Y en el medio, tú: 1 Capítulo 4 #8
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Capítulo 4 #8

—Qué idiota eres. —Ambas nos reímos varios segundos antes de retomar la conversación—. Pero tiene gancho… suena a docuserie cutre.

—Lo patentaremos, cariño, aquí lo importante es facturar, pero ahora quiero saber cómo se te ocurrió meter a tremenda tentación en tu propia casa.

—Vino, no sé… Serían las diez o así con comida colombiana… Por cierto, ¿te llegó el demo?

—¡Me encantó! El lunes llamo para empezar a mover eso.

—Genial. —Suspiré con una breve sonrisa.

—Bueno, no nos desviemos… Te llevó cena a casa ¿qué más?

—Sí… trajo mojarra frita que sabe que me encanta…

—Qué rico —matizó.

—Si que estaba todo muy rico la verdad, tengo que preguntarle dónde la compró….

—Yo me refería a él —aclaró riéndose.

—¡Ah! También… —Ambas volvimos a reírnos. Parecíamos dos viejas verdes chismosas—. El caso es que hubo un momento de la noche, no me preguntes por qué ni cómo, que me quedé dormida…

—Eres un caso… —murmuró riéndose.

—No sé qué me pasó, te juro, sentí de pronto una paz, una tranquilidad… Y él, que es un lindo, un… divino, ahí estuvo esperando a que me despertara, hasta un cojín puso para que apoyara la cabeza… Y bueno, luego desperté toda sudada, angustiada…

—¿Y Rubén qué te dijo? Se quedaría flipando cuando te quedaste durmiendo…

—No, él… —Tragué saliva acariciando mis labios con mi lengua recordando el sueño que tuve—.

Él me disculpó creyendo que no estaba cuidándome bien…

Y lo peor es que lo traté horrible cuando se preocupó por mi alimentación…

—Suspiré contemplando de nuevo la puerta—.

Pero cuando se despidió, no sé qué me pasó que le pedí que se quedara…

Tapé mi cara con una de mis manos lamentándome por mis continuas malas decisiones.

—Y lo peor de todo es que no paro de imaginarlo bañándose o durmiendo sobre la cama sin ropa… —Suspiré mirando de nuevo la puerta—. ¿Qué me pasa?

—Si quieres te lo digo, pero no te va a gustar. —Apreté con mis dedos mis mejillas sabiendo lo que iba a decirme.

—No me lo digas…—respondí resignada.

—Rubén te pone cachonda y te gusta. Te tiene como una quinceañera con las hormonas revolucionadas.

Mis ojos observaban la puerta de mi habitación con desesperación.

—Y amiga, déjame decirte que estás en todo tu derecho de echar un polvo como dios manda como hace todo el mundo.

—Como si fuera tan fácil…

—¡Es fácil! Búscate a alguien discreto con quien pasártelo bien de vez en cuando… —insinuó alimentando mi esquizofrenia—. Estás toda apagada, se te va a mustiar… Eso está para usarlo, para darse una alegría de vez en cuando.

—¿Y dónde voy a encontrar a alguien así?

Discreto —pregunté riéndome irónicamente colocando con desgana mi cara sobre mi mano apoyada en mi rodilla—.

En cuanto vean que se trata de mí, ¿sabes dónde irán?

A contar que ando caliente… Y suficientes problemas tengo como para añadir uno más, además qué dirá mi hija.

—¿Piensas pedirle permiso a tu hija de ocho años para poder echar un polvo? —pregunto sarcásticamente.

—Mis prioridades han cambiado… —respondí observando aquella solitaria habitación.

—Ser madre no significa tener que olvidarte de ser mujer.

—Lo sé…

—Creo que va siendo hora de despertar a la loba que hay en ti para que se divierta un rato… Y deberías empezar por comerte a ese bombón que tienes en tu casa. —Su voz sonaba pícara—. Aprovecha las oportunidades que está poniendo la vida.

—Qué idiota eres… El pobre se espantaría… se volvería a Cuba para no volver jamás.

—O no.…

Desenredé mi pelo con una tímida sonrisa, dejando caer mi pelo alborotado sobre mis hombros. Imaginando aquella loca proposición de Pau.

—Además, tiene pinta de ser de los que te agarran del pelo… —añadió pícara—. Así misterioso y pasional.

—Está bien, lo he pillado —la interrumpí riéndome para que no siguiera—. Gracias por tus buenos consejos siempre… —Escuché su carcajada al pillar mi sarcasmo.

—Fóllatelo, ese es mi consejo.

Colgué rápidamente antes de seguir escuchando sus burradas. Bajé de mi cama desatando mi albornoz para volver a vestirme, mirando las luces que alumbraban el jardín con las vistas de la ciudad de fondo. El sonido de la puerta me sacó de mi mundo.

—Pasa… —respondí involuntariamente atando de nuevo mi albornoz mientras me giraba lentamente al sentir la puerta abrirse.

Mis ojos se quedaron completamente eclipsados al ver a Rubén aparecer tras esa puerta, recordándome que tenía que seguir respirando para no ahogarme, luchando contra el involuntario gesto de lamer mis labios al verlo mientras escuchaba en voz alta dentro de mi cabeza el consejo de Pau antes de colgarle.

Casi sentí cómo se me paraba la respiración al abrirse la puerta, apareciendo Rubén con un simple pantalón.

Su enorme cuerpo era perfecto. Su torso perfectamente definido, no demasiado musculado, pero sí esculpido.

Su piel bronceada no tenía más acompañante que una leve hilera de vello que adornaba su pecho y bajaba de forma organizada y de manera realmente sexy hasta su ombligo.

El imaginar mis dedos acariciar su piel provocó un profundo cosquilleo en mi vientre.

Tuve que repetirme a mí misma que sus ojos estaban arriba, mientras apretaba bien mi albornoz controlando mi deseo de lanzarme a tocarle para ver si era real.

Qué me estaba pasando. No era la primera vez que lo veía así.

No entendía por qué esta vez era distinta.

Aclaré mi garganta apretando mis manos dentro de los bolsillos del albornoz.

—Rubén, qué… ¿qué haces aquí? —dije cruzando mis brazos mientras mojaba mis labios buscando concentrarme.

—Perdón, fui a por agua y te escuché hablar… —Su mano agarraba con fuerza el pomo de mi dormitorio—. Solo quería saber iba todo bien.

Mis ojos observaban sus brazos definidos y cómo algunas de sus venas se marcaban en su antebrazo.

Inhalé profundamente asintiendo.

—Sí, no te preocupes… Hablaba con mi mánager… ¿Tú…? ¿Tú tampoco puedes dormir?

—No… —confesó colocando sus manos sobre su pecho al cruzar sus brazos, reposando su cuerpo en el marco de mi puerta.

Es que era perfecto. Su cuerpo estaba ahí parado y me desconcentraba. Por más que luchaba, sentía que me ardían las mejillas y no paraba de lamer mis labios.

—¿Siempre duermes así? —pregunté señalándole rápidamente provocando su sonrisa.

No podía dejar de mirar su cuerpo. Dios bendito cómo se le marcaban los oblicuos en aquella postura.

No era capaz de dejar de mirar cómo sus abdominales sobresalían sobre el breve vello que recorría su cuerpo hasta llegar a su ombligo.

Suspiré alzando las cejas esperando que respondiera mientras trataba de pensar en otra cosa.

—Eh… —Lamió sus labios sin ocultar la sonrisa incorporándose—. No, normalmente suelo dormir con mucha menos ropa…

—La culpa es mía por preguntar —lamenté desviando la mirada escuchando su risa de fondo.

—Y tú… ¿sueles dormir con el albornoz? —preguntó burlándose.

—Así somos las estrellas… Excéntricas —respondí en forma de broma observando mi poca altura al lado de lo grande que él se veía junto a la puerta.

No podía evitar preguntarme cómo sería perderme en las dimensiones de aquel cuerpo.

—Bueno… —Soltó un breve carraspeo—. Ahora que sé que estás bien, no te molesto más —dijo incorporándose.

—¿Quieres… quedarte un rato? —Mis labios formularon aquella pregunta sin ni siquiera consultarlo con mi cabeza. Otra vez—. No creo que pueda dormir de aquí a un rato… Tengo… —Aclaré la garganta—. Demasiadas cosas en la cabeza…

En parte por su culpa. Sus ojos miraban mi habitación como si no hubiera estado otras veces. No pude evitar sonreír al verlo incorporándose.

—Aún no me ha dado por comerme a nadie —dije mirándole aún debatiéndose sobre la puerta. Aunque esta noche parecía estar a punto a cada segundo que pasaba.

—Solo espero que a tu hermano no se le ocurra aparecer… —respondió divertido decidiéndose finalmente a entrar, frotando sus manos entre sí antes de ocupar una de las sillas que había frente a la cama.

—Sí… Sería algo difícil explicar. —Sonreí colocando mis manos a ambos lados de mi cuerpo apoyándome sobre la cama con la espalda algo tensa—. Sobre todo si te ve a ti así, encuerado… y a mí en albornoz…

Rubén acomodó sus brazos sobre sus rodillas, con su espalda inclinada hacia adelante.

Sus manos se frotaban entre sí mientras en su rostro se podía ver que había algo que le rondaba por la cabeza.

Quise aferrarme a este momento por si en cualquier momento lo estropeaba, como terminaba haciendo con todo lo que me rodeaba.

—Va, suéltalo —dije acomodándome sobre mi cama, recolocándome el albornoz para que no se viera nada.

—¿El qué? —preguntó devolviéndome la mirada con sus cejas alzadas.

—Lo que sea que estás pensando.

—No es nada —respondió rascando su barbilla.

—Ajá… Dale, suéltalo, vamos —insistí.

—Está bien… —susurró con una sonrisa—. Es que, siento que desde que volví… estás rara conmigo… Como si te incomodara tenerme cerca. —Se acomodó sobre el asiento, frotando lentamente sus manos sobre sus piernas—. Quizás sean ideas mías…

Me dio tanta ternura escucharle, al igual que ver su expresión.

No pude evitar sonreír mientras llenaba mis pulmones de aire antes de serle sincera.

Rubén era uno de mis mejores amigos. Me había demostrado más lealtad que muchas personas.

No quería que esta absurda tensión que había crecido entre nosotros por culpa de mis fantasías estropeara esto tan mágico que teníamos.

Tras un profundo suspiro pasé mis manos por mi rostro, frotándolo antes de volver a mirarlo.

—No, no son ideas tuyas…

—Es… por algo que he dicho o he hecho. —Me miró preocupado.

—No, claro que no… —dije con una sonrisa nerviosa por la vergüenza de tener que contarle—. Ni tampoco es que me incomodes ni nada de eso…

—¿Entonces?

Sonreí notando cómo mis mejillas se ruborizaban.

—Es… Por otra cosa que no tiene nada que ver contigo, bueno… —Sacudí lentamente mi cabeza—… En parte sí, pero no es tu culpa.