Capítulo 2 #7
Observe cómo se alejaba guardándome aquella última frase en mi pecho para torturarme.
Me quedé debajo de aquel nórdico frío, acurrucada, deseando que la tierra me tragara.
Me hice un ocho dentro de aquel edredón cubriéndome hasta la cabeza para desaparecer.
A los pocos minutos de sentir el agua de la ducha correr, un teléfono empezó a sonar a lo lejos.
Enredé las sábanas sobre mi cuerpo para salir de aquella cama, buscando mi teléfono entre mis cosas, sintiendo aquel timbreo cada vez más cerca.
Mis mejillas comenzaron a arder al ver aquel nombre iluminado en la pantalla.
Era Rubén. Siempre aparecía cuando peor me sentía.
Era su don. Esbocé una enorme sonrisa buscando dónde sentarme antes de poder contestar aquella ansiada llamada, acomodando mi cabello tras mis hombros al dejarme caer en el borde la cama.
Cuando quise deslizar para responder, la llamada se cortó, convirtiendo su nombre en una de las miles de notificaciones que tenía.
Cerré mis ojos con fuerza soltando un profundo suspiro.
Froté mi rostro desesperada, escuchando de fondo la puerta del baño volver a abrirse.
Nadie era capaz de hacerse una idea de lo mucho que necesitaba a Rubén ahora mismo.
Su cálida sonrisa, sus ojos tan llenos de compresión, de paciencia y consideración.
Extrañaba sentirme querida, escuchada sin que me juzguen.
—¿Estás bien? —La voz de Marc tras de mí sacó de mi pecho un suspiro obligándome a asentir velozmente.
—Sí…
—¿Es por lo que ha pasado antes?
—¿Qué? —Giré rápidamente la cabeza para mirarlo—. No…
—Porque ha sido todo culpa tuya… A mi jamás me había pasado esto…
—Por supuesto.
Giré la cabeza mirándole, tratando de reconocer al hombre que tenía frente a mí. Sus ojos azules volvieron a mirar la pantalla del teléfono sin importarle siquiera que lo estuviera mirando. Era absoluta indiferencia hacia mí. Me robaba la paz, volviendo mi vida un campo de minas.
—He estado pesando… —Dejó caer su preciado teléfono sobre la cama—. Que podrías traerte a tu padre aquí a Madrid, así estarías entretenida…
—¿Qué? —Apreté mis ojos desconcertada antes de volver a mirar hacia él. Me estaba volviendo loca con aquellos cambios de humor. A veces pensaba que ese era su propósito, hacerme sentir que estaba perdiendo el juicio para justificar lo que fuera que hacía cada vez que salía.
—¿Que por qué no lo traes a Madrid?… ¿Estás sorda? —preguntó al verme con la cabeza sobre mis manos.
—Es que no sé a qué viene eso ahora… —Dejé de hablar al mirar sus ojos iluminados de nuevo por aquel teléfono—. ¿Para qué quieres que traiga a mi papá aquí?
—No a nuestra casa, evidentemente. —Me miró alzando sus cejas—. Pero podrías comprar una casa cerca de nosotros. Tu padre es una persona mayor… Y seguramente aquí haya mejores médicos que allí en Colombia.
Arrugué la frente después de aquel comentario.
—¿No crees que en Colombia existan buenos médicos?
—No están tan bien preparados como aquí. Tenemos costumbres y culturas diferentes.
—Eso es tan… racista por tu parte —repliqué girándome sobre aquellas sábanas para verlo de frente—. ¿Quién eres?
Pregunté viendo cómo se sentaba sobre aquella cama. Por más que trataba, no podía reconocer al hombre por el que había perdido la cabeza hace años. Me dejé caer sobre aquella fría cama tratando de disimular la decepción de mi rostro.
—No es racismo, es la verdad. —Puso una de sus manos sobre el bulto de mis rodillas desnudas aún cubiertas sobre la sábana—. ¿Cuántas veces han ingresado a tu padre? Y no dan con lo que sea que le pasa…
—¿De qué hablas?
—Si no me crees, tienes el claro ejemplo de los suegros de Adriana, ¿quieres que tu padre termine como ellos? —Clavé los ojos sobre Marc al escuchar aquel nombre.
—¿Quiénes…? —Suspiré tratando de armarme de paciencia—. ¿Quiénes son los suegros de Adriana? O más bien quién es Adriana, porque no entiendo nada…
—Los padres del idiota ese de Rubén, el amiguito de tu hermano.
—No le digas así… —pedí en voz baja negando.
—Es que es idiota… Me cae casi tan mal o más que tu hermano. —Inclinó su cabeza—. Tiene una forma de mirar que no me gusta, no sé qué fue lo que vio Adriana en ese tío…
—¿No te gusta porque tampoco es español?
Marc negó como si no fuera con él. Rodeé los ojos inhalando lentamente.
—No me gusta a secas.
—Al parecer tu amiguita y tú sois iguales. —Rodé mis ojos—. Cuando más uno lo necesita, dais vuestra peor versión…
—¿Qué insinúas?
—Nada… ¿vas a contarme de una vez qué pasa con los padres de Rubén? —suspiré.
—Pues que, en un país como Cuba, tan cerrado a todo… Es lógico que ese tipo de enfermedades tan complejas como el cáncer, no tengan un tratamiento tan efectivo como los que tenemos aquí…
—¡Fíjate! No sabía que en España erais inmortales —respondí en tono irónico levantándome de aquella cama.
Su risa tras de mí me enfureció más.
—Y para que lo sepas, los padres de Rubén fallecieron en Miami, no en Cuba… ¿Tampoco existen buenos médicos en América?
—No te enfades. —Me detuvo abrazándome por detrás—.
Además, pensé que te haría ilusión la idea de traerte a tu padre aquí.
—Besó mi cuello antes de colocar su cara sobre mi hombro.
Me moví incómoda al sentir su barbilla sobre mi piel—.
Así no tendrías que coger un avión para verlos, solo conducir un par de minutos o un par de horas…
—No creo que sea buena idea… sobre todo estando mi papá tan delicado, tendría que hablarlo con mis hermanos…
—Claro, tú háblalo con quien tengas que hablarlo. —Colocó sus manos sobre mi cintura para girarme hasta él—. Ahora tengo que irme… —dijo rascando su nariz.
—¿Ya?
—Me ha surgido algo, tengo que volver a la oficina.
—Claro… —Apreté indignada las sábanas enrolladas sobre mi cuerpo.
No sé si era porque me había molestado su comentario, porque estaba decepcionada de no haber podido coger la llamada de Rubén, pero la idea de estar sola no me parecía tan mala.
Además, viendo lo que había pasado hace unos minutos poco íbamos a hacer.
Una decepción más de su parte no iba a matarme—.
Está bien… Ve… y haz lo que sea que tengas que hacer
—Aprovecha que estás sola para trabajar un poco. Te vendrá bien hacer algo útil, además yo no me casé contigo para tenerte todo el día amargada —dijo casi reprochándome—. Te prometo que esta noche, si estás de mejor humor, saldremos a cenar.
—Déjalo… No hagas promesas que los dos sabemos que no vas a poder cumplir.
Entré en el baño sin siquiera mirarlo. Nada más entrar, me apoyé sobre el lavabo desbloqueando mi teléfono.
Mis dedos se metieron a toda velocidad en la conversación de Rubén, descubriendo que por fin había leído cada mensaje que le había mandado.
Posiblemente escucharía el mensaje que le dejé en su buzón de voz y por eso habría llamado.
Pulsé el botón de llamar mordiendo mientras mis uñas, escuchando aquellos interminables tonos.
Otra vez comunicando. Suspiré levantando la mirada hacia aquel espejo, observando varios minutos mi rostro.
Estaba despeinada, ojerosa, pensando en miles de cosas por segundo.
La ducha serviría para despejar la mente varios minutos.
La cálida sensación del agua tibia cayendo por mi piel era una de las mejores sensaciones del mundo.
Acaricié mi pelo mojado bajo aquellos chorros efecto lluvia, pensando lo extremadamente excitante que tendría que ser hacerlo en aquella ducha con aquella agua caliente masajeando la piel.
Sonreí nada más de imaginarlo cerrando mis ojos por un momento, dejando que el agua caliente recorriera mi piel.
Una sensación de frío apareció tras mi espalda desnuda sintiendo la puerta de la mampara cerrarse tras de mí.
Unas cálidas manos se posaron sobre mi cintura obligándome a girar.
Al hacerlo, me encontré con aquellos enormes ojos verdes mirán dome fijamente mientras las gotas caían sobre sus cejas negras.
—¿Qué haces aquí? —pregunté susurrando, observando las gotas caer por su mandíbula y por sus labios.
Sus manos se colocaron a ambos lados de mi cara mojada recortando la distancia entre los dos.
—Me has estado buscando, ¿no? —Sus dedos pulgares acariciaron mis mejillas apartando las gotas que corrían por mi piel—. Aquí me tienes…
Su voz ronca susurró cerca de mis labios, sin apartar ninguno de los dos la mirada el uno del otro.
Mis húmedos dedos desabrocharon la camisa que llevaba, parecida a la que llevaba la noche que nos despedimos.
Acaricié con mis manos cada centímetro de piel que iba dejándome ver aquella camisa antes de caer al suelo.
Su cálido aliento sobre mis labios me obligó a volver a ver aquellos enormes ojos verdes antes de sentir sus labios sobre los míos, acariciándolos con aquellas gotas de agua que seguían recorriéndonos sin parar.
—Marc puede entrar en cualquier momento… —dije con un hilo de voz tratando de coger aire para no caer en aquella tentación.
Su mano izquierda se posó sobre mis labios acariciándolos con la yema de sus dedos, recorriendo mi cuerpo un profundo escalofrío.
—Solo estamos tú y yo…