¿Y a ti, qué más te da mi edad, jefa? (Paraíso Azul 1) CAPÍTULO 59
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CAPÍTULO 59

VALERIA

La música del DJ llega hasta mis oídos incluso antes de alcanzar la arena de la playa.

Las luces blancas decoran las copas de las palmeras con una elegancia que te mueres, y las guirnaldas de bombillas suspendidas sobre la arena parecen pequeñas constelaciones que brillan con luz propia.

El mar Mediterráneo refleja la luna llena como si fuera una lámina de plata líquida que se mueve con un compás de lo más sensual, y todo el ambiente está hasta arriba de risas, de conversaciones animadas y de brindis alegres con copas de cristal.

Me detengo un segundo y miro para comprobar por enésima vez que el vestido sigue exactamente en su sitio y que no voy a enseñar más de la cuenta antes de tiempo.

Bueno, llamarlo vestido es ser muy optimista por mi parte, las cosas como son.

Porque el diseño ibicenco que llevo puesto parece haber sido confeccionado por el mismísimo demonio con la única y aviesa intención de provocar infartos de miocardio en el sector femenino preferentemente.

El tejido blanco calado se me adapta a las curvas del cuerpo, la espalda queda completamente descubierta hasta el infinito y más allá, y la abertura lateral de la falda deja ver mi pierna izquierda bronceada cada vez que doy un paso.

Del escote del delantero, en fin... mejor ni hablemos.

Levanto la cabeza y las veo. Mis chicas. Mi gente. Mi familia elegida. Están todas reunidas junto a la barra del chiringuito, rodeadas de cócteles de colores chillones, risas contagiosas y varias botellas de champán.

—¡Pero bueno! ¡Mírala! —exclama Clara llevándose una mano al pecho con un dramatismo digno de una telenovela de sobremesa—. Ese vestido que llevas debería estar prohibido, Valeria.

—Te prometo, estoy empezando a odiarte un poquito, Valeria —añade Marta con esa serenidad mística que la caracteriza, aunque una sonrisa traicionera y de lo más cariñosa le asoma por la comisura de los labios—. Estás guapísima.

—¿Un poquito solo? —interviene Sofía, cruzándose de brazos mientras me repasa de arriba abajo con los ojos entronados—. Yo la odio del todo. ¿Cómo tienes la poca vergüenza de venir vestida así y dejarnos a nosotras con estos trapos?

Me echo a reír con todas mis ganas, soltando una carcajada que retumba en el chiringuito, y antes de que me dé tiempo a soltarles ninguna réplica ingeniosa, ya las tengo a todas encima abrazándome a la misma vez.

Como siempre. Como si el concepto de "espacio personal" fuera una lengua extranjera completamente desconocida para este grupo de locas.

—¡Ojito, que me vais a desmontar el vestido antes de empezar la noche! —protesto entre puras risas, aunque no hago el más mínimo esfuerzo real por zafarme de sus brazos.

—Es un riesgo empresarial que todo este equipo está dispuesto a asumir —responde Clara sin soltarme de la cintura.

Las carcajadas estallan alrededor del chiringuito y, durante unos segundos mágicos, simplemente me dedico a disfrutar del momento, del jaleo, del ruido de los hielos y de ellas.

Porque sé perfectamente que estos instantes de felicidad pura son los que se te quedan grabados a fuego en la memoria cuando todo lo demás desaparece de tu vida.

—¡Ay, mi niña! ¿Pero se puede saber de qué catálogo de modelos te has escapado tú? —reconozco esa voz andaluza con salero incluso antes de girarme sobre mis tacones.

—¡Mamá!

Mi santa madre aparece entre la multitud con una copa de espumoso en una mano y una sonrisa inmensa que no le cabe en la cara. La piel la tiene de lo más dorada por el sol y, os lo juro, con ese vestido calado parece diez años más joven de lo que dice su carné de identidad.

—Estás para comerte, hija —dice abrazándome con una fuerza que casi me deja sin aire.

—Anda que tú te quedas atrás, mamá. Estás espectacular.

—Eso ya lo sé yo, cariño, que para eso tengo espejos en el cuarto —responde con una picardía y un arte que no se pueden aguantar, haciendo que todas mis amigas estallen en carcajadas limpias.

—Modesta la mujer, oye, igualita que la hija —comenta Sofía partiéndose de risa mientras le choca la copa.

—¿Y para qué voy a mentir a estas alturas?

—replica mi madre encogiéndose de hombros con un salero tremendo—.

He pasado el mejor verano de mi vida en este y pienso exprimir cada segundo.

Valeria, cariño, ¿tú has visto cómo te mira todo el mundo?

Esta noche vas a romper más corazones que una canción de Alejandro Sanz, te lo digo yo.

La abrazo con más fuerza todavía, llenándome los pulmones de su olor a colonia de siempre, y durante unos segundos me permito cerrar los ojos.

Después de todo el calvario que hemos pasado estas semanas, después del miedo en el cuerpo, de los chantajes, de las mentiras y de las amenazas, estar aquí de pie, rodeada de la gente que más quiero en este mundo, me resulta algo casi irreal. Como un sueño de verano de los buenos.

Aunque nada tiene que ver con lo que siento de un momento a otro en la piel.

Porque hay personas en este mundo cuya presencia se siente como una auténtica corriente eléctrica de alta tensión, como una canción perfecta de la que reconoces la guitarra desde la primerísima nota.

Levanto la vista y me encuentro con Aitana, vestida completamente de blanco con un traje de chaqueta y pantalón de una seda que quita el sentido.

Elegante, impecable, majestuosa, imposiblemente hermosa. Y me está observando.

El ruido del chiringuito desaparece de golpe.

Las conversaciones de los clientes se desvanecen en mi cabeza.

La música del DJ se aleja como si estuviera a kilómetros de distancia.

Todo el universo se reduce a la nada más absoluta.

Solo quedan esos ojos verdes. Esos malditos ojos capaces de hacerme olvidar mi propio nombre, mis apellidos y hasta mi lugar de nacimiento.

Durante unos segundos eternos, ninguna de las dos hace el más mínimo ademán de moverse.

Simplemente nos dedicamos a mirarnos desde la distancia, como dos auténticas idiotas, como dos adolescentes con las hormonas revolucionadas, como dos mujeres que han estado demasiado tiempo esperando algo tan sumamente sencillo y humano como esto: no tener que esconderse de nadie, no tener que fingir, no mirar por encima del hombro por miedo a un chisme. Solo existir. Juntas y libres.

Aitana esboza una sonrisa de lo más dulce y yo siento, literalmente, que el corazón se me derrite como si fuera un bombón de chocolate al sol.

Entonces, con ese paso firme e imponente que tiene, empieza a caminar por la arena directamente hacia mí.

Y yo, sin pensarlo dos veces, sin detenerme a calibrar las consecuencias, sin que me importe lo más mínimo quién nos observa, me pongo en movimiento hacia ella.

Cuando llegamos la una frente a la otra, nos quedamos completamente quietas apenas un segundo de reloj.

Lo justo y necesario para sonreírnos con complicidad, lo justo para tomar aire y besarla.

La beso delante de todo el mundo. Delante de los huéspedes, de mis compañeros del resort, de mis amigas, de mi madre.

Y me da exactamente igual, porque llevo demasiadas semanas deseando hacer esto en mitad de este paraíso.

Sus dedos largos se enredan en mi cintura con una posesión que me hace estremecer, mientras que mis manos suben directas hasta su rostro para acariciarle las mejillas con toda la ternura que tengo guardada dentro.

Cuando nos separamos un milímetro, ambas estamos sonriendo como locas, con la respiración un pelín alterada.

—Hola —susurra Aitana cerca de mis labios, con esa voz suya ligeramente ronca que me vuelve loca.

—Hola, jefa —respondo yo en un hilo de voz, sin ser capaz de apartar la mirada de su boca.

—Estás... estás preciosa.

—Bueno, usted tampoco está nada mal, Directora Robles —le digo arqueando una ceja con guasa.

—Mentira —suelta ella con una seguridad aplastante y esa ceja suya tan ejecutiva bien arriba.

—¿Cómo que mentira? ¿Perdone?

—Que no estoy simplemente "nada mal", mi amor. Estoy espectacular —afirma Aitana soltando una risotada con esa seguridad tan arrolladora que me tiene enamorada hasta los huesos.

Aitana se ríe a carcajadas y el sonido de su risa me atraviesa el alma de lado a lado.

Por primera vez en todo el verano, no hay un ápice de miedo, ni de tensión, ni de rigidez detrás de su sonrisa.

Solo hay felicidad. Pura, limpia y cristalina.

Y eso, os lo juro por mi madre aquí presente, que es el regalo más bonito del mundo.

La fiesta continúa por todo lo alto. La música sube de volumen contagiando a la gente, los cócteles desaparecen de las bandejas con una rapidez asombrosa, los camareros corren de un lado a otro con una profesionalidad de diez y los huéspedes de clase alta bailan descalzos sobre la arena sin ningún tipo de reparo.

Las luces iluminan la orilla creando un ambiente mágico de película, y por todas partes se respira esa maravillosa sensación de misión cumplida.

El verano de 2026 ha sido agotador, difícil, intenso y lleno de sofocones, pero también ha sido el más maravilloso de nuestras vidas.

Aitana y yo apenas nos separamos ni un solo centímetro durante la noche.

A veces hablamos en voz muy baja, compartiendo confidencias al oído que solo nos pertenecen a las dos.

A veces bailamos completamente pegadas, moviendo las caderas al ritmo lento y sensual de una balada.

A veces, simplemente, permanecemos de pie juntas contemplando el mar, disfrutando de algo tan tonto y tan inmenso como estar cerca, con mi cabeza apoyada en su hombro y su mano acariciando sin prisa mi espalda descubierta.

—Sabes perfectamente que no voy a ser capaz de quitarte las manos de encima en toda la bendita noche, ¿verdad? —murmura Aitana muy cerca de mi oreja, provocándome un escalofrío de los gordos que me baja por toda la espina dorsal.