Y en el medio, tú: 1 Capítulo 7 #7
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Capítulo 7 #7

Susana se acercó a la puerta abriéndola para dejar pasar a Laura. Sus ojos me miraron angustiados al verme tumbado en aquella cama mientras se acercaba.

—Ay dios mío, ¿esto es por mi culpa? —preguntó preocupada.

—No, tranquila —respondí rápidamente.

—Ha sido sugerencia del médico que lo ha atendido… Todos aquí conocemos lo borrico que es, así que es para asegurarnos de que guarda reposo.

Susana le aclaró dedicándome una leve sonrisa al ver la preocupación de aquella chica.

—Laura, ella es Susana —dije presentándolas—. Laura es con quien tuve el accidente…

Ambas estrecharon sus manos con una leve sonrisa.

—Bueno, aprovecho que estás bastante bien acompañado, para seguir haciendo cosas.

—Ok… Gracias.

—Ya… —dijo torciendo sus labios antes de sonreírle a Laura—. Un placer.

—Igual… —respondió mirando cómo Susana se iba dejando la puerta encajada—. Me odia, ¿verdad?

—Tranquila, solo me odia a mí —dije con una breve sonrisa acomodándome con cuidado entre aquellos cojines.

—Oye, siento muchísimo todo esto… —Colocó una de sus manos sobre mi antebrazo que descansaba sobre la cama.

—Tranquila, no ha sido tu culpa —volví a repetirle—. Además has perdido toda la tarde por estar aquí pendiente de mí.

—Es lo mínimo que podía hacer después de atropellarte. —Su voz sonó sarcástica provocando una breve sonrisa en mis labios—. No dejo de verte volar por los aires…

—Imagino… —Me acomodé con cuidado sobre la cama—. Bueno… pues te libero de tu obligación, puedes irte en paz.

—¿Seguro? No necesitas que te traiga algo o avise a alguien de que estás aquí… ¿Tus papás o un hermano o hermana, una novia, un amigo…?

—Nadie, no te preocupes —Fingí una breve sonrisa.

—Está bien… —dijo mirando la habitación—. En ese caso… me voy —dijo mirándome de nuevo—. Siento mucho todo esto…

—Tranquila… Ya has escuchado a Susana, es por precaución.

—Si no te molesta, me gustaría venir mañana para ver cómo sigues. —Sus enormes ojos grisáceos se quedaron mirándome.

—No es necesario.

—Lo sé, pero sé que mi conciencia no estará tranquila si no lo hago… —Su voz sonó divertida.

—Está bien. —Sonreí desviando mis ojos.

—Hasta mañana entonces. —Ambos volvimos a mirarnos con una breve sonrisa.

—Hasta mañana.

Laura se acercó a mí para regalarme un breve beso en la mejilla dejándome oler su perfume.

Los dos nos miramos varios segundos antes de alejarse, regalándonos una última mirada antes de cruzar la puerta.

A pesar de habernos conocido de una manera accidental, me agradaba su presencia.

No sé por qué razón no pude sacármela de la cabeza aquellas horas que me tocó estar solo hasta que llegaron las auxiliares con la cena y las pastillas que tenía que tomar.

Tras agradecerles, les pedí que me acercaran mi teléfono que había dejado en la mesa auxiliar al lado de la cama.

Al quedarme de nuevo solo, abrí las bandejas que me habían dejado arrugando la nariz al llegarme el olor de aquella horrible comida al destaparlas; merluza a la plancha, tortilla francesa y un yogurt.

Lo hice a un lado con cuidado para ver si Agustín había vuelto a escribirme.

El sonido de alguien tocando a la puerta me hizo desviar la mirada del teléfono.

La cabeza de Isabella apareció tras la puerta, mirándome aterrada y llena de preocupación.

Al verla entrar, me acomodé con cuidado sobre la cama respirando profundamente.

—¿Puedo pasar? —Su voz melódica borró todo rastro de enfado que pudiera sentir hacia ella.

—Claro… —respondí sin ocultar la sonrisa al verla y oler su perfume—. Pasa…

Isabella resopló sobrepasada de verme ahí tumbado en aquella cama.

—Cuando vi a mi hermano aparecer con tu moto…—dijo con la voz entrecortada, mirándome de arriba abajo comprobando que estuviera entero.

Su rostro se veía descompuesto de imaginar algo que perfectamente hubiera podido pasarme de no ser porque eran caminos donde se suponía que no se podía ir a mucha velocidad.

Un golpe de esos en carretera me hubiera mandado al otro barrio.

Estiré mi mano buscando la suya para pedirle que se acercara.

—No me ha pasado nada —dije tranquilizándola, acariciando su mano al agarrarla.

—Pero podría haberte pasado…—insistió agobiada—. Y mientras venía, no podía dejar de pensar que esas cosas horribles que te dije podrían haber sido nuestras últimas palabras…

—Mírame… —La interrumpí negando levemente con la cabeza—. No me ha pasado nada.

—Es que no debí decirte esas cosas… Debí… —Sus labios se escondieron uno sobre otro—. Debí habértelo contado… perdóname.

Isabella me miró fijamente mientras nuestras manos se acariciaban lentamente.

Llevé una de mis manos a su rostro viendo cómo inclinaba su cabeza hacia mi mano.

Sabía que se sentía responsable de aquel sentimiento de decepción y aquella rabia que habían provocado que mis manos aceleraran aquella moto y que mis sentidos estuvieran tan dispersos que no fueron capaces de observar aquella enorme señal, pero el único culpable era yo.

Isa incorporó su cabeza para negar brevemente.

—Siento no habértelo contado… —dijo en voz baja tras suspirar—. Yo… no sabía cómo decírtelo, me daba miedo…

—¿De qué? —pregunté acariciando su cabello.

—De que te alejaras, otra vez… —confesó mirándome—. Por eso no sabía cómo contártelo, no porque no seas importante en mi vida… Claro que eres importante para mí. —Vi cómo sus labios se humedecían mientras sus ojos mirarme fijamente.

—Isa, yo no soy Marc —le recordé—. Y te he demostrado que estoy aquí, para ti siempre y que no voy a irme… Y menos ahora que ha pasado esto entre los dos.

—Rubén… —Suspiró interrumpiéndome, levantándose de la cama.

—Yo sé que aún no te has divorciado, que contigo las cosas no son fáciles, pero… —Alcé mis hombros sin dejar de mirarla—. No quiero seguir conformándome con ser solo tu amigo…

Isabella pasó sus manos nerviosas sobre su rostro, levándose de la cama. Me giré con cuidado para levantarme de aquella cama provocando el pánico en sus ojos al verme en pie, acercándose a mí para ayudarme.

—Por favor, Rubén, no te levantes, te vas a hacer daño —me pidió alzando sus manos.

—Antes en casa de tu hermano ibas a decirme algo —le recordé la conversación que dejamos a medias antes de que Agustín nos interrumpiera.

—Rubén… —dijo en voz baja desviando su mirada, viendo cómo tragaba nerviosa.

—Me confesaste que no salía de tu cabeza.

—Subí su barbilla con mis dedos para que me mirara—.

Tú hace tanto tiempo que no sales de la mía que no recuerdo cuándo empezó…

—Apro veché que sus ojos me miraban fijamente para sincerarme—.

Solo dime qué quieres que haga. —Respiré profundamente con dificultad—.

Dime si quieres que te espere, si quieres que me aleje y me olvide de esto que ha pasado entre los dos…

—No lo sé —respondió en voz baja mirándome.

—¿Es por Marc? —pregunté viéndola negar velozmente.

—Es por todo, Rubén… Aún no me he divorciado, ni he procesado todo esto que está pasándome… No puedo responderte… Necesito tiempo.

—Está bien, puedo esperarte todo el tiempo que necesites.

—Lo siento…

Isabella se acercó a mi boca para regalarme un tierno beso, acariciando una de mis mejillas con sus manos.

No sé si era por el golpe o las pastillas, pero aquel beso no me supo igual que los anteriores.

La conocía bien, por eso sabía que aquel beso sabía a despedida, sobre todo por la forma de pegar su frente sobre mi barbilla al separar nuestros labios, evitando mirarme.

Sus ojos me miraron por última vez mientras agarraba su bolso, saliendo de aquella habitación de la misma manera que pareciera haber decidido salir de mi vida.

Me quedé ahí de pie viendo cómo se cerraba la puerta tras ella.

La había asustado. Hubiera podido seguir jugando a tener sexo esporádico cada vez que ella quería, pero para mí ella era mucho más que eso.

Las palabras de Tania aconsejándome justamente lo que acababa de hacer resonaban en mi cabeza.

Al menos ahora, si ella no volvía más, podría pasar página.

Aunque sabía perfectamente que podría estar sin verla o sin coincidir casi toda la vida, que cuando volviera a verla mi pecho latiría con la misma fuerza que aquella noche que la vi por primera vez.

Los días fueron pasando uno tras otro, sin noticias de ella.

Al menos gracias a la televisión me enteré de que había decidido pasar la fiesta de Reyes en Estados Unidos con Violeta para alejarse del foco mediático tras salir las fotos de Marc con aquella chica por la que la había cambiado.

Al principio pensé que por eso no había llamado, pero Isabella había decidido seguir con la ley del silencio.

No me quedaban más motivos para excusarla.

En su viaje a Estados Unidos había aprovechado para lanzar su primera canción después de siete años de silencio en la música.

Se paseaba radiante en los programas americanos promocionando aquella canción que era una clara indirecta, aunque sutil sobre lo que había vivido con Marc.

Canción que no había parado de reproducir desde que la lanzó.

Odiaba su ritmo pegadizo, al igual que lo que provocaba en mí al escucharla desahogarse, recordándome las miles de veces que le había escuchado decirme a mí justo lo que ahora cantaba, dejando de sentirme especial también por aquello.

Isabella había elegido de todas las posibilidades que le había ofrecido que tenía que olvidar lo que habíamos sido.

Tenía que aceptar que había elegido alejarse.

Así que me tocaba volver a ser un mero espectador de lo que dejaba mostrar su personaje.