Capítulo 2 #3
Respiré profundamente haciendo algo de espacio entre los dos para limpiar mis ojos. Menos mal que la gorra que llevaba puesta cubría mi cara.
—¿Y Violeta? —pregunté tratando de recomponerme.
—Con Elia, no te preocupes…
—Vale… —Suspiré tragando aún los nudos que apretaban mi garganta.
—¿Qué ha pasado?
—Nada… —respondí recolocándome la gorra sobre la ca beza.
No quería darle más importancia de la que merecía aquello ni darle más motivos a Agustín para que odiara a Marc.
—Nada no, algo ha tenido que pasar para que se pusiera hecho un energúmeno…
—No ha pasado nada, Gus… ¿Vale?
—Algún día reventarás por guardártelo todo.
—Vamos dentro, aquí fuera hace frío… —Fingí una breve sonrisa mientras lo agarraba de la cintura para volver dentro.
Cuando terminé de darle la cena a mi pequeña, me despedí de ella dándole miles de besos.
Las dos nos fundimos en un abrazo antes de irse a la cama.
Cada vez que la miraba me daba cuenta de que era el mejor motor de mi vida.
El amor más puro que pudiera existir, me lo daba ella.
Recordé las palabras de Rubén, cuando me dijo que tenía que recuperarme por ella, porque se merecía ver a su mamá feliz.
Agustín abrió una botella de vino blanco ofreciéndome un vaso para sentarnos a hablar.
Agarré aquella fría copa entre mis manos sonriendo mientras nos dirigíamos al jardín para sentarnos en las tumbonas frente la puerta de la cocina.
—Tu mujer me odiará por estar más aquí que con ella… —Le di un breve sorbo a aquella copa, escuchando su risa de fondo.
—María jamás podría odiarte… Además, somos lo único que tenemos aquí.
Estiré mi brazo para agarrar su mano como agradecimiento a aquellas palabras. Ambos de dedicamos un breve apretón de manos.
—¿Te ha llamado Patri? —pregunté por nuestra hermana mayor que se encontraba en Cartagena.
—La llamé en la mañana… El médico irá mañana para ver cómo va evolucionando el tratamiento. —Asentí en silencio acariciando la copa con mis dedos.
—Yo también llamé a alguien esta mañana… —dije casi en voz baja dándole otro sorbo a mi copa para evitar mirarlo.
Sin mirar podía sentir los ojos de mi hermano clavados en mí.
—¿A quién? —preguntó mirándome— ¿A Rubén?
—Sí…
—¿Has conseguido hablar con él?
Negué con la cabeza mirándolo. Mis manos se aferraron con fuerza sobre el tallo de mi copa, acariciándola levemente.
—¿Te puedo preguntar algo? —Mis ojos seguían fijos sobre aquel vino que se movía por el movimiento de mis manos.
—Claro.
—La noche que conocí a Rubén … Coincidimos en el jardín y estuvimos hablando de todo un poco…
—Ajá…
—Y… le pregunte por qué, con todo lo que me habías estado siempre hablando de él, nunca nos habías presentado.
Lo miré encogiendo brevemente mis hombros, preguntando en silencio mientras soltaba aquella copa en el suelo.
—Le dije que, si quería seguir utilizando ciertas partes de su cuerpo, tenía que mantenerse alejado de ti —respondió de forma divertida dándole un sorbo largo a su copa.
Lo miré apretando las yemas de mis dedos con mis dedos tratando de comprender.
—¿Por qué? —La pregunta salió de forma involuntaria, como un pensamiento en alto. Él simplemente encogió sus hombros.
—En ese momento, Rubén no era bueno para nadie… ni siquiera para él mismo.
—¿Por qué? —pregunté de nuevo susurrando.
—Porque estaba perdido. Estaba ganándose la vida con trabajos temporales para pagarse la carrera…
Tenía no más de veintidós años, era guapete…
Lo había visto salir con una mujer diferente cada noche y no quería ver cómo te hacia a ti lo que les hacía a las demás.
Sobre todo, porque ese corazón roto me habría tocado arreglarlo a mí…
—Asentí ahogando mis pensamientos en aquella copa—.
Además, luego apareció Adriana y… —Hizo una pausa para mirarme—.
¿Nunca te ha contado de por qué se casó con Adriana?
—No…
—La dejó embarazada.
Ambos nos miramos en silencio, tragando lentamente al escucharlo. Mis dedos se frotaban entre sí comprendiendo el porqué de muchas cosas que Rubén me había contado sobre su relación con Adriana.
—Aun así, no deberías haber decidido por mí.
—Te prometí no entrometerme cuando conociste a Marc, ¿te acuerdas? Me pediste que confiara en tu buen criterio… —Me miró de nuevo cruzando sus dedos entre sí—. Y mira todo lo que te está haciendo sufrir tu buen criterio estos casi diez años…
Agaché la mirada al recordar la discusión de hace unas horas. Sus cambios de humor me volvían loca. Un día estábamos bien y al otro atrancábamos por todo. Últimamente era más fácil mezclar agua y aceite que poder entendernos.
—A veces siento como si no lo conociera…
me siento tan sola aquí… —Esas palabras se atoraron en mi pecho obligándome a tragar los nudos que empezaban a empañar de nuevo mis ojos.
Resoplé mirando al cielo en busca de algún tipo de consuelo para no derrumbarme delante de mi hermano.
Se sentó a mi lado frotando mi espalda con cariño en forma de apoyo y consuelo—.
Lo he dejado todo por él… Mi carrera, mi casa, mis amigos, mi papá…
—Mi voz cada vez se quebraba más—. Siento que casi estuve a punto de perder la voz por todo lo que estaba perdiendo para no perderlo a él…
Negué tratando de aguantar esas horribles ganas de llorar que emanaban por todo mi cuerpo, notando la mano de mi hermano acariciando mi espalda mientras me escuchaba.
—Alguien se tenía que sacrificar para que esta relación funcionara… Y siento que he sacrificado demasiado…
—¿Has hablado alguna vez de esto con él? —Lo miré arqueando mis cejas incrédula.
—¿Con Marc? —Negué rotundamente frotando mis manos entre sí—.
Con el Marc que conocí cuando empezamos a salir, probablemente hubiera podido hablar de esto…
pero con este… —Chasqueé la lengua—. No sé, es cómo si en algún momento me lo hubieran cambiado…
No es el mismo hombre del que me enamoré… no lo reconozco.
Recordé las miles de veces que había tenido conversaciones similares con Rubén, expresándole cómo me sentía de haber abandonado toda mi vida por estar con Marc en contra de todo el mundo. A diferencia de Marc, con Rubén sí podía hablar de cualquier cosa sin sentirme juzgada.
—¿Ya no te acuerdas de la última colaboración que hice?
La bronca que nos costó aquella dichosa canción…
Estuvo supervisando cada secuencia, cada baile…
Era peor que una mosca, todo el tiempo pegado a mí…
Antes me agradaba que fuera celoso, pensaba que era porque le interesaba, pero ahora… Se ha vuelto controlador, posesivo…
—Siempre ha sido así… Lo que pasa que no querías verlo. —Saboreó el vino de su boca—. «Ay es que tiene unos ojos…Y unas piernas tan largas…». «¿Has visto qué guapo es mi novio, papá?» —dijo imitándome.
—¿Crees que me equivoqué al casarme con él?
Agustín suspiró tras llenar su pecho de aire.
—Creo que estabas muy enamorada…
La melancolía volvió a inundar mis pensamientos dejándome un enorme vacío en el interior.
Agustín se levantó besando mi cabeza antes de irse.
El frío empezaba a calar mis huesos. Era de las pocas cosas a las que no había terminado de acostumbrarme.
Este frío que te helaba los huesos, recordar lo lejos que estaba de mi familia y lo sola que me sentía allí.
Subí a la habitación de mi pequeña para darle su rutinario beso de buenas noches antes de irme a dormir.
Otra noche más sola en aquella enorme y fría habitación.
Me metí en el baño para darme una ducha calentita y así entrar en calor antes de meterme en la cama.
Mi cabeza no paraba de dar una y otra vez mil vueltas sobre qué era lo que estaba pasando en mi matrimonio.
En qué estaba fallando para que hubiera dejado de elegirme o hacerme sentir insuficiente hace tiempo.
Me metí en aquella enorme y fría cama acomodando mi pelo tras de mí, mientras dejaba caer mi cara sobre uno de los muchos cojines.
Al terminar de acomodarme, miré la mesita de noche recordando que tenía ahí guardada la botella de agua bendita que me regaló Rubén la última noche que estuvo en casa.
Antes de darme cuenta, empecé a sonreír mientras la acariciaba entre mis manos.
Aquel último abrazo siempre me provocaba escalofríos al recordarlo.
Me invadía una extraña nostalgia al revivirlo.
Ojalá pudiera volver a tener la oportunidad de verlo o de abrazarlo de nuevo.
Coloqué aquella botella bajo mi almohada como recuerdo de aquellas noches en las que me él me estuvo acom pañando sin saberlo.
Suspiré dejando que mi mente volviera a volar al otro lado del océano, buscando imaginar cómo estaría Rubén tras perder a su papá.
Si todo aquello lo habría curtido quitándole aquella forma de ser de sacar siempre la mejor cara de las cosas.
Si estaría solo o acompañado. El sonido de la puerta me sacó de mis pensamientos dejando ver a mi pequeña tras aquella puerta al abrirse.
—¿Quién anda por aquí? —pregunté incorporándome sobre la cama guardando la botella de nuevo dentro del cajón.
—Mami, ¿puedo dormir contigo? —Violeta me preguntó mientras me miraba con aquellos ojos azules que había heredado de su padre.
—Claro que sí, mi amor, vente —dije riéndome mientras se acomodaba a mi lado abrazándome—. Como se entere tu padre, nos regaña a las dos.
—Prometo guardar el secreto, mamá —Violeta respondió acurrucándose junto a mí.
La abracé colocándome bocarriba con mi mayor tesoro a mi lado, sintiendo aquella botella brindarme algo de consuelo al saber que estaba ahí, como si estuviera acompañándonos.
Coloqué mis manos sobre la cabeza de mi pequeña acariciando su cabello rubio para que se durmiera, sintiendo una paz inmensa de compartir aquellos momentos tan maravillosos con ella.