CAPÍTULO 58
AITANA
Por primera vez en muchísimo tiempo, mi atención no se centra en apagar un fuego, gestionar una crisis de las gordas o lamerle las botas a un huésped imposible.
Mucho menos en aguantar a un influencer de pacotilla convencido de que el universo entero se ha creado para satisfacer sus caprichos.
Ahora, mi única preocupación es otra totalmente distinta, la misma a la que nos enfrentamos cada mes de agosto: la gran despedida de la temporada alta.
Me encuentro de pie frente al enorme ventanal de mi despacho, disfrutando de la paz de mi oficina.
Desde aquí arriba puedo contemplar a la perfección buena parte del complejo: las piscinas relucientes bajo el sol de media tarde, los jardines impecables donde las buganvillas estallan en unos tonos fucsia y blancos salvajes, las terrazas sombreadas y el colosal escenario que los técnicos terminan de montar a contrarreloj junto a la playa.
Los preparativos para Fiesta del Paraíso, la gran fiesta de despedida y la celebración que marca el final de la temporada ya está en marcha.
Los operarios revisan las instalaciones de luces con precisión, los camareros colocan las estaciones de coctelería y las decoradoras extienden telas blancas kilométricas que ondean suavemente con la brisa mediterránea, como las velas de un galeón que se prepara para zarpar hacia el paraíso.
Os juro que todo me parece muchísimo más brillante, más vivo y especial que otros años en otros hoteles. Quizá sea porque, durante unos días, temí de verdad perder todo lo que había construido con mi esfuerzo. O quizá sea, porque cierta gaditana me ha cambiado el modo de ver la vida.
El teléfono de mi escritorio rompe el silencio y cuando llevo la mirada hacia él, sé perfectamente de quién se trata antes incluso de descolgar el terminal inalámbrico. Respiro hondo, me coloco bien los puños de la blusa y aclaro la voz.
—Señor Balmaseda —saludo con mi tono más profesional y sereno.
—Buenas tardes, Aitana —responde. Su tono de voz suena extrañamente tranquilo, casi distendido, desprovisto de la tensión que nos azotó a todos después de lo de Lucas—. ¿Dispones de unos minutos para mí?
—Por supuesto. Faltaría más.
—Excelente. Conéctate a la videollamada del canal seguro, por favor. Tenemos un par de flecos pendientes que cerrar.
Mi estómago se contrae ligeramente en un segundo, dándome un vuelco de los suyos. No es miedo, sino esa sensación inconfundible de que ha llegado el momento de poner las cartas sobre la mesa y cerrar una conversación que lleva demasiado tiempo pendiente.
Diez minutos más tarde, la imagen nítida de Héctor aparece en la pantalla gigante de mi ordenador de mesa.
Su despacho de la capital, como siempre, parece sacado de una revista de diseño minimalista.
Contrasta enormemente con el mío, que está hasta arriba de fotografías enmarcadas del resort, informes de ocupación apilados con escrupuloso cuidado, planificaciones semanales marcadas en rotuladores de colores y mapas del complejo que me conozco mejor que la palma de mi mano.
Aun así, ahora mismo os aseguro que me siento infinitamente más cómoda aquí, entre estas cuatro paredes que han sido testigos mudos de mis mejores noches y de mis mayores secretos.
—¿Cómo van esos nervios, Aitana? —pregunta el gran jefe, observándome con atención a través de la webcam.
—Mejor, mucho mejor —respondo con total sinceridad, esbozando una sonrisa ligera—. El ambiente se ha calmado bastante después de lo que pasó.
—Me alegro enormemente de oír eso.
Él se acomoda en su imponente silla de cuero negro, cruza las manos sobre el escritorio de cristal y entorna los ojos con un brillo de lo más enigmático.
—He revisado todo lo sucedido con Lucas. También he leído los informes ampliados del equipo de seguridad y el impacto del vídeo en las redes sociales. Menudo boicot digital, por cierto.
Asiento despacio, tragando saliva, pero manteniendo la barbilla bien alta.
—Imagino que el revuelo no habrá sido del agrado de los accionistas…
—Han sido dos semanas bastante complicadas de gestionar desde la central, no te lo voy a negar —añade, y por primera vez en toda la reunión virtual, una media sonrisa de lo más humana y comprensiva asoma a sus labios impecables.
Durante unos segundos larguísimos, ninguno de los dos dice nada.
El silencio que se instala en la línea es cómodo, casi necesario para rebajar las pulsaciones.
Entonces comprendo, que ha llegado el momento de dar ese paso al frente que llevo posponiendo desde hace días por pura cobardía.
Miro fijo a la cámara y decido que se acabó el esconderse como una adolescente asustada.
—Señor Balmaseda, hay algo de carácter estrictamente personal que necesito explicarle antes de que lo escuche por boca de terceros.
—Te escucho con atención, Aitana. Adelante.
Miro un breve instante hacia el mar azul que se extiende al fondo de mi ventanal, brillante, infinito y sereno, y decido vaciarme el pecho de una vez por todas.
—Todo lo que gritó aquel hombre en mitad de su brote en este despacho sobre mi persona y la señorita Ruiz... es completamente cierto. No mentía en eso.
Héctor no se mueve ni un solo milímetro. Tampoco parpadea, ni hace un gesto de sorpresa, ni se lleva las manos a la cabeza. Simplemente escucha, con esa santa paciencia y esa expresión serena de quien ha visto de todo en el mundo de los negocios de alto copete.
—La señorita Ruiz y yo mantenemos una relación sentimental desde semanas —continuo, y os juro que la palabra resuena en las cuatro paredes de mi oficina.
—Lo imaginaba, Aitana —responde él con una calma pasmosa.
La respuesta me pilla tan sumamente a contrapié que por poco me caigo de la silla de oficina. Parpadeo, descolocada.
—¿Que usted lo imaginaba? ¿Cómo es posible?
—Aitana, por Dios... —Héctor se inclina ligeramente hacia la pantalla, apoyando los antebrazos en su mesa con un tono de lo más paternal—.
Somos dos personas adultas, llevamos años dándolo todo por esta compañía y dudo mucho ese boicot organizado entorno a la figura de Lucas, se haya dado de manera espontánea.
Siento cómo un calor súbito e incontrolable me sube a las mejillas a la velocidad de la luz.
—Supongo que eso responde a muchas de tus preguntas —murmuro, bajando un segundo la vista hacia mis manos entrelazadas.
—A unas cuantas, sí, no te lo voy a negar —admite el gran jefe con una sonrisa divertida—. ¿Te apetece contarme la historia desde el inicio?
Y lo hago. Le hablo de mi relación con Valeria, de nuestros esfuerzos por mantenerla oculta, de la llegada de Lucas y lo que eso provocó, de que nos persiguió y acosó hasta el punto de quedarse al otro lado de la puerta de mi apartamento mientras intimábamos, de sus chantajes, de cómo Valeria se despidió para evitar que me viese yo afectada, del plan ideado por ella… Todo y sin dejarme nada.
—El miedo a perderlo todo y que no saliera bien siempre estuvo ahí —confieso, bajando notablemente el tono de voz y mirando fijamente la pantalla—.
El peso de la responsabilidad de mi cargo en la empresa, el conflicto de intereses por trabajar en el mismo recinto...
La necesidad imperiosa de mantenerlo todo en el más absoluto anonimato.
Sé perfectamente que las normas de la cadena no lo ven con buenos ojos y que probablemente cometí errores de gestión al principio por culpa del pánico.
Héctor permanece en un silencio sepulcral, escuchando cada una de mis palabras con una atención de lo más respetuosa y sincera.
—Pero le prometo que me fue del todo imposible evitarlo —añado, y una sonrisa de lo más dulce y boba se me dibuja en los labios por puro instinto—.
Fue ella quien se ganó mi corazón pieza a pieza, paso a paso, con su luz, su determinación y esa forma tan sumamente arrolladora de trabajar. Es una mujer increíble señor Balmaseda.
La frase queda suspendida en el aire del despacho, simple, honesta, desnuda y verdadera. Cuando termina de salir de mis labios, os juro que me siento mil kilos más ligera. Como si me hubiera quitado una armadura de plomo de encima de golpe.
Héctor suelta suspiro a través del micrófono y se reclina cómodamente en su imponente silla. Durante unos segundos clava la vista en la ventana de su propio despacho, como si estuviera reflexionando los pros y los contras de la situación laboral.
—Entiendo perfectamente por qué actuaste como actuaste, Aitana…
Esa chica, Valeria, renunció voluntariamente a su contrato y a su sueldo para proteger tu reputación ante la junta directiva.
Y tú me has hablado sobre vuestra relación a sabiendas de que podrías perderlo todo.
Eso, en los tiempos que corren, no se ve todos los días.
Créeme si te digo que sé valorar la lealtad cuando la tengo delante de los ojos.
Noto un nudo tremendo de la emoción cerrándoseme en la garganta. Escuchar aquello de boca del mismísimo dueño del imperio hotelero me parece un sueño de locos.
—Lo sé... —susurro con la voz un pelín tomada—. Y todavía me cuesta creer que alguien haya estado dispuesto a arriesgar tanto por una mujer como yo.
—Pues empieza a creértelo desde ya mismo —insiste él con una suavidad de lo más reconfortante—.
Porque lo has vivido en tus propias carnes.
Y porque, sinceramente, como amigo, me alegra enormemente que lo hayas vivido de esa manera.
Las personas necesitamos recordarnos de vez en cuando que estamos vivas y que sentimos, Aitana. Más allá de nuestro agobiante trabajo.
El silencio que sigue a sus palabras es tan sumamente inesperado que me deja sin argumentos válidos por unos instantes.
—Entonces... ¿no está usted molesto?
Ahora sí que Don Alejandro se suelta una risa franca, baja y de lo más sincera que resuena por los altavoces de mi ordenador.
—¿Enfadado? En absoluto, Aitana. Molesto por ocultármelo durante semanas...
bueno, probablemente deberías haber tenido la confianza de comunicármelo en privado antes de que estallara todo.
Pero también soy perfectamente consciente de que las personas no son máquinas de producción masiva.
Llevas años exigiéndote una perfección enfermiza, un control absoluto y una disciplina militar en cada resort que pisas.
Hazme el favor de permitirte ser humana de vez en cuando, que no te va a pasar nada malo.
Sus palabras me golpean en el pecho de una forma extraña, cálida y sumamente liberadora.
—Además —continúa, señalando la pantalla con un gesto de lo más divertido de su dedo índice—, hablemos ahora de lo que verdaderamente le importa a los accionistas.
—¿De qué?
—De ti y de la gestión del resort. Ha sido, con diferencia, el mejor año fiscal que ha tenido Paraíso Azul desde que inauguramos el complejo vacacional hace una década.
Parpadeo de nuevo, incrédula de lo que estoy escuchando.
—Bueno, eso no es mérito exclusivo mío... El equipo ha sido...
—Claro que es mérito tuyo, Aitana, no le quites el valor a las cosas —me corta él con total convicción corporativa—.
Tú has seleccionado y liderado a ese equipo extraordinario.
Los índices de satisfacción de los clientes han sido de matrícula de honor, las valoraciones en las plataformas han subido notablemente tres puntos por encima, los clientes ya están reservando para el verano que viene y, para colmo, has gestionado una crisis con una templanza, una rapidez y una profesionalidad admirables.
Eso, querida mía, lleva tu firma de principio a fin.
Noto cómo la emoción empieza a cerrarme la garganta por momentos.
—Muchas gracias —murmuro, con la voz algo tomada por el sofocón.
—No he terminado todavía —me advierte, levantando una ceja con infinito sentido del humor—.
Te quiero al frente de este resort todo el tiempo que desees quedarte con nosotros.
Paraíso Azul te necesita. Y no solo eso: la central necesita que contrates de nuevo a la señorita Ruiz.
Es la mejor profesional de RRSS que hemos tenido nunca en toda la cadena.
Si esa chica tiene la mitad del genio para los eventos que tiene para defenderse de los imbéciles, la quiero en nómina ya mismo.
La conversación fluye durante varios minutos más en un tono de lo más distendido y agradable.
Cuando la pantalla gigante de mi ordenador se apaga por fin, me quedo sola en el despacho.
Completamente sola y en un silencio absoluto.
Vuelvo a caminar hacia el gran ventanal y por primera vez desde que comenzó mi camino en Paraíso Azul , siento que el futuro se abre de par en par ante mis ojos, amplio, luminoso y lleno de posibilidades maravillosas.