a mi lado, prometiéndome que nada de lo que decían era verdad, después de cansarse de estar con ella…

Rubén me miraba en silencio, escuchándome.

Suspiré al sentir cómo la sensación de vulnerabilidad por estar en sus brazos comenzaba a pasarme factura, haciendo que mi voz se quebrara al recordar todas las veces que me había mentido diciéndome que iría de viaje de negocios para seguramente estar con ella.

Cómo fue capaz de dejarme en Cartagena sola la primera vez que ingresaron a mi padre para él poder estar aquí, con ella.

Había tenido que perdonarle tanto para que funcionara.

—Nunca pensé… —Resoplé alzando la mirada para evitar que mis lágrimas se derramaran— … que me dolería tanto firmar un papel. Di tanto por él, Rubén…

Mi respiración comenzaba a entrecortarse y mis ojos eran incapaces de mirarlo. Me sentía avergonzada por hablar de Marc frente a él.

—Sacrifiqué tanto para que esto funcionara… Me volví sorda a todos los comentarios de gente que me advertía, me peleé con tantas personas por defenderlo… Luché tanto, tanto, tanto para tratar de retenerlo a mi lado… que terminé perdiéndome a mí misma y perdiendo hasta mi propia dignidad.

Pasé mis dedos por el contorno de mis ojos limpiando las últimas lágrimas que quería derramar por él.

—¿Sabes…? —Respiré hondo antes de poder continuar—. A veces me quedaba mirando el teléfono y pensaba… «si me llamara y me lo pidiera, volvería a dejar todo por él».

Los ojos de Rubén me miraron fijamente. Me contemplaban sin hacerme sentir juzgada por confesar mis momentos de debilidad. Solo me miraban con atención, escuchando cada palabra.

—Nadie podría juzgarte si lo hubieras hecho… o si lo hicieras ahora. —Rubén susurró alzando mi rostro entre sus manos que me abrazaban para que lo mirara a los ojos.

—Mi hermano me mataría…

—Agustín por suerte no ha tenido que vivir algo similar, así que no tendría derecho a juzgarte…

—¿Y tú? —pregunté tragando el nudo que me oprimía—. ¿Me juzgarías?

—No… —murmuró negando con su cabeza, escondiendo sus manos entre mi cabello—. No te niego que me dolería… y hasta me enfadaría, pero no te juzgaría…

Suspiré tragando los nudos que seguían aprisionando mi garganta y mi pecho. Sus dedos continuaban acariciando mis mejillas con cariño, haciéndome ver que estaba ahí.

—Por ese amor que le tuviste, o le sigues teniendo… debes quedarte con esos recuerdos —dijo señalando levemente con la mirada la foto sobre mi cama antes de volver a mirarme.

Giré la cabeza buscando qué era lo que había visto, dándome cuenta de que había dejado a la vista aquella fotografía de Marc besando mi mejilla.

Cerré los ojos al verla allí tirada sobre la cama mentalizándome de que muy posiblemente ese tonto descuido me traería problemas.

Suspiré antes de volver a mirarle a los ojos, encontrándome con su mirada cariñosa y sus dedos aún acariciando mis mejillas con cariño.

—Lo siento… —me salió del alma disculparme esperando que la riña no fuera muy grande.

—¿Qué cosa? —Sus cejas se arrugaron mirándome.

Miré de nuevo aquel portarretratos sobre mi cama sintiendo cómo sus dedos giraban mi rostro de nuevo hacia él.

—Es el padre de tu hija… —dijo alzando sus hombros restándole importancia—. Y soltar es un proceso, es normal que sientas ganas de mirar fotos o releer mensajes… Me guste más o menos, Marc seguirá siendo parte de tu vida.

—Pero… ¿Tú eres real o… alguien va retransmitiéndote lo que tienes que decir?

Sonrió buscándose el pinganillo en las orejas antes de alzar sus hombros mientras negaba con la cabeza.

—Se ve que me lo implantaron mientras dormía —dijo burlándose.