Capítulo 3 #3
—Jesucristo cubano… —repetí sus palabras riéndome—. Yo también me alegro de veros… No os imagináis lo que os he echado de menos
Sentencié clavando nuevamente mis ojos sobre ella, mirándola varios segundos antes de mirar a mi alrededor.
—¿Y cuándo vuelves? —Isabella preguntó inclinándose hacia delante para verme más de cerca. Quizás fuese idea mía pero sus ojos me observaban fijamente de arriba abajo como tratando de creer que realmente estaba al otro lado.
—Pronto, espero…
—¿Está la cosa muy mal por allí? —Isabella preguntó mirando a su hermano antes de mirarme de nuevo a mí.
—Estamos más restringidos que de normal… —respondí en voz baja—. Pero si algo estoy aprendiendo aquí es a ser paciente…
—Marica, qué jodido ha sido todo esto del covid… —Agustín dijo saliéndole su vena colombiana mientras los ojos de Isabella me miraban.
—No he podido ver mucho aquí… Supe que os encerraron.
—Ha sido horrible, Rubén… —Isabella añadió moviendo su cabeza lentamente—. Cientos de personas se morían cada día, era… escalofriante ver las calles vacías, los hospitales abarrotados… parecía ciencia ficción.
—¿Vosotros habéis estado bien? —pregunté mirándolos a ambos.
—Sí, por suerte sí —Agustín asintió alzando sus hombros—. Gracias a Dios nadie de la familia lo ha cogido.
—En ese aspecto hemos tenido suerte, sí… —Isa añadió tras suspirar.
—¿Y la convivencia? —pregunté viendo cómo sus cejas se alzaban—. ¿Cómo vivisteis el encierro?
—Por ahí escuché que te divorciaste —Agustín pinchó riéndose—. ¿Lo que Dios unió lo separó el covid o qué pasó?
Asentí riéndome no queriendo contarles mucho por ahí para no estropear el momento.
—Algo así, sí… ¿Y tú, Isa?
—Como cuándo encierras a un león en una jaula después de vivir durante años en libertad… Pues eso es lo más parecido a lo que ha tenido que pasar mi pobre hermana…. —dijo Agustín en tono de broma mientras Isabella sonreía tratando de ocultar el dolor que le causaba el tema.
—¿Y Violeta? —pregunté cambiando de tema.
—Ahora vuelvo a ser su tío favorito —Agustín dijo riéndose mientras se levantaba, dejándonos a ambos solos.
—Pregunta mucho por ti… —dijo con melancolía.
—¿Dónde está ahora?
—Con mis suegros —Isa dijo tras suspirar—. Se queda ahí el fin de semana…
—Bueno, así tienes algo de tiempo para ti… ¿Tienes pensa do sacar otro disco? Este me lo sé de arriba abajo
Bromeé viendo hipnotizado su sonrisa al otro lado de la pantalla.
—Ay, Rubén… hace tanto que no trabajo… que me da miedo haber olvidado cómo se hacía…
—Imposible —dije sin ocultar la sonrisa—. Tienes un don… El día que vuelvas, será como si nunca te hubieras ido
Ambos nos miramos en silencio. Sonriéndonos como siempre, casi como si no hubiera pasado el tiempo entre nosotros. Sus ojos se desviaron al agachar su mirada al suelo antes de volver a mirarme.
—No te haces idea de lo mucho que te he echado de menos…
Isabella humedeció sus labios tras decir aquello, mirándonos ambos como si nuestro alrededor hubiera desaparecido. Antes de hacerle saber que era algo mutuo, Isabella aclaró su voz mirando a su izquierda.
—Entonces… ¿qué pasó con tu fin de semana romántico? —Agustín preguntó mientras se sentaba junto a su hermana con un café en las manos.
Sus ojos me miraron nerviosos antes de darle un sutil codazo a su hermano.
Aquello fue la señal que necesité para recordarme de que Isa jamás me vería como la veía a ella.
Sonreí viéndolos antes de levantarme de aquella arena, sacudiéndome con la mano que tenía libre los restos de arena de mi pantalón antes de ponerme en marcha.
—Pimpinela —exclamé bromeando, captando su atención—. Toca despedirme…
—¿Te vas? —Isa preguntó acercándose al teléfono—. ¿Tan pronto?
—Sí… el teléfono se me está quedando sin batería… Y no quiero que mi hermana se preocupe si no respondo… —Suspiré queriendo poder concentrarme en algo más que no fuese ella.
—Espero verte la próxima vez afeitao o sin esos pelos —Agustín se metió conmigo bromeando.
—Sí… Ya va tocando. —Acaricié de nuevo mi frondosa barba.
—Ni caso, te queda bien ese look desatendido —Isabella dijo sin dejar de mirarme.
Ambos nos miramos varios segundos dedicándonos varias sonrisas, algo que no pasó desapercibido para Agustín.
Mientras nos despedíamos, notaba los ojos de Isabella mirarme fijamente, coincidiendo cada vez que la miraba antes de finalizar la llamada.
Qué hermosa estaba. Los años pareciera que no pasaban por ella.
Respiré profundamente antes de abrir de nuevo la puerta de casa de mis padres.
Al ver que mi hermana no estaba, aproveché aquella soledad que se había vuelto mi más fiel compañera para darme una larga ducha.
Al colocarme bajo el agua, cerré los ojos para dejar que mi mente volviera a aquella videollamada.
Saber de ella, verla, me hacía tanto bien.
Me ponía de buen humor. Era como si me encendieran la estamina para seguir aguantando los embates de la vida.
Enrollé la toalla alrededor de mi cintura tras salir de aquella ducha, colocándome frente a al espejo.
Observé con atención cómo había perdido peso debido al boxeo.
Ahora mi cuerpo lucía más definido. Atrás quedaron aquellos kilos provocados por el exceso de alcohol.
Acaricié la barba enmarañada que cubría casi toda mi cara.
No sé si volvería en algún momento a ser el que era, por eso dejé de mirarme en los espejos y de hacerme o salir en fotos, abandonando el mundo virtual y prácticamente el mundo real.
Agarré mi teléfono para ver las últimas fotos que me habían echado mi hermana o mi cuñado en nuestras salidas en barco.
Por primera vez después de mucho tiempo me gustaba verme sonreír en las fotos, rodeado de los que realmente me han sufrido en mis horas más bajas.
Atrás quedaban los ecos de mi silencio entre aquellas paredes, regodeándome en mi miseria.
Era el momento de pasar página, es lo que mis padres hubieran querido para mí.
Ellos habían vivido ochenta y seis y ochenta nueve años de felicidad el uno del otro, lo mínimo que podía hacer para honrar sus vidas era dejar de tomar malas decisiones en nombre de aquel luto.
Viernes, 31 diciembre 2022.
Esa era la fecha que el abogado que llevaba mi divorcio me había comunicado que podía regresar de una vez a España. Aún me quedaban varios largos meses aquí encerrado. Eso me hacía barajar la idea de irme con mi hermana a Miami para al menos no quedarme aquí solo cuando ella se fuera.
En uno de mis muchos paseos nocturnos tratando de luchar contra el insomnio, conocí a Tania. Ambos congeniamos desde primera hora e hizo mi cuenta atrás mucho más entretenida. En parte me recordaba algo a Isabella, por eso no podía aceptar tener con ella algo más que una amistad.
Tras aquella videollamada, Isabella y yo habíamos vuelto a mensajearnos casi todos los días.
Cuando no era ella la que me compartía alguna foto con su hermano, en el estudio o sur feando con su pequeña, era yo quien le mandaba fotos navegando en el barco que mi padre me dejó en herencia o fotos del sol caer sobre el mar.
Isabella alguna que otra vez me había contestado que se moría de ganas de desaparecer y estar allí observando una puesta sol conmigo.
Aquellas contestaciones me dejaban fuera de juego.
Me confundía. Sabía que hablaba desde su necesidad de pausar sus problemas, pero a mí me confundían tremendamente.
Ese fue uno de los motivos por los que una noche, tras ver que ella subía una foto junto a Marc a sus redes sociales, el despecho hizo que me dejara llevar con Tania, dejando que ese mismo sentimiento fuera quien correspondiera sus besos y sus caricias.
Y es que Isabella me hacía partícipe de sus problemas con Marc. Tenía un contador mental de todas las veces que me escribía sabiendo que al otro lado estaba rota. Me había convertido en su último mensaje al acostarse y su primer mensaje al despertar.
Agustín, una de las muchas veces que me llamaba, me comentó que a Marc lo empezaban a relacionar en varios medios de comunicación con una muchacha doce años menor que él.
El patrón se repetía, lo que provocó un enorme cambio físico en Isabella.
Se la veía con la cara más demacrada en sus últimas fotos.
Su cabello ahora lucía más oscuro y enmarañado haciendo sus hermosas facciones más fuertes.
Por eso Tania era un soplo de aire fresco a mi vida.
Su ilusión de vivir, su sonrisa y su positividad eran lo que más me llamaba la atención de ella.
Además, había conseguido ganarse a mi hermana, eso era un enorme punto extra.
A diferencia de lo que Agustín creía que tenía con Tania, ella había conseguido que me reconciliara de nuevo con el de porte tras utilizarlo como válvula para escapar de los problemas, aceptando que había problemas o personas que siempre me afectarían.
Solo tenía que aprender a vivir en paz con aquellas situaciones.
Mi ansiedad por volver después de tanto tiempo iba en aumento cuando por fin vi aquellas ruedas despegar.
Durante aquellas largas nueve horas de vuelo tuve tiempo de pensar en cómo había cambiado mi vida, haciendo examen de conciencia a escasas horas de abandonar aquel 2022 para entrar en otro año más.
Me daba miedo volver a ponerme delante de un paciente, sentía que me había oxidado.
El hospital había estado cubriendo mi baja sin siquiera presionarme todos estos años que había estado fuera y eso era un consuelo, saber que mi puesto de trabajo estaba ahí esperándome, al igual que Tania, que me esperaba en Madrid tras viajar unos días antes para celebrar la navidad con su familia.
La noche de antes de que ella viajara, la acompañé de la mano hasta la puerta queriendo alejarnos ambos de los ojos cotillas de mi hermana, fundiéndonos en un beso al quedarnos solos antes de prometerme que iría a recogerme al aeropuerto para celebrar fin de año juntos.