Capítulo 4 #5
—¡Juepucha! —dije tratando de respirar con mi mano en el pecho comprobando que el corazón siguiera en su sitio mientras comprobaba de quién se trataba—. ¡Rubén! Me espantaste… ¿Qué haces aquí?
—Perdona… —se disculpó con una breve sonrisa—. ¿Estás bien?
—Sí… —Sonreí respirando hondo.
—Yaris me dejó pasar al ver que te traía comida. —Alzó sus cejas sonriendo.
Al verle sacar la bolsa tras él acompañado de su sonrisa no pude seguir enfadada más tiempo con él. Le hice una señal para que entrara aún con mi mano palpando mi acelerado corazón. Llevaba la misma ropa que en la foto que subió en la mañana.
—Casi me matas de un infarto…
—Acuérdate de que sé primeros auxilios. —Ambos nos reímos mientras lo veía entrar al estudio.
—¿Y ese corte de pelo? —señalé rápidamente hacia su cabeza.
—¿Te gusta?
—Estás guapo —dije con una sonrisa.
—Tú también —dijo dedicándome una leve sonrisa—.
Por cierto, un pajarito me ha contado que llevas todo el día aquí encerrada…
—Acercó una silla para sentarse a mi lado, poniéndose bajo aquellas luces tenues que bañaban el estudio—.
Así qué imaginé que no habrías comido, por eso…
traje algo para que llenes el buche… Es comida colombiana, para que empieces el año con comida de tu tierra.
Me quedé ahí en silencio observándole con la cabeza apoyada sobre mi mano, viendo cómo sacaba un táper detrás de otro. Por más que tratara de proponérmelo, no era capaz de apartar mis ojos de él. Él no se imaginaba siquiera lo muchísi mo que lo había añorado. Qué bello era volver a tenerlo.
—Y… —Aclaré la garganta desviando la mirada antes de que volviera a pillarme mirándole—. Ese pajarito que anda de cotorra más que de pajarito, ¿tiene nombre? —pregunté agarrando los cubiertos que acababa de ofrecerme sin poder ocultar la sonrisa.
—Se llama trastorno alimentario como sigas comiendo así de mal —dijo acercándome un táper—. Es mojarra frita, así que come.
—Yo no tengo de eso —respondí arrugando mi frente mientras me abrazaba a mi mojarra.
—Gracias a todas estas delicias que te he traído, no —respondió divertido comiendo un poco del táper que contenía sancocho—. Mmm…
Arrugó su cara antes de poner cara de satisfacción al saborearlo.
—¿Te gusta? —pregunté riéndome, tratando de descifrar sus caras mientras masticaba.
—Está tremendo, pero quema —respondió riéndose, terminando de tragarse aquel bocado.
Disfrutaba de cada plato de la misma manera que un niño saborea por primera vez un helado.
Era hipnótico verlo, hasta sexy. Las horas en compañía de Rubén pasaban volando.
Te hacía olvidarte por completo del reloj.
Ambos disfrutamos de cada manjar de mi maravillosa tierra, sentados en el sofá con una buena cerveza cortesía de mi parte.
Mi morbosa curiosidad me gritaba que me animara a preguntarle por esa amistad que tenía, pero por más que trataba de buscar el momento no aparecía.
Tras aquella maravillosa cena, recogimos los restos aprovechando el viaje a la cocina para coger algo más de beber.
Al recorrer aquellos pasillos blancos llenos de halógenos que alumbraban cada rincón, me daba cuenta de lo sola que se sentía aquella casa ahora mismo después de haberla llenado de recuerdos con Marc y Violeta.
Rubén se percató de que algún pensamiento intrusivo estaba rondándome la mente, así que su forma de que volviera fue colocando su brazo alrededor de mis hombros para abrazarme mientras nos dirigíamos a la sala.
Me asustaba y tranquilizaba a partes igual que me conociera tan bien.
Ya que la última persona que había tenido el poder de conocerme casi había conseguido destruirme.
Suspiré observando cómo se acomodaba en el sofá a mi lado pasándome mi botella.
—¿Te puedo preguntar algo? —Humedecí mis labios al verlo darle un breve sorbo a su botella tras acomodarse.
—Lo que quieras. —Sus ojos me miraron brevemente antes de sentarse de medio lado para vernos de frente.
—No tienes por qué contestar si no quieres, no quisiera incomodarte…
—Tranquila, puedes preguntarme lo que quieras —respondió sonriéndome, acariciando la botella entre sus manos.
—Está bien… —susurré mirando mis manos sujetar mi cerveza—. Cómo fue que conociste a la chica esta… Es decir, tras pasar por todo esto de tus papás, el divorcio…
—Pues… —Vi cómo su pecho se llenaba de aire mirándome—. Una de las muchas noches que no podía dormir, decidí salir a pasear… Y bueno, ahí la vi en un bar charlando con una amiga…
—¿Te acercaste tú o ella? —pregunté curiosa queriendo saber, pero muriendo de saber.
—Ella… —confesó con una tímida sonrisa—. Me pareció simpática, así que la invité a una copa.
—Qué generoso… —dije en forma sarcástica viendo cómo sus labios sonreían antes de darle otro sorbo a la cerveza—. ¿Y.…? —Desvié mi mirada pensando en cómo formular la pregunta—. Ahora qué te has divorciado estás en plan… una mujer diferente cada noche, ¿o.…?
Una profunda pero sincera sonrisa salió de sus labios antes de beberse aquel último trago como si estuviera bebiéndose sus palabras también.
Lo miré cómo soltaba el botellín sobre la mesa que decoraba el centro de la sala, recordando las palabras de mi hermano confesándome que Rubén había sentido cosas por mí o al menos le gustaba.
—No te puedo negar que… cuándo Adriana se fue, antes de que Tania apareciera… —Su mandíbula se tensó mientras arrugaba sus labios reflexivo—. Hubo muchas mujeres…
—¿Hubo? —pregunté viendo cómo sus ojos se alzaban mirándome, relajando sus labios.
—El sexo esporádico… está bien un tiempo.
La emoción a la hora de la conquista, la adrenalina que recorre tu cuerpo justo antes de que te invite a su casa…
Te sirve de distracción para no pensar… —Sus ojos parpadearon lentamente—.
Pero al final sigues estando tú solo con todos tus problemas…
Y sientes cómo vas vaciándote emocionalmente y dejas de ser consciente del daño que causas.
—Entonces… —Arrugué mi frente entendiendo que aquella chica era importante para él—. Tania es más que sexo… —dije respirando profundamente pendiente de su reacción. Rubén arrugó sus labios a la vez que sus dedos acariciaban su barbilla.
—Tania es… maravillosa. —Sonrió desviando su mirada—. Pero estamos en momentos diferentes… Ella solo busca pasar el rato…
—¿Y tú…? —pregunté mojando mis labios sin apartar mis ojos de él, dándome cuenta de que me había anticipado.
Su mandíbula se tensó aguantándome la mirada.
—Aún no lo sé… —Inhaló lentamente ocultando sus labios entre sí.
Por culpa de mi hermano no podía dejar de pensar si era real eso de que quizás podía sentir algo por mí.
Y lo peor es que imaginar que aquella chica pudiera gustarle más de lo que se supone que le gustaba yo, me molestaba.
Casi podía definirlo como celos al revivir cómo sus manos agarraban la cara de aquella chica para besarla.
Respiré hondo desviando la mirada, dejando que mis ojos vieran sin querer una foto donde aparecía dándole un beso a Marc.
Imagino que Rubén adivinó lo que me quedé viendo cuando sentí su mano acariciando mi espalda.
El roce de su mano acariciándome, me hacía sentir como si el mundo se detuviera, provocando un pequeño cosquilleo bajo mi ombligo.
—Escucha… —Se acomodó a mi lado—. Que Marc no haya sabido apreciar lo maravillosa que eres, no significa que nadie más lo haga…
—Ya… —respondí con un susurro mirando mis manos entrelazadas entre sí con fuerza—. Tú eres mi amigo, qué vas a decir… —Sentí cómo su mano dejó de acariciar mi espalda.
Respiré lentamente tratando de desenmarañar el nudo que aquella fotografía de Marc, junto con sus caricias habían provocado en mí.
Ahora cada que cerraba los ojos no podía dejar de ver a Marc con aquella chica.
Y a Rubén siendo con aquella chica como era conmigo.
Y lo peor es que me confundía no saber qué me dolía más.
—Eres la mujer que cualquier hombre quisiera tener a su lado cada mañana… —Su voz sonaba seria.
—Ya… seguro —murmuré.
—Esta vez, no te lo digo en calidad de amigo.
Giré la cabeza para toparme con su mirada.
Sus ojos me miraban fijamente mientras los míos en cambio empezaban a descubrir detalles de su rostro que antes me habían pasado completamente desapercibidos.
La longitud de sus pestañas, la forma en la que su barba salía de sus mejillas, las leves pecas sobre su nariz.
Hasta el verde de sus ojos cambiaba, convirtiéndose en un verde más intenso bajo aquellas luces.
—Esos hombres a los que te refieres solo quieren estar con la que ven en la televisión o en las revistas… De seguro no quieren despertar con la que está aquí sentada a tu lado, con miles de problemas y con una niña… De mí se terminarían cansando, como se cansa todo el mundo…
—Yo aún sigo aquí… —me recordó dedicándome una breve sonrisa.
Suspiré fingiendo una breve sonrisa antes de agachar la mirada—.
Y si se cansan es porque no se toman el tiempo de comprobar lo especial que eres…
Tú eres una mujer con un corazón único, una luchadora incansable, altruista, cariñosa, divertida, con un alma especial y única…
Tu intelecto y tu elevación artística es de otro planeta…
por no hablar de todo lo que te has sacrificado por tu familia y lo buena madre que eres.
Reducirte únicamente a un físico es casi insultante…
Mi cabeza giró lentamente al escuchar todas aquellas palabras que acaba de dedicarme, volviendo a revivir la confesión de mi hermano en mi cabeza. Sus ojos me aguantaron la mirada, dejándome ver en ellos que realmente pensaba todas aquellas cosas de mí.