Capítulo 7 #4
La acompañé hasta la puerta prometiéndole que hablaría con Susana para el tema de su fin de semana.
Antes de poder despedirme de ella ambos vimos aquel nombre parpadeando en la pantalla de mi teléfono al sacarlo del bolsillo.
Los ojos de Tania se aseguraron de ver bien por quién había decidido poner fin a nuestra amistad con derecho antes de regalarme un breve beso en la mejilla para irse.
Pasé mi mano sobre mi cabeza, despeinándome para luego peinarme esperando escuchar la puerta cerrarse para responder.
—Dime, Isa…
—¿Todo bien…? —Su voz sonaba preocupada.
—Sí… No te preocupes, cuéntame.
—Si estas ocupado puedo llamarte más tarde.
—Para ti nunca estoy ocupado —añadí con una breve sonrisa al escucharla al otro lado reírse.
—Sigo en mi línea de seguir complicándote la vida entonces, ¿no? —El sonido de su voz relajada me hacía imaginarla sonreír al otro lado.
—Por favor… —respondí escondiendo mi mano dentro del bolsillo del pantalón mientras me dirigía a la puerta de la terraza al otro lado del salón.
Apoyé mi cuerpo sobre la piedra que servía de baranda tras cruzar a la terraza, observando el bullicio de la ciudad, disfrutando de sus silencios y del sonido de su respiración al otro lado.
—Sobró bastante comida de la fiesta de anoche en casa de Agustín… Va a juntarse la familia y no sé, pensé que quizás te gustaría venir… Y así poder hablar de lo que ha pasado esta mañana.
—¿Quieres que coma con tu familia? —pregunté divertido agachando involuntariamente la cabeza.
—Entendería que no quisieras…. pero no sé, había pensado que quizás te apetecería ver a Violeta… —Sonreí al escuchar su voz nerviosa justificarse—. Ella sigue diciendo que eres su tío preferido. —Ambos reímos al escuchar aquello.
—Espero que no se le ocurra decir eso delante de tu hermano… —bromeé.
—Hablaré con Violeta para que no diga ni una palabra… —respondió riéndose—. Entonces… ¿te apetece?
—Cuenta conmigo.
—También estará Irene. —Su voz sonaba divertida.
—¡Vaya! Qué lástima… Justo acabo de acordarme de que me ofrecí voluntario para alimentar a los leones del zoo. —El sonido de su risa al otro lado me daba años de vida.
—Qué idiota eres —dijo riéndose antes de suspirar.
Ambos nos quedamos en silencio. Quería pensar que ella estaría sonriendo de la misma manera que yo hacía mientras miraba a la nada.
—¿A qué hora quieres que esté por allí? —pregunté tragando junto con mi saliva mis ganas de decirle lo mucho que me gustaba.
—Eh… —Isabella volvió a suspirar—. ¿En una hora es pronto?
—Una hora está bien —respondí alejándome de la baranda.
—Dale, pues… te veo en casa de mi hermano en una hora.
—Ok…
—Chao.
—Chao, guapa.
Mi cabeza quería pensar que aquella invitación era por agradecimiento.
Pero mi corazón latía nervioso imaginando que era porque tenía ganas de volver a verme.
Busqué en mi armario algo un poco más arreglado, quitándome aquella sudadera para ponerme una camisa azul marino, metiendo la mitad dentro de aquel vaquero y el resto fuera.
Después de perfumarme, salí colocándome un cinturón marrón antes de agarrar una chaqueta.
Al mirar hacia la cesta de las llaves, vi las llaves de la moto que me compré estando en Miami.
Sonreí pensando que sería un buen momento para estrenarla, quizás eso me haría ganar puntos con Isabella.
Agarré el casco guardado en el armario que había en la entrada y salí después de comprobar que no me dejaba nada.
Al llegar al garaje, tras pasar el número donde tenía aparcado el coche, vi a lo lejos el capricho que me di después de enterrar a mis padres y divorciarme.
Una Ducati Scrambler 800, versión icon black.
Era una moto retro, completamente en negro mate, sencilla, sin botones.
Un capricho demasiado caro que más bien podría llamarse crisis existencial después de una mala racha.
Tras montarme por primera vez en ella, sonreí como un niño al escuchar su motor rugir.
Salí de aquella plaza de aparcamiento tras ponerme el casco negro mate a juego con el color de aquella maravilla de moto.
Era un vicio adentrarse entre el tráfico con aquella agilidad, sintiendo la velocidad mimetizarse con tu cuerpo.
Antes de llegar a casa de Agustín paré a comprar una botella de vino y unas flores.
Tras guardarlo todo en la caja de aluminio que había en la parte trasera de la moto, fui dirección a la casa de Agustín.
Al cruzar la esquina que daba a su casa vi la furgoneta blanca y marrón de Isabella aparcada frente a la puerta.
Sonreí dirigiéndome despacio hasta la puerta que daba a la cochera, tocando el timbre sin bajarme.
A los pocos segundos, Agustín apareció por la puerta principal.
—Soy Rubén —dije levantándome la visera del casco—. Ábreme que la meta dentro porfa…
—¡Marica! No te había reconocido.
Sonreí pasando dentro al abrirse la puerta de la cochera, atravesando el borde para recorrer aquellos chinos. Tras aparcar junto a su coche, me quité el caso al verlo acercarse con la misma cara de ilusión que había puesto yo al montarme por primera vez.
—¿Y esto? —preguntó recorriéndola con los ojos—. ¿De dónde has sacado semejante belleza?
—La compré después de divorciarme —dije contemplándola igual que él mientras me peinaba con la mano—. Es chula, ¿verdad?
—Es preciosa… Creo que me he enamorado. ¿Cuánto te ha costado? No creo que María me deje tener una jamás…
—Bastante —dije riéndome.
En ese instante la voz de Isabella sonó tras nosotros llamando a Violeta.
Agustín y yo nos giramos viendo a Violeta bajar los escalones a toda velocidad para venir a saludarme mientras Isabella la seguía de lejos tratando de ocultar su sonrisa, agachando su cabeza para ver los escalones.
María bajaba tras ellas con sus brazos cruzados por el frío.
—¡Tío Rubén! —Violeta se vino para mí regalándome un abrazo.
—Hola, princesa —la saludé con un beso en la cabeza antes de abrazarla también—. Pero… ¿cuándo has crecido tanto? —le pregunté mirándola al ponerme de cuclillas.
—Es que tengo ya nueve años —dijo sonriente.
—¿Nueve? Como sigas creciendo así vas a ser más alta que yo… —Me incorporé al ver a Isabella llegar adonde estábamos.
—En cuanto ha escuchado el timbre ha salido corriendo para verte —dijo acercándose a Violeta para colocar una mano sobre su hombro con cariño.
Ambos nos dedicamos una breve mirada tratando de disimular.
—Mira… —dije acercándome a la caja de la moto abriéndola, sacando nueve margaritas del ramo que había comprado para María, ocultándola tras mi espalda mientras me acercaba a ella—. Para ti
Le ofrecí las flores viendo sus ojos ilusionados abrazándome antes de agarrar la flor.
—Gracias, tío Rubén —dijo abrazándome.
—A ti, guapa. —Besé de nuevo su cabeza antes de separarse.
Al incorporarme saludé a María con un beso en la mejilla antes de volver a la caja de la moto para darle a Agustín la botella de vino y a María el ramo que le había comprado.
—Eres un encanto, Rubén, no tenías que haberte molestado —María me agradeció dándome un breve abrazo.
—No me gusta llegar con las manos vacías —respondí mirando levemente a Isa.
—Ven, Violeta cariño, vamos a enseñarle a los demás lo que nos ha regalado Rubén.
María inventó aquella excusa para dejarnos a Isa y a mí a solas al darse cuenta de nuestras miradas.
—Os acompaño. —Agustín añadió alzando la botella antes de agarrar la mano de Violeta para subir.
Ambos nos quedamos en silencio viendo cómo cruzaban de nuevo la puerta, asegurándonos de que nos quedábamos solos.
Al verla girarse de nuevo hacia mí, saqué de detrás de mí cuatro tulipanes.
Cada uno de diferente color. Sus ojos al ver las flores se abrieron de par en par mientras sus labios esbozaban una amplia sonrisa.
—Y estas son para ti —dije sintiendo sus manos rozar la mía al coger las flores.
—Ya creí que te habías olvidado de mí —dijo oliendo los tulipanes.
—Solo me hacía el interesante —respondí burlándome.
—Siguen sin ser mis preferidas.
Nuestros ojos se buscaron, quedándose varios segundos mirándonos fijamente, sonriéndonos al desviar la mirada tras besarnos con los ojos.
Sus ojos me miraron rápidamente antes de mirar tras de mí, fijándose en la moto.
Me giré para ver hacia dónde miraba haciéndome a un lado para que pudiera verla mejor.
—¿Y esa moto? —preguntó acercándose para verla.
—Un capricho que me di después de divorciarme… —confesé escondiendo mis manos dentro de los bolsillos—. Es la primera vez que me monto.
—Es preciosa —dijo acariciando la moto provocando en mí celos de un objeto sin vida—. ¿Me darás una vuelta algún día? —preguntó alzando sus ojos hacia mí.
—Cuando tú quieras —respondí mirándola.