Y en el medio, tú: 1 Capítulo 4 #4
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Capítulo 4 #4

Aclaré mi garganta buscando papel para limpiar las gotas que había salpicado.

—Irene… —María miró a su hija divertida.

—Ahora que sacas el tema —Gus se acomodó en el taburete ante de continuar señalando a su hija—, no creas que no te vi cómo andabas ahí de pegajosa echándole los perros.

—¿Y qué tiene de malo? —preguntó mirando a su padre divertida—.

Ya no está casado, ¿no? —Volví a sentarme al lado de Irene viendo el interés que Rubén había provocado en ella.

No podía dejar de sentir rabia al escucharla.

Si no nos conociera, podría decir que aquello que me recorría desde que lo vi besando a aquella chica eran celos.

—Olvídate, es muy mayor para ti —Agustín dijo serio antes de acabar el café de su taza.

—¿Y qué? A mí me gustan así, mayores… grandotes —dijo alzando las cejas de forma coqueta.

—¡Irene! —María volvió a regañarla sin ocultar la sonrisa.

—Como si los hombres no prefirieran salir con muchachitas jóvenes antes que con una de su edad o mayor… Es un hecho científico que la segunda siempre es una chica joven, así like me —dijo sonriendo.

—¡Basta!

Agustín le llamó la atención al sentir que aquellas palabras podrían herirme.

Sus palabras no lo hicieron, lo hizo aquel silencio después del grito de mi hermano.

Esas miradas compadeciéndose por haberme abandonado por una de veintiséis años.

Fingí una leve sonrisa antes de apretar mis labios tratando de aguantar la compostura.

—Perdona, tía Isa… No quería…

—No tienes de qué disculparte —dije interrumpiéndola, acariciando su espalda con una de mis manos, mientras con la otra acomodaba mi cabello—. No has dicho nada que no sea verdad… ¿cierto?

Crucé los brazos sobre la mesa mirando hacia mi hermano que se revolvía en su asiento bajo la mirada cómplice de su mujer.

—Olvídate de Rubén, ¿me has entendido? —dijo mirando de nuevo a Irene.

—¿Pero por qué? —Su insistencia clavaba pequeños puñales en mi pecho.

—Pues porque… —Se detuvo antes de apretar sus labios tratando de callar algo—. Porque no eres su tipo.

—¿Y cuál es su tipo se si puede preguntar?

—No tiene.

Alcé los ojos hacia mi hermano tras aquella escueta explicación.

—Acabas de decir que no «soy su tipo».

Irene miró a su padre que se revolvía en el asiento como si le quemara, divirtiéndome con su incomodidad.

—Tiene, pero no eres tú —matizó.

—¿Y quién es su tipo? —Irene insistió.

—¿Podemos…? —inspiró profundamente—. Vamos a dejar el tema, no eres su tipo y punto.

—Vamos, cómo le gustan… ¿Morenas, rubias, altas, bajas…? Puedo teñirme… ¿O es que es de esos que tienen fetiches raros? —La miré extrañada al escuchar a Irene preguntar aquellas cosas.

—Claro que no… ¿Los tiene? —pregunté intrigada tras defenderlo sin pensarlo.

—Depende de quién se los proponga… —resopló—. Bueno, basta… Vamos a dejar de hablar porque al final…

Agustín paró de hablar, respirando hondo a la vez que frotaba su rostro, tratando de ocultar su sonrisa tras alzar sus cejas divertido.

—¡Vamos, pa! —Irene insistió riéndose—. ¿No me digas que no te gustaría tenerlo de yerno?

Su boca balbuceó algo casi inaudible que solo entendió María. Ambos se rieron cómplices, mirándome sin ocultar sus sonrisas.

—¿Por qué me miráis así? —pregunté incomoda viendo cómo mi hermano se levantaba de su sitio.

—Por nada. —Gus agarró las tazas vacías para llevarlas dentro de la pila.

— What?! ¡No te creo! —Irene exclamó sorprendida levantándose tras su padre—. ¿Desde cuándo?

—Cambiemos de tema mejor. —Esta vez fue mi cuñada quién le suplicó a su hija mientras se reía.

—¿Alguien puede explicarme qué pasa? —pregunté mirándolos completamente desconcertada. María se levantó dedi cándole una mirada a su marido, colocándose al lado de él.

—Venga, papá, ¡cuéntamelo! —Irene se sentó en el taburete que había frente a él.

—Mis labios están sellados —dijo haciendo una señal de cerrar una cremallera sobre sus labios—. Así que no insistas…. —dijo ignorándola—. Además que no, que es mayor para ti…

—¡Papá! —insistió provocando la sonrisa de María y mía al parecer una niña chiquita.

—Fue cuando tu padre tuvo el accidente… —María rompió el juramente de los labios sellados de mi hermano.

No pude evitar reírme al ver la expresión de mi hermano.

—¡María! —mi hermano le regaño riéndose.

—No va a parar hasta que le contemos, ¿o no conoces a tu hija? —dijo divertida mirando a mi hermano—. Gracias a Rubén solo le quedó de ese día esa horrible cicatriz…

—¿Rubén fue quien te operó? —pregunté con una leve sonrisa impresionada.

—Fue quien me sacó del coche… Estuvo conmigo hasta que llegó la ambulancia —aclaró—. Por eso lo invité a que probara las delicias que cocina mi mujer cuando me dieron el alta —respondió antes de besar a María.

—Qué pelotero —Irene replicó rodando sus ojos.

—El caso… —dijo ignorando a su hija mientras volvía a sentarse frente a mí—. Al terminar de cenar, justo antes de irse, vio una foto… de tu tía. —Sonrió—. Y se dio cuenta que era mi hermana… Mis cejas se alzaron al ver el rumbo que iba cogiendo la conversación.

—Oh venga —dije mirándole sin creer ni una sola palabra.

—Oh vamos —dijo riéndose—. ¿Acaso no te acuerdas de lo que dijo tu marido el día que os presentó?

—Eso fue un comentario de muy mal gusto por parte de Marc —dije apretando los labios.

—A ver si lo estoy entendiendo… ¿Rubén estaba enamorado de la tita? —Irene preguntó entusiasmada.

—¡Claro que no! No le hagas caso a los desvaríos de tu padre… —repliqué mientras me levantaba del asiento—. Aún tiene demasiado alcohol en el cerebro… Por eso no le funciona bien.

—Desde el primer día que la vio en televisión —matizó señalándome—. Acuérdate de que los borrachos siempre dicen la verdad.

—Entonces me retiro de la jugada, tita…

—¿Qué jugada ni nada? —pregunté riéndome.

—No me digas que no te has fijado en cómo te mira —María añadió mientras fruncía el ceño al escucharla.

—Rubén me mira con admiración, nada más —aclaré.

—Claro —respondió mi hermano burlándose—. Admiración…

—No puedo competir contra tus caderas, tita… —Irene dijo entre risas mirándome antes de salir de aquella cocina.

—¿Sabéis donde podéis iros todos vosotros con vuestras ideas absurdas? —dije tratando de aparentar estar indignada.

—¡Vamos! Pero si te mira como con fuego y pasión

—Fuego y pasión… —repetí riéndome, dejando mi taza sobre la encimera—. Me mira con… Cariño… Nada más.

—Por supuesto… Por eso se va de su propia fiesta donde tiene barra libre de mujeres para venir aquí, porque te tiene «cariño» —dijo abriendo comillas.

Lo miré frunciendo el ceño rechazando todas aquellas tonterías que estaba diciendo.

—Otra cosa no, pero conozco a mi amigo… Y si Irene no fuera tu sobrina, ahora estaría buscando dónde tirar su cadáver por acostarse con Irene —dijo casi en voz baja.

—Qué bruto eres. —No pude evitar reírme por la brutalidad de las palabras de mi hermano.

—Sabes que es verdad —dijo cruzando sus brazos.

—Es evidente que seguís ebrios… de lo que fuera que bebisteis anoche, así que ahí os dejo con vuestras cosas … Yo me voy al gimnasio a sudar un poco. Chao.

Salí de aquella cocina donde solo hablaban tonterías.

Tonterías que solo iban a conseguir perturbar mi mente más de lo que ya se encontraba.

Tras pedalear hasta la extenuación, agarré una toalla para secar el sudor que corría por mi piel sin ser capaz de dejar de observar el rostro de una mujer demacrada, enrojecida por el deporte, con las primeras arrugas de expresión.

Observé mi melena recogida en un moño alto, comparándome con el recuerdo de mi remplazo, envidiando sus veinticuatro o veintiséis años.

Cómo iba a gustarle a alguien como Rubén.

Rubén con sus maravillosos treinta y nueve años, sin hijos, sin la presión mediática y sin la comparación constante de lo que era antes seguramente se fijaría en alguien como mi sobrina Irene o como la tal Tania esa con la que tenía aquella «amistad especial».

El pitido de mi teléfono me obligó a dejar de compadecerme de la mujer que había al otro lado del espejo robándome una sonrisa al leer la notificación de que Rubén acababa de subir una foto a su perfil.

Mis dedos desbloquearon ágiles el teléfono para ver aquella foto.

Rubén aparecía relajado, sonriente con unas gafas de sol a juego con su camisa verde de manga larga, remangados hasta el antebrazo.

Uno de sus brazos descansaba sobre su cabeza para apartar el sol, mientras con su otra mano sujetaba su teléfono.

Ay, qué guapo se veía bañado por el mismo sol que entraba por mis ventanas.

Me moría de curiosidad de saber si aquella era su casa o si se encontraba con su nueva amiga con la que compartía privilegios.

Mis cejas se alzaron a la misma vez que bloqueaba el teléfono rabiosa de nuevo para seguir con el entrenamiento.

Después de aquella intensa sesión de piernas me sentía inspirada y saber que nadie iba a molestarme era un plus para encerrarme en el estudio con uno de los muchos platos que había en mi nevera de sobras.

Mi cuerpo caminaba por aquel estudio escuchando mezclas, comiendo mientras releía letras escritas en mi diario.

—Qué ha sido de ti… —tarareé una melodía mientras mis pies martilleaban el suelo con un ritmo constante—. No pasa ni un segundo que no piense en ti… a este ritmo no puedo seguir… Otra noche más que paso sin verte… El mar siempre supo guardar mis secretos.

Mi cabeza colapsó al ver que aquellas frases sueltas iban siempre hacia lo mismo.

Froté con fuerza mi rostro contra mis manos recostándome en aquella silla observando con perspectiva aquellas letras sin dejar de tararear la melodía.

Me metí tanto en mi mundo que perdí la noción del tiempo por completo.

No supe en qué momento se hizo de noche.

Lo que sí sé es que después de varios cafés y una ensalada rápida, estaba sentada frente al ordenador revisando la canción antes de enviarla.

—¿Se puede? —Aquella voz me pilló de imprevisto provocando un salto al asustarme.