Capítulo 4 #3
Ambos volvimos a mirarnos profundamente, rompiendo aquellas miradas al sonreír cómplices.
Al volver a ver esos ojos verdes, recordé lo mucho que los había extrañado cada vez que los veía sin vida en fotos.
Su rostro ahora lucía una leve barba de varios días que no le sentaba nada mal, aunque qué le quedaba mal a este hombre.
Respiré profundamente al ver a Rubén descruzar sus brazos para colocar uno de ellos sobre mis hombros antes de atraerme hacia él y abrazarnos nuevamente después de tanto tiempo.
Mis manos se enredaron en su cuello sintiendo cómo sus dedos acariciaban mi espalda sin soltarme entre aquellos fuertes brazos.
Aquel abrazo despertó sentimientos contradictorios en mí.
Sus manos abrazándome y el olor de su perfume provocaba en mí un nerviosismo que no había sentido antes con él, o al menos no con tanta intensidad como ahora.
Pero también me sentía en paz entre sus brazos, era como si fueran el refugio que tanto había necesitado estos años.
Involuntariamente me acurruqué contra su cuerpo, quería quitarme las ganas de todas las veces que había necesitado uno de sus abrazos estos años.
—Te echado de menos —dijo suspirando antes de besar mi mejilla al separarnos.
—Yo también a ti… —dije en voz baja.
Mis ojos miraron nerviosos cómo su boca volvía a sonreírme antes de sentir sus dedos acariciar mi mejilla, en aquella breve caricia.
—¿Cómo lo llevas? —respondí aclarando la garganta mientras me distanciaba sutilmente.
—A ratos —dijo pasando sus dedos sobre aquel cabello más largo recogido—. Son flashes de recuerdos que vienen y van… ¿Y tú?
—¿Yo? —suspiré acomodándome el cabello antes de volver mirarlo—. ¿Por dónde empiezo? —Ambos sonreímos a la vez que Rubén separaba uno de los banquitos para que me sentara. Apreté mis labios sentándome a la misma vez que él.
Era como si nos hubiéramos visto el día de antes.
Nos tiramos un largo rato hablando de todo lo que nos había pasado, incluso volvimos a hablar de cosas que nos habíamos contado por mensaje.
Hablamos de tantas cosas que se nos fue la noción del tiempo.
Era como si el tiempo se hubiera detenido en aquella cocina mientras nos poníamos al día.
Hacía tanto que nadie me escuchaba así, con ese respeto, con paciencia, sabiendo cuándo necesitaba un breve apretón de manos o una sutil caricia en la espalda.
Mi hermano volvió a reanudar aquel tiempo, sacándonos de aquel momento para avisarme de que tenía que salir a despedirme de los que querían irse.
Rubén se levantó de aquel taburete a la misma vez para despedirse también.
—¿Ya te vas también? —pregunté dándole un breve golpe a la barriga de mi hermano en forma de broma al ponerme a su lado.
—Sí, son… —Giró su muñeca izquierda para ver aquel reloj que ahora adornaba su brazo—. ¡¿Las cinco?!… Casi me toca invitaros a desayunar —dijo divertido colocando sus manos dentro de los bolsillos.
—Bueno, me despido de los demás y regreso, espérame aquí, ¿vale? —Volví a mirar a mi hermano antes de irme—. ¿Tú te vas o te quedas?
—Me quedo… —asintió colocando una de sus manos sobre su barriga.
—¿Los tres? —pregunté de nuevo.
—Eh… Cuatro… —dijo acariciando su barriga burlándose.
Miré a Rubén riéndome antes de pedirle que me diera unos minutos para despedir al resto de amigos.
Tras acompañar a los que se iban por la puerta trasera, llevé a Irene y a mi cuñada María a las habitaciones de invitados.
Al volver a la cocina la encontré repleta de copas, pero desierta.
Por un momento, un pellizco se cogió en mi estómago al pensar que se había marchado sin despedirse.
Al salir al jardín para buscarlos, los encontré charlando ambos tumbados en una tumbona.
Ver a mi hermano reírse así me hinchaba el corazón.
Hacía tanto tiempo que no lo veía así de feliz.
Me sentía culpable de que no lo hiciera más a menudo.
Lo había cargado con todos mis problemas.
Había sido mi pañuelo de lágrimas y mi saco de boxeo.
Al acercarme a ellos, Gus se levantó para despedirse nuevamente de Rubén antes de besar mi frente para irse.
El brazo de Rubén se colocó sobre mis hombros tras frotar con cariño mis brazos para que no me enfriara mientras nos dirigíamos a la puerta de atrás para despedirnos.
Entrelacé una de mis manos con su mano que colgaba de mi hombro mientras recorríamos los últimos metros antes de llegar a la puerta.
Su brazo liberó mis hombros al llegar a la puerta volviendo a quedarnos el uno enfrente del otro.
—Bueno… —dijo en voz baja sonriéndome.
—Bueno… —respondí devolviéndole la sonrisa—. Gracias por venir…
—A ti por invitarme
—Gus me contó que… te habían organizado una fiesta en tu casa. —Acaricié varios mechones de mi pelo despreocupada.
Mis ojos miraron a nuestro alrededor antes de agacharlos hacia nuestros pies, observando sus botas militares negras frente a mis zapatillas con plataforma para disimular mi metro cincuenta y siete al lado de su casi metro noventa.
—No era tan divertida como esta… —dijo restándole importancia.
—Espero que tu chica no se enfade por haberla abandonado —dije volviendo a dirigir mis ojos hacia él.
—¿Mi chica? —preguntó arrugando su frente.
—Sí, la chica del aeropuerto… —dije lamiendo mis labios tratando de analizar su expresión.
—Con razón me sonaba tanto esa furgoneta… —Me miró divertido pellizcando con cariño mi barbilla—. Tania es… —Cogió aire desviando su mirada antes de mirarme de nuevo casi avergonzado—. Una amiga… especial.
Su sonrisa me hizo entender qué clase de amistad era esa.
—Oh —exclamé alzando las cejas.
Presioné mis labios tratando de que no se me saliera la envidia, disimulando con una la sonrisa. Sus ojos me miraron fijamente sin borrar la sonrisa de su boca.
—¿Qué? ¿Por qué me miras así? —pregunté burlándome para disimular la ansiedad que causaba que sus ojos me miraran de aquella forma.
—Nada… —negó desviando su mirada.
—Venga, dilo… —insistí golpeando con cariño su brazo.
Ambos volvimos a mirarnos, contemplando cómo su pecho se inflaba al respirar profundamente.
—Es que te miro… Y… —Alzó sus hombros—. Estás incluso más guapa que cuando me fui —sentenció humedeciendo sus labios disimuladamente.
Ambos nos miramos fijamente, sonriendo en silencio.
Aquellas palabras me obligaron a respirar profundamente.
No sé qué me pasaba, pero luchaba con todas mis fuerzas para ser capaz de mirar otra cosa que no fuese sus labios.
Rubén se acercó lentamente a mí, besando mi mejilla para despedirse, aguantando sus labios varios segundos sobre mi piel antes de separarse, regalándonos una breve pero intensa mirada.
—Buenas noches.
—Buenas noches… —susurré.
—Feliz año —dijo en voz baja antes de girarse.
Me dedicó una breve sonrisa antes de bajar los escalones en dirección a su coche, mientras yo seguía procesando aquel espontáneo beso en la mejilla. Me quedé ahí parada hasta ver su coche desaparecer tras aquella enorme puerta metálica acariciando involuntariamente los restos de aquel beso.
Tenía que estar confundida por la sensación de abandono que me embargaba por culpa de Marc.
Había dejado una herida tan grande dentro de mí que por eso me sentía tan contrariada con la presencia de Rubén en mi vida.
Quizás era el miedo a aceptar que dentro de un mes cumpliría cuarenta y seis años, estaba a punto de divorciarme y tenía una vida a mi cargo.
Por eso mi mente andaba fantaseando noches aleatorias con Rubén haciéndome el amor en cualquier sitio de mi habitación, tocándome de maneras que me hubiera avergonzado hasta pedirle a Marc cuando era mi marido.
Tras un profundo suspiro cubrí mi cuerpo bajo el edredón para sentir el calor, aunque fuese de las plumas artificiales hasta poder conciliar el sueño.
Una noche más los dedos de Rubén recorrieron en sueños mi piel, acariciándome, besándonos y haciéndome sentir que mis pulmones estaban a punto de colapsar con sus besos mientras me hacía el amor provocando despertarme una mañana más sola y envuelta en sudor.
Desperté acelerada, con el corazón casi a punto de explotar dentro de mi pecho.
Llené mis pulmones de aire fresco para soltarlo en un largo resoplido antes de salir de la cama.
Necesitaba una ducha de agua bien fría y así despertar mi cordura que hacía meses que andaba distraída.
Al bajar a la cocina para hacerme un buen café, las voces de Irene, María y mi hermano se escuchaban desde el pasillo.
—Buen día —dije saludando con un beso a Irene y mi cuñada María—. ¿Cuándo despertaron?
—Buenos días —Irene respondió después de devolverme el beso—. Hace un rato, tu hermano ha pasado una noche…
—De perros, ¿cierto? —dije de forma burlona acercándome a mi hermano para besar su mejilla. Gus me devolvió el beso antes de acercarle la taza de café a su mujer.
—Recuérdame que no beba nunca más —dijo antes de preparar el siguiente café.
—Siempre dices lo mismo… —dije dándole un leve golpe en sus hombros antes de coger mi bote de café instantáneo.
—Lo sé…
—Al que no vi beber en toda la noche fue a Rubén —María apuntó después de darle un corto trago a su taza.
—¿A Rubén? —Gus preguntó sentándose al lado de su mujer—. Podría haber bebido gasolina frente a mí que ni me acordaría…
Gus remató antes de darle un largo trago a su café solo. Aquella objeción suya provocó la risa tanto de su mujer como la mía. Terminé de acomodarme al lado de mi sobrina acariciando brevemente su espalda antes de mojar mis labios en mi taza de café.
—Dios, qué buenorro está… ¿Por qué nadie me había comentado lo guapo que estaba ese tal Rubén? —Aquellas palabras de Irene se atragantaron en mi garganta junto con mi segundo sorbo de café. Gracias a Dios aquel comentario llamo la atención de mi hermano pasando desapercibida mi reacción.