Y en el medio, tú: 1 Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

Marc se hizo a un lado dejándome pasar. Ambos nos retamos con la mirada al pasar uno al lado del otro. Antes de bajar las escaleras me chifló como si estuviera llamando a un perro. Apreté los ojos respirando profundamente antes de volver a girarme.

—Solo para que lo sepas, tu mujer… Folla mil veces mejor que Isabella.

Su risa fue el detonante para hacer lo que llevaba tanto tiempo deseando hacer.

No me siento orgulloso, pero esas palabras junto con todas las veces que Isabella me había llamado llorando por culpa de este hijo de puta, fue el incentivo para borrarle la sonrisa socarrona de un puñetazo.

Golpearle fue la mejor sensación del mundo.

Sentí la adrenalina salir de mi puño al chocar con su estúpida cara.

Lo único que me hizo dejar de disfrutar al verle caer al suelo con el labio partido por el golpe, fue ver a Isabella salir de la habitación mirándome como si realmente aquella rata no lo mereciera.

—¿Pero qué…? ¿Te has vuelto loco o qué? —Sus ojos me miraron mientras me reprendía.

Sacudí mi mano tras golpearlo viendo cómo se retorcía en el suelo como la rata que era, con el labio ensangrentado.

Los ojos de Isabella me miraban desconcertados mientras se agachaba para socorrerlo.

Lamí mis labios recolocando mi camisa antes de irme tal como Isabella me había pedido.

Pude ver la sonrisa de Marc aún tirado en el suelo haciendo bien su papel antes de girarme para irme, topándome al bajar con los ojos incrédulos de Agustín al ver mis nudillos y a Marc en el suelo sangrando.

Salí de aquella casa lamentando haber perdido así los nervios, sobre todo porque le había dado a Marc la excusa perfecta para acercarse a de nuevo a Isabella.

Una vez dentro del coche, observé mis nudillos rojos al colocar la mano sobre el volante, recordando las palabras de Marc confirmando lo que tantas veces Adriana me había negado.

Al llegar a casa solté las llaves junto con mi teléfono sobre la barra de la cocina parándose al rebotar contra una de las velas que había.

Resoplé tratando de quitarme el coraje, colocando las manos sobre mi cintura tras pasar mis manos varias veces sobre mi cabeza, sin ser capaz de detener mis pies que caminaban en círculos.

El sonido de mi teléfono me hizo ver la vela torcida por el golpe contra las llaves.

Me acerqué para ver de quién se trataba, rascando mi barbilla pensando si era buena idea cogerlo al ver el nombre de Agustín sobre la pantalla.

Tal como estaba en ese momento lo único que podría hacer era empeorar la situación.

Así que volqué todo el coraje y frustración que sentía sobre el saco de boxeo que colgaba de lo que sería mi gimnasio.

Cada vez que golpeaba aquel saco me acordaba de mi psiquiatra y del consejo de focalizar para sacar y controlar mi ira sobre aquel saco.

Tras casi una hora recibiendo golpes, decidí darle descanso al saco tras escuchar el timbre de la puerta, colocándome una toalla alrededor del cuello antes de salir, secando mi cabeza y mi cuello mientras avanzaba por el pasillo hasta llegar a la entrada donde seguían tocando.

—¡Ahí voy! —respondí llegando de nuevo a la sala, comprobando mi teléfono al agarrarlo de encima de la barra.

Siete llamadas perdidas de Susana; tres notificaciones de mensajes de Agustín.

Al abrir la puerta los ojos azules de Susana me miraban entre enfadados y preocupados por no haberle devuelto las llamadas.

Abrí la puerta de par en par invitándola a entrar mientras me dirigía a la cocina para tomar café ya que acababa de recordar que no había desayunado.

—¿Quieres café? —le pregunté encendiendo la maquina barista.

—¿Me puedes explicar dónde coño estabas? Me tenías preocupada.

Me giré para mirarla mientras se hacia el café. Susana era como una Taylor Swift española; altísima, mega rubia y unos enormes ojos azules. Aunque de personalidad era más como Robin de How I Meet Your Mother .

—Estaba haciendo deporte, no escuché el teléfono…

—¿Tú sabes la cantidad de llamadas que tengo de nuestro socio del hospital preguntándome si su traumatólogo va a reincorporarse mañana? —Me miró enfadada.

—Discúlpame … —respondí acariciando su mano antes de servirle una taza de café.

—Rubén, es que parece que se te olvida lo que te juegas… ¿Sabes los malabares que tuve que hacer entre bajas y excedencias para que no te finiquitaran de la sociedad? —Agarró la taza de café entre sus manos para calentárselas.

—Lo sé, perdona… —Me disculpé nuevamente apoyando mi cuerpo sobre la barra—. Recién aterricé… Y al ser domingo me relajé, disculpa… Yo mismo llamaré a Víctor para confirmarle que mañana me tendrá en turno doble si le apetece.

Susana me miró en silencio antes de mojar sus labios rojos de pintalabios de café para luego saborearlo.

—¿Y qué coño te pasa?

—¿A mí? Nada… ¿por qué la pregunta?

—No sé —dijo colocando sus brazos cruzados sobre la mesa tras señalar mis nudillos—. Negué levemente con la cabeza incorporándome mientas terminaba el café de mi taza—. He estado haciendo deporte, te lo he dicho…

—Ya… ¿Y esa cara de malhumorado?

—No estoy malhumorado… —respondí dejando la taza en el fregadero.

—Claro… ¿Y dónde estuviste?

Me giré para mirarla cruzando mis brazos sobre el pecho mientras lamía mis labios.

—Te lo pregunto porque anoche estuve tocando el timbre y me dijo el portero que aquí no había ni Cristo… por no hablar de que dejaste tirados a los chicos con la excusa de que estabas con tu chica.

Arrugué la frente al escuchar aquellas frases hechas que soltaba que jamás entendía. Sus enormes ojos azules me mira ron con sus cejas alzadas esperando alguna respuesta.

—Estuve fuera.

—¿Con Tania? —preguntó con curiosidad—. Tu nueva distracción.

—No… Tania está con su familia este fin de semana.

—¿Entonces? ¿Ya te cansaste de ella?

—¿Por qué dices eso?

—Porque has dicho que pasaste la noche fuera y acabas de confesarme que la utilizaste como excusa… Por favor no me digas que fuiste a buscar a Adriana.

Chasqueé la lengua ofendido por haber siquiera imaginado aquello.

—Por supuesto que no… —La miré decepcionado por aquella horrible imagen que tenía de mí.

—Por tu bien espero que así sea. —Me señaló—. Entonces… ¿dónde estuviste?

Insistió sentándose en uno de los banquitos, mirándome intrigada.

—Fui a pasear, nada más… —mentí agachando levemente la mirada—. Lo que pasa es que no tenía ganas de salir a ver cómo se emborrachan…

Susana me miró eligiendo creerme o decidiendo no insistir más.

—Que sepas que estoy orgullosa de saber que no has vuelto a beber… —confesó—. Cuando no podía localizarte pensé que…

Suspiré alzando mi mano para agarrar la suya, estrechándola con cariño. Susana era conocedora del problema que tuve con la bebida. Y aunque no sabía que intenté quitarme de en medio, sé que imaginaba que trataba de hacerlo bebiendo hasta un día no despertar.

—Tania se encargó de vaciar el minibar y la vinoteca del piso antes de que volviera… Y si quedaba algo, sus amigos se lo bebieron todo en fin de año —bromeé.

—Rubén, como se enteren en el hospital… —murmuró preocupada.

—Te prometo que eso no será más un problema. —Apreté sus manos con cariño.

Susana se levantó soltando mis manos para ir a abrazarme, apretándome con fuerza.

—No te imaginas las ganas de tenerte otra vez por aquí —dijo en voz baja abrazándome—. Te he echado de menos, melón.

—Yo también tenía ganas de volver. —Sonreí aún abrazado a ella.

Susana me estrechó entre sus brazos antes de alejarse dándome un golpe en el pecho.

—Ahora haz el favor de bañarte, que hueles a perros muertos… —dijo metiéndose conmigo con su sonrisa burlona.

—A sus órdenes.

—Yo ya me voy… —avisó recogiendo sus cosas—. Por favor… —Volvió a girarse—. Avisa cuanto antes a Víctor para confirmarle que mañana te reincorporas.

—Me pego una ducha y lo llamo.

Me dedicó una cálida sonrisa antes de irse, dejándome de nuevo a solas en aquel inmenso piso.

Me dejé caer en aquel sofá que Adriana había elegido después de ver trescientos, mirando fijamente al frente.

Suspiré antes de acercar mi teléfono para ver los mensajes que Agustín me había dejado.

El timbre del portal volvió a sonar. Imaginé que sería Susana, seguramente se habría olvidado de decirme algo, así que dejé la puerta abierta mientras me dejaba caer de nuevo sobre el sofá para escuchar las notas de audio que Agustín me había mandado.

— ¡Ey! … ¿Cómo estás? ¿Qué fue lo que pasó?

Escucha en un rato salgo para tu casa. —Pulsé el siguiente audio colocando el teléfono cerca de mi oído para evitar que Susana escuchara cuando subiera—.

Isa me ha pedido que te pregunte que, si puedes recibirla de aquí a un rato para hablar de lo que ha pasao …

Estaremos por el centro para hablar con el abogado, así que cualquier cosa házmelo saber, ¿vale? Chao.

Apreté los dientes volviendo a la parte que decía que quería hablar de lo que había pasado. Mientras mis dedos trataban de escribir una excusa creíble para no tener que verla, unos dedos golpearon la puerta que había dejado entreabierta.

—¡Pasa, Susi! —exclamé aún mirando la pantalla del teléfono.

—No soy Susi.

La voz de Isabella sonó tras aclararse la garganta, sintiendo la puerta cerrarse de fondo.

Rápidamente me giré levantándome del sofá al reconocer su melódica e inconfundible voz, viéndola parada frente a mí con sus lentes oscuros sobre la cabeza y su abrigo puesto, mientras sus manos agarraban su bolso con fuerza.

—Isa, no te esperaba… ¿Qué haces aquí? —pregunté lamentándome haber estado una hora sudando, dándole golpes a aquel saco—. Perdona que no me acerque mucho, he estado haciendo deporte y… no huelo muy bien.

—No te preocupes, discúlpame tú por presentarme así —dijo mirando a su alrededor—. Es evidente que esperabas a otra persona…