Capítulo 6 #4
—Está bien. —Alzó sus manos dedicándome una sonrisa—.
Lo pillo… Ya me voy, ¿te veo esta noche?
—me preguntó mirándome directamente a los ojos.
Le dediqué una breve sonrisa asintiendo antes de verlo irse.
Al sentir la puerta cerrarse, sentía mi cabeza hecha un desastre.
Recoloqué mi cuerpo sobre aquella silla buscando su conversación como una demente.
A quién quería engañar, hacía mucho tiempo que no conectaba así con nadie.
Por más que trataba, mi respiración aún se entrecortaba al revivir aquel movimiento lento y desesperado de nuestros labios, la presión de sus manos sobre mi piel.
Solté la libreta sobre la mesa de mezclas antes de levantarme para dejar caer mi cuerpo en el sofá negro que cubría los espacios entre instrumentos, alfombras, micrófonos y atriles para colocar las partituras.
Llevé mis manos a mis labios acariciándolos, buscando revivir sus caricias.
Me estaba obsesionando con Rubén o solo era la dopamina que mi cerebro segregaba dentro de mí después de haber tenido sexo.
Suspiré totalmente sobrepasada buscando salir de aquella habitación que parecía achicarse conmigo dentro.
No sabía qué me depararía el destino, menos ahora que todos mis sueños de tener una familia se habían resquebrajado.
Y estaba empezando a sentir que entraba en una especie de «modo supervivencia» donde mi cabeza era más visceral que racional.
Estaba dándome cuenta de que no pasaba por mi momento más intelectual, sino más bien me dejaba llevar por emociones o sensaciones más primarias, así al menos tendría algo de sentido toda esta locura que me estaba pasando con Rubén después del batacazo que me había llevado con Marc.
Observé mi reflejo en el espejo; mi pelo castaño caía sobre mis hombros llegando hasta mi pecho, haciendo mi rostro aún más pequeño al haber perdido casi diez kilos desde que vi la primera foto de Marc con aquella chica.
Mis brazos, que siempre habían estado definidos y musculados por el baile, ahora se habían quedado en la mitad de lo que habían sido dejando mis muñecas casi esqueléticas.
No podía encontrarme al verme, no me reconocía.
Me quité la sudadera que envolvía mi cuerpo dejándome ver por primera vez el horror que me estaba haciendo a mí misma.
Vi cómo mis costillas se marcaban bajo mi sujetador, al igual que mi vientre estaba metido para adentro.
Pasé mis dedos por mi piel acariciando lo poco que quedaba de mi barriga, sintiendo entre mis yemas el grosor de mis costillas, recorriéndolas lentamente mientras me observaba fijamente.
Mi cuerpo era el reflejo de cómo se encontraba mi corazón; deteriorado, abandonado.
Subí mis delgados dedos por mi pecho hasta alcanzar mis clavículas que sobresalían de mi piel para acariciarlas.
No podía encontrar belleza alguna entre tanto hueso.
No conseguía descubrir qué era lo que Rubén había visto que le gustara tanto como para mirarme de la manera en la que me había mirado esta mañana.
Tras observar el desastre en el que me había convertido un par de segundos más, busqué algo para ponerme que fuera cómodo sin recurrir al chándal que tanto me gustaba últimamente.
Al terminar de vestirme, pellizqué varias veces mis mejillas antes de maquillarme para tratar de evitar la famosa reacción de lástima de mi alrededor al verme.
La llamada de mi hermano a mi teléfono fue la señal para buscar mi batería social antes de bajar.
Al salir, Agustín me esperaba en el garaje para llevarme a aquella fiesta en su casa.
Al cruzar la puerta, suspiré antes de entrar, mentalizándome de que tocaba fingir como siempre que todo iba bien dentro de mí.
Estaba tan cansada de fingir. Fui saludando uno por uno a la familia antes de sentir la mano de alguien sobre mi cintura llamando mi atención.
Por un momento me embriagó la emoción al sentir aquella mano agarrando mi cintura.
Emoción que se desvaneció al ver a mi hermano susurrándome tras disculparse que quería presentarme a alguien.
—Sé amable —me dijo mientras cruzábamos la sala.
—Siempre soy amable —respondí lanzándole una breve, pero no menos intensa mirada.
—Ahí está —anunció soltando su mano de mi espalda al acercarnos a aquel hombre de espaldas.
Respiré hondo antes de que mi hermano tocara su espalda.
Louis era futbolista, lo conocía de haber coincidido alguna que otra vez en una de las muchas fiestas que Marc organizaba.
Se giró con una cálida sonrisa. Sus dientes blancos brillaban casi tanto como el piercing que lucía sobre su nariz, resaltando sobre su piel morena.
Louis colocó una de sus manos sobre el hombro de mi hermano mientras sus ojos se posaban sobre mí.
Sus dedos lucían pequeños tatuajes, al igual que el dorso de sus manos.
Le dediqué una leve sonrisa antes de saludarnos con un beso en la mejilla.
He de reconocer que su presencia me ponía nerviosa, detalle del que mi hermano se dio cuenta antes de inventar una excusa para dejarnos a solas.
Su acento británico le daba ese punto extra a su evidente atractivo.
Estuvimos un rato poniéndonos al día, bueno más bien el enumerándome los múltiples títulos que había conseguido tanto en el terreno de juego como a nivel personal.
Sus ojos marrones tenían una pequeña veta verdosa que brillaba, al igual que su cara aniñada y su risa nerviosa, al saber de mis labios que estaba a punto de divorciarme.
Quizás estuviera desentrenada, pero aún sabía cuándo alguien tenía interés en mí y Louis se moría por ser algo más que mi amigo.
Si mi amiga Pau estuviera aquí seguramente me aconsejaría que me comiera un bombón de chocolate para endulzar las penas; y Louis sería ese bombón.
Pero a pesar de estar pasando un rato agradable donde no tenía que fingir que me divertía, mi cabeza de vez en cuando se trasladaba al piso de Rubén y me hacía morir de ganas de saber si él estaría acompañado.
Antes de medianoche, mi batería social se agotó y busqué esconderme en el jardín.
Louis salió al jardín donde me encontraba sentada escribiéndome con mi hija.
El fuerte olor de su perfume me hizo girarme encontrándome con su imponente presencia y su cálida sonrisa acompañándolo siempre.
— I’m sorry —se disculpó sentándose a mi lado—. No quería asustarte.
—No te preocupes.
—Espero no interrumpir una conversación con algún enamorado —preguntó señalando mi teléfono.
—No… no —negué con una leve sonrisa—. Con mi hija…
Giré el teléfono para enseñarle la foto de Violeta con orgullo.
Su sonrisa al verla antes de volver a mirarme me hizo tener un déjà vu , recordando la noche que hablé con Rubén por primera vez.
La voz melódica de Louis captó de nuevo mi atención pidiendo mi número de teléfono para poder vernos de nuevo algún día.
—Sé perfectamente tu situación… —dijo excusándose—. No existe televisión que no hable de ti —bromeó—. Es solo por si te apetece tomar café con un amigo algún día…
—Claro. —Le dediqué una breve sonrisa—. Quizás algún día te tome la palabra… Había pensado mudarme a Miami y creo recordar que tienes casa por allí.
—¡Por supuesto! —Sus labios volvieron a dejar ver sus dientes—. Puedo ayudarte a buscar por allí. Enseñarte las mejores zonas… De colegios no entiendo —dijo riéndose—. Pero tengo amigos con hijos, podría preguntar.
—Claro —respondí sonriente mirándonos mutuamente—. Sería de gran ayuda… Gracias.
—Lo que necesites. —Colocó su mano en mi espalda acariciándola.
Louis no era Rubén. Era directo, conquistador, le gustaba gustar.
Se asemejaba más a Marc. Ambos intercambiamos los números antes de besar mi mejilla cariñosamente para despedirse.
Me quedé ahí parada observando cómo se alejaba el rato suficiente para que mi hermano se percatara de que su presencia me había cautivado.
Al ver a Agustín acercarse a mí tras despedirse de Louis, se dirigió hasta mí con sus manos en los bolsillos con una sonrisa triunfante.
Se escapó de mis labios un profundo suspiro mientras bloqueaba el teléfono esperando su conversación.
—¿Qué? ¿Cómo fue? —preguntó entrelazando sus manos al sentarse junto a mí.
—¿Con Louis? Bien…
—¿Solo bien? —insistió—. Habéis estado hablando toda la noche
—¿Nos has estado espiando? —pregunté mirándole intrigada.
—Jamás haría eso —se disculpó pasando sus dedos por su pelo canoso nervioso.
No pude evitar reírme golpeando levemente su pierna antes de levantarme de allí.
—Me ha pedido el teléfono para volver a vernos. —Su sonrisa de victoria se engrandeció al escuchar aquello.
—Me alegra escuchar eso.
—No te alegres demasiado… Jamás saldría con un futbolista —respondí jugando con mi teléfono entre mis dedos—. Por cierto… —Aclaré mi garganta rascando brevemente mi nariz—. Necesito que me lleves a un sitio…
—¿Ahora? —preguntó alzando sus ojos hacia mí.
—Sí… No quiero que me graben saliendo sola…
—Cogí aire mirando rápidamente la fachada de la casa—.
Y mi furgoneta pareciera que lleva unas enormes letras de neón anunciando dónde voy.
—Agustín se inclinó hacia atrás para sacar algo de su bolsillo.
Golpeó con cariño el dorso de mi mano llamando mi atención para dejar sobre la palma de mi mano las llaves de su coche.
—Ve con cuidado… Ya sabes el cariño que le tengo a mi coche.
—¿Es en serio? —pregunté divertida.
—Dale, antes de que me arrepienta.
—Te prometo que no correré —respondí agarrando las llaves—. Gracias.