Y en el medio, tú: 1 Capítulo 8
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Capítulo 8

Jamás creí que la presencia de Rubén en mi vida fuera a devolverme la fe, enseñándome que la vida era perfecta así con sus defectos y sus errores.

A pesar de estar siempre en un segundo plano, su mirada siempre atenta a lo que me pasara, me calmaba y me hacía sentir en paz cada vez que nos buscábamos entre la gente.

Por no hablar de lo que provocaba en mí el olor de su pelo y de su piel.

Ambos habíamos acordado dejar que las cosas fueran dándose sin prisas, sobre todo porque aún seguía casada.

Otra de las condiciones que le puse a Rubén fue que, mientras Violeta estuviera conmigo, mi prioridad era ella, cosa que él aceptó sin problema.

Es más, su relación con ella había cambiado.

Rubén trataba a Violeta con el cariño que Marc quizás nunca le había dado.

Era triste ver que el padre de mi pequeña prefería pasearse por las calles de París con su nueva novia, mientras ella creaba vínculos con alguien que no tenía obligación, pero se dejaba la piel en hacerlo.

Marc por otro lado estaba demorando lo máximo posible el acuerdo antes de la firma del divorcio. Al ver mi completa indiferencia hacia él, seguía buscando formas de continuar haciéndome daño, esta vez poniendo requisitos y condiciones absurdas que solo aumentaban aún más mi decepción hacia él.

Rubén en cambio, iba ganándose día a día cada uno de mis pensamientos.

Y es que, aparte de mi amigo, confidente, también era mi medico de urgencia cada vez que le consultaba dudas sobre cualquier cosa de mi papá.

Estaba logrando que volviera a gustarme lo que veía al otro lado del espejo.

Estaba volviendo a reconocerme en mi reflejo.

Había vuelto a comer equilibradamente, a hacer deporte de forma sana.

Tenía ganas de escribir, de componer, de hacer música, de trabajar.

Tenía ganas de reírme de nuevo. Y el sexo con él era maravilloso, simplemente asombroso.

No tenía que rogar o mendigar cariño. Solo con mirarlo, él estaba dispuesto a complacer cada una de mis necesidades.

Y esta aparente felicidad y calma también me aterraban.

Me daba pánico volver a caer en lo mismo.

Ese pensamiento de que quizás pudieran volver a hacerme daño aparecía con frecuencia en la soledad de mi cuarto las noches que no dormía con él.

Me paralizaba pensar que en cualquier momento sucedería algo que volviera a romperme.

No quería volver a sentir aquel dolor físico de creer tener un inmenso agujero en el pecho que aspiraba todo lo que encontraba a su paso.

Se que no existían motivos para que eso volviera a pasar, pero el miedo seguía ahí.

El sábado 2 de febrero, después de casi cinco horas de reunión, los abogados de Marc aceptaron aquel acuerdo de divorcio tras haber peleado cláusula por cláusula y punto por punto.

Aquella noche, al salir de la oficina de mi equipo legal en compañía de mi hermano, un séquito de periodistas esperaba junto con curiosos, tomar la fotografía que siguiera alimentando la morbosa curiosidad de la gente.

Salí de aquellas enormes puertas barrocas de edificios antiguos remodelados, con unas enormes y oscuras gafas de sol para que ningún periodista de los que había allí se diera cuenta de que había derramado las últimas lágrimas llenas de rabia, nostalgia y dolor por el que iba a dejar de ser mi marido en unos días.

Mi hermano pasó primero abriéndonos camino hasta donde estaba el coche esperándonos.

Mientras escuchaba todas aquellas preguntas y algún que otro grito dándome ánimos por parte de gente que seguía mi carrera, mi cabeza revivía cada momento feliz que había vivido con Marc.

Doce años que se habían resumido en cinco horas de una ardua batalla por defender lo que era mío de sus manos ambiciosas.

Aunque lo único que me interesaba era poder llevarme a mi hija de aquí para empezar una nueva vida.

Ese era el único papel que a mí me importaba, el de la custodia.

A mi pesar, aún me quedaba ratificar nuestras firmas frente a un juez.

Mi equipo legal me había prometido que la firma en el juzgado sería a horas diferentes para no tener que cruzarnos siquiera por los pasillos, así podía ahorrarme el dolor de volver a verlo.

Al entrar por fin al coche tras despedirme con una breve sonrisa y un leve gesto, suspiré al sentir la puerta cerrarse tras de mí.

El peso de mi pecho no me dejaba respirar mientras el interior de mi furgoneta se iluminaba por los flashes de las cámaras pegadas sobre el cristal.

Al movernos para salir de allí, retiré mis gafas de sol para poder ver algo entre aquella oscuridad.

Mis ojos se pararon a leer el mensaje de Rubén por encima de todos los demás robándome una discreta sonrisa al leer sus palabras de ánimo como siempre.

Como el ave fénix que has sido siempre y sigues siendo…

Resurgirás de tus cenizas para convertirte en el diamante más hermoso que nunca nadie haya visto…

S é que no me dejas decírtelo… pero quiero recordártelo hoy.

Te quiero, guapa.

Era incapaz de ocultar aquella sonrisa tonta al leer sus palabras, escapándose de mis labios un suspiro mientras avanzá bamos por las ajetreadas calles de aquella ciudad que me había quitado y dado tanto.

Mirando por la ventana, escuchaba de fondo a mi hermano hablando por teléfono con su mujer.

María había invitado a Violeta a pasar la noche allí con ella por si la reunión se alargaba más de la cuenta, así que esta noche me tocaría estar sola con mis recuerdos, ya que a Rubén le tocaba guardia.

Después de su baja por el accidente, tenía que hacer méritos para que Susana no lo matara como él decía siempre.

Al llegar por fin lejos de los focos, entramos por atrás a la que pronto dejaría de ser mi casa para convertirse en el nido de amor de mi futuro exmarido con mi reemplazo.

Al parar, suspiré tras mirar por la ventana antes de salir a cámara lenta.

—Ey, ¿quieres que me quede un rato?

—¿Dónde? —pregunté caminando lentamente hasta la puerta.

—Aquí contigo…

—No, vete tranquilo… Estoy bien. —Acaricié su brazo antes de buscar las llaves dentro de mi bolso.

—¿Segura? —insistió mirándome.

—Segurísima… Además, tenía pensado encerrarme en el estudio un rato.

—Bueno… Pero al menos me invitarás a una copa, ¿no? —Me dedicó una sonrisa alzando sus cejas para que abriera la puerta—. Esto tenemos que celebrarlo.

—Sacaré uno de los buenos —respondí mientras abría la puerta para que pasara.

Agustín pasó riéndose, colocando su brazo sobre mis hombros tras cerrar la puerta, para dirigirnos juntos a la cocina, soltando las cosas a medida que iba encontrando hueco, quedándome únicamente con mi teléfono.

Mientras mi hermano agarraba las copas, fui a la bodega en busca de un buen vino para «celebrar» que después de varios meses de lucha, había conseguido comprar mi libertad a cambio de cederle esta casa que habíamos construido juntos.

Caminé entre aquellas paredes de piedra, acariciándolas a mi paso.

Recorrí con nostalgia aquella bodega que fue el capricho que quise darle a Marc cuando hicimos la casa, pensando en aquel entonces que todos estos cimientos serían el hogar de nuestra familia.

Me acerqué hasta la enorme pared frontal, donde se encontraban las botellas de vino intercaladas con vidrios pintados como si fuera un tapiz.

Busqué entre todas aquellas botellas mi vino blanco preferido para disfrutar de aquel espumoso junto a mi hermano.

Nada más subir, Agustín me esperaba sentado junto a Yaris, que seguramente había aparecido para ver si necesitábamos algo.

—Buenas noches, Yaris, ¿qué haces por aquí?

—Buenas noches, me asomé porque los escuché hablar y quería ver si necesitaban algo.

—Yo le he dicho que se quede a celebrar con nosotros —añadió mi hermano ofreciéndole el asiento a su lado.

—¡Claro! Siéntate… —le ofrecí el mismo asiento con la mano antes de ir en busca de otra copa.

—No, señora… —negó apurada al verme acercarle la copa.

—Aprovecha que ha sacado el vino bueno —mi hermano bromeó acercando las copas mientras abría la botella con una breve sonrisa.

—Mucho menos entonces —respondió nerviosa—. Además no estoy acostumbrada a tomar…

—Si no quieres tomar, al menos acompáñanos a celebrar. Marc por fin aceptó firmarme el divorcio —dije acercándole su copa.

—¿Aceptó al fin? —preguntó agarrando la copa.

Suspiré asintiendo mientras le acercaba su copa a mi hermano, alzando la mía después mientras miles de recuerdos invadían mi pensamiento.

Vi los ojos de mi hermano mirarme con orgullo.

Me sentía hipócrita al ocultarle que estaba teniendo la relación más sana y el mejor sexo de mi vida con su amigo.

No me gustaban los secretos, por eso deseaba firmar de una vez por todas para poder contarle a mi círculo cercano lo que pasaba entre Rubén y yo, aunque tontos no eran y veían la incontrolable reacción de mi cuerpo cada vez que aparecía.

Los miré a ambos con una leve sonrisa antes de fijar la mirada en aquella copa.

—Por los nuevos comienzos… —dije con mi copa alzada—. Y como dice siempre papá…

—Bebamos para que el diablo no nos encuentre ociosos.