Capítulo 1 #3
—Ojalá nos hubieran presentado antes. —Sonrió regalándome una breve caricia en el brazo, antes de dejar junto a mi mano un mechero verde.
Me guiñó un ojo, regalándome una sonrisa antes de volver sus pasos hacia donde venia la voz de Marc.
Tras procesar aquel gesto, me giré para observar cómo se alejaba, encontrándose por el camino con su hermano que también la andaba buscando.
Ella le dijo algo en el oído mientras ambos miraban hacia mí antes de alejarse entre la multitud.
Esa noche, sin saberlo, cambiaría la vida de ambos.
La relación de Isabella y Marcos, o Marc, cómo le gustaba que le llamaran, estaba en todas las portadas.
Eran la pareja del momento. Ya no solo porque le sacaba casi treinta centímetros, sino por los diez años que se llevaban de diferencia de edad.
Cuando Marc conoció a Isabella, él tenía veintitrés años y ella treinta y tres.
Marcos era un niño rico al que le había ido bastante bien en los negocios gracias al dinero y la posición de su familia.
El apellido Roig era bastante conocido en el alto standing de Madrid.
Su padre le había abierto todas las puertas posibles al ponerle a cargo de una de sus empresas, pero seguía siendo un niño con dinero infinito para gastar y acostumbrado a ganar siempre.
Y ella, bueno, no podía evitar sonreír cada vez que hablaba de ella.
Isabella aparte de ser una mujer hermosa, era una mujer con un talento inigualable y un alma preciosa.
Se había abierto camino en una industria donde las mujeres valían si enseñaban y ella había derribado aquellos muros con su talento como compositora, productora, bailarina y cantante.
Los meses fueron pasando entre el trabajo en el hospital, la casa que Isabella le había regalado a Agustín para que se asentara en Madrid con su familia, mi piso y vuelta al hospital.
Cada vez era más común encontrarme con Isabella en casa de su hermano, sobre todo cuando Marc la dejaba sola.
Solo en esa ocasión es cuando podía disfrutar de su compañía.
Quizás por eso iba tanto en busca de mi amigo, para poder verla.
Habíamos conectado desde primera hora de una manera especial, algo impensable si me lo hubieran dicho hace años cuando la vi cantar por primera vez en directo justo en aquella ciudad.
La vida me había regalado la oportunidad de conocerla, sabiendo solo con mirarla cuando algo le incomodaba o cuando disfrutaba en silencio de las interminables anécdotas de su hermano cualquier noche de verano sentados sobre el porche de su jardín.
Isa había depositado su confianza en mí, sincerándose conmigo como si nos conociéramos de toda la vida, algo que me obligaba a luchar día a día con los sentimientos que provocaba en mí el solo mirarla.
Y es que verla hacer algo tan sencillo y mundano como parpadear o sonreír, a mí me parecía extraordinario de su parte.
Verla trabajar era irreal. Era como admirar a Miguel Ángel Buonarroti tallar la escultura del David.
Si antes la admiraba como artista, ahora lo hacía también como persona al ver su constancia, su sacrificio, su disciplina y su entrega a la gente que los rodeaba.
Tenía un alma y un corazón puros. Por culpa de todo lo que ella provocaba en mí, había veces que no podía ser imparcial cuando se desahogaba conmigo sobre alguna diferencia entre ella y Marc.
Diferencias que eran más comunes de lo que se comentaba en los medios.
Marc era celoso, territorial, racista, narcisista y posesivo.
Isabella no se daba cuenta, pero la estaba cambiando, moldeando a su antojo y manipulando.
No soportaba ser eclipsado por ella cada vez que aparecían juntos frente a las cámaras.
Le molestaba verla brillar, por eso iba apagándola poco a poco.
Por culpa de sus celos había dejado de lado su trabajo, renunciando a colaboraciones con artistas únicamente porque eran hombres.
Evidentemente también le causó problemas el saber que coincidía conmigo cada vez que iba a casa de su hermano.
Por eso, tras una enorme bronca con Marc una noche después de recogerla de casa de su hermano, Isabella empezó a poner excusas cada vez que Agustín la avisaba, así que decidí ser yo quien debía distanciarse para que ella pudiera juntarse con la única familia que tenía aquí.
Su secreta boda en una isla y el embarazo de Isabella fue algo que me cayó como un jarro de agua fría. Se ve que en seis años habían superado las miles de crisis y el miedo que sentía las veces que había hablado conmigo, o al menos lo disimulaba bastante bien.
Recuerdo aquella llamada a mediados de 2017.
Después del embarazo de Isabella, había decidido distanciarme.
Tanto por mi bien como por el de mi matrimonio.
A pesar de querer soltarla, siempre terminábamos intercambiando algún mensaje.
No era capaz de soltarla del todo. Era ver su nombre en mi teléfono e inmediatamente todo pasaba a un segundo plano.
Pero nuestra relación se enfrió un poco al volcarnos cada uno en nuestros trabajos.
Yo en el hospital para dejar aquella dependencia de ella e Isabella en la grabación de su disco.
No recuerdo el mes exacto, solo sé que el frío seguía calándome los huesos.
Los árboles empezaban a dejar caer sus hojas secas, pintando el Retiro con un manto amarillo sobre sus pies.
Acababan de darme luz verde en el hospital para poder ausentarme un par de meses tras comunicarles que mi madre había empeorado de su cáncer y necesitaba viajar cuanto antes a Miami a cuidarla.
Miré aquellas maletas aún sin terminar, reflejándome en todo aquel montón de ropa agolpado tal como estaba mi vida, patas arriba.
El sonido de mi teléfono me hizo mirar encima de toda aquella ropa tratando de recordar dónde lo dejé después de hablar con Susana, la jefa de personal y mi amiga desde que entré a trabajar en aquel hospital.
Suspiré al encontrar aquel escandaloso teléfono bajo la cama.
Sentí cómo se iba el color de mis mejillas al ver dos llamadas perdidas de Agustín.
Le di a responder llamada mientras hacía hueco en la cama para poder sentarme.
Descolgó al segundo toque sin darme tiempo para nada. Directamente habló en tono preocupado.
—Rubén, perdona la insistencia, no sabía a quién más recurrir.
Llevaba días viendo su nombre en mi teléfono, pero por falta de tiempo y una pizca de falta de interés no había podido responder.
—No molestas, no te preocupes… ¿Va todo bien?
Sentí cómo resoplaba al otro lado del teléfono.
—Isa tuvo hace unos días una hemorragia en las cuerdas vocales; lleva dos días que no ha podido articular palabra
Podía notar su angustia en la voz. Mi rostro se palideció por completo al escuchar sus palabras.
—¿Dónde estás?
—En casa de Isa… Marc no está —me avisó de que ese problema ahora no estaba.
—Salgo ahora mismo para allá.
Después de colgar llamé a Susana para que buscara al mejor especialista.
La culpa me recorría al recordar las llamadas perdidas de Agustín esos días de atrás, por eso estaba dispuesto a mover cielo y tierra para ayudarla.
Aparqué mi Mercedes GLA gris oscuro en la parte de atrás como tantas veces había hecho.
Al bajar, vi el derrape de mis ruedas en aquellos chinos que adornaban el suelo mientras cerraba la puerta.
Llamé al timbre colocando mis manos dentro de los bolsillos de mi vaquero, impaciente.
Agustín apareció tras aquella puerta dándome un fuerte abrazo.
—Gracias por venir.
—No se merece… —Me dio un leve golpe en la espalda en agradecimiento a la vez que avanzábamos por aquella enorme casa—. ¿Cómo está?
—Fatal… —respondió casi susurrando, se le notaba que no había dormido en mucho tiempo.
—¿Y Marc? —Los ojos de Agustín se enfurecieron mirándome. Negó con la cabeza mientras se colocaba frente a una puerta.
—Se fue de viaje de «negocios» hace más de una semana.
He intentado comunicarme con él, pero su secretaria o quien sea que es esa chica, no hace nada más que decirme que esta reunido.
—Su voz era irónica. Pasó su mano sobre aquel pelo lleno de canas antes de señalar a la puerta que se encontraba tras él—.
Solo una cosa, cuando la veas… no te asustes, ¿vale?
—Pudo ver mi cara contrariada al escucharlo—.
Es decir… Lleva días que no hace nada más que llorar, está agobiada por la pequeña, por no poder hablar, la gira…
—¿Gira? —le interrumpí asombrado. El asintió mirándome sin entender mi sorpresa.
—Sí, la de su último disco, ¿no ves la televisión?
—Trabajo —respondí arrugando los labios viendo cómo fruncia el ceño.
Agustín dio varios golpes con sus nudillos en la puerta antes de abrirla.
Pase tras él observando aquella enorme habitación manteniendo las distancias.
Era la primera vez que entraba a la habitación de Isabella y me sentía como Robin en la Batcueva.
Al parecer todo en esa casa era a lo grande.
Agustín se acercó a Isabella, que se encontraba sentada en el borde de su cama, aún deshecha.
Quizás estuviera tumbada antes de llegar nosotros.
La saludó con un beso en la frente. Al retirarse, ella clavó sus ojos sobre mí.
Los recordaba más grandes y con más brillo.
Esta vez sus ojos estaban enrojecidos e hinchados de llorar, su pelo rizado rubio y despeinado adornaba sus hombros.
Se la veía demacrada y mucho más delgada, pero seguía siendo la mujer más hermosa del planeta.
Me dedicó una leve y tímida sonrisa en forma de saludo al verme.
Su garganta lucía una pañoleta rosa. Giró su cabeza buscando a su hermano de nuevo tratando de decirle algo.
—No hables… —Agustín se sentó junto a ella en la cama. Isabella se inclinó sobre el oído de su hermano—. Aún no ha llamado…