Capítulo 1 #7
Isabella asintió después de quedarnos viendo un rato fijamente a los ojos.
No quería hacerme ilusiones. Ella se encontraba más sensible y falta de atención por sus innumerables discusiones con Marc.
Solo se sentía segura a mi lado. Como si fuera un hermano más para ella.
Alguien en quien confiar, y no podía romper su confianza con mis tonterías e incomodarla.
Lo que sentía por ella no era recíproco y debía recordármelo diariamente.
Salí de aquel coche desbordado de momentos en silencio que solo me confundían, sobre todo después del sueño de anoche.
Debía mantener las distancias. Gracias a Dios Agustín apareció unos minutos más tarde, justo detrás de nosotros.
Decidí ir primero hasta la puerta de acceso a la clínica, dejándola a ella atrás agarrándose al brazo de su hermano.
Cuando ambos me alcanzaron, me ofrecí a subir por las escaleras para compensar no haber pisado el gimnasio esa mañana.
No necesitaba más momentos en espacios reducidos con ella.
Mis manos se acariciaban entre sí recordando aún en mi piel el tacto de sus manos.
Al llegar a la dichosa cuarta planta, después de más de un millar de escalones, me detuve para coger aire y acomodarme la ropa para estar decente antes de abrir la puerta que daba a las consultas.
Nada más abrir, vi a lo lejos a Isabella en los brazos de Marc.
Posiblemente habría aparecido de sorpresa para compensar su última discusión por mensajes.
Me quedé parado aún con la mano sujetando el pomo de la puerta, con medio cuerpo fuera.
Él era su lugar seguro, el que le había borrado la tristeza de hace unos minutos de sus ojos, dibujando en sus labios una amplia y hermosa sonrisa.
Inhalé lentamente, observándoles reírse y besarse antes de cerrar la puerta con la intención de irme de allí, pero Agustín debió de verme observarlos antes de cerrar.
Su robusta mano detuvo la puerta antes de cerrarse.
—¡Lalo! —Su voz me obligo a girarme. Acaricié la barandilla de aquellas escaleras al detenerme—. ¿Te vas?
—Sí, me han llamado del hospital… Y cuando he visto que estaba Marc —respondí señalando al frente—. Sé que se queda en buenas manos.
—Se ha presentado sin avisar… —respondió mirando rápidamente hacia atrás donde se encontraba su hermana observándonos desde la distancia.
—Mucho mejor para ella… —dije colocándome frente a él. Desde donde estaba podía verlos aun abrazados—. Tu hermana al único que necesita ahora mismo es a él… —Para mi desgracia…
Miré de nuevo viendo cómo se besaban, aún agarrados. Él debió de decir algo gracioso que provocó la sonrisa de Isabella. Desvié la mirada antes de golpear el hombro de Agustín.
—Te llamo más tarde para preguntarte qué os han dicho, ¿vale?
—Vale. Gracias otra vez.
Levanté la mano mientras seguía alejándome por aquellas escaleras.
Necesitaba irme de Madrid.
Los días antes de mi viaje pasaron en una aparente calma, por lo menos en casa.
Las cosas con Adriana pareciera que estaban mucho mejor.
Ambos habíamos enterrado el hacha de guerra entrando en un periodo de tregua.
Por otro lado, Agustín me había transmitido el deseo tanto de su hermana como de él, de acompañarla los ratos que estuviera sola para asegurarse, sobre todo Agustín, de que hiciera sus ejercicios de rehabilitación bien.
Una de las veces que fui a su casa, le llevé de regalo una pequeña pizarra, dándole la herramienta idónea para poder comunicarse sin abrir la boca.
Le habían aconsejado reposo absoluto de la voz junto a rehabilitación para evitar una cirugía que la mantendría más de un año alejada de su casa, de los escenarios y de su hija.
El paso del tiempo para Isabella era lento, aumentando su desesperación al no sentir mejoría.
Poco a poco aquello fue haciendo mella en su matrimonio.
En la última pelea que me tocó presenciar de ellos, Marc le había gritado que él no se había casado con una mujer como ella para que estuviera todo el día llorando, deprimida y en pijama.
Aquello la dejó destrozada, porque fue lo último que le dijo antes de irse a un viaje de varias semanas a Qatar.
Su ánimo bajó tanto que le salió un pequeño herpes en el labio, debido al estrés y a sus bajas defensas.
Tras esmerarme el doble en hacerla reír, poniéndole mi horrible música en su estudio para hacer el tonto junto a Violeta, le propuse tanto a ella como a Agustín, cuando llegó a hacerme el relevo, pasar unos días fuera de Madrid.
Quería que aprovechara las vacaciones de la pequeña y que Marc estaba fuera para ir a algún sitio de costa y disfrutar del sol, del buen tiempo y del mar.
He de reconocer que descubrí su faceta más testaruda y cabezota tras proponérselo, al igual que sus miradas de desaprobación al conseguir sacarla de aquella casa que la asfixiaba.
Pero su ánimo fue mejorando tras llamar a Gorka, un amigo de confianza, para que le enseñara tanto a ella como a la pequeña Violeta el apasionante mundo del surf, dándole a Isabella el mágico regalo de descubrir lo maravilloso que era fundirse con el mar.
El surf fue para ella una vía de escape para dejar su cabeza en blanco al menos unos instantes.
Unos días antes de tener que viajar a Miami, estábamos en una hermosa playa en Asturias, con el cielo rosado a punto de caer la tarde y con las nubes que parecía que casi toca ban aquellas montañas verdes.
Me encontraba sentado en la toalla, con el neopreno abierto tras salir del agua.
No podía dejar de admirar cómo se reía feliz, tras salir del agua después de haber sido revolcada por una ola.
Agradecí haber aceptado acompañarlos, guardando estos momentos en mi memoria por si tardaba en regresar.
Sus rizos lucían mojados y su risa se sincronizaba con la de su hija.
Aquella imagen de ella riéndose dentro del agua y el brillo que sus ojos volvían a tener, era el mejor recuerdo junto con los ratos que habíamos echado los dos a solas contemplando el atardecer en la terraza de la casa que había alquilado.
Al llegar de aquellos días de ensueño, tocó la vuelta a la realidad.
Agustín se encontraba en la cocina hablando por teléfono.
Nada más saludarlo, me hizo una señal para que me sentara mientras terminaba de hablar.
Desde donde estaba sentado, podía ver a Isabella sentada en el sofá abrazada a su hija, viendo ambas la televisión.
—Ya estoy contigo —dijo captando de nuevo mi atención—. ¿Qué haces por aquí? Te hacía durmiendo ya… —Sonrió apretando mi hombro con cariño.
—Quería despedirme… —respondí mirando de nuevo a mi amigo.
—¿Mañana es cuando te vas? —dijo colocando sus manos sobre la cara antes de volver a mirarme—. Se me ha pasado el tiempo volando… Con todo esto de Isabella, la discográfica, la gira…
—No te preocupes —respondí con una breve sonrisa.
—¿A qué hora sale el avión?
—Temprano. —Miré nuevamente hacia donde se encontra ba Isabella mientras respondía.
—Vamos a echarte de menos… —Ambos nos abrazamos, dándonos leves golpes de cariño en la espalda—. Sobre todo ella… No sé qué habría sido de ella sin ti.
—Ya, bueno… —susurré en forma de respuesta—. Para eso están los amigos.
—¿Se lo has dicho? Que te vas… —Negué suavemente mientras él terminaba de preguntar.
Ambos entramos al salón por aquella enorme puerta al lado del ventanal.
Las dos se incorporaron al vernos aparecer.
Violeta me abrazó después de que Agustín la mandara a su habitación para preparar las cosas antes de acostarse.
Agustín se despidió de mí con un fuerte abrazo, volviendo a susurrarme que me cuidara y agradeciendo todo lo que había hecho por su hermana.
Si supiera que cada noche mi subconsciente la buscaba para hacer lo que me moría por hacerle en la realidad.
—Buenas noches, tío Rubén. —Violeta se despidió antes de soltarme de aquel abrazo.
—Buenas noches, preciosa.
Me giré para encontrarme con los ojos de Isabella viendo a su hija desaparecer tras la puerta. Golpeó con la palma de la mano brevemente el sofá para que me sentara a su lado.
—¿Cómo te encuentras? —pregunté sonriendo, acercándome lentamente hacia donde se encontraba para saludarla con un breve beso en la cabeza.
Agarró su pizarra de detrás de un de lo cojines para poder escribir.
—Mañana es cuando tenías aquel viaje, ¿no? —Asentí con una breve sonrisa. Borró aquella pantalla blanca para volver a escribir—. Te voy a echar de menos… —Dibujó una carita triste al final de aquella frase. No pude evitar reírme mientras me sentaba a su lado.
—Yo también… Lo que más voy a extrañar son tus interminables conversaciones —respondí en tono de burla provocando una sonrisa en sus labios.
Ambos suspiramos al unísono antes de mirarnos. Isabella me dio un ligero golpe antes de volver a escribir.
—¿Cuándo vuelves? —Levantó la pizarra con aquella temible pregunta—. Encogí los hombros a la vez que ella volvía a borrar para escribir.
—No lo sé…
—Espero que no te olvides de nosotras. —Su letra estaba acompañada de un muñeco triste.
—Eso jamás… Y menos de ti.
Los dos nos miramos nuevamente durante varios segundos. Ella torció sus labios en una breve sonrisa con sus manos aferradas aún a aquella pizarra.
—Yo… eh… —respondí agachando la mirada tras un breve carraspeo al ver su sonrisa—.
Te he traído un regalo, bueno… es un detalle, una tontería más bien.
—Los ojos de ella se iluminaron. Sonreí haciéndome el interesante—.
Lo vi en mi casa y me acordé de ti. Además, en el estado tan deplorable en el que te encuentras…
—Me golpeó en el brazo con la pizarra provocando la risa de los dos, ella tratando de no reírse, cubrió su boca con las manos como si pudiera escaparse—. ¿Quieres verlo?