CAPÍTULO 57
AITANA
Cuando la puerta de mi despacho se abre, y los dos efectivos de seguridad meten a Lucas en la estancia prácticamente a empujones, descubro que él es esa clase de personas que, cuando se sienten acorraladas y con el agua al cuello, son capaces de prenderle fuego a todo con tal de no caer solos.
La tensión entra con él de una manera casi física, densa, pesada y sumamente incómoda, como una tormenta eléctrica de agosto que amenaza con descargar un rayo sobre cualquiera que se encuentre cerca.
Lleva el bañador aún mojado, el pelo hecho un desastre, la respiración entrecortada y un olor a ginebra que tira para atrás.
Yo permanezco sentada tras mi escritorio, con las manos entrelazadas sobre la superficie, la espalda completamente recta y mi mejor expresión.
Aunque por dentro os reconozco que el corazón me golpea las costillas con una fuerza salvaje fruto de la rabia que me recorre las venas.
Me encantaría poder atravesar la estancia, olvidarme de que soy la directora del resort y borrarle esa sonrisa de superioridad de la cara.
Para mi desgracia, tengo que armarme de paciencia y enfundarme la máscara.
—¡Esto es una puta locura! —brama antes incluso de cruzar del todo el umbral de la oficina, zafándose del agarre de los guardias con un manotazo. —¡Esa zorra me ha tendido una trampa! ¡No tenéis ni la más mínima idea de con quién os estáis metiendo!
—Siéntese inmediatamente, por favor —le ordeno con una voz serena, gélida, sin levantar el tono pero con una autoridad suficiente.
—¡No pienso sentarme en ninguna parte! ¡Exijo que me soltéis ahora mismo si no queréis que os hunda el negocio con un solo vídeo!
Uno de los hombres del equipo de seguridad, un tipo de dos metros que no está para muchas bromas, da un paso decidido al frente y le coloca una mano firme y pesada en el hombro, y lo obliga a sentarse.
Lucas lo mira con puro odio, luego me clava a mí sus ojos.
Pero ni siquiera sentado es capaz de quedarse quieto.
Golpea los reposabrazos con los dedos de manera obsesiva, mueve las piernas sin parar y resopla como un animal enjaulado.
Parece un niño malcriado en mitad de una rabieta monumental.
Un niño pequeño con millones de seguidores en internet y demasiado poder en las manos, lo cual resulta todavía más preocupante para la salud mental de cualquiera.
—Señor Ferrer —insisto manteniendo la calma y acomodándome la chaqueta del traje—, le recomiendo encarecidamente que se tranquilice. Cuanto antes aclaremos este desagradable asunto, mejor será para todas las partes.
—¿¡Que me tranquilice yo!? —Se ríe soltando una carcajada desagradable, rota y completamente desquiciada mientras se pasa las manos por el pelo mojado. —¿¡Después del numerito que acaba de montar su trabajadora!? ¡Esa mujer me ha humillado públicamente delante de todos los clientes del hotel!
—Precisamente por eso está usted en este despacho —respondo, sosteniéndole la mirada fija sin parpadear ni un solo milímetro. —No es bueno para usted, ni muchísimo menos para la reputación de este resort, que continúe comportándose de esa manera tan deplorable.
—¿Deplorable? —replica él, inclinando todo el torso hacia delante sobre mi mesa, con los ojos inyectados en sangre y brillantes de pura furia narcisista.
—Como si estuviera completamente fuera de control —contesto con una firmeza absoluta—. Y ambos sabemos que eso es lo que menos le conviene ahora mismo.
Lucas entiende la indirecta al instante. Por un breve segundo, las facciones del rostro se le contraen de golpe y percibo con total claridad el destello de reconocimiento en el fondo de sus ojos. Sabe de sobra que ha metido la pata. Y sabe perfectamente por qué se lo estoy diciendo.
—Esa maldita mujer me ha utilizado desde el primer día —insiste, volviendo a elevar el tono de voz de manera chulesca—. Me ha estado provocando con miraditas durante días enteros y ahora pretende hacerme pasar por un monstruo ante las cámaras. ¡Esto es una emboscada en toda regla, Aitana!
—La señorita Ruiz ha presentado una queja formal por acoso ante el departamento de seguridad —explico, manteniendo la compostura y un tono de voz de lo más neutro.
—¡Porque está loca de atar! ¡Os digo que todo esto es un burdo montaje para hundirme!
—No —respondo con una voz firme, rotunda, muchísimo más contundente de lo que yo misma esperaba de mí—. Y le recomiendo que deje de insultarla si no quiere que las cosas se compliquen más.
El silencio cae sobre las cuatro paredes del despacho durante un instante breve, denso y sumamente peligroso. Entonces, explota de nuevo, perdiendo los papeles.
—¿¡Y qué vas a hacer tú, eh, Directora de pacotilla!? —Se incorpora de la silla, inclinándose todavía más hacia delante y apoyando las palmas de las manos sobre mi escritorio, invadiendo mi espacio vital—. ¿Vas a atreverte a echarme a mí? ¿¡A mí!?
—Estoy intentando resolver esta situación de la forma más civilizada y corporativa posible —contesto, sin apartar los ojos de los suyos.
—Pues resuélvela bien y deprisa —escupe con una sonrisa torcida, arrogante y de lo más asquerosa—. Porque te recuerdo, nena, que tengo amigos muy importantes que pueden hacer que este resort de mierda pierda muchísimo más que un simple cliente VIP.
Y ahí está de nuevo la amenaza.
Me pongo en pie lentamente, sin prisas, alisándome la falda de tubo con una parsimonia que lo descoloca, y tomo el teléfono de la mesa. Los dos hombres de seguridad intercambian una mirada rápida de complicidad. Lucas frunce el ceño, mosqueado.
—¿Se puede saber qué coño haces ahora?
—Resolver la situación de raíz, tal y como me ha sugerido —respondo con una sencillez pasmosa.
Marco un número de la central de Madrid que me sé de memoria y espero pacientemente el tono de llamada. Suena una vez. Dos veces. Tres. Hasta que finalmente escucho la voz profunda y seria de Héctor.
—¿Aitana? ¿Ocurre algo? —pregunta con tono preocupado.
—Buenas tardes, señor Balmaseda —saludo con mi mejor tono de alta ejecutiva—. Sí, me temo que tenemos una situación de crisis bastante seria con Lucas Ferrer.
La expresión de Lucas cambia de color sobre la marcha. Se remueve en la silla, visiblemente inquieto al escuchar el nombre del máximo responsable del imperio hotelero.
—¿Qué clase de problema exactamente, Aitana?
—Uno de extrema gravedad reputacional y laboral —explico, apoyando una mano sobre la mesa mientras clavo mis ojos directamente en el hombre que tengo enfrente, que empieza a sudar frío—.
Se ha propasado físicamente con la señorita Ruiz, que se estaba encargando personalmente de coordinar su estancia tal como me pidió en su anterior llamada.
El silencio que se instala al otro lado del teléfono dura apenas un segundo que se me hace eterno.
—¿Cómo dices, Aitana? —La voz de Héctor suena completamente incrédula y cargada de una indignación sorda.
—Al parecer se ha propasado sexualmente con ella en la piscina, delante de decenas de testigos y de varias cámaras curiosas —continuo con una precisión matemática e implacable.
—¡ESO ES UNA PUTA MENTIRA! —Lucas se pone en pie de un salto, golpeando la mesa con el puño—. ¡Es una emboscada de estas tías! ¡Todo es absolutamente falso!
Los hombres de seguridad reaccionan con una rapidez envidiable y lo obligan a sentarse de nuevo en el sitio, trincándolo por los hombros.
—Señor, haga el favor de volver a sentarse ahora mismo y de callarse —le ordena uno de ellos con una autoridad que no admite réplicas.
—¡Que es mentira, Héctor! —grita él hacia el teléfono, señalándome con el dedo índice con los ojos desorbitados—. ¡Esas dos tías están compinchadas en todo! ¡Se están acostando juntas, joder! ¡Es todo un montaje para perjudicar mi carrera!
Mi corazón da un vuelco salvaje en mitad de mi pecho al escuchar semejante acusación tan directa y ordinaria, pero os juro que mi expresión facial no cambia ni un solo milímetro por fuera.
Siento cómo un calor intenso instalándose en mis mejillas, pero no por vergüenza de nada, sino por la rabia infinita que me produce que este despojo intente utilizar nuestra relación, algo tan sumamente íntimo, limpio y hermoso, como un arma arrojadiza para salvar su propio pellejo.
Valeria y yo hemos luchado lo indecible por mantener este amor discreto pero profundo en mitad del entorno de trabajo...
No voy a permitir que un analfabeto lo ensucie.
—¡Es todo un montaje de estas dos putas! —repite, cada vez más desesperado al ver que nadie le compra el discurso. Su voz resuena por todo el despacho de dirección, furiosa, rota y completamente fuera de sí.
—¿Aitana? —La voz de Héctor vuelve a sonar desde el altavoz del teléfono, esta vez con un tono cortante como un bisturí—. ¿Qué demonios está pasando?
Respiro despacio, coloco los hombros hacia atrás y sonrío con una sonrisa pequeña, fría y controlada. La misma sonrisa que Valeria dice que pongo cuando alguien comete un error monumental delante de mis ojos.
—Lo que ocurre, señor Balmaseda —explico con una claridad meridiana—, es que la señorita Valeria Ruiz ya no forma parte activa de nuestra plantilla.
Presentó su dimisión voluntaria hace varios días por motivos personales.
Si se encontraba hoy acompañando al huésped era, única y exclusivamente, por hacernos un favor, ya que Lucas llevaba tiempo mostrando conductas inapropiadas con el resto de las empleadas y no queríamos exponer a ninguna otra trabajadora a sus faltas de respeto durante su estancia.
Al otro lado del teléfono se escucha un suspiro largo, pesado.
—Entiendo... —murmura con voz sombría.
—Lo sucedido esta tarde en la piscina es intolerable para los valores de esta cadena —insisto con firmeza ejecutiva. —Lo es, y como comprenderá, como Directora no pienso ignorar una agresión a una mujer dentro de mis instalaciones.
El directivo tarda unos segundos eternos en responder.
Cuando lo hace, su tono de voz ha cambiado.
Ya no es el hombre de negocios que me pidió por favor que tratara a aquel huésped como un rey.
Ahora es, simplemente, el máximo responsable de una multinacional hotelera de lujo intentando evitar una catástrofe y una demanda de tres pares de narices.
—¿Qué medidas disciplinarias propones aplicar? —pregunta con total seriedad.
Miro fijamente a Lucas.
—Expulsión inmediata del resort en las próximas dos horas —respondo sin dudarlo ni una milésima de segundo— y la aplicación estricta del protocolo de derecho de no admisión habitual de la cadena.
—¿Incluyendo también...? —inquiere Héctor para que quede constancia.
—La prohibición absoluta y permanente de acceso a cualquiera de nuestros establecimientos hoteleros en el futuro a nivel internacional —confirmo con una frialdad que asusta.
El silencio se instala de nuevo en el despacho, pesado, definitivo y con olor a sentencia de muerte digital. Hasta que Héctor vuelve a hablar.
—Procede como consideres, Aitana. Tienes mi pleno respaldo.
Lucas palidece de una manera tan visible que parece que le ha bajado la tensión a cero en un segundo.
—¿Qué? ¡No! ¡No podéis hacerme esta puta mierda! ¡Tengo contactos en la prensa! ¡Os juro que esto os va a costar muy caro a ti y a todo el hotel!
—Hazlo de inmediato —repite el director general con firmeza absoluta antes de colgar—. Si los hechos son tal y como me los has narrado, la empresa no tiene otra alternativa. Y mantenme informado de las repercusiones de primera mano.
—Por supuesto, señor Balmaseda. Descuide —contesto antes de colgar el terminal.
La llamada termina y durante unos segundos que parecen horas, nadie en el despacho se atreve a hablar, nadie se mueve lo más mínimo, nadie se atreve casi ni a respirar. Hasta que Lucas suelta una risa floja, una risa rota, histérica e incrédula.
—No podéis echarme así, como a un perro —repite, pero os aseguro que su voz ya no suena con la chulería de antes—.
¿Es que no sabes quién soy yo en este país?
¿Sabes cuántos millones de seguidores tengo detrás de la pantalla?
¿Tienes una mínima idea del daño mediático que puedo haceros a ti y a tu querida Valeria si abro la boca?
Lo observo desde mi posición, tranquila, serena y con los brazos cruzados sobre el pecho. Esa calma mía parece enfurecerlo y descolocarlo todavía muchísimo más que si le estuviera gritando.
—¡No tienes ni la más remota idea de con quién te has metido, pedazo de estúpida! —amenaza entornando los ojos con rabia.
Justo en ese preciso instante de máxima tensión, su teléfono móvil, que está sobre mi mesa, comienza a vibrar con una fuerza brutal.
Una vez. Luego otra. Y otra. Y otra más seguida.
Todos los presentes en la sala fijamos la mirada en el aparato.
Él también lo hace, tragando saliva. Frunce el ceño, alarga su mano, coge el móvil y desbloquea la pantalla con el dedo.
Al principio, su expresión es de pura confusión.
Después, de una sorpresa mayúscula. Y finalmente, os juro que se queda blanco, completamente blanco, como si acabara de ver al mismísimo fantasma de sus cuentas corrientes.
Las notificaciones en cascada siguen llegando una detrás de otra sin un solo segundo de descanso.
Mensajes directos, menciones de Twitter, etiquetas en Instagram, comentarios por segundo, vídeos compartidos.
Decenas, cientos, miles de interacciones por minuto.
Yo ya sé perfectamente lo que está viendo en esa pantalla.
No me hace falta ni mirar. Porque conozco al dedillo el funcionamiento de las redes, porque conozco el genio de Clara, de Sofía y de Marta.
Y porque conozco la fuerza arrolladora de Valeria, mi maravillosa y temeraria gaditana.