Capítulo 4 #7
—Gracias por la cena y la compañía —dije completamente frustrada y sobrepasada por la situación.
Acaricié su mano sobre mi hombro antes de que la apartara para irse, notando cómo aumentaba mi ansiedad al soltar mi mano al alejarse.
Recorrí su cuerpo con mis ojos, haciéndole una radiografía de arriba abajo mientras se alejaba.
Mi cabeza se inclinó sutilmente hacia un lado observando cómo la cintura del pantalón llevaba agarrada la camisa dejando ver casi sutilmente el color blanco de su ropa interior.
Humedecí mis labios antes de dejarme llevar por mi impulsividad, deteniéndole antes de ver abandonar la sala.
—¡Rubén! Espera… —Suspiré agarrándome las manos lamentándome de haberlo detenido. Rubén paró en seco al escu charme girándose para verme.
—Dime.
—Es la primera vez que voy a estar… sola en esta casa —dije cubriendo mis labios entre sí mientras me levantaba del sofá.
—¿Quieres que me quede?
Su mirada buscó la mía al leer mi mente. Asentí lentamente antes de encoger mis hombros tratando de hacer menos rara esa proposición.
—Nada, olvídalo… —Respiré hondo pasando mi mano nerviosa sobre mi nuca—. Es sábado noche, acabas de volver y… probablemente quieras ver a tus amigos o estar con Tania…
—Si es importante para ti, me quedaré encantado —respondió sonriente—. Además así me aseguro de que duermas
—¿Estás seguro? —insistí apretando mis dedos contra mi nuca.
—Claro. —Sonrió escondiendo sus manos dentro de sus bolsillos.
—Está bien… —Respiré con el corazón aún latiendo en mi garganta—. Gracias… Voy… a prepararte una de las habitaciones de invitados.
—Puedo dormir en el sofá.
Se giró señalando el sofá rápidamente antes de volver a esconder su mano dentro del bolsillo.
—¿Cómo vas a dormir en el sofá? —pregunté riéndome—. Tengo habitaciones ¿sabes?
—¿En serio? Pensé que esta casa era solo fachada…
Pasé a su lado riéndome por su ocurrencia acariciando brevemente su brazo antes de subir para buscarle sábanas limpias para que durmiera en la habitación que la noche anterior había ocupado mi hermano con mi cuñada.
Lo último que quería era que durmiera en la misma cama que mi sobrina Irene.
Tras buscarle sábanas y algo que ponerse para estar más cómodo que no fuera de Marc, bajé las escaleras revisando mi teléfono.
Al bajar el último escalón lo escuché hablar en voz baja en la cocina.
Me acerqué despacio luchando por no ser chismosa pero la curiosidad siempre me ganaba la batalla.
—No sé en qué momento he decidido que era buena idea cogeros el teléfono…
Me asomé lentamente viendo cómo una de sus manos frotaba su barbilla. Era una videollamada y se veía a varios amigos al otro lado.
—¿Nos cambias por la cubanita? —Las risas de fondo provocaron que Rubén negara con la cabeza—. Solo esperamos que merezca la pena.
—O que esté buena. —La voz de otro chico volvió a provocar las risas del resto.
—Os cuelgo, ¿vale? —respondió tratando de finalizar la conversación.
—Que no te vea muy desesperado, si no te manipulan a su antojo.
No pude evitar rodar mis ojos al escuchar aquel comentario tan machista. Era como escuchar a Marc hablar. Rubén debería presentarlos, serían buenos amigos.
—Lo dices por experiencia, ¿no? —Rubén respondió colocando su barbilla sobre la palma de su mano.
—Ahora en serio, ¿no puedes escaparte? Si tienes miedo de que te pille la parienta, en cuanto se duerma le colocas una almohada y te vienes aquí con nosotros.
—Dios mío… —Negó con la cabeza—. Luego te extraña haberte divorciado dos veces… —dijo sarcásticamente pro vocando una breve sonrisa en mis labios—. Prefiero quedarme, mañana os invito a café que os va a hacer falta —Rubén respondió colocando su dedo sobre el botón rojo deseoso de pulsarlo.
—Si cambias de opinión, estamos en el reservado de Kapital, avísanos para buscarte una que esté buena y no sea muy difícil.
—Espero que al menos folles esta noche… que al menos merezca la pena el quedarte de niñero.
—Ay dios mío… —Colgó soltando un profundo suspiro frotando sus ojos tras dejar el teléfono sobre la barra.
Asomé mi cabeza viendo cómo frotaba su cara con sus manos para terminar pasando las palmas de sus manos sobre su barba. Aclaré mi garganta para llamar su atención. Rápidamente se giró sobre aquel taburete mirándome avergonzado.
—Ya tienes tu habitación preparada…
—Gracias… —Arrugó su frente mordiendo sus labios—. Por favor, dime que no has escuchado.
—Parecen buena gente —dije irónicamente mientras me acercaba con mis brazos cruzados.
—Parecen… —respondió sonriente jugando con su teléfono entre las manos.
—No son tu estilo —dije viendo cómo sus labios mostraban una rápida sonrisa.
—Me tocaron en el divorcio… —Ambos nos reímos.
Sentí el calor del foco sobre mi cabeza al dejar caer el peso de mi cuerpo sobre la barra.
—Entendería que prefirieras estar de fiesta antes que aquí… de niñero.
Rubén asintió riéndose en silencio humedeciendo sus labios tras repetir las palabras de su amigo.
—Prefiero quedarme —dijo colocando su brazo sobre mi hombro al levantarse para salir de allí—. Además siempre puedo seguir el maravilloso consejo de «dos divorcios» y poner una almohada para evitar que te des cuenta de que me he ido.
—¿Dos divorcios? —pregunté riéndome, colocando mi mano sobre su cintura al subir los escalones—. ¿Y te extraña?
Ambos nos reímos mientras él me contaba anécdotas que daban sentido a las estrepitosas trayectorias sentimentales de cada uno.
Mientras él hablaba, yo seguía asimilando que había rechazado salir de fiesta solo por quedarse conmigo.
Marc jamás se habría perdido una fiesta por quedarse conmigo en casa.
Era siempre lo contrario, sobre todo si había mujeres de por medio.
Esas cosas causaban un sentimiento contradictorio en mí.
Al llegar a la puerta de su habitación me detuve soltando su cintura nerviosa, alejándome del encanto de su perfume.
—Bueno, gracias otra vez… por quedarte. —Negó restándole importancia. Aclaré la garganta señalando levemente la puerta—. Ahí te dejé algo de ropa por si quieres dormir más cómodo. —Alcé mis manos negando con ellas—. No es ropa de Marc, así que puedes estar tranquilo…
—Está bien, gracias —respondió sin borrar su media sonrisa—. Trata de descansar… Y cualquier cosa, aquí me tienes.
—Gracias… —Sonaba tentador.
Rubén agarró mi mano antes de acercarse a mí, colocando su otra mano sobre mi mejilla para besar mi frente. Aquel gesto cariñoso tan característico de él ahora aumentaba mi ansiedad de tenerlo tan cerca, olerlo y compararlo con el beso que Tania recibió.
—Buenas noches…
—Buenas noches —dijo antes de soltar mi mano para entrar a su habitación.
Me dirigí a mi habitación al escuchar tras de mí su puerta cerrarse.
Una vez a solas mis manos frotaron mi rostro tratando de comprender por qué esta horrible tensión sexual tan de repente.
Con todos los problemas que tenía y mi cabeza se dedicaba a fantasear con la única persona con la que podía ser yo misma.
Sentía que iba todo a peor desde que volví a verlo después de soñar con él.
Mis emociones hacia él eran más intensas y no podía hacer nada para controlarlas.
Quizás era porque llevaba tanto tiempo sin tener sexo con nadie que quizás por eso, mi libido estaba descontrolada.
Para evitar tener otra noche que me dejara a la mañana siguiente envuelta en sudor, sola y cachonda, decidí dejar de dar vueltas por la habitación y darme una ducha de agua fría antes de meterme en la cama.
Así evitaba la tentación de saber que el causante de mis fantasías estaba bajo mi mismo techo y a pocos metros.
Salí del baño envuelta en mi albornoz, secándome el pelo con una toalla, mientras mis ojos buscaban la puerta de mi dormitorio deseosos de que esta se abriera.
Me dejé caer sobre la cama, sentándome sobre mis piernas con mi teléfono entre mis dedos, barajando la idea de llamar o no a la única persona que sabía lo que me pasaba con Rubén.
Pasé una de mis manos varias veces sobre mi barbilla, rascándola pensativa.
—Al cuerno… —suspiré buscando el número de mi amiga Pau.
Paula, aparte de mi amiga casi desde que llegué a Madrid, era mi mánager.
Era quien más me conocía fuera de mi zona segura en casa.
Eso y que me pilló contemplando una foto de las que me mandaba Rubén.
Aquella junto con las últimas letras de mis canciones, sabía que algo rondaba mi cabeza.
Después de tres tonos su armoniosa voz con aquel acento marcado sonó al otro lado.
—¿Qué pasa, cariño?
—¿Te pillo mal? Ni cuenta me di de la hora hasta que te marqué.
—No tranquila, me pillas bien… ¿Qué has hecho? —Sonreí recolocando mi cabello dejando la toalla a un lado.
—¿Por qué crees que he hecho algo? ¿Tan obvia soy?
—Sé cuándo me llamas por placer y cuándo lo haces porque la has liado gorda… Y cuando me llamas a ciertas horas, sé que no es por el gusto de escucharme, así que dispara.
Apreté mi mandíbula tratando de ocultar la sonrisa. No necesitaba andarme con rodeos, podía ir al grano.
—Rubén está aquí… —dije en voz baja tragando saliva.
—¿Aquí donde?
—Aquí en mi casa, ¿dónde si no?
—Cariño, yo no sé dónde estás, me dices está aquí… —Hizo una pausa al darse cuenta de lo que le había dicho—. Espera… ¿Qué hace Rubén en tu casa? No me digas…
—No, no es nada de lo que estás pensando.
—¿Entonces? —Tapé mi rostro con una de mis manos soltando un leve quejido emulando que lloraba.
—Ay… —refunfuñé de pura frustración—. Es que no sé qué me pasa con él, Pau… —dije alzando de nuevo mis ojos—. Tengo la cabeza hecha un lío…
—A ti lo que te pasa es que estás cachonda como una mona.
—¡Pau! —le reclamé sin querer gritar mucho.
—¿Acaso me equivoco? ¿Llevas cuánto? ¿Año y medio? ¿Dos años sin un buen orgasmo? A este paso terminas de monja; Isabella Chadid, del éxito al convento. Ya veo las portadas de las revistas…