Capítulo 6 #7
Cuando hice el intento de irme, Rubén agarró mi cintura devolviéndome a la cama tumbándome de nuevo para abrazarme desde atrás.
—¿Adónde crees que vas? —preguntó colocando sus brazos alrededor de mi cintura desnuda, cubriéndonos con la sábana.
—Rubén, por favor… —dije riéndome al caer nuevamente en aquella cama y sentir su barbilla cosquilleando mi hombro.
—No puedo dejar que te vayas sola a estas horas… —dijo dándome varios besos en el cuello antes de volver a colocar su mandíbula para dejar reposar su cabeza sobre la mía—. Además… tú misma has dicho que no te querías ir.
—Eso era antes de saber que tenías que madrugar…
—Habrá merecido la pena —respondió casi en voz baja acurrucándose.
Acaricié sus brazos que seguían abrazándome mientras me acurrucaba junto a él.
Giré la cabeza para volver a encontrarme con sus labios.
Al terminar de besarnos, me acurruqué en el hueco de su cuerpo con la mirada puesta al frente, observando por primera vez desde que entré en aquella habitación la foto que tenía sobre la mesita de noche donde aparecía Rubén con una mujer montada sobre sus hombros.
Su cabello castaño le llegaba hasta el pecho, vestida con un jersey rojo, apretándole los mofletes a Rubén, que aparecía con una enorme sonrisa agarrándola por los tobillos.
Mi mandíbula se tensó, provocando en mí una sensación de molestia.
—Es mi hermana, Blanca… —Su voz ronca susurró cerca de mi oído acomodándose como si me hubiera leído el pensamiento.
—¿Quién? —pregunté como si no fuera conmigo.
—La mujer de la foto.
—No me había fijado… —Fingí hacerme de nuevas sin ocultar la sonrisa al sentir su respiración al reírse.
—Mientes fatal…
Sus brazos me apretaron contra él al besar de nuevo mi mejilla.
Poco a poco sentí cómo su cuerpo se relajaba y su respiración se volvió más lenta y profunda.
Me abracé entre sus brazos sobre mi cuerpo buscando la postura para dormir entre su cuerpo.
Era extraño sentir esa protección y esa calma en brazos de otra persona.
Era algo que pensé que jamás podría volver a sentir, pero era la segunda vez que mi cuerpo disfrutaba de la calma que me daban los brazos de Rubén.
Cerré los ojos tras llenar mis pulmones de aire dejando que el sueño terminara de invadir mi cuerpo bajo la protección de su cuerpo.
En cuanto los rayos de sol se pusieron sobre aquella ventana, estiré mi cuerpo en busca de algo con lo que cubrirme de tanta claridad obligándome a abrir poco a poco los ojos, descubriendo la ausencia de Rubén en la cama, pero topándome con un ramo de margaritas sobre la mesita de noche que tenía a mi lado, junto con una nota.
He dejado café hecho y algo para que puedas desayunar, espero que te gusten las margaritas.
Me sentía como en una nube. Como una adolescente idiotizada al sonreír así.
Agarré aquel ramo para olerlo acurrucándome de nuevo sobre su cama, observando aquellas margaritas de colores.
Sentía que había dormido mil horas. Mi cuerpo estaba descansado y mi cabeza después de mucho tiempo seguía en paz.
Tras observar aquel ramo durante varios segundos, salí de la cama aún desnuda hacia su baño después de agarrar algo de ropa de su armario, dejando mi ropa perfectamente doblada sobre uno de los sillones que tenía la habitación.
Los halógenos de su baño resaltaban el contraste del oscuro de su pared con el mármol blanco del lavabo.
La verdad es que me sorprendió gratamente lo limpio que lo tenía todo para ser hombre.
Aún recordaba cómo me encontraba la casa las veces que tenía que ausentarme varias semanas por trabajo, todo hecho un desastre.
Marc evidentemente no quería a nadie allí rondando mientras hacía de las suyas, pero tampoco le daba por limpiar.
Al terminar de vestirme salí del baño despidiéndome de aquel dormitorio con una breve mirada antes de agarrar el ramo de la cama.
Al cruzar el salón traté de recordar dónde había dejado mi bolso, entrelazando mis manos tras soltar el ramo sobre la encimera de la cocina para dirigirme hacia el sofá donde se encontraba mi bolso tirado.
Sonreí tontamente recordando por qué estaba allí junto con mi abrigo.
—Mierda… —Al desbloquear la pantalla vi varias llamadas perdidas de mi hermano.
Sentía que había dormido hasta las mil, pero solo eran las nueve de la mañana.
Después de comprobar que nadie más me necesitaba, coloqué mi abrigo sobre los hombros, echándole un último vistazo a aquel piso antes de irme.
Aproveché los segundos que me daba el ascensor para volver a ponerme el gorro sobre mi pelo y las gafas de sol para evitar que nadie me reconociera al salir ni al entrar al coche.
Casi de forma inconsciente, me desvié para pasar por delante del hospital donde Rubén estaría trabajando, dejándolo atrás desde el espejo de mi retrovisor al reincorporarme por aquel laberinto de carriles para llegar a casa.
Al comenzar mi calle vi a lo lejos dos furgonetas de medios de comunicación aparcadas frente a mi puerta.
Llené mis pulmones de aire mientras me arrepentía de no haber entrado por la puerta de atrás.
Pasé todo lo rápido que me dejaba aquella calle delimitada a treinta kilómetros por hora apareciendo frente a ellos para aparcar justo frente la puerta de mi cochera.
Por un momento mientras desabrochaba el cinturón, creí que no me habían reconocido, pero a los pocos segundos escuché mi nombre de labios de algún periodista al reconocer el coche de mi hermano.
Inhalé y exhalé varias veces antes de salir del coche armándome de valor para poner la mejor cara que la situación me dejaba en cuanto empezaran a preguntarme por Marc.
Al abrir la puerta del coche sentí los primeros micrófonos rozar mi espalda comenzando con el interrogatorio.
—Buenos días, Isabella, nos alegramos de verte. —Alcé los ojos al reconocer la voz de ese reportero que era quien se encargaba de ser tanto mi sombra como la de Marc—. ¿Cómo te encuentras?
—Buenos días… —respondí cerrando la puerta del coche después de coger mi bolso para poder empezar a dirigirme a la puerta de mi casa.
Al sentir la puerta cerrarse recordé que había olvidado el ramo de flores que Rubén me había regalado.
Involuntariamente di varios pasos para atrás para cogerlo, pero sabía que coger un ramo de flores frente a la prensa era reabrir nuevas hipótesis, así que lo dejé sobre el asiento del copiloto para mi desgracia.
—¿Cómo estás? Hemos sabido que tu padre estuvo ingresado en Cartagena.
Guardé silencio tratando de saltear aquellos micrófonos mirando la corta distancia que me separaba de mi casa.
—Isabella, ¿cómo van las cosas con Marc? ¿Lo vas a perdonar?
Apreté mi mandíbula al escuchar aquella pregunta maldiciendo los pocos metros que me quedaban hasta llegar.
—Isabella, ¿es cierto que el motivo de la separación es por terceras personas? ¿Cómo lo estáis pasando tu hija y tú?
Sus preguntas junto con el clic de las cámaras que no cesaban, día tras día me resultaba agotador.
Era como vivir en una prisión sitiada por periodistas.
Aquellas mismas preguntas formuladas de mil formas diferentes no terminaron hasta que me vieron atravesar la enorme puerta metálica negra, dejando caer mi cuerpo sobre ella al cerrar.
Quité el gorro de mi cabeza subiendo los escalones que llevaban a la puerta principal, sabiendo que al cruzarla me esperaría otro interrogatorio si estaba mi hermano allí.
Al abrir la puerta, Yaris me dio los buenos días avisándome de que Agustín estaba en salón con Gabi, mi abogada.
Le pasé mi abrigo pidiéndole un buen café cargado y agradeciéndole la información mientras caminaba acomodándome el cabello sobre uno de mis hombros y pellizcando mis mejillas.
Al entrar en la sala donde se encontraban, Agustín fue el primero en levantarse al verme, ya que se encontraba sen tado en el sofá frente a la puerta, sirviéndole de señal a Gaby.
Decidí convertirla en mi abogada cuando decidí prescindir de las amistades de Marc para que me asesoraran.
—Buen día… —saludé dándole un beso a Gaby y otro a mi hermano.
—Buenos días, Isa.
Gaby me devolvió el saludo mientras mi hermano me hizo una señal para que me sentara comprobando que llevaba ropa de hombre.
—¿Lleváis mucho rato? —pregunté entrelazando mis dedos entre sí después de darle un leve toque en el brazo a mi hermano para que se sentara.
—Acabo de llegar no te preocupes.
Los tres nos sentamos, sintiendo la mirada de mi hermano sobre mi cogote, muy posiblemente pensando dónde pude haber pasado la noche al verme llegar a estar horas y con otra ropa. Al sentarnos, Yaris apareció como un ángel con mi café antes de volver a quedarnos los tres a solas.
—¿Cómo va todo? —pregunté dándole un breve sorbo a la taza antes de dejarla entre mis manos para calentar mis manos.
Gaby miro a Agustín como si le estuviera pidiendo permiso antes de acomodarse sobre el sofá. Los miré a ambos soltando la taza sobre la mesa baja que adornaba el hueco entre los sofás y la alfombra.
—No te traigo buenas noticias —dijo mirándome a mí de nuevo—. Hemos descubierto irregularidades en tus cuentas
—Cómo irregularidades, ¿me ha estado robando? —pregunté sorprendida.
—Aún no lo sé con seguridad, pero de momento le hemos cancelado cualquier acceso a alguna de tus cuentas.
—No me lo puedo creer… —Una sensación de frío se caló en mis huesos—. ¿Desde cuándo?
—Estamos tratando de averiguarlo… Pero necesitaríamos hacer la denuncia formal para poder…
—No, no… —respondí interrumpiéndola aun en shock—. No quiero denunciarlo…
—Será broma, ¿no? —Agustín se recolocó sobre el sofá para verme más de cerca.