Capítulo 1 #5
El rostro de Isabella parecía relajado después de confirmar que estaría mañana junto a ellos. Extendió su mano hacia mí como señal de agradecimiento. Cogí todo el aire que mi diafragma era capaz de acumular mientras apretaba su mano con cariño.
—Bueno, ahora sí debería irme… Dejé toda la casa hecha un desastre… Y necesito organizar unas cosas.
—¿Por eso te ha llamado la parienta? —Agustín preguntó divertido.
Asentí alzando las cejas—. Está bien, no te entretenemos más que no queremos causar más problemas —dijo acariciando la espalda de su hermana para despedirse—.
Te acompaño a la puerta. —Agustín besó la frente de su hermana tras decirle esta algo al oído—.
Está bien… —respondió viendo cómo asentía mientras me miraba—.
Te espero afuera, que no hable —nos señaló antes de cruzar la puerta del dormitorio de su hermana.
Isabella se acercó hacia mí con sus dedos enredados en su cabello dorado y rizado.
Sus dedos se detuvieron sobre el pañuelo que envolvía su cuello cuando se paró frente a mí.
—Rub… —Aquel fino hilo de voz tras un breve carraspeo le provocó algo de dolor.
—Shh… —Coloqué ambas manos sobre sus hombros dedicándole una breve sonrisa—. Ya escuchaste a tu hermano…
Isabella asintió devolviéndome la mirada al sentir el breve apretón de mis manos sobre sus hombros.
—Te prometo que vas a recuperarte, no pienso irme a ningún lado hasta asegurarme personalmente de eso…
Sus finos brazos respondieron colocándose alrededor mi cuello.
Fue un gesto espontáneo, pero fue algo que no podía reprimir más.
Trataba de hacerse la fuerte. Era una de las muchas cosas maravillosas que tenía, su fortaleza.
Pero se la veía derrotada por todo lo que llevaba encima.
Su hermano siempre había halagado su resiliencia ante las adversidades.
Y ahora que era mamá de una niña hermosa, más aún.
Como dirían aquí en España, llevaba la procesión por dentro.
Inconscientemente, volví a buscar el olor en su cabello rizado que brillaba como el sol.
En ese momento mi cabeza me martilleaba recordándome que aquello era imposible.
Ambos estábamos casados. Ella solo me veía como un amigo y lo más importante, era la hermana de mi mejor amigo.
Por eso mi corazón memorizaba cada detalle de aquel eterno abrazo.
Después de un buen rato abrazados, ella soltó sus brazos de mi cuello separándonos lentamente.
Al ver sus ojos me di cuenta de que aquel abrazo, no solo había sido especial para mí.
—Trata de descansar… —dije besando su frente con cariño antes de salir de allí.
Salí de aquella habitación sin siquiera esperar respuesta, escondiendo mi cabeza en mis pensamientos.
Miré los discos de diamante que tenía colgados de una de las paredes, sobre una mesa blanca que contenía retratos de los tres.
Marc, Isabella y la pequeña. Observé aquellas fotografías familiares más de cerca para recordarme que ella tenía una vida y yo otra, cuestionándome si realmente podía seguir siendo su amigo.
Aquellas fotos retrataban a una familia envidiable.
Yo mismo envidiaba la vida de Marc, al verlo con la bebé en brazos en la puerta de la que había sido la casa de Isabella en Cartagena.
Al fondo, había una fotografía de Marc e Isabella en Maldivas, abrazándose mientras se besaban, vestidos de neopreno en alguna playa.
Agarré una foto de Isabella recibiendo un beso de su hija en la mejilla sonriendo ampliamente.
—La familia perfecta. —Agustín apareció tras de mí, con sus manos en los bolsillos mirando aquellas fotografías.
Volví a dejar aquella foto donde estaba antes de mirarlo.
—¿Siguen teniendo problemas? —pregunté dirigiendo la mirada hacia él. Sus ojos observaron aquellas fotografías antes de devolverme la mirada.
—Sigo sin saber por qué se casó … —respondió sin apartar la mirada de las fotos. Crucé los brazos sobre mi pecho mirándolas de nuevo—. ¿Y tú?
—¿Yo qué?
—¿Desde cuándo tienes problemas con Adriana? —Ambos comenzamos a caminar. Mas bien el me seguía mientras yo huía al dirigirme hacia la puerta.
—¿Alguna vez hemos dejado de tenerlos?
—Es otra cosa que no entiendo, por qué te casaste tú también…
—Era lo que se debía hacer —respondí alejándome de aquel altar de fotos.
—Pudiste divorciarte cuando os enterasteis de que no había motivo para seguir. —Agustín caminaba tras de mí.
—Ya, bueno… Demasiado tarde para eso.
Al llegar al coche, ambos volvimos a abrazarnos después de acordar la hora para la cita del médico de mañana antes de irme.
Agustín siempre había sido como un hermano para mí.
Recuerdo que cuando lo conocí, él quería empezar en el negocio de bienes raíces.
Mis padres querían que fuese ingeniero o banquero, de hecho, elegí finanzas antes de dedicarme a la medicina.
Pero ambos abandonamos todo aquello. Agustín por el talento de su media hermana: Isabella.
Yo por una función de teatro de una obra de Alejando Dumas, donde vi desplomarse a una chica.
Sentir cómo la vida de esa chica se apagaba frente a mí fue lo que me hizo elegir la carrera de medicina.
Al llegar a casa, como era de esperar, Adriana me esperaba con la cara larga.
Últimamente parecía no poder o no querer mirarme de otra forma.
Tras una larga lista de cosas a echar en cara, ella decidió irse a dormir a casa de sus padres, una noche más.
Aproveché de nuevo aquella soledad para aplazar el viaje que tenía, al menos hasta poder solucionar el tema de Isabella.
Sé que no me incumbía, pero no podía irme sabiendo que ella no estaba bien, se lo había prometido.
Mi hermana me insistió en que era importante que estuviera cuanto antes, ya que era un asunto que no podía retrasar más.
Al dejar el teléfono sobre la cama, me dejé caer en ella mientras desabrochaba los botones de mi camisa lentamente.
Mi cabeza volvió involuntariamente a aquel abrazo.
Cerré los ojos para pensar en su pelo, en su olor, su sonrisa.
Una ducha me ayudaría a borrar tantos pensamientos absurdos y prohibidos.
La culpa era de la vida que me la ponía enfrente cada vez que comenzaba a olvidarla.
Ya la tenía olvidada la primera vez que la vi con su pelo negro y su guitarra a cuestas.
Luego volvió a aparecer agarrada de la mano del mejor amigo de Adriana.
Es como si el destino se riera de mí recordándome que solo sería un mero espectador.
El timbre del piso sonó, sacándome de aquel baño.
Coloqué de nuevo la camisa sobre mis hombros, metiendo los brazos mientras avanzaba a la puerta.
Tocaron nuevamente con urgencia antes de que mis manos abrieran aquella puerta.
Al abrir vi aquellos enormes ojos color café mirándome de arriba abajo antes de quedarse fijos sobre los míos, mirándome profundamente.
Su respiración parecía agitada, como si hubiera venido corriendo.
—Isabella, ¿qué haces aquí? —Mis manos trataron de abrochar de nuevo los botones de mi camisa.
—Necesitaba hablar contigo. —Sus labios se quedaron entreabiertos, dejando ver parte de aquella perfecta dentadura.
Se paró a escasos centímetros de mí, acariciando mis dedos con sus manos. Ambos agachamos la cabeza observando aquella leve caricia.
—Isa… —susurré tragando saliva al sentir sus dedos aún acariciando mi mano—. ¿Qué estás haciendo?
—No digas nada. —Su voz sonaba casi susurrante. Llevó una de sus manos a mis labios, acariciándolos mientras dejaba sus ojos fijos sobre los míos—. Ese abrazo que nos hemos dado antes… Dime que también lo has sentido…
Suspiré cerrando los ojos al sentir sus cálidos labios rozar los míos. Mi piel se erizó al sentir aquella fugaz caricia. Sus pies se encontraban de puntillas para poder llegar a mi boca.
—Dímelo… dime que no has sentido nada al abrazarme… y me iré.
—Esto no está bien… —Agarré su suave y perfecta cara entre mis manos acercándola aún más. Rocé su nariz contra la mía, haciéndome hueco poco a poco mientras sentía su aliento sobre mí. Las manos de ella se aferraban con la misma desesperación que las mías sobre el cuello de mi camisa aún abierta.
—Bésame…—susurró cerca de mis labios notando el cuerpo de aquellas palabras dentro de mis labios.
Nuestras miradas se quedaron fijas la una sobre la otra varios segundos antes de besarnos.
Sus labios me besaban con la misma urgencia que los míos, mientras sus manos se deshicieron de mi camisa, dejándola tirada el suelo.
Sus manos acariciaban mi pecho, recorriendo mi espalda mientras nuestros labios se devoraban.
Coloqué sus piernas sobre mi cintura, agarrándola con fuerza contra mí a la vez que nos dirigíamos al baño donde minutos antes iba a darme una ducha.
La coloqué sobre el filo del lavabo observando cómo se deshacía de aquella sudadera que llevaba en la mañana.
Su pelo rizado cayó sobre sus hombros desnudos.
Mis dedos acariciaron el tirante de su sujetador bajándolo lentamente por sus brazos observando su piel bajo mis dedos.
Llevé mi mano derecha sobre su mejilla para acariciarla bajo su atenta mirada.
Isabella se inclinó hacia mí para volver a atrapar mis labios contra los suyos, acariciándolos antes con su lengua.
El sonido de un teléfono provocó un breve gruñido en mí.
—No lo cojas… —susurró sobre mis labios.
De pronto el baño empezó a girar sobre mí con aquel sonido bombardeando mi cabeza.