Capítulo 3
Llevaba unos años que sentía como si hubiera ido al mismísimo infierno, para purgar mi alma de todos los pecados y excesos que había tenido en mi vida.
El karma se estaba cobrando todo el daño que había hecho.
Había perdido a mis padres, Adriana me había abandonado.
Mi cabeza estaba colapsando. El alcohol se había apoderado de mi cerebro matando cualquier atisbo de razón o cordura provocando que casi perdiera la vida.
El recuerdo de Isabella esperando mi regreso fue la razón que me hizo canalizar todos aquellos pensamientos intrusivos golpeando el viejo saco de boxeo de mi padre en lugar de seguir asesinando indiscriminadamente las pocas neuronas que me quedaban.
Me había descuidado física y mentalmente al no ser capaz de procesar todas las pérdidas que había tenido estos cuatro años, recordándome con aquel aspecto la estupidez que alguna vez estuve a punto de hacer.
Así que cada golpe a aquel saco mi cabeza borraba pensamientos intrusivos, logrando calmar mi ansiedad de estar ahí encerrado semana tras semana por culpa de la dichosa pandemia que había azotado el mundo entero.
Tras morir mis padres, pagamos mucho dinero para poder enterrar sus cenizas en su Cuba, obligándonos a permanecer en esta maldita isla hasta nueva orden.
—¿Rubén? —La voz de mi hermana capto mi atención.
Solté aquellos guantes de boxeo para darle una tregua al pobre saco, colocando mis manos sobre él para que no girara sobre sí tras soltar los guantes.
—Aquí en la terraza —contesté acercándome a la mesa que había tras de mí para servirme un poco de agua.
Mi hermana apareció con bolsas, sujetando con su otra mano a mi maravillosa sobrina Mia.
—¡Hola, princesa! —saludé a Mia elevándola antes de darle un beso y un abrazo a mi hermana—. ¿Cómo les fue?
—Horrible… hace un calor infernal en la calle… —replicó soltando las bolsas.
—Sí… está apretando esta mañana —respondí alzando mis ojos mientras soltaba a la pequeña Mia que buscaba a su madre.
—Paseamos por todas partes, ¿verdad, cariño? —le dedicó una sonrisa a mi sobrina antes de pasarle el teléfono para que se entretuviera.
—No le des tanto el teléfono, no es buena tanta pantalla para los críos —dije volviendo a refrescarme con aquel vaso de agua antes de secarme el sudor con una toalla.
—¿De cuándo acá tú eres pediatra…? —protestó soltando las bolsas.
—Puede que no sea pediatra, pero sigo siendo médico… aunque no sé cuándo pueda volver a ejercer…
—No seas coñazo… —dijo golpeando mi brazo.
Alcé la mirada viendo el nombre de Isabella en una notificación en su teléfono antes de que Mia lo quitara.
Ver su nombre me incomodó. Llevaba años sin saber nada de ella ni de Agustín.
Terminé de darle aquel sorbo al vaso de agua antes de preguntar como si aquello no fuera conmigo, colocando la toalla a ambos lados de mi sudado cuello.
—¿Tienes las notificaciones cada que Isabella sube un vídeo? —pregunté riéndome al verla asentir con admiración.
—Sí, porque es mi Isabella —recalcó—. Sacó nuevo video…
—No me digas. —Alcé las cejas fingiendo desinterés—. Sale el faro de aquí, el del castillo del Morro.
—¿El faro de Morro?
—Ajá.
—Te habrás confundido… será uno parecido —respondí terminando el contenido de aquel vaso antes de llevarlo de vuelta a la cocina.
—Ven, cariño, vamos a enseñarle al mamapinga de tu tío una cosa. —Blanca agarró de nuevo su teléfono para buscar aquel video mientras ambas andaban hacia la cocina. Cruce mis brazos observándolas a ambas antes de que me pasara aquel teléfono.
—Ahí lo tienes, cocotimba —murmuró entre dientes provocando una sonrisa en mis labios.
Coloqué mis dedos tras aquella funda rosa ennegrecida por el tiempo mientras me dejaba caer apoyando la mitad de mi cuerpo sobre aquella mini barra de cocina.
Nada más mirar aquella pantalla, su silueta apareció de espaldas, vestida únicamente con un vestido largo de tirantes color violeta caminando con sus pies descalzos y adornando su espalda y sus hombros con aquel pelo rizado dorado.
Automáticamente mis labios sonrieron al verla.
No había sido consciente de lo mucho que la echaba de menos hasta ahora que la estaba viendo de nuevo y escuchando de nuevo su voz.
Isabella avanzaba lentamente por una playa de arena blanca hasta llegar a unas piedras que daban a un faro.
Mi hermana tenía razón, ese era el faro de Morro.
Me incorporé al verlo, notando cómo mi corazón latía de nuevo ilusionado.
Tenía que ser una coincidencia, no podía ser otra cosa.
Esa canción hablaba de esa necesidad de volver a ver alguien mientras sus ojos miraban fijamente a la cámara antes de que la cámara enfocara un libro en el suelo.
La voz de mi hermana hablando con Mia se escuchaba como si estuvieran a lo lejos mientras mis ojos no podían dejar de contemplar con desesperación la pantalla.
—Es imposible… —susurré casi de forma inaudible al ver la portada de aquel libro. El tulipán negro de Alejandro Dumas.
Aquella era la obra de teatro que me encontraba viendo el día que decidí ser médico. Se lo había contado una de las noches que estuvimos en Asturias charlando hasta las tantas, desahogándonos y hablando de cosas que poca gente sabían el uno del otro.
—Te dije o no te dije que salía nuestro faro —dijo acercándose hacia mí para contemplar aquel video conmigo.
Podía notar cómo mis pulsaciones se volvían taquicárdicas.
—¿Crees que vino a grabarlo aquí o fue con las cartulinas esas verdes?
—No, no tengo ni idea…
Mis ojos contemplaban sin parpadear aquellos breves segundos que anunciaban el estreno del videoclip.
—Te pusiste pálido, ¿te enfriaste? —me preguntó acariciando mi espalda con preocupación. Negué soltando aquel teléfono de nuevo en manos de mi hermana Blanca.
—Puede que quizás un poco… —Besé su mejilla y la cabeza de mi sobrina antes de abandonar aquella cocina a toda prisa.
Entré a la que había sido mi habitación estos cuatro años cerrando la puerta tras de mí.
Abrí el armario buscando entre todas aquellas cosas personales de mis padres, aquella caja fuerte donde había decidido enterrar mi teléfono con todos los recuerdos que quise dejar allí encerrados.
Puse los números que me separaban de abrir la puerta de metal para coger mi teléfono antes de dejarme caer en la cama.
Al volver a encender el teléfono, mis ojos releyeron cada una de las notificaciones buscando su nombre en todas y cada una de aquellas notifica ciones.
No pude evitar ilusionarme al ver su nombre entre las muchas notificaciones.
Lo primero que hice fue escuchar los mensajes que tenía en el contestador.
Fui pasando uno a uno los mensajes del buzón hasta que llegué al último mensaje de mi buzón, regalándome de nuevo el sonido de su voz.
—Ey, hola, Rubén. Soy Isabella. Me… me he enterado de lo de tus padres.
Lo siento muchísimo… de verdad… Solo quiero que sepas que bueno, aquí me tienes para lo que necesites, ¿vale?
Te echo muchísimo de menos… bueno, todos aquí te echamos de menos, si vieras la pequeña c ó mo ha crecido…
Me hubiera gustado invitarte a uno de mis conciertos como agradecimiento, ya que, no sé si…
hubiera podido hacerlo sin ti… Y bueno, al final la botella de tu mamá parece que me protegió sin necesidad de bebérmela…
Para la próxima gira no te escapas. Bueno…
esperamos verte todos pronto por aquí, llámame si quieres cuando escuches el mensaje o…
por si te apetece hablar… Cuídate mucho, besos. Chao.
Cerré los ojos al escuchar nuevamente su dulce voz hablándome en el oído.
Respiré profundamente al ver que aquel mensaje me lo había dejado hace un día.
Impulsivamente pulsé su nombre para devolverle aquella llamada.
No sabía todavía ni siquiera qué iba a decirle, pero eso no me impidió seguir escuchando con desesperación los tonos de llamada.
—Vamos, contesta… —Suspiré peinando mi pelo ahora mucho más largo hacia atrás mientras seguía escuchando aquel tono antes de mandarme al buzón.
Quizás fuera mejor así. Quizás la vida estaba dándome las pautas para que mi impulsividad no estropeara los pequeños pasos que iba haciendo en mi recuperación.
Resignado, abrí la aplicación de mensajes donde tenía más de quinientos mensajes sin leer.
Mensajes dándome el pésame por la muerte de mis padres, compañeros del hospital preocupados por no dar señales.
Pero mis ojos solo se fijaron en la conversación que mantenía con Agustín y con ella, observando las fotos que me había mandado por su cuarenta cumpleaños con una tímida sonrisa.
Sonreí observando aquella foto donde hacía con sus manos un cuatro y un cero sonriendo, con su pelo dorado adornando aquellos ojos color café que tanto echaba de menos.
Extrañaba su olor, escucharla reír. La última vez que la vi, fue en Miami, en uno de sus conciertos, donde seguí el absurdo consejo de mi psicóloga de sacar todo lo que no me dejaba dormir por las noches.
Aquella noche cometí la estupidez de ir buscarla al hotel.
Llevaba semanas escuchando en los programas esos de chismes que tanto le gustaban a mi hermana, hablar de rumores de separación entre ella y Marc.
Rumores que comprobé que eran falsos al verla cenando feliz junto a Marc y Violeta.
Me alegré enormemente por ella, pero me partió el alma y las ilusiones verla comerse a besos a aquel cabrón que no la merecía.
La puerta de la habitación se abrió apareciendo mi hermana tras ella. Supo que algo iba mal al verme, por eso decidió sentarse junto a mí para acompañarme en silencio. —¿Todo bien?
Involuntariamente mi cabeza negó antes de volver a mirarla, soltando un profundo suspiro.