Capítulo 1 #4
Ella asintió agarrando la mano de su hermano con cariño. Él me miró para que me acercara mientras Isabella se giraba nuevamente hacia mí e intentó ponerse de pie.
—No, no te levantes, por favor… —respondí acercándome rápidamente hacia donde ella se encontraba, poniéndome de cuclillas para evitar que se levantara.
Le dediqué una leve sonrisa cuando volvió a mirarme.
Isabella extendió sus brazos para que la abrazara, desarmándome al volver a sentirla tan cerca.
Sus labios me susurraron lo mu cho que se alegraba de verme en el oído, mientras acariciaba mi espalda aún abrazada a mí.
Sonreí, hundiendo levemente la nariz sobre su pelo.
Fue una milésima de segundo, pero necesitaba volver a emborrachar mis sentidos.
Respirarla de nuevo fue lo mejor que me había pasado estos días.
—Yo también me alegro de verte —respondí separándonos ambos de aquel abrazo.
Ella agarró una de mis manos con el mismo cariño que había agarrado la de su hermano minutos antes, reteniéndome aún a su lado.
—No puedo dejarte sola… Estás hecha un desastre… —bromeé viendo cómo sus labios sonreían a la vez que tiraba de mi mano por mis palabras. Apreté su mano con cariño, besando involuntariamente su cabeza.
—Gracias por venir… —Un leve hilo de voz susurrante salió de sus labios.
—No se merecen —respondí soltando sutilmente su mano mientras me levantaba—. He estado hablando con una amiga del hospital para que busque al mejor especialista. —Agustín agradeció golpeando brevemente mi brazo—. Aun así… ¿te importa si… te reviso?
Isabella negó mientras sus manos se deshacían con cuidado del pañuelo que adornaba su garganta.
—Nosotros… —Isabella trato nuevamente de tratar de hablar.
Agustín agarró su mano para que no dijera nada, ayudándola a quitarse el pañuelo. Podía ver cómo sus ojos se iban aguando de frustración. Trató de esconder aquellas ganas de llorar frotando su cara entre sus manos.
—Llamamos al médico de la familia de Marc nada más ocurrir —Agustín terminó la frase por ella—.
Nos dijo que ese tipo de lesión es muy común en personas con la misma profesión que ella…
Nos ha dicho que seguramente tenga que operarse…
Empezamos la gira el año que entra, así que te imaginarás la presión…
—Buscaremos agotar todas las opciones posibles antes de que tengas que meterte en un quirófano… —dije mirando sus ojos tristes.
Volví a acomodarme de cuclillas frente a Isabella dedicándole una leve sonrisa para tranquilizarla.
—Ahora necesito que pongas la cabeza recta y mires hacia mí, ¿vale? Deja el cuello relajado… —dije viendo cómo obedecía de inmediatamente al salir las palabras de mis labios.
El olor de su perfume volvió a invadir mis sentidos mientras observaba cómo su garganta se movía al tratar de tragar saliva.
Respiré hondo tratando de tranquilizar los latidos desbocados dentro de mi pecho.
Me acerqué todo lo que pude a la cama para poder palpar mejor, colocando lentamente mis dedos sobre su cálida piel, rozando su garganta para tratar de sentir algo que me dijera más de lo que me habían contado.
Sentí las pulsaciones de Isabella acelerarse al notar mis dedos sobre su piel, sincronizándose con las mías, observando cómo su pecho respiraba acelerado.
Era la primera vez que la contemplaba así de cerca.
Podía admirar las sutiles pecas que salpicaban su mejilla.
La longitud de sus pestañas. La perfecta textura de su piel que parecía de porcelana.
Por suerte nadie en esa habitación podía escuchar la sinfonía taquicárdica que tenía mi corazón al tenerla a excesos centímetros de mí.
Alcé los ojos encontrándome con su mirada fija sobre mí, mirándonos fijamente durante varios segundos.
Tras mostrarle una breve sonrisa retiré mis dedos de su piel, aclarando mi garganta nervioso.
—Podría recetarte corticoides para empezar a bajar la infla mación —dije incorporándome rápidamente sintiendo aún su mirada fija sobre mí.
—¿Tiene mala pinta? —Agustín preguntó mirándome con preocupación.
—No sabría decirte, pero… —Froté mis manos nervioso—. Lo que sí podríamos es evitar más daños tomando agua a temperatura ambiente; beber infusiones de miel, jengibre… Evitar hablar lo máximo posible, hacer gárgaras con agua con sal…
—Espera que lo apunte —Agustín dijo mientras sacaba su teléfono para anotarlo todo.
Isabella volvió a colocar su pañuelo alrededor de su garganta con la mirada perdida.
Coloqué una de mis manos cerca de su cabello para ayudarla a sacarlo de debajo de aquella pañoleta.
Al rozar una de sus manos con la mía, sus ojos me miraron rápidamente volviendo a mirarnos fijamente.
Cada vez me costaba más disimular el castigo que era tenerla así de cerca.
La presión se me subía al imaginar cómo sería un beso de esos labios que ella humedecía.
Era una tortura no saber a qué sabía su piel, su boca. Me desesperaba esa sensación.
—Es Marc… —Agustín dijo al recibir un mensaje en su teléfono obligándonos a apartar la mirada el uno del otro—. Dice que su avión aterrizara esta noche…
A diferencia de Isabella, que había recuperado el brillo en sus ojos al escuchar a su hermano, Agustín y yo sabíamos que no iba a aparecer esta noche, como mucho mañana a mediodía de lo más arrepentido por no poder estar antes.
Sentí mi teléfono vibrar dentro del bolsillo, disculpándome antes de sacarlo para responder.
Para mi desgracia no era Susana, sino Adriana.
Volví a disculparme para alejarme un poco antes de responder.
Aquella habitación era tan grande que podías tener intimidad alejándote un par de pasos.
—Hola, guapa.
—¿Dónde estás? —Su voz sonaba molesta.
—Eh… —Mojé mis labios antes de cubrirlos tratando de pensar que decirle— Tuve que salir para averiguar unas cosas, ¿necesitas algo?
—Deberías estar aquí, arreglando tu ropa para tu viaje…
—En un rato estaré allí.
—Por supuesto.
—Te lo prometo.
—Como siempre, prometiendo cosas que luego no eres capaz de cumplir…
Colgó la llamada dejándome con la palabra en la boca.
Apreté los dientes mirando aquel inmenso jardín que se apreciaba desde la ventana del dormitorio.
Si le hubiera dicho que estaba con Agustín e Isabella, sus celos la hubieran hecho reaccionar peor.
Cuando me giré para acercarme de nuevo hacia ellos, Isabella me miró con preocupación como si hubiera adivinado la conversación.
Le hice una mueca con la cabeza, negado rápidamente para que no se preocupara.
—¿Todo bien? —Agustín preguntó por ella.
Ambos me conocían, sabían cuando algo no iba bien. Asentí rápidamente guardando el teléfono de nuevo.
—¿Seguro? —insistió.
—Sí. —Cogí aire cruzando nuevamente los brazos sobre mi pecho.
Solté todo aquel aire desinflando de nuevo mis pulmones. Isabella dio unos leves golpes sobre el colchón de su cama para que tomara asiento a su lado. Me dejé caer suavemente, colocando mis manos sobre mis rodillas, mordiendo mi labio inferior con ansiedad.
—Espero no haberte metido en problemas… —Agustín dijo colocando sus manos sobre su cintura sabiendo de quién se trataba.
—Los problemas ya existían de antes… No te preocupes.
Isabella colocó una de sus manos sobre la mía.
Me quedé durante varios segundos observando su cálida mano acariciando la mía, consolándome.
Cada vez que sentía su piel, algo se descontrolaba dentro de mí, dándole esperanzas a sentimientos que no podían ni debían existir.
Retiré la mano lo más sutil que podía para entrelazarlas entre sí.
—En fin, vamos a empezar solucionando cosas que sí tienen solución —respondí mirando a ambos rápidamente de nuevo—. ¿Has apuntado las recomendaciones que te he dicho?
Coloqué las manos a ambos lados de mi cadera, notando la firmeza de aquel colchón.
Varios pensamientos intrusivos empezaron a rondarme la cabeza.
No podía dejar de imaginar a Isabella y a Marc en esa cama juntos mientras la voz de Agustín se sentía de fondo hablando.
No era capaz de dejar de imaginarlos haciendo el amor y lo peor de todo es que me enfurecía como si ella fuera algo mío.
Gracias a dios el sonido de teléfono me sacó de aquellos pensamientos.
Al sacar el teléfono del bolsillo, los tres contuvimos la respiración al ver el nombre de Susana llamándome.
Puse el teléfono en altavoz y tal como imaginaba, nos facilitó el número de la mejor médico en ese campo.
Había concertado una cita para mañana por la mañana, ya que era casi imposible que tuviera hueco sin un poco de enchufe.
Después de agradecerle mil veces el favor, Isabella se fundió en un abrazo con su hermano.
Al colgar la llamada, Isabella me abrazó con fuerza besando mi mejilla al separarse.
Casi no tuve tiempo de procesar aquel beso cuando la mano de Gus golpeó mi espalda con cariño en forma de agradecimiento.
Isabella sonrió de oreja a oreja por primera vez desde que aparecí en esa habitación.
Su sonrisa hizo que se le arrugara la nariz y sus ojos volvían a recuperar algo de brillo pensando en la esperanza de poder volver a recuperar lo más preciado que tiene un ser humano; su voz y su identidad.
—Ojalá mañana nos den buenas noticias. —Agustín nos miró a los dos colocándonos a ambos entre sus brazos.
—Espero que sí —respondí aun atrapado en los brazos de Agustín.
—¿Vendrás mañana con nosotros? —Agustín preguntó colocándose junto a Isabella.
—Pues… —Pasé mis dedos sobre la barba pensando los pros y los contras de aquello—. Estaremos más cómodos con alguien que nos traduzca las cosas cuando hablen con esos tecnicismos médicos que usáis —Agustín recalcó bajo la atenta mirada de Isabella.
—Sí, claro… os acompañaré mañana.
—Gracias —Agustín me agradeció con una amplia sonrisa.