Y en el medio, tú: 1 Capítulo 6 #12
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Capítulo 6 #12

Coloqué las palmas de mis manos sobre mis ojos tratando de evitar que las lágrimas que comenzaban a salir de mis ojos volvieran a derramarse sobre mi rostro cansado.

—Señora… —la voz de Yaris me obligó a incorporarme sobre aquel sofá limpiando todo lo sutil que pude los restos de mis lágrimas.

—Dime. Yaris —respondí tras aclarar la voz pasando mis manos por mi rostro.

—Siento molestarla —dijo apurada en la puerta del salón.

—Tranquila, no te preocupes… ¿Violeta se despertó?

—No… —respondió acercándose.

—¿Entonces?

—Vine a avisarla de que tiene visita.

—¿Visita? —pregunté buscando mi teléfono entre los cojines para ver la hora.

Es el señor Rubén —aclaró—. ¿Le digo que le dejen pasar?

Una tímida sonrisa se escapó de mis labios cansados de llorar al saberlo aquí, justo cuando más lo necesitaba.

Había olvidado por completo que vendría.

Asentí rápidamente mientras me levantaba del sofá tratando de arreglarme un poco, aunque fuese pellizcando mis mejillas para darme algo de color en aquel pálido y cansado rostro de llorar.

Antes de que pudiera darme cuenta, su presencia irrumpió en aquel salón de la misma forma en la que irrumpió en mi vida, llenándome de paz al verlo, con su media sonrisa soltando su cazadora sobre el sofá mientras se acercaba a mí para poder desocupar sus brazos y hacer lo que llevaba todo el día deseando que ocurriera.

Sus brazos volvieron a abrazarme con fuerza, cubriendo mi cuerpo como si intentara protegerlo de todo lo que me rompía por dentro.

Noté su barbilla posarse sobre mis hombros, respirándonos en silencio, ajeno a saber que su mera presencia me reconfortaba de maneras que era imposible describir.

Me abrazó en silencio mientras me rompía y lloraba por otro entre sus brazos.

Y es que ahí estaba de nuevo, seguramente cansado de trabajar, sin dormir por mi culpa, plantado en mi salón, esperando pacientemente que terminara de sacar toda la rabia y todo el dolor con aquel llanto desconsolado.

Mis manos sobre su pecho fueron la señal para avisarle de que no me quedaban más lágrimas por derramar, dando paso a sus manos buscando mi cara para limpiar las lágrimas con sus dedos pulgares, tratando de arreglar algo que él no había roto.

Sin soltarme, agarró mis manos para sentarnos sobre el sofá esperando pacientemente.

—Dime qué necesitas… me mata verte así… —dijo en voz baja acariciando un mechón entre sus dedos antes de colocarlo tras mi oreja. Chasqueé la lengua inhalando profundamente.

—Estando aquí, haces mucho más de lo que te imaginas… —dije tragando los restos de aquellos nudos que me habían estado presionando la garganta durante toda la tarde—. Es la segunda vez que te molesto con lo mismo…

—Tú jamás vas a molestarme… —susurró acariciando mi espalda.

Sus ojos no se apartaban de mí, mientras una de sus manos acariciaba las mías sin descanso.

—No creo que pueda perdonarlo por esto, Rubén…

ni perdonarme a mí por haber sido tan tonta —dije cubriendo mi cara entre mis manos al dejarme caer sobre mis rodillas—.

Violeta me ha dicho que estaba ella allí…

con él… en casa de sus padres, bañándose este verano con ellos… como si fueran una familia feliz.

La ansiedad volvió a taponar mi respiración con aquella angustia.

—Estaba con ella mientras me suplicaba que lo perdonara… mientras me juraba que me quería únicamente a mí.

Vi cómo suspiraba cerrando los ojos al enterarse de aquello, empatizando con mi dolor o tragándose lo que ahora mismo pensaba sobre él por respeto. Sus manos acariciaban mi espalda a la vez que escuchaba atento de cada suspiro o delirio que salía de mis labios.

—¿Sabes? —Respiré hondo arrugando mis labios mientras contenía la respiración—. A veces pienso que todo esto que está pasando es por mi culpa, siento que me lo merezco.

—¿Por qué ibas a merecértelo? —dijo negando con su cabeza y apretando su mano contra la mía—. Nadie se merece que le hagan daño…

—Por bruta… Por creer que un niño de veintitrés años iba a llenar carencias que traía de antes…

por mostrarme débil y vulnerable con él, por…

por mil cosas —dije llenando de nuevo mis pulmones de aire al sentir que me quedaba sin él—.

Todo el mundo me avisó… y yo seguí como su perro faldero creyendo ciegamente en él.

—Estabas enamorada, no puedes castigarte por eso… Y tampoco tienes por qué arrepentirte de haberlo querido como lo hiciste… Eso es lo que te hace única, esa forma tan leal que tienes de querer.

Dirigí mis ojos hacia él, observando la forma en la que sus cejas caían sobre aquellos ojos verdes que me miraban profundamente, quitándome el aliento, del mismo modo que mis pupilas grababan la forma en la que su lengua lamía disimuladamente sus labios antes de cubrirlos entre sí como si estuviera callándose cosas.

—No quiero que esto me cambie, Rubén… —susurré sincerándome, mirando hacia otro lado al sentir nuevamente las lágrimas recorrer mi mejilla—.

No quiero que siga quitándome más cosas…

Y te juro que me esfuerzo muchísimo para no lucir amargada o triste todo el tiempo…

No quiero que mi corazón cambie por su culpa…

—El dolor que sentía era tan fuerte que me costaba pronunciar una palabra más—.

Pero es toy rota por dentro, siento… —Tragué saliva antes de poder volver a coger aire—.

Siento un enorme agujero en mi pecho que se lo traga todo…

Apreté mis labios con fuerza luchando inútilmente por no llorar más.

—Yo me quería quedar en su vida, Rubén… para mí después de él no había nada ni nadie más… —Mi voz se quebraba.

—Lo sé… —Su voz al igual que su rostro mostraban el mismo dolor que el mío.

—¿Qué voy a hacer con todo esto que siento por él y se me ha quedado aquí guardado? —pregunté escondiendo mi rostro entre su pecho, notando sus brazos apretarme contra su cuerpo y el sonido de su corazón latiendo de fondo.

Me abrazaba a pesar de estar llorando en sus brazos por otro, después de haber hecho el amor con él por primera vez. Sentía sus pulsaciones acompasarse con las mías, al igual que su pecho elevarse al respirar.

—Tienes que soltarlo…. aunque duela. —El sonido de su voz me hizo cerrar los ojos, respirando el olor de su perfume—. Quítale el poder de seguir haciéndote más daño…

Mis ojos dejaban salir las lágrimas al apretar los párpados con rabia.

—Nunca más estarás sola… Aquí estoy contigo, al igual que todos los que te queremos de verdad…

—¿Y por qué me siento tan sola? —pregunté sollozando.

—Ojalá pudiera ayudarte con eso…

Su pecho se infló al coger aire, sintiendo sus manos acariciar sin descanso mi espalda, consiguiendo sin saberlo su propósito de anestesiar aquel dolor que me devoraba por dentro.

Es como si se hubiera metido dentro de mí para recoger los pedazos rotos de mi corazón, unirlos uno por uno con pacien cia, como si practicara con mi corazón y mis heridas la técnica del kintsugi .

Mis manos se aferraron a su cuerpo, abrazándolo para seguir disfrutando de la seguridad que me provocaba estar entre sus brazos.

No sé cuánto tiempo lo retuve así, solo sé que mis ojos se cerraron en paz, sin lágrimas ni dolor.

El sentir su cuerpo moverse para besar mi cabeza me hizo salir de aquel trance en el que me había adentrado.

—Deberías tratar de descansar… —dijo al separarme con cariño limpiando con sus pulgares mis mejillas regalándome una breve sonrisa buscando mi mirada.

Asentí viendo cómo sus dedos colocaban un mechón de mi rostro tras mi oreja. Agarré su mano para entrelazarla con la mía, disfrutando del tacto de su piel con la mía.

—No sé si podré ser capaz de dormir algo esta noche…

Mis ojos miraron sin querer el reloj de la muñeca de Rubén comprobando que era medianoche.

—Dios, qué tarde es… —suspiré pasando mis manos sobre mi cara—. Lo siento, Rubén… discúlpame, te he tenido todo el día entretenido con tonterías y fíjate que hora es y sigues aquí…

—Mañana no trabajo hasta por la noche, tengo tiempo de sobra para dormir —se excusó frotando mi brazo dedicándome una sonrisa.

—¿Cómo haces? —pregunté mirándole a los ojos.

—¿Qué cosa?

—Restarle importancia a todo.

Rubén alzó sus hombros con una leve sonrisa.

—Sobre todo, a todo lo que tiene que ver conmigo.

—Aunque no lo creas, no eres culpable de las decisiones que la gente toma, aunque sean respecto a ti —dijo sin borrar la sonrisa de sus labios—.

Yo decidí no dormir anoche por estar contigo, cosa de la que no me arrepiento en absoluto, si pudiera volvería hacerlo…

—Sonrió acercándose a mí—. Al igual que he preferido venirme aquí nada más salir de trabajar en lugar de ir a mi casa…

Además, quedamos en que pasaría para ver cómo seguías, ¿no?

Asentí tratando de disimular la tímida sonrisa que asomaba por mis labios.

Sus ojos se entrecerraron al sonreír besando mi frente, acariciando mi cabello con su mano antes de volver a separarse de mí.

—Es tarde, vamos… Necesitas descansar y no me gustaría que te volvieras a enfermar, así que venga… A dormir.

No pude evitar reír al verlo levantarse, agarrando su chaqueta antes de ofrecerme su mano para que la agarrara. Suspiré, pero esta vez al sentir mi maltratado corazón latir en paz antes de agarrar su mano.

Nuestros dedos se entrelazaron a la vez que abrazaba su cintura mientras caminábamos hasta la escalera.

Subí el primer escalón soltando su cintura, colocando mis manos nerviosas sobre la baranda.

Me moría de ganas de pedirle que se quedara conmigo esta noche, pero tenía miedo de que después de haberme visto así, llorando por Marc, le hubiera espantado.

Estaba siendo tremendamente egoísta, lo sabía, pero mi corazón me pedía que se quedara.

—Bueno, guapa, buenas noches —dijo despidiéndose, colocando una de sus manos sobre la mía, inclinándose para besar mi mejilla.

—Quédate esta noche… —Aquellas palabras salieron en forma de súplica—. Por favor…