Y en el medio, tú: 1 Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

—Necesito salir de aquí, Blanca… —rompí aquel silencio acomodando de nuevo mi pelo hacia atrás. Mi hermana apoyó su cabeza sobre mi brazo acariciando mi espalda con sus manos.

—Lo sé —respondió mientras dejaba caer mi cabeza junto a la suya, mirando ambos al frente. Contemplé una foto de mis padres que presidía una mesa redonda bajo la ventana.

—Estar aquí me está consumiendo….

—Lo sé… —susurró acariciando mi brazo con sus dedos aún con su cabeza apoyada. Suspiré clavando los ojos sobre aquella fotografía de nuestros padres.

—¿Y Mia? —pregunté mirando hacia la puerta de la habitación.

—Viendo los dibujos… ¿Por qué no te regresas a Miami conmigo? —Se incorporó levantándose de aquella cama para colocarse frente a mí—. Así no te quedarás aquí solo cuando me vuelva…

—No… te lo agradezco —negué brevemente antes de disimular una sonrisa.

—Aquí no tenemos más que hacer.

—El día que salga de esta bendita isla será para volver a España.

—¿Y Adriana? ¿Cómo hizo para volver tan pronto?

—Se fue en jet… El dinero manda —respondí levantándome de allí para guardar de nuevo aquella caja fuerte dentro del armario.

Decidí quedarme con aquel teléfono por si acaso, cerrando las puertas de aquel viejo armario color pino.

—Arpía…

—No le digas así.

—¿Me la vas a defender después de mandarte a la pinga? Porque es una zorra.

La maldijo abrazándome por la cintura antes de llegar donde estaba mi sobrina sentada frente a la televisión—. En el fondo, te ha hecho un favor —dijo colocándose junto a Mia en el sofá.

—No sé si descubrir que se ha estado acostando con medio Madrid es precisamente hacerme un favor… —repliqué tratando de medir las palabras malsonantes por respeto a Mia.

—Tú solito te lo buscaste por andar metiendo cosas donde no debes, hasta mamá te advirtió.

—No sabes toda la historia… —dije desbloqueando de nuevo aquel teléfono.

—Sé que los problemas se solucionan hablando, no andando como cucaracha. —Incliné la cabeza hacia Mia para que se relajara.

Blanca chasqueó la lengua besando la cabeza de Mia.

—Pobre Matías… —dije sonriente alejándome de ella para que no me lanzara nada.

—¿Para dónde tú vas? —protestó acomodándose en aquel sofá.

—A pasear, ¿puedo? —pregunté divertido agarrando las llaves y las gafas de sol—. El día estuvo pesado de calor… quiero aprovechar ahora que es el sol anda más bajo para caminar un rato.

—¡Nada de alcohol! —gritó al verme abrir la puerta.

Me despedí alzando la mano antes de salir.

Metí mis manos dentro de los bolsillos después de colocarme las gafas de sol para caminar hasta la playa del Este, que estaba cerquita de donde tenían mis padres su casa.

Dentro de la situación que lleva años castigando a Cuba, mis abuelos le dejaron aquella casa a mi madre en una de las mejores zonas de la isla.

Estaba más cerca de la zona turística y contaba con ciertos privilegios que daba el turismo para blanquear el régimen, pero, aun así, cada vez que paseaba por aquellas calles que me habían visto crecer, me daba pena ver el deterioro de aquella hermosa ciudad.

Al llegar a aquella playa de arena blanca, me descalcé antes de sentarme sobre la arena.

Aquella brisa me despeinaba la melena que había dejado crecer como protesta y recordatorio de lo que había vivido.

Acaricié con una de mis manos mi barba que empezaba a sobrepasar la barbilla, acompañando la imagen de homeless que tenía desde hacía unos meses.

Estaba desesperado de aquel encierro. Algunas noches soñaba con una versión bastante más envejecida de mí volviendo después de casi veinte años a una ciudad que se había olvidado por completo de mí.

Siempre me despertaba angustiado al volver a la casa de Isabella y comprobar que estaba vacía, como si nadie hubiera vivido allí y sin reconocer aquellos enormes pasillos vacíos donde tantas veces caminé acompañado de ellos.

Siempre me despertaba envuelto en sudor al reconocer a mi madre sentada en uno de aquellos escalones de la parte trasera.

Saqué el teléfono del bolsillo de aquel pantalón tras aquel recuerdo recurrente al sentirlo vibrar.

—No me jodas…

Maldije la puta cobertura de aquella isla al ver un mensaje avisándome de que Isabella había vuelto a llamarme.

No sabía cómo gestionar aquella insistencia por querer saber de mí.

No quería ni debía volver a ilusionarme, era agotador mentalmente querer olvidar a alguien a la que necesitas desesperadamente.

¿Me habría olvidado? ¿Sabría de mi divorcio?

Resoplé alzando las gafas sobre mi cabeza para frotar con desesperación mi rostro antes de volver a ver su nombre en el historial de llamadas.

Mis ojos miraron la cobertura. Tenía que aprovechar que todavía tenía cobertura, pero esta vez tenía que ir a lo seguro.

Respiré hondo buscando el número de mi amigo.

Tras cuatro tonos, Agustín descolgó.

—¿Bueno? —Su voz despreocupada respondió al otro lado. Sonreí al escucharlo de nuevo después de tanto tiempo.

—¡Don Agustín! —respondí agachando la mirada hasta mis pies enterrados en aquella arena blanca.

—¡¿Rubén?! —preguntó de manera efusiva—. Bendito Dios, no sabes la alegría que me da oírte, hermano, ¿no me digas que estas de vuelta?

—No, ojalá … —respondí devolviendo la vista a aquellas hermosas olas de color azul marino que se mezclaban con el color del cielo—. Está complicando el asunto de la vuelta…

—¡Qué alegría oírte, hermano! ¿Cómo estás? ¿Qué es de tu vida? Qué ilusión… verás cuando se lo cuente a mi hermana

—Bien, aquí seguimos en la lucha. —Miré a mi alrededor tratando de alejar los recuerdos aún dolorosos de mi memoria—. ¿Cómo va todo por allí? ¿Cómo está tu hermana…? —Desvié la mirada a mi alrededor mientras lo escuchaba observando a lo lejos a una pareja abrazándose junto a la orilla.

—Justo acabo de llegar a su casa, dame un segundo… —dijo antes de hacerse el silencio.

Al rato escuché a Agustín decirle que la buscaban. Mi corazón agilizó sus latidos golpeando con fuerza mi pecho. Mi cabeza no podía parar de imaginar cómo estaría Isabella ahora. Aquellos breves segundos se hicieron eternos hasta volver a escuchar una breve respiración al otro lado.

—¿Bueno?

Después de cuatro años, ahí volvía a tenerla. No en un mensaje en el buzón, sino al otro lado del teléfono. Al escuchar su melódica voz me incorporé de inmediato, cuadrándome como si pudiera verme, arreglando mi día con solo escucharla.

—Hola… —la saludé agachando nuevamente la cabeza ocultando la sonrisa idiota que se dibujaba en mi cara.

—¿Rubén? —Isabella preguntó sorprendida de escucharme.

—Me gustaría decirte que el mismo, pero… si me vieras te asustarías —respondí bromeando mientras escuchaba al otro lado de la línea un leve grito de alegría.

—¡¿Eres tú de verdad?! ¡No lo puedo creer!

—Créelo… —Mi sonrisa se ensanchó como hacía mucho tiempo que no lo hacía.

—Llevo todo el día queriendo comunicarme contigo… —Su voz sonaba alegre—. Siento mucho lo de tus papás, recién me enteré… Aquí tu amigo no me dijo nada hasta ayer.

—Gracias… No te preocupes, la cobertura aquí es horrible. —Olvidé por completo la diferencia horaria.

—Espera Rubén, dame un segundo que aquí mi hermano no sabe hacer más que incordiar… —se disculpó mientras hablaba con Agustín.

No podía escuchar con claridad lo que decían, pero sí escuchaba a Isabella murmurar. Sonreí con nostalgia dejando que me invadieran recuerdos de los tres pasando tiempo juntos en Madrid.

—Dice mi hermano que si hacemos una videollamada para vernos…

—Eh… —murmuré observando nervioso a mi alrededor.

Acaricié con mi mano aquella barba frondosa tratando de pensar alguna excusa rápida.

¿Cómo iba a verme así después de tanto tiempo? Se iba a espantar y perdería las pocas casi inexistentes posibilidades que esperanzaban mi mente.

—¡Vamos!

La voz de Agustín sonó de fondo imaginando que me habría puesto en manos libres.

—De haber sabido esta asquerosa encerrona… —bromeé escuchando la risa de ambos al otro lado—, al menos me habría duchado…

—Déjanos ver lo feo que estás, ¡déjame disfrutar de este momento!

—Está bien…

No pude evitar reírme al escuchar a Agustín mientras pasaba la mano por mi pelo agarrando las gafas de sol, recolocándome la camiseta para estar algo más presentable.

Rápidamente la llamada se cortó para dar paso a aquella videollamada.

Suspiré nervioso peinándome un poco antes de aceptar.

No pude evitar reírme al escucharlos pelear sobre dónde poner el teléfono, mostrándome el techo del salón.

Había olvidado lo bien que se sentía sonreír después de no haberlo hecho en mucho tiempo.

Inhalé profundamente al volver a verla. Avemaría, si su belleza no era perfección, era lo que más se asemejaba.

Su pelo ahora era una larga melena ondulada, con un castaño más oscuro y no tenía sus característicos rizos.

Lucía mucho más delgada que la última vez que la vi y sus ojos, aunque se veían apagados, me seguían obligando a respirar profundo.

Alcé la mano saludándoles, observando sus caras, sobre todo la de ella.

Casi pude respirar aliviado cuando la vi sonreír a la cámara acercándose para verme mejor.

—¿Qué tal esa primera impresión? —pregunté nervioso mojando mis labios.

—¿Dónde te dejaste a Wilson? —Isabella pregunto haciendo alusión a nuestra primera conversación en su jardín.

Inmediatamente ambos sonreímos cómplices tras recordarlo.

—Nos hemos dado un tiempo —respondí riéndome, acariciando aquella barba que cubría casi toda mi cara—. ¿Y tú Gus? ¿Por qué tan callado? —pregunté pasando mi mano entre mi barba. —Agustín negaba con la cabeza mientras cruzaba sus brazos sobre el pecho.

—Prefiero guardarme mis comentarios… porque ahora mismo solo hablaría desde el lugar de la envidia. —Isabella lo abrazó colocando su cabeza sobre su hombro—. Solo puedo decirte que, incluso así, con ese aire de Jesucristo Superstar cubano, me alegro de verte, marica…