Capítulo 7
Desperté tras escuchar el sonido de un teléfono, pero mis ojos aún me pesaban.
Dos noches durmiendo con ella habían curado años de insomnio.
Estiré mi cuerpo, buscando entre las sábanas su cuerpo para abrazarla.
Sentir la cama vacía fue lo que me hizo abrir los ojos para buscarla, frotando mi cara varias veces al incorporarme.
Miré el reloj de mi muñeca para borrar la sensación que tenía de que era tardísimo.
Apenas eran las ocho menos diez de la mañana.
Giré la cabeza mirando de nuevo aquella cama deshecha con una sonrisa, buscando de nuevo entre su almohada su olor.
Enterré de nuevo mi nariz en la almohada que había utilizado ella para dormir, disfrutando un rato más de su olor mientras abrazaba aquel cojín blanco.
Había soñado tantas veces con saber cuál sería su olor o cómo sería amanecer al lado de ella que tenía miedo de escuchar la alarma de mi teléfono.
Esta vez no fue mi teléfono, sino Isabella aclarando su garganta.
—Así que ese es tu defecto… Andas de remolón por las mañanas —se burló mientras caminaba hacia su armario.
Me incorporé riéndome sin perderla de vista al verla envuelta en su albornoz con su pelo mojado sobre su hombro izquierdo.
—Me gusta remolonear en la cama cuando tengo tiempo, lo confieso —respondí pasando mis dedos sobre mi pelo tratando de no lucir muy despeinado—. ¿Llevas mucho rato levantada?
—No… —respondió dedicándome una mirada rápida antes de mirar de nuevo dentro de su armario—. Hará una media hora o así… pero no quise despertarte.
—¿Cómo amaneciste? —pregunté levantándome lentamente de aquella cómoda cama.
—Bien… ¿Y tú?
—Hacía mucho que no dormía tan bien —confesé con una leve sonrisa acercándome a ella—. ¿Sabías que haces un sonido muy gracioso con la garganta mientras duermes?
Su cabeza se giró para mirarme, notando mis labios estirarse al sonreír tras ver su cara.
—¿Qué sonido? —preguntó tratando de ocultar la sonrisa de sus labios—. Estás mintiendo…
—Te juro que no.
—¿Qué sonido a ver? —preguntó indignada sin perder la sonrisa—. Estás tratando de desprestigiarme yo lo sé… —bromeó colocando una de sus manos sobre la puerta del armario.
—Es un sonido con la garganta, cómo si chasquearas la lengua durmiendo…
—Mentira —respondió riéndose antes de volver a darme la espalda—. Nunca nadie me ha dicho nada.
—Te juro que es verdad. —Coloqué mis manos sobre sus hombros acariciando sus brazos—. Pero es un sonido adorable, además…. te prometo que tu secreto está a salvo conmigo.
Me acerqué a su mejilla para regalarle un breve beso antes de ir en busca de mi chaqueta.
—Bueno… Ruiditos —dije divertido viendo cómo su boca sonreía tratando de esconderse tras la puerta de su armario.
Al escuchar la silla donde estaba mi chaqueta moverse, Isabella asomó la cabeza para mirarme con una de sus cejas alzadas, viendo cómo me sentaba para ponerme los zapatos.
—¿Te vas?
—No quiero causarte problemas y como me vean salir de tu cuarto… —respondí levantándome para colocarme la chaqueta.
—¿Y cómo, por qué ibas a causarme problemas? —preguntó intentando parecer seria—. ¿Acaso no has estado otras veces en mi casa desde temprano o en casa de mi hermano?
—Sí…
—¿Entonces? ¿Es que te da vergüenza que te vean conmigo?
Fruncí el ceño mirándola mientras dejaba caer mi pie tras colocarme el zapato.
—¿Qué dices? ¿Por qué me iba a dar vergüenza que me vieran contigo? —pregunté acercándome de nuevo a ella mientras escondía mis manos dentro de los bolsillos de mi pantalón, sin apartar los ojos de ella.
—No sé… pareciera que estás huyendo —respondió colocando sus manos sobre mi chaqueta para acomodármela.
Respondí haciendo lo mismo con el pliegue de su albornoz a la altura del cuello.
—Lo último de lo que tengo ganas de hacer ahora mismo, es huir —dije acercando mi cara a la de ella, jugando al mismo juego que ella había empezado—.
Pero… no te olvides de que anoche vine en calidad de amigo…
Y eso significa no causarte problemas. —Sus ojos dejaron de mirar los míos para bajar a mi boca.
—Quizás sea eso lo que quiero, buscar problemas…
Su voz susurró aquellas palabras antes de rozar mis labios para robarme un beso.
Mi cuerpo se rindió a sus labios y toda ella entera, devolviéndole el beso con la misma pasión que ella me lo estaba dando.
El sonido de alguien tocando la puerta nos interrumpió, dejando Isa su cabeza apoyada sobre mi pecho mientras mi barbilla reposaba sobre su cabeza.
—¿Sí? —respondió alzando la cabeza.
—Disculpe, señora, su hermano acaba de llegar.
La voz de Yaris al otro lado avisando de la llegada de Agustín me hizo abrir los ojos de par en par.
—Gracias, Yaris, dile que ahora bajo, que me voy a meter a bañar…
Al escuchar los pasos de Yaris alejarse, volví a mirar a Isa que se reía en silencio al ver la cara de terror que tendría ahora mismo.
—Bueno, ha sido un placer conocerte —dije burlándome, robándole otro beso—. Por favor dile a mi hermana que me atropellaron o que me morí rescatando un perrito o… cualquier cosa que no mencione que tu hermano hizo una corbata colombiana conmigo.
—Qué idiota eres… —El sonido de su risa hacía que no pudiera borrar la mía—. Nadie va a morirse… —Agarró mis manos tras apartarlas del cuello de su albornoz—. Ni hacer una corbata con las tripas de nadie…
—¿Crees que si salto por la ventana me mataré? —Cogí aire contemplando cómo se le achicaban los ojos y se le arrugaba la nariz al reírse.
—Pero cómo vas a saltar, ¿te volviste loco? —preguntó riéndose, caminando tras de mí.
Colocó una de sus manos en la parte baja de mi espalda, acariciándome bajo la ropa al colocarse a mi lado. Sonreí mirándola de reojo antes de tratar de medir la distancia que había hasta el suelo.
—¿Cuánto puede haber?
—Cuatro o cinco metros puedes saltar perfectamente… —respondió burlándose, observando el ventanal—. Había olvidado que eras Spiderman, discúlpame. —Su voz respondiéndome en tono irónico me hizo reír, viendo cómo ella se reía también al escucharme—. ¿Es que te volviste loco o qué?
No podía dejar de admirar su risa después de haberla visto llorar cómo lo hizo anoche.
—Para ti es fácil decirlo… no tendrás que mear en una bolsa —dije burlándome, girándome hacia ella, notando cómo su mano seguía acariciando mi espalda bajo la camiseta mientras sus ojos empezaban a aguarse de aguantar la risa.
—Nadie va a mear en una bolsa… —repitió riéndose—. Vamos a actuar con normalidad, si es que es posible para ti.
—Entonces… ¿no puedo saltar?
—No pienso cuidarte si te rompes la espalda…
—recalcó aguantando la risa—. Así que calla y escucha.
—Colocó sus manos sobre mis brazos tras cruzarlos, acariciándolos—.
Seguramente haya visto tu coche aparcado…
—Arrugué los labios al caer en ese detalle—.
Exactamente —añadió divertida—. Así que vas a bajar y haces como si hubieras venido a comprobar cómo estaba…
Si te pregunta que dónde estabas le dices la verdad, que estabas aquí arriba conmigo, pero me he metido a bañar…
—Está bien… —asentí mojando mis labios antes de mirarla—. Pero no tardes por favor…
—Te lo prometo. —Sus labios volvieron a dedicarme una sonrisa antes de besarme.
—Ese beso es por si me muero, ¿no? —me burlé alejándome de ella.
—Más te vale no morirte… —me amenazó señalándome con una sonrisa pícara.
Caminé de espaldas hasta la puerta para guardar en mi retina el verla caminar hasta el baño con su ropa, observando el movimiento de su cabello al andar antes de cruzar la puerta.
Bajé las escaleras resoplando, tratando de calmar los síntomas del infarto que estaba a punto de darme.
Al bajar el último escalón, Agustín apareció con sus manos dentro de los bolsillos dedicándome una mirada seria al encontrarme allí.
Le dediqué una breve y nerviosa sonrisa antes de acercarme para saludarlo.
—¿Qué pasó? ¿Qué haces aquí? —preguntó dándome un breve abrazo al llegar hasta mí.
—¿Cómo estás? —Suspiré tras soltarlo—. Pues… me quedé preocupado por cómo la vi anoche… así que… —Alcé los hombros respirando profundamente.
—No sabía que estuviste anoche…
—Sí, bueno… Quise darle una vuelta antes de ir a casa.
Agustín asintió mirando al suelo. No me gustaba mentir a mi amigo, pero contarle que me estaba acostando con su hermana no era algo fácil de comunicar.
—¿Cómo la has visto hoy? —Volvió a mirarme preocupado.
—Algo mejor… —Pasé mis dedos sobre mi cabeza rascándome—. Al menos ha dormido… O eso es lo que me ha dicho —aclaré rápidamente.
—Bueno… a ver ahora cuando baje qué nos cuenta. —Colocó su mano sobre mi hombro—. ¿Has desayunado?
—No…
—Te invito a un café, vamos.
Ambos continuamos la conversación de camino a la coci na, donde Yaris había terminado de hacer el café.
Los ojos de Yaris al verme se abrieron de par en par.
No pude evitar sonreír mientras le hacía un breve gesto con la cabeza negando para que no dijera nada.
Yaris no era tonta, seguramente se dio cuenta de que llevaba la misma ropa que anoche cuando me abrió.
Respiré hondo sentándome en el taburete frente a Agustín que seguía contándome mientras Yaris nos servía el café, sobre lo que la abogada le había dicho acerca del divorcio.
Ambos sabíamos que Marc iba a tratar de sacar el máximo beneficio e iba a ponérselo difícil a la hora de firmar.
Al cabo de unos minutos, Isabella apareció con una camiseta negra, con las letras en naranja de la marca Balenciaga y una camisa oversized blanco sucio con cuadros de color púrpura, con unos pantalones anchos negros con una raya blanca al lado.
Casi me atraganto con el café al comprobar que llevaba puesta la ropa que se llevó de mi casa, provocando la sonrisa de Isabella antes de saludar a su hermano por la espalda.
—¡ Cuidao ! —Agustín dijo mirándome al ver que se me había ido para otro lado—. ¿Cómo estás, hermana? —preguntó al girar la cara para devolverle el beso en la mejilla.