Capítulo 5 #5
sobre su pecho aún acelerado.
Respiré profundamente al volver a recorrer su cuerpo con mis ojos.
Busqué su mano que descansaba sobre el colchón, provocando que su cabeza se girara lentamente para mirar nuestras manos acariciarse.
Sus ojos me observaban detenida y profundamente, al igual que los míos.
Sus labios se humedecieron antes de morderlos tratando de ocultar su sonrisa.
—Hola… —susurró.
—Hola… —Sonreí—. ¿Cómo te sientes?
Pregunté viendo cómo sus ojos volvían a observar nuestros dedos entrelazados.
—No sé… —dijo en voz baja volviendo a mirar hacia el techo iluminado por la luz natural—. Me siento rara…
—¿Te arrepientes? —pregunté acariciando sus dedos.
—No… —susurró sin apartar sus ojos de los míos—. Pero… sí siento como si hubiera hecho algo mal.
—Puedo asegurarte que nada de lo que has hecho ha estado mal —respondí divertido viendo cómo sus ojos me miraban sonriente mientras nuestras manos seguían acariciándose entrelazadas.
—Tú tampoco has estado mal. —Su voz sonaba divertida y relajada.
—Vaya… Gracias, eso es…
El sonido de su risa al ver mi expresión llevó a mis ojos atraídos hacia su boca como una polilla hacia la luz.
—Es lo más bonito que me han dicho en la vida.
—De nada —dijo riéndose, cubriendo su rostro entre sus manos tras soltar mis manos.
Me quedé como un idiota hipnotizado con el sonido de su sonrisa, con su pequeño y perfecto cuerpo desnudo sobre mis sábanas viéndola suspirar con una sonrisa en los labios.
Suspiré tras recorrer su cuerpo con los ojos, gesto al que ella respondió iluminando aún más aquella habitación con su sonrisa, acariciando mi barbilla y mi mejilla con sus dedos antes de sentir cómo nuestros labios se acercaban atraídos como dos polos opuestos de un imán para besarnos de nuevo, pero esta vez de una manera diferente.
Disfrutando sin prisa del roce de nuestras bocas, recorriéndonos lentamente.
Su mano volvió a enredarse en mi pelo mientras la mía acariciaba el contorno de su cadera, disfrutando del roce de su piel bajo mis dedos.
—Lo siento, pero… —dije en voz baja despegando mis labios de su boca—. Tengo que preguntártelo.
—¿Qué cosa?
—Me mata la curiosidad de saber qué Rubén ha estado mejor…
Su boca soltó una carcajada mientras ocultaba brevemente su rostro sobre mi pecho.
—Es algo personal… —bromeé.
—Pues… —aclaró su garganta riéndose—, es que con el Rubén de mis fantasías he tenido más encuentros… —respondió riéndose, haciéndose la interesante.
—De cuántos encuentros estamos hablando… —El sonido de su risa era vitamina—. ¿Dos? ¿Seis? ¿Más de diez? —Una breve carcajada salió de mi pecho al verla esconderse bajo sus manos avergonzada—. Me estás partiendo el corazón ahora mismo…
—Debes de estar pensando lo peor ahora mismo de mí… —Sus manos acariciaron mi cara riéndose antes de regalarme otro beso en los labios.
—En absoluto.
Ambos volvimos a quedarnos varios segundos mirándonos en silencio, acariciándonos.
—¿Y a ti…? ¿Te ha gustado? —preguntó lamiendo sus labios mientras observaba los míos—. Dime la verdad…
—Mucho —respondí mirándola sin dudarlo—. Me ha gustado muchísimo… —susurré buscando de nuevo sus labios.
Sus labios esbozaron una enorme sonrisa a la vez que su cuerpo se acomodaba cerca del mío. Mis brazos abrazaron su cintura desnuda mientras volvíamos a fundirnos en un profundo beso.
—Cuando… —dijo aclarando la garganta mientras saboreaba aquel último beso—. Cuando me has visto… desnuda. —Sus ojos se agacharon inseguros—. ¿Qué has pensado?
Llené mis pulmones de aire observando sus enormes ojos, acomodando su cabello tras sus hombros sin ocultar mi sonrisa.
—He tenido que hacer un esfuerzo sobrehumano para no desmayarme…
Isa se echó a reír humedeciendo sus labios nerviosa.
—Es importante… —murmuró pasando sus dedos sobre la barba de mis mejillas—. ¿Te ha desilusionado lo que has visto, imaginabas otra cosa o…?
—¿Desilusionado? —Negué levemente—. Nada de lo que he visto me ha desilusionado… Al contrario, solo me ha confirmado lo que ya imaginaba… Lo hermosa que eres.
Su garganta tragó al escucharme antes de acercarse de nuevo a mi boca para besarme con un beso lento, profundo, alargando aquel momento.
—Creo que debería irme… —dijo susurrando sobre mi boca.
Pasé mi mano sobre su frente acariciando su cabello antes de volver a mirarla tras aquel beso.
—Quédate… —dije sonriendo antes de besar de nuevo sus labios—. Un ratito… por favor…
—No puedo… —Sus dedos acariciaron mi pecho—. Mi hermano, que es amigo tuyo por cierto… —Sus labios sonrieron al matizar aquella relación—. Vendrá en cualquier momento.
—Gracias por recordármelo —dije burlándome, acariciando mi cabeza con una de mis manos.
—De nada —añadió riéndose antes de regalarme un breve beso antes de incorporarse.
—Quédate… —volví a pedirle enredando mis dedos en su cabello.
—No puedo —murmuró pasando sus dedos sobre mi mejilla.
Ambos nos quedamos varios segundos mirándonos a los ojos.
Y es que no podía dejar de observar lo hermosa que era cada vez que la miraba.
Su cuerpo se incorporó en busca de su ropa, mientras observaba lo perfecta que era la piel de su espalda.
Cómo caía su cabello sobre sus hombros, el color de su piel.
—¿Quieres que traiga tu ropa? —pregunté viendo cómo sus manos agarraban la sábana para cubrirse.
—Porfa… —Sonrió volviendo a sentarse sobre la cama cubriendo su cuerpo.
Sentía su mirada observando cómo terminaba de abrocharme el pantalón antes de girarme para ir en busca de su ropa.
Antes de irme, su mano tiró de la mía para colocarla sobre mi mejilla dándome un tierno beso en los labios.
El sonido de nuestros labios besándose dejó paso a su sonrisa antes de salir de la habitación cerrando la puerta tras de mí.
Al pasar mis manos por mi cara, descubrí que mis manos aún olían a ella, al igual que mi salón y seguramente mis sábanas tendrían el olor de su perfume pegado.
Lavé mis manos para echarme agua al terminar en la cara.
Me quedé ahí parado observando mi reflejo en el espejo tratando de asimilar lo que acababa de pasar.
Rezaba para que no fuese una horrible siesta de la que me levantaría confundido y frustrado al escuchar mi teléfono sonar.
Mi cerebro no era capaz de procesar haberla visto desnuda, el haberla visto disfrutar conmigo.
Era algo irreal. Salí del baño distraído con la cabeza en mis cosas, acariciando sin darme cuenta el reloj de mi padre como esperando invocar alguno de sus consejos.
Resoplé buscando su ropa sobre el sofá, volviendo al cuarto tras recoger su ropa, sin ocultar la sonrisa al comprobar que seguía siendo real y no otro invento de mi imaginación.
—Ten… —dije acercándole su ropa.
—Gracias —respondió acomodando su pelo sobre sus hombros antes de agarrarla.
—En esa puerta de ahí tienes el baño… —Le señalé la puerta que había a su izquierda viendo cómo su cabeza se giraba buscándola—. Yo mientras te espero fuera, pa que… puedas vestirte tranquilamente.
—Gracias —volvió a agradecerme con una tímida sonrisa.
Me quedé una milésima de segundo viendo su sonrisa an tes de volver a salir de mi habitación.
Al llegar de nuevo a la cocina, recogí el jersey que Isa me había quitado horas antes, dejando caer mis codos sobre la barra para frotar de nuevo mi cara tras ponérmelo de nuevo.
Al sentir de nuevo el olor de su perfume me reincorporé, viéndola aparecer con sus ojos observando su alrededor.
—¿Te gusta? —pregunté al verla observar uno de los cuadros que decoraban la sala.
—Mucho —respondió mirándome con una breve sonrisa—. Tienes un piso precioso…
—Y eso que no lo has visto entero… —dije acercándome hacia ella metiendo mis manos dentro de los bolsillos de mis vaqueros.
—Es cierto… Nunca me habías invitado a tu piso. —Lanzó la indirecta sin borrar la sonrisa.
—El peor amigo de la historia… —Sonreí acercándome a ella—. ¿Quieres verlo?
Sus ojos me miraron antes de que sus labios asintieran tras sonreír.
Saqué una de mis manos del bolsillo para agarrar su mano.
Recorrimos el pasillo agarrados de la mano, enseñándole los cuadros que próximamente Adriana reclamaría antes de llegar a la terraza.
Sus labios se ocultaron entre sí tras lamerlos al ver la terraza.
Le enseñé las vistas que tenía desde allí y le mostré que se comunicaba con el salón.
La animé a que se asomara para contemplar el centro de Madrid desde ahí.
Después de observar la joya de la corona de aquel piso, entramos para mostrarle los cuartos de invitados y le expliqué que quería remodelar uno de ellos para hacerlo oficina y gimnasio ahora que Adriana se había ido.
Le mostré mi gimnasio en proceso, alucinando con el tamaño de cada una de las habitaciones.
Al llegar a mi dormitorio, ambos sonreímos.
—Y bueno… —dije sonriendo, sujetando el pomo de la puerta—. Esta parte ya la conoces…
—Me es familiar, sí… —Observé cómo cruzaba sus manos mirando a su alrededor con el rostro algo más serio.
—¿Estas bien? —pregunté volviendo a guardar mis manos en los bolsillos.
—Sí… Es solo que… —dijo sentándose sobre el borde de la cama—. ¿Crees que…? No sé… Después de lo que ha pasado… —Sus ojos volvieron a mirarme sorteando entre mis ojos y mis labios—. ¿Podremos seguir siendo amigos?
Me hubiera encantado decirle que mi cuerpo, después de lo que había pasado entre los dos, no iba a aguantar tenerla tan cerca, fingiendo ser su amigo.
—Podemos intentarlo —respondí sonriéndole, tratando de tranquilizarla y autoconvenciéndome. Sus ojos color café se clavaron sobre mí—. No volveremos a hablar más del tema si eso te deja más tranquila… —respondí en voz baja apretando mi mandíbula viendo cómo su pecho volvía a coger aire.