Y en el medio, tú: 1 Capítulo 5 #6
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Capítulo 5 #6

Relamí mis labios al respirarla de nuevo tan cerca.

Su mirada me miraba sin mirarme, viendo cómo su cabeza trataba de hacer un balance de daños, entendiendo que la burbuja acababa de explotar y tocaba guardarme el loco amor que estaba latiendo por todo mi cuerpo.

Su cabeza se giró levemente mirando la cama que quedaba tras de nosotros antes de agachar de nuevo su mirada.

—Es hora de irme… —suspiró dedicándome una leve sonrisa.

—Claro… —respondí levantándome, caminando tras ella—. Te acompaño.

Salí tras ella de mi habitación disfrutando aquellos últimos minutos, sabiendo tal como me temía, que nada volvería a ser como era antes. Por la manera en la que sus ojos se quedaban fijos mirando a la nada mientras colocaba su abrigo sobre sus hombros, sabía que se había roto algo entre nosotros.

—Bueno… —dijo mordiendo sus labios mientras apretaba su bolso entre sus manos.

Me acerqué lentamente hacia ella jugando las pocas cartas que tenía a mi favor.

Sabía que le gustaba, al menos es lo que me había dado a entender al besarme como me había besado.

Acerqué lentamente mis labios a su mejilla para besarla lentamente antes de separarme lo suficiente para seguir respirándonos mutuamente.

Al observarla desde mi altura vi cómo su pecho volvía a respirar acelerado, imaginando su corazón igual de taquicárdico que el mío.

Sus ojos volvieron a mirarme con el mismo brillo de antes, sabiendo que mi táctica había funcionado.

—Ojalá te quedaras un poco más… —dije susurrando cerca de su rostro al darle algo de distancia. Vi cómo su garganta subía y bajaba al tragar.

—Creo que es mejor así… —dijo en voz baja mirando mis labios de la misma manera que yo miraba los suyos, aclarando su garganta mientras se distanciaba.

Los dos respiramos la tensión palpable, haciéndonos con la mirada lo que no nos atrevíamos a hacernos de nuevo con los labios.

Nos mirábamos en silencio, tomando aún más distancia el uno del otro al sentir el timbre de la puerta.

Respiré hondo antes de abrirle a mi amigo, viendo cómo sus manos apretaban su bolso contra ella, con la mirada perdida al frente.

Era la primera vez que el silencio entre ambos se volvía incómodo.

Sentado sobre uno de los taburetes de la cocina no podía dejar de mirarla con miedo de acercarme, sin saber tampoco qué decirle.

El sonido de los nudillos de Agustín golpeando la puerta fue la excusa que ambos esperábamos para reaccionar, viendo cómo se levantaba tras de mí para recibir a su hermano.

Al abrir la puerta, Agustín se dio cuenta de que algo había pasado al ver nuestras caras.

Traté de disimular haciéndole un breve gesto para que pasar.

—¿Os habéis enojado? —preguntó en voz baja al pasar por mi lado.

—Todo está bien, no te preocupes —respondí arrugando mi frente haciéndole un breve gesto con la cabeza negando.

—Porque si es por lo que ha pasado con Marc…

—Gus, por favor —Isabella le pidió acariciando su brazo.

Besó la mejilla de su hermana para saludarla antes de ponerse a su lado. Isabella le dedicó una breve sonrisa, escondiendo sus manos dentro de los bolsillos de su abrigo, dejando su bolso colgado sobre su antebrazo.

—Bueno… ¿nos vamos? —preguntó mirando a su hermano.

—Sí, claro… —respondió mirándonos a ambos—. Por cierto, esta noche he preparado una cena con unos amigos —explicó mirándonos a ambos—. ¿Por qué no te llegas un rato?

Colocó una de sus manos sobre mi hombro. Mis ojos miraron rápidamente a Isabella antes de mirar de nuevo a mi amigo, declinando aquella invitación.

—Gracias… pero… prefiero quedarme esta noche en casa…

—¿Has quedado con la chica esa del aeropuerto? —Agustín preguntó viendo tras él cómo Isabella alzaba los ojos para mirarme.

—¿Qué chica del aeropuerto? —le pregunté sin saber cómo es que él sabía de la existencia de Tania.

—Con la que te vieron el viernes —aclaró mirándonos a los dos.

La cara de Isabella se tensó viendo cómo respiraba profundamente con sus ojos agachados.

—Llevan toda la mañana poniendo las fotos… —Sacó su teléfono para buscar la noticia—. Mira, aquí están…

Agustín me pasó su teléfono para mostrarme las fotos donde salía agarrando la cara de Tania para besarla, convirtiendo aquel gesto espontáneo en chismes sobre cómo se dio aquella foto. Volví a pasarle el teléfono a Agustín arrugando mis labios, buscando a Isabella tras su hermano.

—No existe ningún romance… —le aclaré rascando mi barbilla—. Ella es solo una amiga…

—¿Ahora te besas con tus amigas?

Aquella pregunta burlona de Agustín provocó que los ojos de Isabella me lanzaran una mirada nerviosa e incómoda. Negué nuevamente con la cabeza, arrugando mi frente mientras escondía mis manos tras de mí.

—Esta gente solo sabe inventar chismes, ya lo sabes…

—Bueno… —Isabella dijo tras aclarar la garganta—. ¿Nos vamos?

—Sí, claro. —Agustín volvió a golpear con cariño mi hombro mientras guardaba su teléfono—. Bueno si cambias de opinión… Ya sabes dónde estamos.

—Gracias —respondí suspirando sutilmente caminando tras ellos para despedirlos.

—¿Hablamos mañana? –Agustín recalcó mientras Isa abría la puerta.

—Claro…

—Chao, Rubén —Isabella se despidió casi sin mirarme, cruzando la puerta.

Fingí una leve sonrisa colocando mi mano sobre la puerta, acomodando mis hombros hacia atrás con un breve suspiro, tratando de disimular lo muerto que estaba con ella y lo que me dolía ver cómo a medida que iban pasando los segundos más se arrepentía de lo que había pasado tras aquella puerta.

—Chao… —respondí viendo cómo la puerta se cerraba.

La mirada furtiva de Isabella mirándome fue lo último que vi antes de que se cerrara la puerta del ascensor.

Le había entregado la llave para hacer conmigo lo que quisiera.

Al sentir el ascensor bajar cerré la puerta sintiéndome solo por primera vez desde que volví.

Me dejé caer sobre el sofá resoplando mientras frotaba mi cara observando mi alrededor.

No paraba de preguntarme por qué con todas las veces que nuestros caminos pudieron cruzarse en mejores circunstancias, por qué la vida me la ponía justamente ahora que estaba rota por dentro, sabiendo que estaba haciendo justo lo que le habían propuesto que buscara; un tío discreto con el que desfogar.

Mis ojos involuntariamente se fijaron donde su cuerpo había estado desnudo horas antes.

Me levanté escondiendo las manos en los bolsillos de mi pantalón, caminando hasta mi dormitorio.

Recorrí cada rincón de aquella cama que ahora me parecía aún más solitaria y mucho menos apetecible sin ella.

Al entrar la tarde, pude apartar la pájara mental que me abrumaba para avisar a Víctor de que mañana estaría allí doblando turno si hacía falta para compensar el haber estado fuera tanto tiempo.

Tras su escueta respuesta, mientras buscaba si Isabella estaba en línea, me llegó un mensaje de Tania preguntándome si me apetecía cenar juntos.

Dejé caer mi cuerpo hacia atrás en aquel sillón, sabiendo que Tania querría hacer algo más que cenar y yo no podía imaginarme ahora mismo los labios de alguien más cuando tenía el recuerdo de los labios de Isabella cosquilleándome en la piel.

Me dirigí a la estantería que separaba el salón de la cocina para sacar de detrás de unos libros, escondida, la última foto que mi hermana Blanca y yo nos hicimos con mi madre en Miami, en el último tour que dio Isabella.

En la foto se veía a mi madre con su pañoleta dorada con las luces de fondo, abrazada a mí, ambos pendientes del concierto mientras mi hermana tomaba el selfi.

El recuerdo de su sonrisa al ver por primera y última vez a Isabella aún dolía como si acabara de perderla.

Mi madre había sido siempre mi consejera, mi cómplice de locuras y estoy seguro de que si estuviera aquí me diría; vas a terminar como la fiesta del Guatao.

Que viene siendo que voy a terminar jodido.

Guardé la foto antes de volver a meterme en la conversación de Tania para aceptar ir a cenar antes de meterme a bañar para despejar mi cabeza e intentar sacar de mi piel el perfume de Isabella.

Sentía una necesidad compulsiva de mirar la conversación con Isabella.

Me moría por decirle algo, pero no quería incomodarla o que mi recuerdo le hiciera alejarse más.