Y en el medio, tú: 1 Capítulo 6 #8
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Capítulo 6 #8

—No quiero más escándalos, ni tener el doble de prensa en la puerta… —respondí mirándole—. El día que se envíen los papeles del divorcio, si quiere ir a juicio, iremos con toda… Pero necesito poder salir de paseo con mi hija sin la maldita prensa todo el día detrás fotografiándonos y preguntando…

—Está bien, no te preocupes —Gaby intervino entre los dos colocando su mano sobre la mía—. Si quieres podemos ver qué hacemos también con eso.

Pasé mis manos sobre mi cara, frotando mis ojos, maldiciendo el momento en el que me enamoré de Marc.

Había estado durmiendo durante casi doce años con un completo desconocido, no lograba entender cómo había estado tan ciega y había sido tan bruta.

La mano de Agustín acarició mis hombros provocando que salieran de mis ojos de nuevo lágrimas de rabia y de tristeza.

Empezaba a darme cuenta de que la rabia me pesaba más que el dolor.

—Hay más… —Gaby anunció en voz baja.

Un profundo suspiro salió de mis labios al igual que lágrimas de rabia al alzar la mirada hacia ella.

—El detective que contrataste ha vendido las fotos de Marc con la chica con la que se le relaciona… ¿Vas a querer hacer algo o…?

—No… —Un breve hilo de voz salió de mi garganta obligándome a aclararla—. Marc me llamó ayer justo por lo mismo…

—Entonces… ¿Dejamos que se publiquen? —preguntó en voz baja.

—Sí. —Tragué aquel nudo de ansiedad que me asfixiaba.

—¿Crees que se puedan utilizar las fotos en caso de que haya juicio?

—De presentarse el divorcio con motivo de infidelidad podrían usarse, pero casi nos interesa más llegar a algún acuerdo para evitar juicio y presión mediática.

—¿Cuándo saldrían esas dichosas fotos? —pregunté pasando mis dedos por mi rostro para limpiar mis lágrimas.

—Intentaremos alargarlo para que salgan mañana, pero no prometo nada…

Entrelacé mis dedos entre sí frotando las palmas de mis manos entre sí con la mirada puesta al frente tratando de pensar, no en mí, sino en Violeta. Quería minimizar lo máximo posible el daño por ella. Sin verlos, podía sentir las miradas de Gaby y Agustín mirándose mutuamente preocupados.

—Creo que… es hora de mandar un comunicado anunciando que Marc y yo nos estamos divorciando…

A poder ser antes de que salgan esas fotos —dije notando cómo las palabras se agarraban a mi garganta como si no quisieran salir, porque sabía que anunciarlo sería oficialmente ponerle punto final a esta historia—.

Y … por favor, pon que pedimos el máximo respeto posible por nuestra hija…

—Mi voz flaqueaba rompiéndose mientras mis labios temblaban tratando de aguantar la compostura.

—Por supuesto…

—Ahora si me disculpáis…

Solté la mano de Agustín al levantarme para salir de allí antes de romperme en mil pedazos frente a ellos.

Sentía cómo aquellas malditas ganas de llorar amenazaban con salir sin nada que pudiera impedírselo mientras subía los escalones hacia mi habitación.

Me mataba la rabia al ver que no tenía conciencia, ni se hacía responsable de todo el daño que estaba causándome.

El eco de la puerta del que fue nuestro dormitorio cerrándose tras de mí, consiguió aguar tanto mis ojos, que me era imposible ver nada que no fueran lágrimas.

Caminé hasta el baño casi arrancándome la ropa llena de dolor y coraje hasta dejarme caer sobre el suelo de aquella ducha que arrastraba mis lágrimas al caer el agua sobre mi cuerpo acurrucada entre mis rodillas.

No podía creer que todo este tiempo, la única que de verdad quiso, fui yo.

Las lágrimas salían como si hubieran abierto las compuertas del dolor dentro de mi cuerpo.

Mis dedos se aferraban sobre mis rodillas desnudas con tanta fuerza que sabía que tendría arañazos.

El dolor venía de aceptar que nunca fui suficiente para él.

No importa cuánto lo hubiera intentado o lo mucho que hubiera sacrificado.

No podía parar de llorar en silencio, ahí con el agua cayendo sobre mi cuerpo vulnerable, sin parar de pensar qué era lo que me pasaba, por qué no conseguía hacer que la gente me quisiera de verdad.

Siempre me reemplazaban, me engañaban, me traicionaban o me abandonaban.

Quizás era ese mi destino; desahuciada eternamente en el amor.

Al cabo de unos minutos, mis manos arrugadas se apoyaron sobre la pared húmeda de la ducha para reincorporarme, dejando de regodearme en mi tristeza.

Envolví mi frágil y magullado cuerpo para secarme antes de volver al chándal.

Esta vez negro; pantalones anchos, zapatillas con suela ancha para ganar unos centímetros de más y sudadera oscura.

Acaricié la ropa que me había traído de la casa de Rubén, tratando de buscar algo de consuelo al pasar mis dedos sobre ella.

Recogí mi pelo salvaje con un palillo antes de salir de mi dormitorio.

No podía dejar de pensar lo bien que me vendría esconderme entre los brazos de Rubén ahora mismo.

Bajé las escaleras sin llamar mucho la atención.

Quería pasar desapercibida, no tenía ganas ni fuerzas de hablar con nadie.

Al cruzar al pasillo, atravesé el jardín hasta llegar a mi estudio para encerrarme ahí hasta que sintiera a Violeta llegar.

Solo me apetecía estar sola o con mi hija, pero mi casa era el único lugar en el mundo donde no podía estar sola cuando quería.

El sonido de unos dedos golpeando la puerta del estudio me obligaron a volver a levantar la cabeza de mis brazos para seguir fingiendo que todo estaba bien y nada me afectaba.

—Pasa… —dije respirando hondo mientras me recolocaba sobre la silla, recomponiéndome antes de que abrieran.

La puerta se abrió despacio dejando ver la cabeza de mi hermano aparecer tras ella. Le hice un breve gesto para que pasara, sentándose mientras arrastraba las ruedas hasta donde me encontraba.

—¿Cómo estás? —preguntó preocupado colocando brevemente su mano sobre la mía.

Alcé los hombros en silencio, negando inconscientemente con la mirada totalmente perdida.

—No sé cómo sentirme… —respondí suspirando antes de mirar a mi hermano a los ojos.

—Bueno… Sacar ese dolor que sientes y enfrentarte a él es un buen comienzo… Las heridas hay que cerrarlas, algunas tardan más, otras tardan menos, pero es necesario hacerlo para poder seguir viviendo.

Sus palabras me desgarraron por dentro, obligándome a tra gar aquel nudo de ansiedad que volvía a llenar mis ojos de lágrimas. Pasé de nuevo mis manos sobre mi cara evitando que me viera romperme una vez más de las tantas que había visto.

—Tengo una horrible sensación aquí… dentro del pecho —dije con la voz quebrada bajando mis manos hasta mi pecho, tratando de esconder el enorme hueco que tenía en el pecho—. Siento que todo el amor que nos teníamos era mentira… Y siento que se nos va y no puedo hacer nada para agarrarlo.

—Déjalo ir… —respondió colocando sus manos sobre mis rodillas aún montadas sobre la silla—. Has dado por esta relación más de lo que se podía dar.

—No es fácil…

—Claro que no es fácil, pero seguir viviendo así es peor.

—Cuando salga ese comunicado, no habrá vuelta atrás… se habrá acabado todo para siempre. —Mis labios volvían a temblar como señal de que mi cuerpo luchaba por no volver a quebrarse.

—Isa, esto hace tiempo que está muerto… —susurró buscando mis ojos.

—¿Qué le diré a Violeta? —pregunté mordiendo mis labios llena de ansiedad y miedo.

—La verdad —dijo mirándome, acariciando mis manos con cariño.

El sonido de su teléfono le hizo apartar las manos de las mías para sacarlo del bolsillo, colgando la llamada antes de responder al mensaje que le acaba de entrar. Momento que aproveché para limpiar mis ojos de tanta lágrima y respirar profundamente.

—Escucha… —dijo guardando de nuevo su teléfono antes de volver a mirarme—. Le he pedido a alguien que venga…

—No… Por favor. No quiero ver a nadie… —dije cogien do aire para soltarlo lentamente acomodándome el cabello de nuevo entre aquel palillo que lo sostenía—. No quiero que nadie me vea así…

—Hazme caso, te vendrá bien.

El sonido de nuevo de la puerta provocó que Agustín se levantara besando mi frente antes de abrir.

Sentí cómo mi cuerpo volvía a respirar al ver a Rubén, vestido con el uniforme del hospital en color azul marino, cruzando aquella puerta después de salir mi hermano.

Inmediatamente mi cuerpo se levantó de la silla dando un brinco para abrazarme a su cuerpo con fuerza, recibiendo sus brazos alrededor mi cintura como respuesta.

Sus manos acariciaban mi espalda con cariño buscando consolarme al romperme tras sentir que podía bajar la barrera y mostrarme vulnerable.

No sé cuánto tiempo estuvimos así, abrazados en silencio y él esperando pacientemente que estuviera lista para soltarlo.

Sus manos buscaron las mías para que tomara asiento en el sofá del estudio mientras limpiaba con sus dedos mis mejillas.

—¿Qué haces aquí? —pregunté pasando la manga de la sudadera sobre mis ojos para secarlos—. Te hacía trabajando…

—Y lo estaba… —respondió sonriente.

Su cara se veía cansada, pero ni aun así dejaba de estar guapo.

—Me aburría y he pensado… ¿por qué no vas a molestarla un rato? —bromeó acariciando mis mejillas buscando limpiar mi rostro—. Así que he hablado con Susana para que me dejara ausentarme un par de horas… —me explicó agarrando una de mis manos entre las suyas.

—Ay, Rubén… —dije tras un profundo suspiro dedicándole una breve mirada—. No paro de complicarte la vida…

Sus ojos me miraron fijamente dedicándome una leve sonrisa antes de besar mi frente. Se acomodó sobre una de sus piernas para estar más cerca de mí.

—Lo último que haces en mi vida es complicarla… —dijo en voz baja sin borrar la tierna sonrisa de sus labios—. ¿Quieres contarme qué ha pasado?

—Al parecer… —Suspiré mordiendo mis labios en un ejercicio de aceptarlo al decirlo en voz alta—. Marc me ha estado robando…

Rubén se incomodó al escucharme, mirándome en silencio para que le contara.