Y en el medio, tú: 1 Capítulo 1 #8
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Capítulo 1 #8

Asintió emocionada, colocando partes de aquella hermosa melena rizada tras su oreja.

Me levanté de aquel sofá dirigiéndome rápidamente hacia el maletero de mi coche para coger su regalo.

Suspiré entrando de nuevo en aquella casa.

Golpeé levemente la puerta de aquel salón donde ella me esperaba, asomando la cabeza antes de entrar.

Al verme se levantó de aquel enorme y blanco cheslón que ocupaba todo el testero de la pared.

Escondí detrás de mi espalda la cajita que traía mientras me acercaba lentamente bajo su atenta y curiosa mirada.

Cuando nos quedamos uno enfrente del otro, sus ojos trataban de buscar qué era lo que traía.

—¿Lista? —pregunté viendo cómo asentía rápidamente cruzando sus manos frente a su pecho.

Giré la cabeza hasta los hombros sacando de detrás de mí la caja.

Isabella torció su cabeza divertida agarrándola entre sus manos, rozando mis dedos.

Sus cejas se arquearon tratando de adivinar qué contenía.

Le di permiso para abrirla con los ojos, quitando mis manos de la caja y contemplándola.

La destapó con el mayor de los cuidados, buscando dónde dejar la tapa, ofreciendo mi mano para sujetarla.

Sus ojos me miraron fijamente mientras agarraba lo que había en el interior.

—Mi madre me la dio cuando me fui de Cuba, para que me protegiera… No creo mucho en esas cosas, pero… Ahora es para ti, para que te proteja y para que te devuelva tu voz y con ella tu identidad.

Isabella sacó entre sus dedos una botella de cristal mediana con su tapón de acero inoxidable.

En las dos caras de la botella tenían la representación de la aparición de la virgen de Lourdes tallada dentro de la misma botella.

Sus ojos contemplaron aquella botella detalladamente antes de dejarlos clavados sobre mí.

—Pero no te la bebas que no funciona así —bromeé viendo cómo sus labios volvían a dibujar una sonrisa mientras volvía a pegarme en el brazo con la botella.

Colocó aquella botella cerca de su pecho, abrazándola con tra su pecho mientras me miraba profundamente.

Como si nos hubiéramos leído la mente, sus manos soltaron la botella sobre la mesa que tenía tras ella mientras me inclinaba para dejar la caja que mi madre me regaló antes de abrazarnos.

Sus brazos rodearon mi cuello con fuerza, sintiendo una de sus cálidas manos acariciando mi pelo.

Yo en cambio abracé su cintura hundiendo la cara en aquel cabello rizado, apretando su diminuto cuerpo contra el mío.

Los dos nos quedamos un par de minutos así.

Me dolía sentir cómo mis manos acariciaban su espalda, mientras sus dedos seguían enredados en mi pelo, acariciándonos.

Era como si el tiempo se hubiera parado ahí, notando su respiración cerca de mi oído, la yema de sus dedos acariciar cada rincón de mi nuca al igual que el movimiento de su pecho al coger aire sobre el mío.

Era la primera vez que sentía paz al abrazarla.

Sin culpa ni miedo a que se diera cuenta, quizás porque ambos sabíamos que aquello era una despedida.

Un breve carraspeo nos obligó a soltarnos rápidamente.

Nuestros ojos volvieron a buscarse tras separarnos mientras ella se acomodaba un mechón tras su oreja.

—Perdón. —La voz de Agustín acercándose lentamente hacia nosotros nos dio tiempo de tomar distancia entre los dos—. Marc acaba de llegar. Está arriba acostando a la pequeña. —Los ojos de Isabella miraron a su hermano buscando saber si Marc nos había visto.

—No os preocupéis… —respondí rompiendo aquel silencio—. Yo… ya me iba.

Antes de poder avanzar, la mano de Isabella agarró la mía con fuerza en forma de despedida antes de besar mi mejilla.

Esta vez fue Agustín quien volvió a abrazarme mientras Isabella soltaba mi mano al ver a su hermano acercarse.

Sus ojos no se despegaban de mí, como si no quisieran perderse nada antes de verme ir.

—Cuídate mucho, Lalo —susurró antes de soltarme de aquel abrazo.

—Vosotros también…

Les dediqué una breve sonrisa antes de girarme para mirarla por última vez.

Solo a ella. Sus ojos, al igual que su boca, sonrieron antes de verme abandonar aquel salón.

Llevaba dos semanas esperando este momento.

Esperando irme para alejarme de ella y olvidarme de esta locura de cabeza que había tenido todos estos años.

Mi cabeza siempre me recordaba que era imposible que ella pudiera fijarse en mí, pero estos últimos días, ella se había estado comportando como si realmente le doliera de alguna forma diferente que me fuera, como si le entristeciera no verme.

Me había hecho partícipe de sus inseguridades, de sus sueños, sus miedos.

Habíamos estado horas contándonos cosas que posiblemente poca gente conocía el uno del otro, ella con su pizarra y yo con ese «acento españolado» del que tanto le gustaba burlarse.

Recorrí aquel enorme y amplio pasillo camino de la salida.

Siempre por la puerta de atrás, siempre recorriendo las mismas fotos con la mirada antes de salir, para hacer fotografías mentales de todo para acordarme cuando necesitara saber de ella.

Al llegar al piso, Adriana me recibió con un apasionado beso.

En aquel momento, tras cerrar los ojos y siendo sincero conmigo mismo, no me besaba Adriana, sino Isabella.

Al igual que aquella última noche en Madrid, le había hecho el amor a mi mujer, pero imaginando a otra en su lugar.

Al terminar, Adriana aún desnuda se enroscó a mi lado.

La tapé con la sábana abrazándola, sintiéndome el hombre más miserable del mundo por hacernos eso.

En la oscuridad de aquella habitación, se iluminó mi teléfono que seguía en el bolsillo trasero de mi vaquero, tirado en el suelo con el resto de la ropa.

Esperé a que Adriana se durmiera para salir de la cama con cuidado de no despertarla, agarrando el vaquero del suelo.

Salí a la terraza sintiendo el frío aire de aquella octava planta que te calaba hasta los huesos.

Me dejé caer sobre aquella barandilla al ver el nombre de Isabella en las notificaciones del teléfono.

Mi cabeza no hacía nada más que preguntarse qué era lo que pretendía sacar de ahí.

Tenía a mi mujer a menos de dos metros desnuda en nuestra cama mientras estaba ahí mirando el nombre de algo imposible en aquella notificación.

Había cumplido como amigo acompañándola cada vez que me había necesitado, escuchándola, aconsejándola y apoyándola.

Ahora tenía que aprovechar el tiempo que tuviera que estar fuera para pasar página con esto que sentía por Isabella que no iba a llevarme a ningún lado.

—Lo siento, Isabella… pero necesito soltarte… —Desbloqueé el teléfono para archivar su conversación.

A la mañana siguiente, ambos recogimos las pocas cosas que quedaban antes de salir dirección al aeropuerto.

Agradecí que Adriana se quedara durmiendo en aquel taxi camino al aeropuerto, así podía quedarme en silencio observando a Madrid despertarse, despidiéndome de todo lo que me era familiar, recordando las largas charlas con Agustín, recordando mis carreras mañaneras por el Retiro, paseando con la mirada por cada calle de aquella ciudad antes de salir a la autovía.

Sentía la melancolía de abandonar la ciudad que había sido mi hogar durante tantos años, con la incertidumbre de no saber cuándo podría volver a pasear por allí o volver a entrar a mi piso.

Le deje las llaves a Susana para que de vez en cuando le echara un vistazo o para ver si podía alquilarlo para sacarle algo mientras estuviera fuera.

Al llegar a nuestra terminal, ambos bajamos colocando nuestras gafas de sol nada más salir del taxi al encontrarnos con periodistas que pararon a Adriana para preguntarle.

Su mano agarró la mía para avanzar hasta el puesto de seguridad antes cruzar a las zonas de embarque.

Al deshacerme de los objetos metálicos para pasar no podía evitar mirar hacia atrás en busca de alguna aparición de última hora.

Había visto en películas tantas veces escenas como esas, que al final terminas creyendo que eso pasaría en la vida real.

Tras pasar el control, recogimos nuestros efectos personales antes de dirigirnos hacia donde nos esperaba nuestro avión para irnos, guardando pensamientos y sentimientos que no me iban a hacer bien una vez que aterrizáramos en Miami.

Adriana me regaló un beso en los labios antes de colocar sus auriculares sobre sus oídos.

Yo en cambio me quedé en silencio observando cómo el avión comenzaba a moverse para dejar atrás a todas aquellas personas que quería a miles de kilómetros de altura.