Capítulo 4 #6
—Eres una de esas personas que uno tiene la suerte de conocer una vez cada muchos años…
Y lo creas o no, doy gracias por el privilegio de coincidir contigo en esta vida…
—Mis ojos vieron cómo su mandíbula se contraía y se relajaba a la vez que sus ojos me miraban nerviosos.
Aclaró su garganta nervioso antes de sonreírme—.
Y si ningún hombre es capaz de ver que eres aún más hermosa por dentro de lo que en sí eres por fuera, aparte de perder la poca fe que tengo en mi género…
—bromeó—, te aseguro que no merecen a alguien como tú.
Me acomodé sobre mi pierna izquierda para verlo de frente, notando mi magullado corazón latir con intensidad al ver sus ojos mirándome, sonriendo. Sus manos se movían aún entrelazadas a la vez que su garganta tragaba una y otra vez.
—¿De verdad piensas todas esas cosas de mí? —pregunté observándole.
—Pues claro… El problema aquí es que tú has olvidado quién eres y lo mucho que vales, por eso le das permiso a cualquiera para destruirte… Eres demasiado buena y confiada, por no hablar de lo dependiente que te vuelves de tus relaciones.
—Yo no soy eso —reclamé.
—Claro que sí… Tu pareja debe ser un compañero de vida… Alguien que te acompañe y te apoye… No puedes mimetizarte jamás con nadie por miedo a que te abandone, porque al final terminas olvidando quién eres…
—Yo nunca me he «mimetizado» con Marc por miedo a que me abandone.
—¡Claro que sí! —exclamó riéndose, sentándose sobre su pierna derecha para vernos frente a frente—. Si hasta dejaste de trabajar por complacerlo a él…
—Me duele que pienses así de mí… —dije tratando de disimular mi malestar.
—Y a mí me duele verte así; destruida y acomplejada por una niñata de veintiséis años…
—dijo indignado—. ¿Acaso has olvidado todo lo que tú lograste con esa edad?
—Aquellos ojos verdes volvieron a clavarse en mí—.
Ella jamás llegará al suelo que tu pisas, ¿es qué no te das cuenta?
Aquí el único que ha perdido ha sido él, no tú…
Muy poca gente era capaz de dejarme sin saber qué decir o sin respiración.
Me incliné hacia él para abrazarlo, paliando las ganas casi irrefrenables e inexplicables de besarlo con aquel abrazo.
Agarrada a su cuello, con la barbilla sobre su hombro, sentí cómo las palabras de Rubén me torturaban.
Sabía que estaba tratando de hacerme abrir los ojos.
Mi hermano después de cada discusión con Marc siempre me consolaba repitiéndome que había «endiosado» una imagen de Marc que no existía.
Y Rubén en cierta forma volvía a recordarme aquella sensación, abriendo por primera vez una nueva cuestión en mí; ¿y si la equivocada era yo?
¿Y si de verdad había permitido tantos desaires, tantas faltas de respeto y humillaciones por sentir que valía menos?
¿Tanto me había apagado para sentir que no era merecedora de alguien como Marc?
Mi respiración se sincronizó con la suya, provocando que mis ojos se cerraran al invadirme una profunda sensación de paz.
Estaba claro que Rubén sabía cómo hacer sentir bien a una mujer, había practicado con demasiadas tal como me había confesado.
Sentí casi de forma extracorpórea cómo sus manos acariciaban mi espalda de forma protectora, con cariño, mientras su voz me susurraba algo que sentía tan lejano que no era capaz de entender.
Las palabras que salieron de mis labios fueron casi un leve susurro contemplando cómo sus ojos no dejaban de mirarme directamente a los ojos a pesar de estar los dos desnudos sobre aquel sofá con Madrid de fondo.
Sus dedos acariciaban mi cabello para terminar colocándolo tras mi oreja.
Mis piernas desnudas envolvían su cintura mientras mis manos se enredaban en aquel sedoso cabello.
Rubén inclinó su cara hacia adelante buscando de nuevo mis labios para volver a besarnos.
Sus finas manos capturaron mi trasero para apretarlo contra su cintura provocando en mí un breve gemido al sentirlo dentro de mí.
Sus labios trataron de acallar los jadeos que salían de lo más profundo de mis pulmones al empezar a moverme sobre su cintura lentamente.
Sus manos acariciaban mi espalda desnuda con desesperación, como queriendo recordar el tacto de cada centímetro de mi piel, mientras las mías se aferraban a su cabello con desesperación al sentir pequeñas chispas de electricidad recorrer cada terminación nerviosa de mi cuerpo.
Por más que trataba de calmar esas inmensas ganas de gritar de placer al sentir sus labios devorando mi cuello, la intensidad de mi cintura iba cada vez a más, dejándome sin más opción que rendirme, aferrándome a su cuello expulsando el aire de mis pulmones en forma de gemidos, regalándome una breve sonrisa sobre mi oído antes de besar mi hombro.
De pronto una sensación de frío heló mi piel.
Sus manos no me calentaban como antes, su piel ahora era fría.
Al incorporarme para verle a los ojos, su mirada había cambiado.
Sus ojos ahora no eran verdes, sino azules.
Un azul que reconocería en cualquier parte.
Mis manos acariciaron aquel rostro que me miraba con desprecio y desaprobación.
Me sentí vulnerable. Sentí vergüenza al estar desnuda sobre él, contemplarme así con asco.
—¿Estás contenta? ¿Has disfrutado follándotelo? —Sus palabras salieron disparadas hacia mi pecho.
—No… Yo no, te juro que no…
—¿Dónde están tus aires de superioridad moral ahora? Eres peor de lo que siempre imaginé…
Las palabras se habían quedado atrapadas en mi pecho sin querer salir, negándome la oportunidad de explicarme.
Por más que trataba de abrir la boca para hablar, no era capaz de emitir ningún sonido.
Mis manos se aferraron a mi cuello aterradas al ver que había vuelto a perder mi voz, mientras Marc se reía a carcajadas de pie, mirándome con desprecio.
Sus ojos me observaban aún desnuda tirada en el suelo sin poder articular ni una sola palabra.
Su mano se alzó en busca de una mujer de pelo rubio, alta y delgada que lo abrazaba para unirse a aquel festival de carcajadas observándome aún en el suelo.
Sin más ropa que mis brazos apretando mis rodillas contra mi pecho con tanta fuerza que rezaba por poder atravesarlo de punta a punta.
Una mano apareció frente a mis ojos ofreciéndome salir de allí.
El suelo comenzó a girar bajo mis pies al tratar de aferrarme a ella.
Mi rabia al no poder agarrarme pesaba más que si tuviera los pies rellenos de cemento, abriendo un enorme agujero bajo mis pies descalzos para lanzarme al abismo.
Mis ojos miraron aterrados hacia arriba buscando algo a lo que agarrarme sin poder dejar de chillar sin voz, topándome con Marc al filo del abismo agarrado de la mano de aquella mujer de pelo rubio, dejándome caer con una amplia sonrisa de satisfacción.
Un grito ahogado me hizo despertar abruptamente con la mano puesta sobre mi pecho y cubriendo mi rostro con la otra. Sentía el sudor rodar por mi piel y la ansiedad recorrer mi cuerpo. Unas cálidas manos se posaron sobre mis hombros provocando que me girara nerviosa.
—Tranquila… —Rubén seguía sentado con un cojín sobre sus piernas que me había servido de almohada—. Solo era una pesadilla…
Traté de inhalar y exhalar lentamente evitando hiperventilar después de aquello que mi cabeza me había hecho vivir. Me sentía avergonzada por haberme dormido sobre Rubén y angustiada de pensar que pudiera haber escuchado mis gemidos. No lograba recordar en qué momento me venció el sueño.
—Perdóname… —me disculpé tapando mi rostro entre mis manos sintiendo su mano temerosa tratando de consolarme frotándome la espalda.
—No tengo nada de qué perdonarte…
—Claro que sí, qué pena contigo dormirme así… —dije incorporándome al dejar caer mis piernas al suelo.
—No seas tonta, eso le puede pasar a cualquiera… —dijo restándole importancia quitándose aquel cojín de sus piernas—. A saber cuánto llevas sin dormir, además… estás conmigo, no tienes de qué preocuparte…
Giré la cabeza tras acomodar mi cabello mirándole con mis cejas arqueadas. A veces olvidaba que me conocía quizás tanto o más que mi propio hermano.
—De seguro fue la trasnochada, el desgaste del deporte, las horas que pasé metida en el estudio…
—Tu mala alimentación… —Torció brevemente sus labios con preocupación—. Te he estado observando mientras cenábamos y has ido picando de aquí y allí pero no has comido…
—¿Ahora eres mi médico? —pregunté arrugando mi frente recolocándome.
—Te hablo en serio, Isa. —Su voz se volvió seria, al igual que su mirada—. Necesitas alimentarte bien y descansar… Acuérdate, la última vez que pasaste por una situación de estrés parecida terminaste perdiendo la voz…
—Ya sé, no hace falta que me lo andes recordando a cada rato —dije molesta desviando mi mirada al sentir que me andaba riñendo como si fuera una niña, cuando le sacaba siete años.
Sabía que estaba pagando mi frustración con él, pero no podía evitar sentirme así de molesta.
Sentí tras de mí su cuerpo levantándose de aquel sofá donde hace unos segundos había vuelto a hacerme el amor en sueños, volviendo loca mi pobre y menguada cordura.
Una de sus manos se posó sobre mi hombro antes de sentir sus labios besando mi cabeza como despedida.
—Es tarde y no quiero desvelarte más, buenas noches…