Y en el medio, tú: 1 Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

—Ey, hola, Rubén. Soy Isabella. Me… me he enterado de lo de tu papá.

Lo siento muchísimo… de verdad… —Cogí aire lentamente antes de seguir—.

Solo quiero que sepas que bueno, aquí me tienes para lo que necesites, ¿vale?

Te echo muchísimo de menos… —Mis ojos se abrieron rápidamente—.

Bueno, todos aquí te echamos de menos, si vieras a Violeta cómo ha crecido…

Me hubiera gustado invitarte a uno de mis conciertos como agradecimiento, ya que, no sé si…

hubiera podido hacerlo sin ti… Al final la botella de tu mamá parece que me protegió sin necesidad de bebérmela…

—dije en forma de broma mientras frotaba mi frente con los dedos volviendo a centrarme en la conversación—.

Para la próxima gira no te escapas. —Sonreí al imaginarlo riéndose, con su sonrisa de medio lado tratando de ocultar que algo le había hecho gracia—.

Bueno… esperamos verte todos pronto por aquí, llámame si quieres cuando escuches el mensaje o…

si te apetece hablar algún día… Cuídate mucho, besos. Chao.

Me quedé un rato mirando la pantalla aun encendida de mi teléfono tras colgar.

Qué diablos me pasaba a mí con este muchacho.

Me costaba admitir que me dolía que le hubiera respondido a mi hermano y en cambio mi conversación con él ni siquiera la había leído.

Dejé el teléfono a un lado para buscar su nombre en el buscador.

Era sana curiosidad únicamente. Al escribir su nombre, me salía en el desglose del buscador su nombre el primero.

Rubén Hernández. Sus enormes ojos verdes destacaban en todas y cada una de aquellas fotografías.

Casi había olvidado lo guapo que era. Su mandíbula cuadrada, bien marcada.

Sus pómulos dando paso a aquellos impresionantes ojos verdes esmeralda, que hacían el contraste perfecto con su piel bronceada y su barba adornando sus mejillas.

La última vez que lo vi su pelo estaba corto, casi rapado, con algo de flequillo por arriba.

No podía evitar preguntarme cómo estaría ahora, si habría cambiado de look.

Coloqué mi cara sobre una de mis manos observando todas aquellas fotos, sonriendo como una tonta sin saber por qué.

No se lo había contado a nadie, pero, en varias de las canciones de mi nuevo álbum, quizás estuviera pensando un poco en él cuando las escribí.

Recordándolo sentado junto a mí en el estudio poniéndome aquella horrible música que a él le gustaba tanto y que ahora escuchaba cuando volvía de dejar a Violeta del colegio.

Rubén siempre me hacía reír cuando más lo necesitaba.

Mi dedo índice seguía girando la rueda del ratón observando cada foto nueva que aparecía de él.

Sobre todo, eran fotos robadas de revistas de la mano de la que creo que era su mujer.

No podía dejar de mirar, era adictivo. De pronto me detuve en una foto de Rubén abrazando a una chica un poco más bajita que él.

Me incorporé de nuevo para contemplar los brazos de él que descansaban sobre los hombros de la chica que lo acompañaba, parecían estar en un aeropuerto.

Por un microsegundo, mi cabeza imaginó cómo sería que Rubén me abrazara así, con aquella intimidad, obligándome a querer buscar entre los recuerdos su olor.

¿Me vería demasiado chiquita a su lado?

Al meterme en fotos similares reconocí a Adriana, la mujer de Rubén.

Al parecer ella era actriz, por eso mi buscador se llenó de fotos de ella en escenas de series o sobre pasarelas.

Mi dedo iba pulsando ventana tras ventana, contemplando cada foto, sobre todo donde salían ellos dos; abrazados, besándose o caminando agarrados de la mano.

Cerré el buscador, molesta. No me apetecía seguir viendo más fotos de ellos dos juntos.

Me molestaba no saber por qué me causaba tanto rechazo verlos.

Me quedé un rato más inmóvil frente a la pantalla del ordenador.

Había estado toda la gira, en mis ratos a solas, revisando nuestra conversación, esperando verle en línea como si fuera una quinceañera olvidándome de que mi marido estaba al otro lado del océano o en las gradas esperando que saliera o que le avisara de que había llegado al hotel.

Apreté mis manos entre sí al entrelazarlas, tratando de entender qué era lo que ocurría.

Posiblemente fuese que extrañaba alguien con quien poder hablar sin miedo a que me juzguen.

Con Rubén podía ser tal cual, sin filtros, sin máscaras ni maquillaje.

Él estuvo conmigo cuando perdí la voz y la ilusión de cantar de nuevo algún día.

Era como si sintiera que le debía eso, pero también llevaba tiempo comparándolo inconscientemente con Marc y preguntándome por qué el padre de mi hija no estuvo en esos momentos cuando le correspondía estar y Rubén, que era amigo de la familia, estuvo día tras día sin dejarme sola un momento.

Apoyándome, consolándome, descubriéndome millones de cosas que poder hacer para ocupar mi mente.

Me sentía mal conmigo misma por no ser capaz de alejarlo de mis pensamientos.

Sentía como si le estuviera siendo desleal a Marc.

Suspiré alzando los ojos a la pantalla apagada pensando.

Abrí de nuevo el buscador para encontrarme otra vez con sus ojos verdes al darle a restaurar páginas.

Sonreí con cariño al verlo nuevamente en aquellas fotos, con su peculiar gesto de rascar su barbilla o con sus manos escondidas dentro de sus bolsillos.

Saboreé mis labios al revivir aquel último abrazo.

Seguramente eso era también lo que extrañaba de él.

El cariño que me daba, la amabilidad de sus ojos.

Marc llevaba meses sin tocarme, sin tener ningún tipo de atención hacia mí, ni consideración.

Nos habíamos vuelto compañeros de piso que se besaban por rutina.

Seguramente fuese eso lo que hacía que mi subconsciente reprodujera a cámara lenta la imagen de Rubén saliendo del agua abriéndose su neopreno mientras se reía.

Aquella imagen de los últimos días que estuvimos juntos, junto con el último abrazo que nos dimos antes de su viaje, se repetía más de lo habitual en mi cabeza.

Al entrar la tarde, aprovechamos el sol para jugar en el jardín como cualquier familia normal.

Por culpa de nuestros trabajos pocas veces coincidíamos como una familia normal.

Menos mal que mi pequeña tenía la figura paterna de Agustín, cuando Marc no estaba.

Añoraba verlos reírse juntos, sabía de buena mano lo mucho que mi pequeña sufría la constante ausencia de su padre.

Violeta le tiró la pelota con tan mala suerte que hizo caer el teléfono al suelo.

Fue mi culpa, me distraje un segundo, no estuve al pendiente de que Violeta no hiciera aquello.

Aquella pelota le dio a Marc en la rodilla con tan mala suerte que este tiró sin querer su teléfono al suelo.

—¡Ey, más cuidado!

Violeta se quedó paralizada después de la voz que le dio, buscándome rápidamente con la mirada.

—¡No te das cuenta de que me lo vas a romper! ¿Por qué lo has hecho? —Recogió el teléfono del suelo enfadado.

—No se ha dado cuenta, amor —la disculpé mientras me colocaba tras de mi pequeña acariciando levemente sus brazos.

—Pues que esté más pendiente, joder.

—Marc, tiene seis años —le recordé ya que la culpa era de él por no soltar ese dichoso teléfono.

—Se acabó la puta pelota —dijo mirándonos mientras recogía la pelota para guardarla.

—¿No crees que estás exagerando un poco? —Me fui tras Marc para hablar con él.

Su reacción estaba siendo de lo más exagerada. Elia, la niñera, salió al escuchar las voces de Marc para llevarse a Violeta dentro, dándole un beso para tranquilizarla, dejándonos a Marc y a mí solos en el jardín.

—Ella solo quería que siguieras jugando, amor… por eso te ha tirado la pelota, no te pongas así…

—Por eso estamos así, Isa, porque cada cosa que hago me desautorizas. Aunque viendo lo blando que es tu padre contigo, no me extraña que seas así… —Me señaló con el teléfono—. Que sea la última vez que me contradices frente a mi hija…

—Yo no he hecho tal cosa…

—Es que para ti nunca nada es suficiente.

—Eso no es verdad, solo he dicho que…

—No hagas que me arrepienta de perder todo el fin de semana solo por estar contigo —dijo mirándome enfadado, interrumpiéndome.

—¿Disculpa? —Lo miré al escuchar cómo acababa de echarme en cara el fin de semana.

—Lo que has oído. —Sus ojos se clavaron en mí—.

No pienso ser el único que se sacrifica por esta relación.

Si tú no pones de tu parte te juro que mando esto a tomar por culo, porque me tienes harto con tanto comportamiento infantil…

—Mis ojos miraban cómo su mandíbula se tensaba—. Cuándo piensas madurar, ¿eh?

—Buenas noches. —La voz de mi hermano tras nosotros enfureció más a Marc.

—Espero que estés contenta, has arruinado nuestro fin de semana.

Dejo caer la pelota con fuerza contra el suelo, botando cerca de mí. Me quedé paralizada mirando aquella pelota botar a escasos centímetros de mí. Mis puños se apretaron con fuerza tratando de comprender qué habíamos hecho mal para que reaccionara así.

—¿Todo bien? —La voz de mi hermano dando su última ronda antes de irse a su casa, hizo que Marc me dedicara una última mirada antes de irse nuevamente.

—Genial, como siempre, buenas noches.

Al sentir la soledad de aquel jardín al verlo desaparecer tras mi hermano, no pude evitar romper a llorar.

Los brazos de mi hermano me abrazaron antes de que pudiera darme cuenta.

Me aferré con fuerza a él sin poder parar de llorar.

Las protectoras manos de Agustín me consolaron acariciándome la espalda mientras me susurraba palabras de aliento.

—¿Por qué putas dejas que te trate así…? —dijo tras resoplar sin soltarme.