CAPÍTULO 56
VALERIA
Mientras me observo fijamente en el espejo de cuerpo entero de mi dormitorio, ajustándome la fina bata de lino blanco que cae con suavidad sobre mi bañador de infarto, soy perfectamente consciente de la que se va a liar.
El reflejo me devuelve una imagen aparentemente serena, casi de anuncio.
Sin embargo, por dentro de mi cuerpo, os juro que hay un torbellino de tres pares de narices que amenaza con desbordarse.
Hoy se decide todo el culebrón. Hoy culminará el plan con matrícula de honor...
o nos explotará en toda la cara. No existe el término medio.
Miro la pantalla del teléfono móvil una última vez antes de guardarlo en el capazo de playa. El mensaje de WhatsApp de Aitana sigue allí clavado, brillando como un recordatorio de todo lo que nos estamos jugando en este resort:
Aitana : Nuestro amigo común se ha marchado bastante calentito de mi despacho. Llévate muchísimo cuidado, por favor. Diles a las chicas que estén preparadas. Empieza la acción.
Una sonrisa de lo más tierna y boba se me dibuja en los labios por puro instinto.
Es que... Incluso cuando está enfadada, muerta de preocupación o al borde de un ataque de nervios, Aitana sigue siendo la mujer más elegante, fina y perfecta que conocí hace semanas.
Sé con los ojos cerrados lo que ese mensaje significa: está preocupada por mí, muchísimo, probablemente demasiado para lo que su salud mental puede soportar.
Pero también confía en mí. Y os juro por mis muelas que no pienso fallarle. Jamás de los jamases.
Respiro hondo metiendo tripa, me echo el último vistazo de rigor al escote y salgo del dormitorio dispuesta a comerme el mundo.
El sol de mediados de agosto cae como un demonio sobre las instalaciones de Paraíso Azul, pero una brisa marina de lo más agradable hace que el sofocón sea llevadero.
La piscina brilla bajo el cielo como un espejo de cristal líquido de lo más lujoso.
Los huéspedes ocupan las tumbonas de diseño, conversando en voz baja, leyendo novelas o simplemente apurando las últimas jornadas de sus vacaciones.
Todo el ambiente parece destilar una normalidad absoluta.
Exactamente el escenario que necesitábamos para la función.
El lino blanco de mi bata ondea con un balanceo de lo más flamenco al compás de mis pasos firmes por el borde de la piscina.
Llevo el cabello suelto, cayendo libre sobre los hombros y oliendo a champú de coco.
Aunque por dentro los nervios me recorren el estómago como si tuviera un enjambre de avispas enfurecidas, por fuera mantengo la sonrisa y el desparpajo de quien no tiene ninguna preocupación en la vida más allá de broncearse el trasero.
Localizo a Lucas enseguida. Está en la zona de las hamacas, y él, con ese radar de bicho que tiene, también me localiza a mí.
Está repantigado junto al bar húmedo de la piscina, con una copa de balón en la mano y una expresión de suficiencia en la cara que, os lo juro, me provoca un escalofrío de repulsión que casi me hace perder el paso.
Sus ojos de depredador recorren toda mi anatomía sin el menor disimulo, sin una pizca de vergüenza y, desde luego, sin la más mínima educación.
Entonces me clava esa sonrisita suya de anuncio de dentista, mostrando unos dientes que de tan blancos que están parecen fluorescentes.
—Vaya, vaya, pero miren qué ven mis ojos... —murmura arrastrando las palabras con esa voz pastosa que delata que no es su primera copa del día.
—Buenas tardes, Lucas… —respondo yo, forzando mi mejor tono mientras me coloco las gafas de sol en el escote.
—Quién me iba a decir a mí que este viernes iba a acabar de una manera tan sumamente estimulante —añade él, y su mirada se detiene tres segundos de más en el nacimiento de mi bañador.
Me obligo mentalmente a sonreír para no estropearlo todo. Solo tengo que aguantarlo unos minutos y todo habrá terminado para siempre.
—Bueno, se hace lo que se puede —comento, acercándome a su zona con andares relajados—. Veo que estás de un humor excelente.
—Ahora mismo estoy muchísimo mejor, dónde va a parar —replica él con una chulería insoportable, e incorregible.
El olor a alcohol me alcanza antes incluso de que llegue a rozar la tumbona que queda junto a la suya.
Ginebra de la cara. Otra vez. Perfecto, el ingrediente que mejor le viene a nuestro pastel: un imbécil con exceso de confianza, el ego por las nubes y varias copas de más encima.
—¿Te importa si me quedo un ratito aquí contigo a tomar el sol?
—Por favor, muñeca, faltaría más. Esta zona es toda tuya si te quedas conmigo.
Me quito la bata y me acomodo en la tumbona con todo el arte del mundo y da comienzo el mayor espectáculo de la hipocresía humana.
Él sale de la piscina, se acerca a mí y como es tan sumamente egocéntrico, interpreta cualquier gesto como una invitación sexual, cualquier sonrisa de compromiso como una promesa de amor eterno y cualquier muestra de educación como un interés romántico de los locos.
Durante los siguientes diez minutos, Lucas se dedica a desplegar todo su patético repertorio de seducción: anécdotas inventadas, halagos que pretenden ser poéticos pero que resultan de lo más rancio y miradas que se cree que son de James Bond pero que dan una grima que para qué.
Yo me río cuando me toca reír, asiento con la cabeza fingiendo fascinación y hago como que escucho cuando lo que cuenta no me importa absolutamente nada.
Mientras tanto, en una de las mesas altas del chiringuito que queda justo a nuestra espalda, Clara, Sofía y Marta permanecen aparentemente concentradas en sus consumiciones y en sus cosas.
Pero yo sé perfectamente que están con los cinco sentidos puestos en nosotros, con las cámaras de los móviles camufladas y apuntando en nuestra dirección.
Su presencia invisible en la retaguardia es lo único que me da las fuerzas que necesito para no meterle un bofetón.
—Tengo que reconocer una cosa, Valeria —dice de pronto, levantándose de su tumbona para sentarse conmigo con una confianza asquerosa.
—¿El qué, mi alma? —pregunto fingiendo una curiosidad tremenda y pestañeando con inocencia.
—Que eres muchísimo más guapa y más salvaje de cerca. Y mira que me lo has puesto difícil para cazarte, ¿eh? Te va lo de hacerte la dura.
—Bueno, las cosas buenas se hacen esperar un poquito, que si no no tienen gracia —respondo con una sonrisa de lo más medida.
Él se inclina un poco más, invadiendo mi espacio.
—Llevo días enteros intentando tener un ratito a solas contigo en condiciones. Has estado de lo más esquiva, muñeca.
—Es que el trabajo en este resort es de lo más esclavo, no te vayas a creer —contesto, manteniendo el tipo y la compostura como una campeona.
—Bueno, pero veo que hoy por fin has decidido ser una chica lista —insiste con una suficiencia que me revuelve las tripas. De repente, su mano me roza ligeramente mi brazo.
Mantengo la sonrisa clavada en la cara, aunque os juro por Dios que cada segundo que pasa me cuesta un año de vida. Siento la mirada fija e indignada de mis amigas desde la barrera. Pienso en Aitana, en el chantaje, las amenazas de hundirle la carrera, el miedo que ha intentado sembrar...
Y entonces, Lucas se pasa de la raya. Deja de limitarse a la palabrería barata y decide pasar a la acción física de la manera más rastrera.
Su mano, larga y atrevida, se posa directamente sobre mi muslo desprotegido con una familiaridad y un descaro que hacen que se me revuelvan las tripas de puro asco.
Yo me aparto sutilmente con un movimiento de cadera, haciéndome la despistada.
Pero lejos de captar la indirecta, se vuelve a acercar más, como si no entendiera las señales de una mujer o, lo que es muchísimo peor y más miserable, como si las entendiera de sobra pero decidiera pasárselas por el forro de sus caprichos.
—¿Te vienes al agua conmigo a refrescarte? —me propone con una sonrisa lobuna que da auténtico pánico.
—No sé… —dudo fingiendo timidez.
—Vamos, Valeria, no seas una niña pequeña ahora —insiste cogiéndome de la muñeca para tirar de mí—. Te prometo que nos lo vamos a pasar increíblemente bien ahí dentro. Tú y yo solos en la parte honda, donde nadie del hotel nos pueda molestar.
Por dentro tengo ganas de vomitar. Por fuera, ante las cámaras de mis amigas, parezco simplemente una chica un pelín reticente que se deja convencer. Finalmente me pongo en pie, acomodándome mejor el bañador.
—Está bien, venga. Vamos para dentro.
Lucas sonríe con una soberbia que no le cabe en el cuerpo, como si acabara de ganar un trofeo de caza mayor en una competición. Como si yo fuera un simple objeto de su propiedad, un premio asignado por su fantástico hospedaje en este resort.
El agua de la piscina está fresca, una delicia contra la piel caliente por el sol.
Durante los primeros minutos mantenemos una distancia prudencial.
Yo nado un poco haciendo el estilo libre, él intenta mantener una conversación de lo más superficial sobre los lujos del resort, los famosos que conoce y sus supuestos éxitos en el mundo digital.
Algunos clientes de las tumbonas nos observan con cierta curiosidad; otros pasan olímpicamente del tema.
Todo el escenario parece de lo más normal y relajado.
Hasta que decide que es el momento de cobrarse la pieza.
Poco a poco, aprovechando que estamos en la parte más profunda de la piscina, empieza a acorralarme contra uno de los bordes de piedra, bloqueándome la salida con su cuerpo.
Su actitud de seductor cambia en un segundo.
Ahora ya no intenta parecer simpático ni moderno.
Ahora el muy cretino se cree que ha ganado la partida por la fuerza.
—Sabía que acabaríamos el viernes así, Valeria —murmura con los ojos brillando de un triunfo de lo más asqueroso, acortando las distancias bajo el agua.