CAPÍTULO 56 #2
—¿Así cómo, si se puede saber? —pregunto reteniendo el aire, aunque sé de sobra la respuesta que viene.
—Tú y yo. Solos en el agua. Sin que tu jefa nos impida disfrutar el uno del otro.
El rechazo y el asco más absoluto me suben por la garganta como bilis pura.
—Creo que te estás equivocando conmigo, Lucas.
—No, bonita. Creo que la que por fin ha decidido dejarse llevar eres tú. Llevas todo el santísimo verano provocándome con esas miradas tuyas de camarera descarada.
E intenta acercarse más. Demasiado. Su mano se desliza por mi cintura por debajo de la tela de mi bañador, buscando tocar donde no tiene ningún derecho. La alarma de emergencia salta con fuerza en mi cabeza.
Es ahora o nunca, Valeria.
Me aparto de golpe con una brusquedad tremenda, soltándole un bofetón en la cara que se entera todo el mundo.
—¡Pero bueno! ¿¡A ti qué coño te pasa!? —le grito con toda la fuerza que tengo en mis pulmones.
El silencio cae sobre la piscina del resort como si fuera una losa de hormigón. Decenas de rostros se vuelven hacia nosotros de golpe. El corazón me golpea con una violencia salvaje contra las costillas, pero la adrenalina me tiene en una nube de poder.
—¿Pero tú quien te has creído que eres, imbécil? —exclamo retrocediendo en el agua y señalándolo con el dedo—. ¡Que te estaba diciendo claramente que no me tocaras ni un pelo! ¡Que me dejes en paz de una puñetera vez!
Ahora sí que sí. El espectáculo es total.
Todas las conversaciones del complejo se detienen en seco.
Lucas abre la boca como un pez fuera del agua, pero las palabras no le salen de la garganta.
No estaba preparado para una reacción así de pública ni en sus peores pesadillas.
Jamás en su miserable vida imaginó que le plantaría cara delante de todo el mundo.
—Valeria... por favor... cállate, no montes un número aquí... —intenta balbucear con una voz que pretende ser conciliadora pero que tiembla de puro pánico.
—¡Que no me da la gana de callarme y que no me vuelvas a tocar en tu puta vida! —le repito, alzando la voz todavía tres tonos más para que se entere hasta el de la última tumbona.
Salgo del agua de la piscina inmediatamente por la escalerilla, alterada, fingiendo un tembleque de rabia y soltando toda la adrenalina acumulada en estos días.
Alrededor de la zona de baño comienzan a escucharse murmullos indignados de los huéspedes, comentarios de asco de las señoras y miradas de desprecio absoluto hacia él.
Las personas se preguntan unas a otras qué está ocurriendo.
Y entonces, justo en el momento clave del guion, aparecen los efectivos de seguridad privada del hotel, coordinados por Aitana.
Dos hombres corpulentos, rápidos y con una profesionalidad que asusta, se plantan en el borde del agua.
—A ver, ¿qué está sucediendo aquí exactamente? —pregunta el jefe de seguridad con una autoridad que no admite réplicas.
Miro a Lucas directamente desde el borde, chorreando agua. Por primera vez desde que puso sus pies de rico en este resort, ya no parece el rey del mambo ni el dueño del mundo. Ahora lo que parece es un hombre asustado, acorralado y con la reputación pendiendo de un hilo.
—Este hombre se ha propasado conmigo de la manera más asquerosa dentro del agua —explico al de seguridad, haciendo que mi voz tiemble de forma totalmente natural por el sofocón—.
Yo solo lo estaba acompañando por cortesía, tal como se me pidió que hiciera, pero él me ha empezado a meter mano sin mi consentimiento...
—¡Eso es una puta mentira! ¡Está mintiendo para buscar fama! —interrumpe él desde dentro del agua, con el rostro completamente enrojecido por la rabia y la humillación pública.
—No, aquí la única rata mentirosa eres tú y lo sabes de sobra —respondo con una firmeza que no le tiembla el pulso.
—¡Que está mintiendo, os lo digo yo! —insiste el tío a grito pelado, perdiendo los papeles y elevando el tono de una manera que da auténtica vergüenza ajena.
Alrededor de la piscina comienzan a sonar murmullos cada vez más altos y hostiles de los clientes.
Decenas de teléfonos móviles de última generación se levantan de las tumbonas, apuntando y grabando la escena del brote.
La situación se le está escapando de las manos a una velocidad de vértigo y él lo sabe perfectamente.
Está cavando su propia tumba en directo.
—Yo no he hecho absolutamente nada malo, ¡está completamente loca! —protesta fuera de sí.
—Claro que lo has hecho —le replico secándome la cara con desprecio—. Me has tocado por debajo del agua sabiendo perfectamente que te estaba diciendo que no. Eres un impresentable.
—¡Zorra! —escupe el insulto más rastrero, y su voz resuena con un eco espantoso en todas las instalaciones de la piscina.
Varias clientas de las tumbonas se giran del revés, visiblemente escandalizadas e indignadas por la falta de educación. El vigilante de seguridad, sin pensárselo dos veces, lo sujeta firmemente del brazo para sacarlo del recinto.
—Señor, haga el favor de calmarse y de medir sus palabras inmediatamente si no quiere que llamemos a la Policía Nacional ahora mismo. Acompáñenos a las oficinas de dirección.
—¡Puta! ¡Guarra de mierda! ¡Que me sueltes, coño, que no sabéis con quién estáis hablando! —continúa gritando y, forcejeando como un poseso con los de seguridad mientras lo escoltan hacia el interior.
Y ahí es donde Lucas Ferrer termina de enterrarse vivo.
Los insultos resuenan en todo el complejo vacacional como si fueran disparos de artillería.
Ya nadie de los presentes duda lo más mínimo de la clase de despojo humano que es.
Los agentes de seguridad lo reducen con una firmeza impecable mientras él sigue pataleando, insultando y justificándose de la peor de las maneras.
Hasta que por fin se lo llevan y entonces, aparecen ellas.
—¿Estás bien? ¿Te ha hecho algo ese desgraciado? —pregunta Clara nada más llegar a mi altura, con los ojos como platos de la preocupación, tomándome del brazo con una delicadeza extrema.
—Sí, estoy perfectamente bien, de verdad.
—¿Segura? Que se ha puesto de un violento que vaya tela —insiste Sofía con los ojos encendidos, pasándome una toalla grande del hotel por los hombros con todo el cariño del mundo.
Marta, por su parte, sostiene su teléfono móvil pegado al pecho con una expresión de triunfo absoluto que no le cabe en la cara de encargada del Spa.
—¿Habéis captado todo con las cámaras?
—Todísimo —confirma Marta, dándole la vuelta al móvil para mostrarme la pantalla—. Desde el primer roce asqueroso en la tumbona hasta los insultos de barriobajero del final. Todo todito y en alta definición.
Miro fijamente la pantalla. Los vídeos muestran con una crudeza absoluta el comportamiento real de ese indeseable. Las pruebas son de una contundencia aplastante. Después de tanta tensión, por fin tenemos exactamente lo que necesitábamos para hacer justicia.
Una sonrisa lenta, de lo más pícara y nada amigable, se dibuja por fin en mi rostro.
—Perfecto, mis niñas. Ha llegado la hora.
Las tres me observan fijamente, expectantes y con el dedo en el botón de enviar.
—¿Subimos el material a las redes ya? —pregunta Clara con un brillo de lo más gamberro en los ojos.
—A tope con ello. Subid el vídeo entero y sin censuras —respondo sin dudarlo ni una milésima de segundo.
—¿Segura que lo subimos todo entero, Valeria? Mira que se va a liar parda en internet —confirma Sofía para asegurarse bien.
—Absolutamente todo, Sofía. Y hacedme el favor de etiquetarlo en las cuentas oficiales del resort, en los hashtags de sus patrocinadores de marca y en su propio perfil. Que se entere hasta el último de sus seguidores de la clase de despojo que están admirando detrás de los filtros de Instagram.
Mientras mis tres amigas se empiezan a mover como un pequeño ejército de dispuesto a iniciar la tercera guerra mundial digital, yo meto la mano en el capazo de playa y saco mi teléfono móvil. Busco a toda prisa el chat de WhatsApp que tengo con Aitana y le redacto un único mensaje:
Valeria : Ya está hecho, mi amor.
Después me quedo contemplando la pantalla con una sonrisa llena de una calidez inmensa, pensando en ella. Porque esta vez, el depredador se ha equivocado de presa y con nosotras no se juega.