Y en el medio, tú: 1 Capítulo 5
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Capítulo 5

Sus labios volvieron a invitarme a que me quedara con ella en aquella habitación.

Cerré la puerta de su dormitorio, sintiendo cómo mi cuerpo se tensaba al contemplar cómo se sentaba de nuevo al filo de su cama.

Caminé lentamente al otro lado de aquella enorme cama, dedicándonos ambos alguna que otra mirada en silencio.

Mi cabeza iba a tres mil por segundo. Esperé que ella se tumbara antes de tumbarme al filo de la cama guardando las distancias.

Su olor estaba adherido a todas partes, recordándome en forma de pinchazos en el pecho que ella no era una mujer más.

Giré la cabeza hacia ella observando sus cejas relajadas y sus enormes ojos color café que llevaba tantos años disfrutando ver desde la cercanía, observándome.

Su rostro con forma de corazón resaltando sus mejillas, ahora más pronunciadas por su pérdida de peso.

No pude evitar recorrer lentamente la forma de sus labios con mis ojos, la manera en que su comisura se torcía al sonreír.

Tenía el corazón golpeando con un mazo la pared de mi pecho por estar allí tumbado junto a ella, mirándonos en silencio, pero no escuchaba mi cabeza pensar.

Isabella era mi caos y mi paz. Sus dedos buscaron mi mano para acariciarla.

Inhalé lentamente al corresponderle acariciando lentamente la piel de su mano.

Tocar su piel después de su confesión era como darle a mi esperanza una dosis alta en vena, despertando un deseo casi incontrolable.

Mojé mis labios lentamente al ver cómo ella no apartaba sus ojos sobre mí.

Isabella soltó mi mano para acomodar su cuerpo de lado, abrazándose a su almohada tras colocarla entre los dos.

Mi boca salivaba obligándome a tragar cada dos por tres por la tensión de tenerla tumbada junto a mí, únicamente con un albornoz.

Una de sus piernas quedó al descubierto al colocarse sobre la almohada, robándome mi voluntad al contemplar su piel de porcelana.

Me incorporé en busca del filo del nórdico provocando que sus ojos me miraron fijamente al verme acercarme para cubrirla.

Tragué de nuevo luchando por calmar aquel deseo que recorría cada enlace neuronal de mi cuerpo al cubrir su cuerpo, recorriéndola con la mirada hasta llegar a sus ojos.

Había fantaseado tantas veces con tenerla así, que ahora que la tenía frente a mí, me asustaba tocarla.

Me moría de ganas de besarla. No podía dejar de mirar sus labios y no desear comprobar cómo sería que su boca me besara.

Me consumía y me aterraba tenerla tan cera.

Isabella no era como las otras mujeres con las que había estado.

Ella era diferente, era especial. Era lo más parecido que existía a la perfección.

A pesar de medir poco, su presencia me intimidaba.

—Gracias… —susurró con una sonrisa tímida.

Le dediqué una leve sonrisa antes de besar su frente para tumbarme de nuevo.

Aquel beso fue la señal que ella necesitó para acomodarse junto a mi cuerpo, dejando aquella almohada como única separación entre ambos.

Respiré profundamente luchando conmigo mismo dirigiendo la mirada a aquel techo salpicado por halógenos escuchándola suspirar mientras sentía cómo se acomodaba.

Cuando volví a dirigir mis ojos hacia ella, sus párpados habían cubierto sus ojos.

Su rostro relajado estaba acurrucado en aquella almohada y había cubierto su cuerpo hasta sus hombros.

Sonreí cogiendo aire, acomodándome en aquella cama que olía a ella cada vez que me movía.

Sentía que esto era la forma que tenía la vida de disculparse por todo lo que me había quitado, regalándome este instante donde poder contemplarla en la oscuridad de su dormitorio, vigilando sus sueños por todas aquellas veces que había deseado poder estar aquí mismo para protegerla.

Isabella era la razón por la que aquella soga jamás llegó a rozar mi piel.

Su recuerdo fue el recordatorio de que debía seguir luchando como todo buen guerrero.

La claridad que entraba por aquel enorme ventanal fue deslumbrándome hasta conseguir despertarme.

Respiré profundamente a la vez que abría poco a poco los ojos notando un peso sobre mi cuerpo.

Sonreí al ver el brazo de Isabella abrazar mi cintura y su cabeza reposar sobre mi pecho, escondiendo involuntariamente mi nariz en su pelo revuelto sobre mi hombro antes de aferrarme a su cuerpo mientras me estiraba.

Antes de que pudiera dejar caer mi cabeza al lado de la suya para disfrutar de aquellos últimos segundos, su cuerpo se contraía respirando profundamente.

Acababa de desbloquear una nueva necesidad después de descubrir cómo era despertar con ella y estaba a punto de descubrir cómo era su humor por las mañanas.

Su cabeza se movió sobre mi pecho, a la vez que sus dedos comenzaron a acariciar mi pecho provocando que mi corazón estuviera al borde del infarto.

Sus manos se detuvieron de pronto, colocándose sobre mi pecho, casi palpando.

Por cómo se incorporó para mirarme confundida, seguramente aquellas caricias habrían sido involuntarias.

Quizás imaginó que sería Marc quien la abrazaba.

—Buenos días —dije aún con la voz ronca.

—Buenos días —dijo pasando sus manos por su rostro.

—No ha pasado nada, tranquila.

Involuntariamente acerqué mi mano a su espalda notando que estaba empapada en sudor.

—¿Estás bien? —pregunté incorporándome—. ¿Estás sudando?

—Sí… —afirmó nerviosa colocándose de rodillas sobre la cama—. Sí, es que he pasado mucho calor esta noche —aclaró su garganta sacudiendo el cuello de su albornoz—. ¿Tú no? ¿No has pasado calor?

—No… —respondí viendo cómo se bajaba de la cama—. ¿Seguro estás bien?

—Sí —dijo de forma cortante acomodando su pelo con sus dedos—. Es solo que… me gustaría darme un baño, estoy toda sudada…

—Claro… —dije moviendo mis piernas bajo las sábanas para bajarme de su cama—. Eh… No. No puedo irme ahora.

—¿Cómo dices? —preguntó mirándome confundida.

—Necesito cinco minutos… —Sonreí avergonzado sentado en el borde de la cama.

—¿Cómo cinco minutos? —Isabella preguntó agarrando su albornoz entre sus manos evitando que se le cayera.

La miré rápidamente mientras colocaba un cojín sobre mis piernas tratando de ocultar a mi amigo saludando para mi vergüenza, aunque bastante bien se había portado después de estar toda la noche respirando su aroma y sientiendo sus manos acariciándome y abrazándome.

—¡Oh! —Isa exclamo riéndose—. Ahora lo pillo… Tú, este… —Resopló mirando a nuestro alrededor—. Tómate el tiempo que necesites. —Evitó mirarme sin dejar de reírse.

—Gracias…

Ambos nos reímos mientras ella señalaba con sus manos la puerta del baño indicándome que iba a entrar a bañarse.

En cuanto cerró la puerta de aquel baño traté de pensar en cosas poco atractivas mientras salía de aquella cama para abandonar su dormitorio.

Fui a la habitación de invitados antes de que alguien más me viera así y causarle problemas.

Lo último que ella necesitaba era que me vieran a mí con la bandera alzada saliendo de su habitación.

Fui directamente a darme una larga ducha para reflexionar bajo el agua todo lo que había pasado aquella noche.

Era la primera vez que dormía con alguien que me enloquecía como ella lo hacía.

Mientras el agua recorría mi cara, mi cabeza no paraba de revivir su voz confesándome que era el protagonista de sus fantasías.

Me dolía haber sido con el que fantaseaba, pero no con el que se iba a desfogar.

Al salir de la ducha, envolví una toalla alrededor de mi cintura antes de volver a la habitación para vestirme.

Traté de dejarlo todo lo más recogido posible antes de salir.

Iba tan distraído colocándome de nuevo el reloj de mi padre, que tropecé con la última persona que necesitaba ver en aquel momento.

—¡Perdón! —dije alzando la mirada tras chocar.

Para mi desgracia, tuve la mala fortuna de chocarme con Marc, provocando que su teléfono móvil se cayera. Su rostro se encendió al alzar los ojos y verme allí.

—¡¿Qué cojones haces tú aquí?! —gritó antes de levantar la mirada furiosa, guardando su teléfono en el bolsillo.

—Baja la voz.

Miré a nuestro alrededor comprobando que estuviéramos solos.

—Vaya… ¿Ahora vas a darme ordenes tú a mí? ¿En mi propia casa? —Sus manos empujaron mis hombros hacia atrás gritando de nuevo.

—Será mejor que te calmes —dije mirándole, apretando los dientes.

—Estoy calmado —respondió mirándome furioso.

—No lo parece la verdad —inhalé profundamente para no entrar en su juego.

—¿Sabes? Nunca me gustaste —dijo mirándome con asco, invadiendo mi espacio personal.

—El sentimiento es mutuo, no te preocupes.

—Te calé desde el primer día que te conocí… Adriana me advirtió sobre tu rara obsesión con mi mujer, pero no creí que Isabella fuera tan zorra como para follar contigo en mi propia casa.

—No voy a consentir que hables así de ella —le amenacé.

—Isabella es mi mujer —volvió a recalcarlo—. No lo olvides.

—Hubiese estado bien que tú lo recordaras también —respondí aguantándole la mirada. Su sonrisa irónica era como una patada en los huevos.

—¿Crees que por follártela tienes derecho a hablarme así? Eres un puto panchito de mierda y no eres ni el primero ni serás el último… Isabella es así. Con su carita de inocente te atrapa, se divierte contigo y luego te manda a la mierda, así que no te sientas especial.

—Cuidado con lo que dices… —le advertí viendo cómo acortaba la distancia entre los dos—.

Te repito que no voy a consentir que hables así de ella.

Ten un poco de respeto por la madre de tu hija…

—dije recordándole que mi paciencia tenía un límite—.

Y ahora si me permites… —dije señalando las escaleras mientras sus ojos me miraban con el mismo desprecio que seguramente los míos lo miraban.