Capítulo 7 #8
Quizás por eso acepté la compañía de Laura.
No sé si aquella chica se había acercado a mí por pena tras haber tenido el accidente, pero disfrutaba de su compañía.
Aunque sentía una horrible sensación de d éjà vu con ella, por eso agradecí el viaje al que Tania me había invitado para poner algo de distancia entre los dos.
He de reconocer que el motivo principal por el que acepté ir a Miami a celebrar el cumpleaños de Tania fue porque sabía que ella iba a estar allí, o al menos eso decían los medios de comunicación al estar de promoción.
El viaje a Miami solo me sirvió para darme cuenta de que me estaba costando horrores acostumbrarme a estar sin ella, fingiendo estar bien en cada foto que aparecía para ver si ella las miraba, deseando que sintiera celos de Tania o de alguna de las mujeres que posaban a mi lado.
Pero solo seguía recibiendo silencio. Incluso cuando acepté tomarme un café con su sobrina Irene.
En el viaje de vuelta, después de cuatro días de fiesta, escuchando su canción en cada sitio donde llegábamos, tocaba enfrentarme a más de nueve horas mirando por la ventana, sin evitar pensar que ya ni compartiríamos misma franja horaria.
Algo a lo que también tendría que acostumbrarme, ya que su futuro eran todos esos rascacielos y kilómetros de playas que dejábamos atrás al despegar.
Al aterrizar de nuevo en Madrid, tras despedirme de Tania seguí mi camino en busca del acceso al aparcamiento.
Al llegar a la enorme pasarela de cinta mecánica, divisé a lo lejos un montón de gente apilada antes de mandarle un mensaje a mi hermana para avisarle de que acababa de aterrizar en Madrid.
Al acercarme al final de aquella cinta comencé a ver a la gente correr para hacerse una foto con alguien.
—¡Corre! —el grito de una mujer a otra amiga corriendo a mi lado captó mi atención—. ¡Ahí está!
Al llegar al final de la cinta vi a toda esa marabunta de gente agolparse a mi alrededor.
Al alzar los ojos la vi. Ahí la tenía frente a mí, caminando a escasos metros agarrada del brazo de Agustín y agarrando la mano de Violeta con fuerza.
Al llegar a mi lado para montarse al otro lado de la cinta, su cabeza se giró al escuchar a alguien gritar su nombre.
Mi corazón se detuvo por un instante al ver su sonrisa de nuevo.
Su pelo lucía algo más claro y completamente liso, con sus gafas de sol oscuras y ropa verde militar.
La mano de su hermano fue la que le hizo mirar de nuevo hacia adelante perdiéndonos ambos entre la gente que la seguía a ella en busca de una foto o un autógrafo.
Su sonrisa se había borrado al verme y la mía había aparecido al verla aquel microsegundo.
Ambos nos habíamos mirado como solo pasaba en las películas, a cámara lenta mientras todo iba a gran velocidad.
El destino volvía a reírse de mí, recordándome que era inalcanzable.
Que solo podía verla, pero no podía tenerla.
A pesar de seguir caminando no pude evitar girarme para tratar de volver a verla entre todas aquellas personas.
Al llegar al coche me quedé en silencio mirando a la nada dándole a mi corazón tiempo de procesar antes de salir.
Al alejarme del aeropuerto decidí pillar algo de comida antes de volver al piso, eran las seis y media de la tarde y solo tenía en mi estómago el sándwich que me comí en el aeropuerto de Miami.
Al llegar al piso, solté todas las cosas para darme una buena ducha antes de sentarme a comer algo.
Ya con ropa cómoda me senté en el sofá para devorar aquel kebab mixto sin cebolla, mirando la televisión de fondo, contemplando otra vez, cómo relataban el regreso de Isabella a Madrid después de unos días buscando casa por Miami tras anunciar que abandonaría España a finales de año.
Suspiré mientras terminaba de comer, escuchando de fondo los rumores de una posible relación entre Louis y ella, después de verlos juntos teniendo lo que parecía una cita tras navegar y surfear juntos.
Había cosas que por salud mental era mejor no escuchar, sintiendo el timbre de la puerta tocar tras apagar la televisión.
Miré el reloj de mi muñeca comprobando la hora antes de acercarme a abrir.
Al abrir la puerta su olor erizó mi piel y mis pupilas se dilataron al verla ahí parada.
Sus ojos color café me miraron antes de abalanzarse sobre mí, besando mis labios.
Agarré su metro cincuenta y siete entre mis brazos rindiéndome ante aquel beso.
Besándonos con un beso ansioso por recuperar el tiempo perdido.
Cerré la puerta con ayuda de uno de mis pies antes de caminar sin soltarnos con el rumbo fijado a mi cama.
Ni sus labios, ni sus manos se detuvieron hasta que vio el hematoma que recorría mi costado por el accidente al quitarme la camiseta.
Al ver mi cuerpo amoratado, sus ojos buscaron los míos para mirarme llenos de culpa.
Acaricié su rostro con mis dedos para volver a besarla, sintiendo esta vez cómo sus besos habían dejado esa urgencia del principio.
A pesar del dolor físico que sentía, disfrutar de nuevo del tacto de su piel, de sus labios sobre mi cuerpo, del eco de mi nombre en sus gemidos, de su cintura moviéndose sobre mí o el olor de su perfume mientras hacíamos el amor, me hacía soportar cualquier cosa por más doloroso que fuera.
Al acabar, ambos caímos abrazados uno al lado del otro.
Giré la cabeza con miedo de haber soñado con aquello después de haberla visto en el aeropuerto.
Pero no, ahí estaba. Tumbada sobre mi cama, desnuda, humedeciendo sus labios antes de dirigir sus enormes ojos café hacia mí para dedicarme una sonrisa.
Los dos nos quedamos viéndonos a los ojos en silencio, procesando lo que acababa de pasar.
—Te he echado de menos —susurró observándome—. No ha pasado ni un día que no haya pensado en ti… —dijo en voz baja llevando una de sus manos cerca de mi rostro para acariciarme—. No podía aceptar la falta que me hacías, ni lo mucho que te echaba de menos… Pero cuando te he visto en el aeropuerto…
Suspiré recordando las noches sin dormir mirando su con versación o su perfil cada vez que publicaba algo, sintiéndome un psicópata por ser el primero en ver cada cosa que ponía.
Isabella interpretó mi silencio como algo negativo haciéndome reaccionar al ver cómo se incorporaba, alejando su cabello ahora revuelto de la almohada.
—Espera… —le pedí viendo cómo buscaba el pliegue de la sábana para cubrirse.
Al escucharme, giró la cabeza para mirarme llena de inseguridad, cubriéndose. Acaricié su espalda aún desnuda antes de besar su hombro tras echar a un lado su pelo.
—No te vayas… —susurré sobre su hombro, abrazándola su cintura desde atrás—. Es que… Llevo semanas tratando de aceptar que no querías saber nada más de mí… —confesé—. Solo me ha pillado de sorpresa.
Isa giró su cabeza para mirarme de nuevo.
—Te dije que necesitaba tiempo… —me recordó mirándome a los ojos—. Necesitaba tomar algo de distancia para aclararme… Quería ver si te echaba de menos… ¿De verdad pensabas que después de todo lo que hemos vivido me iba a ir así…? Sin decirte nada…
Su mirada se volvió triste al confirmarle con mi mirada que eso era justamente lo que había pensado.
—Lo siento… —me disculpé.
Isabella se acomodó sobre sus piernas en la cama, mirándome confundida. Sus dedos acariciaron el hematoma de mis costillas con cuidado.
—Yo, cuando escuché que… que estarías en Miami —me sinceré viendo cómo me miraba mientras hablaba—. Acepté ir a ese viaje que Tania había organizado con sus amigas…
—Vi las fotos… —confesó humedeciendo sus labios se ria—. Y te mentiría si te digo que… verte al lado de Tania no me dolía.
—La única razón por la que acepté ir a aquel viaje fue para poder verte —confesé—. Pensé que quizás al estar allí, al ver a tu sobrina… podría verte en algún sitio…
Pasé mis dedos por la barbilla rascándome, ganando algo de tiempo antes de volver a mirarla.
—Claro, porque Miami son cuatro calles, ¿verdad? —dijo recuperando su sonrisa.
—Nos encontramos en Barajas que es aún más complicado con todas esas terminales… —repliqué divertido.
—Me hubiera encantado encontrarme contigo en Miami —confesó con una tímida sonrisa arrugando sus mejillas.
—Bueno… —Lamí mis labios—. Has estado entretenida con Louis, cenando… haciendo surf… Quizás hasta te termine gustando el té ese imbebible que toman…
Isa arrugó su frente al escucharme esbozando una sonrisa aún mayor al pillar mis celos.
—¿Celoso? —preguntó observándome detenidamente.
—No te haces idea de cuánto…
Su cuerpo volvió a relajarse acercándose a mí. Mis ojos no podían mirar a nadie más como la miraban a ella. No podía evitar que me tocara, al igual que no podía evitar sentir lo que sentía cada que ella se acercaba.
—Entonces… ¿No has estado con nadie?
—No… —susurré mirando sus labios—. ¿Y tú?
Isabella negó suavemente. Los dos nos quedamos en silencio varios segundos mirándonos y acariciándonos.
Yo no sé qué miraría ella, pero mis ojos no dejaban de observarla.
Cómo su cuerpo se acercaba al mío para besarme antes de volver a abrazarse al mío, cómo sus dedos dibujaban pequeños círculos sobre mi pecho o cómo descansaba su cabello sobre mi hombro.
—Rubén… —pronunció mi nombre en voz baja.
—Isa —respondí sintiendo sobre mi pecho su sonrisa.
—Esto no tiene vuelta atrás… —dijo alzando su cabeza sobre mi pecho.
—¿Qué cosa? —pregunté frunciendo la frente.
—Esto… —recalcó señalándonos.
—¡Ah! Esto… —Sonreí.
—¡No te rías! —me pidió con aquella maravillosa sonrisa en los labios—. Yo me había prometido a mí misma no volverme a enamorar jamás… pero me gustas demasiado como para no intentarlo… Y sé que me arrepentiré toda la vida si no lo hago…