Y en el medio, tú: 1 Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

De inmediato asintió con la cabeza antes de levantarse de su sitio para despedirse antes de ir su cuarto a por las cosas.

Volví a disculparme con todos antes de dirigirme hacia la puerta.

Al abrir la puerta, los ojos de Marc se abrieron de par en par.

Su cuello estaba cubierto por un jersey negro que resaltaba aún más el azul de sus ojos.

Lucía diferente sin barba, me recordaba a cuando nos conocimos.

No podía negar que todavía me dolía el alma y el corazón verlo.

Mirarlo era como abrir de par en par el agujero que sentía en el pecho.

Ese dolor físico y mental aún me perturbaba cada vez que veía sus ojos, sus manos o escuchaba su voz…

—Feliz año —su voz nerviosa me felicitó sin saber ambos cómo saludarnos.

—Igual… Violeta está terminando de recoger sus cosas —respondí haciéndome a un lado.

—Prefiero esperarla aquí —dijo de forma contundente.

—Como quieras… —dije mirando hacia atrás en busca de Violeta viendo cómo me consumían las palabras que me quedaban por decirle.

—Por cierto… Esta mañana me ha escrito tu equipo. —Sus cejas se alzaron irónicamente—. Dice que no se nos olvide subir algo juntos para felicitar las fiestas…

—¿Ha sido idea de mi equipo o tuya? —pregunté cruzando mis brazos.

—Si hubiera sido por mí estaríamos juntos, como una familia celebrando las fiestas… No estaría mi casa llena de parásitos que viven a tu costa —dijo casi con prepotencia sacando su móvil para hacernos una foto.

—Por ti es que estamos así… —respondí desviando la mirada para no mirar más aquellos ojos que aún me dolían, apretando mis brazos cruzados entre sí—. Así que olvídalo… Ya buscaré alguna foto por ahí.

—Estupendo… —respondió guardando sus manos junto con el teléfono dentro de los bolsillos.

El silencio se hizo entre nosotros el tiempo justo hasta que apareció Patricia tras de mí de la mano de Violeta, acompañándola para irse con su padre.

Las dos nos fundimos en un abrazo que amenazaba con romperme en mil pedazos en cuanto la viera irse de la mano de Marc cruzando la enorme puerta metálica que separaba mi casa de la calle.

Al volver dentro, Patri me dio mi copa para ahogar aquel mal trago con vino.

Respiré profundamente antes de vaciar la copa de un sorbo notando las lágrimas recorrer mis mejillas.

Estaba siendo una noche difícil. Sentada en el jardín viéndolos a todos bailar a ritmo de bachata y ballenato mientras mi mente revivía la imagen de mi pequeña cruzando la puerta, junto con el beso que Rubén le daba a aquella chica.

Me había pillado tan desprevenida aquel beso que ni oportunidad le estaba dando a mi maltratado corazón de hacerse más daño pensando en Marc.

A lo lejos observé a mi hermano, haciéndome gestos para que lo acompañara a la sala mientras hablaba por teléfono.

Ni cuenta me di hasta que vi de cerca su oreja que hablaba desde mi teléfono.

—¿Con quién hablas? —pregunté en voz baja sentándome en el sofá.

—Es Rubén. —Sus labios deletrearon su nombre a la perfección—. Casi… Aquí andamos preguntándonos cuándo vas a venir a tomarte la primera del año y celebrar que volviste. —Crucé mis brazos imaginando la respuesta de Rubén, quien posiblemente estaría festejando el fin de año con su nueva conquista.

—No sé dónde dejé el mío… Es que llevo toda la noche esperando que mi hermana saque el licor bueno… Y dice que hasta que no vengas no me dejará acercarme…

Sonrió alzando sus cejas divertido mientras mis manos se pellizcaban ansiosas.

—Cómo me conoces… ¿Entonces qué? —Hizo una pausa para mirarme escuchando desilusionado—. Es una pena… Teníamos muchas ganas de verte.

Levanté la mirada hacia Agustín pidiéndole que me devolviera el teléfono.

Otra vez volvió a recorrer mi cuerpo aquella rabia.

Se suponía que éramos amigos. Le había estado abrien do mi corazón sobre todo lo que me había pasado con Marc y él ni siquiera fue capaz de contarme que estaba conociendo a alguien.

Estaba molesta. Y me enfurecía mucho más no saber por qué me molestaba tanto.

—Cuelga… —susurré pidiéndole de nuevo el teléfono levantándome del sofá.

—Bueno…. Hablamos, ¿vale? —Hizo una pausa para reírse antes de despedirse—. Igual, Lalo… Avísanos si te apetece mañana venir a comer.

Al colgar Agustín me miró extrañado por mi comportamiento. Al tener el teléfono entre mis manos comprobé que me había respondido al mensaje que le dejé felicitándole el año. Respiré profundamente soltando el teléfono bocabajo para no ver más la pantalla.

—¿Va todo bien? —preguntó sentándose a mi lado.

—No deberías haberlo molestado… —dije saliendo de su conversación.

—¿Molestarlo?

—Sí, no sabes si esta con sus amigos… O con su novia.

—Está en su casa —respondió rápidamente—. Al parecer le han organizado una fiesta, por eso no puede venir… Le he dicho que nos avise si quiere comer mañana.

—Bien —respondí saliendo del salón.

Salí en busca de un baile o una charla que calmara las voces que martilleaban mi cabeza. Por la forma en la que me miraba mi hermano sabía que no dejaría pasar aquel tema. Pero aquella noche lo último que necesitaba era escuchar más reproches o consejos fáciles al vivirlo desde fuera.

Pasada la una de la mañana mientras conversaba con mi sobrina Irene, vi a mi hermano salir a toda prisa del jardín con una enorme sonrisa.

No le eché demasiadas cuentas ya que en reuniones así, siempre solía beber más de lo que debía.

Justo por eso había pedido que arreglaran las habitaciones de invitados.

Mientras Irene me hablaba llena de pasión del último lienzo que estaba pintando, sus ojos se desviaron al acomodar su cabello, mirando de forma coqueta algo que llamó su atención.

—¿Quién es el guapote que está con mi papá? —Irene preguntó levantándose del sillón donde nos encontrábamos sentadas.

—Es… ¿Rubén? —Su nombre salió casi en forma de suspiro.

—Menudo bombón.

Irene me dedicó una amplia sonrisa llena de picardía antes de acercarse donde se encontraba su padre para que le presentara a aquel «guapote» del que se había quedado maravillada.

Y no era para menos, Cuba le había sentado bien.

Lucía algo más delgado, dejando que aquella camisa negra no dejara nada para la imaginación, al quedarle casi pintada.

Verlo de nuevo encendió algo en mí distinto a las otras veces.

Mis ojos recorrieron desde la distancia su casi metro noventa.

Su media melena estaba recogida en un moño bajo que casi se cubría con el cuello de su chaqueta vaquera.

No pude evitar sonreír llena de alegría y melancolía al volver a tenerlo aquí después de tanto tiempo, saludando a mi familia.

Me fui quedando atrás mientras mi familia y amigos se acercaban para que Agustín los presentara uno a uno.

Posiblemente la fiesta en su casa se habría terminado o se le había torcido su plan con aquella chica a la que besaba con tanta pasión en el aeropuerto.

Fuera lo que fuese, estaba aquí en mi casa, casi cinco años después de aquel último abrazo, despertando en mí un interés totalmente diferente.

Sus ojos miraban a su alrededor mientras saludaba.

Quería pensar que estaría buscándome, pero no sabía cómo saludarlo ni qué decirle después de los sueños que había tenido con él y mucho menos ahora que sabía que tenía novia.

Así que decidí evitarlo escondiéndome en mi propia casa.

Al cabo de un rato, cuando la gente empezaba a estar ebria y el interés por Rubén había menguado algo, a excepción de mi sobrina, vi a Rubén entrar a la cocina.

Una parte de mí dudó en si debía ir, pero el deseo de volver a verlo hizo que mis pies se pusieran en marcha.

Sabía que lo estaba castigando por algo que ni siquiera yo misma sabía el motivo.

Al acercarme a la cocina, me asomé discretamente para contemplarlo.

Su cuerpo estaba apoyado sobre la barra mientras frotaba sus ojos con sus manos tras comprobar su teléfono.

No pude evitar esbozar una sonrisa al volver a tenerlo tan cerca.

Mojé mis labios respirando profundamente antes de decidir dejarme ver.

—¿De quién te escondes? —pregunté entrando a la cocina disfrutando de su tierna reacción al verme.

Sus ojos se iluminaron al verme agachando su rostro mientras se reía negando con la cabeza.

—Por un momento he pensado que tú estabas haciendo justo lo mismo… —respondió con una sonrisa en sus labios incorporándose al verme acercarme.

—¿Yo? —pregunté haciéndome la loca mientras cruzaba mis brazos colocándome a su lado. Alcé mis hombros de forma despreocupada—. No quise interrumpir… Se te veía entretenido con mi sobrina.

El sonido de su risa recorrió mi cuerpo sacudiéndolo de arriba abajo.

Su cuerpo se colocó a mi lado, imitándome al cruzar sus brazos mientras nos mirábamos.

Ambos nos quedamos varios segundos mirándonos, asegurándonos de que realmente estuviera pasando aquel momento.

Rubén inhaló lentamente antes de sonreír, provocando en mí unas irremediables ganas de abrazarlo. Me moría de ganas de tocarlo.

—No me puedo creer que esté aquí… —Su voz rompió aquel silencio, dedicándome una profunda mirada—. Y poder volver a escucharte…

—Ni se te ocurra irte más… —le pedí en voz baja evitando su mirada.

—Te lo prometo.

Ambos nos quedamos mirándonos en silencio, sonrientes. Humedecí mis labios mientras golpeaba con mi codo su brazo.

—Todavía guardo la botella de tu madre… —respondí cambiándole de tema nerviosa, devolviéndole la mirada—. Si quieres luego te la devuelvo antes de que te marches.

—No por favor, quédatela —dijo con una sonrisa melancólica—. Mi mamá te admiraba muchísimo, le encantaba tu música… Estoy seguro de que le haría ilusión saber que tú la tienes.