Capítulo 2 #5
—Lista —respondí colocándome frente a él acariciando el cuello de su camiseta.
—Pues vámonos.
—Aunque… —Humedecí mis labios—. También podríamos aprovechar que estamos aquí los dos solos… —Volví a mirar aquellos ojos azules con una sonrisa pícara. Marc agarro mis manos quitándolas de su cuello, molesto.
—Nos están esperando, Isa —dijo tirando de mis manos hacia la puerta.
—Pueden esperarnos unos minutitos más —insistí tirando de sus manos nuevamente hacia mí—. ¿Cuánto hace que no estamos completamente solos?
Traté de capturar sus labios sin éxito. Marc soltó mis manos suspirando mientras me dedicaba una mirada fría y seria.
—Sabes lo mucho que me molesta llegar tarde a los sitios… Por favor no vuelvas a cabrearme.
—Lo siento… —dije en voz baja avergonzada por suplicar por un poco de afecto.
—Vámonos, venga. —Me dio un rápido beso en los labios antes de coger mi mochila—. Ya habrá tiempo de eso.
—Claro…
Vivía constantemente en un déjà vu que parecía no llegar nunca a su final, donde sus continuos desaires abrían mis heridas para echar sal en ellas.
Los dos nos metimos en el coche en silencio.
Me coloqué las gafas de sol para que ningún periodista del centenar que teníamos siempre en la puerta fotografiara mi cara de mujer herida y rechazada constantemente por su marido.
No necesitaba reavivar más rumores de una ruptura inminente.
Salimos entre los periodistas en silencio.
Marc colocó su mano sobre mi pierna, buscando quizás que fo tografiaran aquel gesto para acallar los rumores que rondaban sobre infidelidades y crisis constantes.
Nada más salir de todos los ojos que pudieran vernos o fotografiarnos, con la excusa de poner música, apartó su mano de mi lado para agarrar el volante.
No entendía aquellos cambios ni qué pretendía sacar de todo esto.
Así no es como se solucionaban las cosas, al menos no es la forma en la que a mí me educaron.
De pronto mi voz apareció en la radio. Marc se removió en el asiento, no sé si porque le molestaba escucharme o simplemente empezaba a ver fantasmas donde no los había.
La canción que comenzó a sonar era No sirve de nada , después de anunciar el lanzamiento del videoclip aquella misma tarde, demostrándome una vez más que tenía al mejor equipo del mundo.
Escondí mi sonrisa mirando a través del cristal, recordando sin querer a quien no debía, pero deseando que estuviera donde estuviera, encontrara las referencias en aquel videoclip y supiera que aquí seguía acordándome de él.
Miré de nuevo a Marc al cambiar la emisora para poner la música de su teléfono.
—¿Por qué la cambias?
—Pensé que odiabas escucharte.
—¿Tan cansado estas de mí que ya ni soportas escucharme?
Marc me miró rápidamente riéndose. Me quedé en silencio mirando cómo sonreía con esa chulería tan característica de él. Incliné mi cabeza mirando fugazmente hacia la ventana, tratando de contar hasta diez para no estropear lo que fuera que hubiese preparado.
—¿A qué ha venido eso? ¿Estás con la regla o qué?
Volví a mirarlo siendo aquellas palabras la gota que rebosó él vaso. Reviviendo las imágenes que había visto de él riéndose con aquella chica. Inspiré lentamente viendo cómo en su rostro se reflejaba la chulería típica de él, que tanto me gustaba antes pero que cada día me lastimaba más.
—Viene a que cuánto hace que no me haces el amor —respondí ofendida por haberme rechazado antes como muchas otras veces que había intentado acercarme a él—.
Viene a que ya casi no me tocas y te pasas todas las noches fuera…
—Me acomodé en el asiento para verlo mejor—.
Viene a que te veo más en televisión rodeado de amiguitas que por vivir juntos…
Sus ojos se quedaron clavados en mí varios segundos con completa indiferencia antes de volver a mirar al frente.
—Joder… Si tanto te ha molestado que te quite la puta canción, ahí la tienes —replicó quitando de mala gana el cable que conectaba su teléfono para que volviera a sonar la radio.
Llevé las manos hacia mi cara con frustración al ver que no entendía o no quería entender lo que acababa de decirle. Su postura corporal era de absoluta indiferencia. Ni siquiera me miraba.
—Esto no tiene nada que ver con la maldita canción, Marc… —dije rascando una de mis cejas con frustración, cogiendo aire a la vez que lo miraba.
—¿Entonces? Desde que perdiste la dichosa voz es una discusión tras otra. Todo lo que hago o dejo de hacer te molesta. No sé cómo acertar contigo y estoy empezando a cansarme de tus caprichos de diva. —Sus ojos me miraron unos segundos, masticando las palabras—. Te prefería
cuando no hablabas… al menos no tenía que soportar tus berrinches.
Sus palabras eran dardos directos a mi corazón. Apuñalándome sin consideración.
—¿Tú te estas cansando? —repliqué sin apartar mis ojos de él apagando la radio del coche.
—Tú me tienes cansado.
—¿Crees que yo no estoy cansada? Estoy harta, Marc. Har ta, de escuchar día tras día tu nombre en televisión hablando de la vida que te estás pegando a mi costa… Estoy harta de escuchar cuchicheos cada vez que voy a algún lugar sin ti…
—¿A tu costa? Esto es alucinante… —replicó tras interrumpirme—. ¿Tú te estás escuchando?
—¿Acaso miento?
—Estás loca, estás desvariando.
—¿Disculpa? ¿Crees que soy tonta y no me doy cuenta de que sacas dinero de mis cuentas?
—Joder, Isabella…—negó apretando sus labios—. ¿Ahora también tengo la culpa de lo que la prensa inventa?
—¿Todo lo que dicen de ti es mentira? —pregunté en tono amenazante.
Marc paró el coche en seco saliéndose en el primer hueco que encontró. Tuve que colocar mis manos sobre el salpicadero para parar el movimiento brusco de mi cuerpo después de aquel frenazo. Sus ojos se clavaron en mí tras parar el motor.
—¿Qué estas insinuando?
—¿Desde cuándo te estas follando a otra? —pregunté a bocajarro para matar la incertidumbre de una vez por todas.
Me miró fijamente sin inmutarse antes de reírse. No sé si me dolía más que esa risa fuera porque todo esto le parecía gracioso o porque se estaba riendo de mí.
—¿Te estás dando cuenta de lo que me estás preguntando? —respondió con desprecio.
—No me has respondido, Marcos —insistí llamándole por su nombre completo.
—Tú de verdad crees que después de aguantarte a ti, me quedan ganas para estar con alguien más… Eres agotadora con tus aires de superioridad moral. Tenía que haber hecho caso a la gente que me decía que no cometiera la estupidez de mez clarme con alguien como tu…
—¿Alguien como yo?
Sus ojos seguían mirándome fijamente casi sin expresión, con indiferencia.
Su cabeza se movió lentamente en forma de negación, mientras mi corazón se rompía en mil pedazos con sus palabras llenas de desprecio, como si fuera una cualquiera, olvidando que seguía siendo la madre de su hija.
Me lanzó una última mirada antes de anunciar que se cancelaba aquel fin de semana.
Apoyé mi codo sobre el borde de la ventana para dejar la mirada fija en cualquier punto para no tener que volver la vista hacia él.
No quería que me viera así, rompiéndome por dentro.
A través de la ventana solo podía ver cómo volvíamos a la ciudad.
Recorrimos unos cuantos kilómetros más hasta llegar a la calle de atrás de la casa, donde aún no había periodistas.
Al detener el coche, el silencio que se hizo en el interior fue aterrador y doloroso.
— Oye… —Sentí el clic de su cinturón de seguridad abrirse para acomodarse en el asiento. Yo en cambio prefería seguir mirando hacia ninguna parte por mi ventana. Sabía lo que iba a intentar.
Marc conocía mis debilidades mejor de lo que yo conocía las suyas y jugaba con eso a su favor.
—No me estoy acostando con nadie, ¿vale? Me duele que pienses así de mí…
Preferí seguir guardando silencio ante sus palabras que no me decían nada que no me hubiera dicho ya.
—No sé por qué cojones discutimos tanto últimamente, lo único que sé es que te quiero…
Eres la mujer que he elegido para que sea la madre de mis hijos.
—Tragué saliva lentamente antes de girar mi cara hacia él—.
Solo tengo treinta y cuatro años, creo que también tengo derecho a divertirme un poco…
pero te prometo que estaré más en casa y que te haré más caso.
¿Y ahora qué? Le seguía dando la vuelta a mi mundo para que siguiera pareciéndose a él.
Suspiré mirando sus ojos azul océano tratando de ver si era sincero.
Elegí creerlo, otra vez. Quizás me arrepintiera, pero necesitaba seguir buscando en él al hombre del que me enamoré, porque seguía queriéndolo por encima de mí misma.
Estaba cansada de tanta discusión. Solté un largo suspiro buscando su mano para agarrarla.
—Siento haberte gritado… —me disculpé.
Me besó para seguir envenenando mi alma con aquellos besos de agua salada, sabiendo que iba a volver a desilusionarme.
—¿Te gustaría comer conmigo? —preguntó dedicándome aquella sonrisa que sabía que era mi debilidad.