¿Y a ti, qué más te da mi edad, jefa? (Paraíso Azul 1) CAPÍTULO 54 #2
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CAPÍTULO 54 #2

—Basta —levanto una mano, firme, seca, fría y con una autoridad que frena el ambiente de golpe.

Él se queda callado a mitad de la frase, parpadeando sorprendido, con la boca a medio abrir. No está acostumbrado a que una mujer le plante cara y lo interrumpa con semejante tono de mando.

—No quiero seguir escuchando una palabra más —le advierto con una voz que tiembla de pura contundencia, clavándole las pupilas.

Durante unos segundos larguísimos que parecen horas, nos observamos en silencio.

Por primera vez desde que ha cruzado el umbral de la puerta, algo cambia de forma drástica en su actitud chulesca.

El brillo de suficiencia de sus ojos empieza a apagarse poco a poco al darse cuenta de que ya no estoy reaccionando como él esperaba que lo hiciera.

No me enfado, no grito, no pierdo los papeles y, sobre todo, no entro en su chantaje barato.

Y eso, a los hombres con su ego, los incomoda y los descoloca profundamente.

Me incorporo lentamente, inclinándome hacia él y mirándolo directamente a los ojos, sin parpadear.

—¿Sabes qué es lo más triste de todo este asunto?

Parpadea un par de veces, visiblemente desconcertado por mi cambio de actitud.

—¿Qué?

—Que toda esa imagen idílica de hombre perfecto, libre, exitoso y sin complejos que vendes a diario en tus redes sociales es, con total probabilidad, una mentira. Una cáscara vacía.

Su estúpida sonrisa le desaparece de la cara, tensándosele las facciones.

—¿Perdona? ¿De qué vas?

—Es una auténtica lástima —continúo hablando con una voz pausada, tranquila, pero cargada de una intención letal—.

Millones de adolescentes te admiran ahí fuera.

Miles de marcas comerciales creen conocerte de verdad y te pagan cifras astronómicas.

Pero detrás de esa pantalla de teléfono se esconde un hombre completamente diferente.

Uno que necesita extorsionar, humillar y controlar a las mujeres para sentirse mínimamente poderoso.

Algo cambia en su expresión de golpe. Un destello pequeño, fugaz, pero absolutamente evidente para mi ojo clínico. Por primera vez desde que llegó con sus aires de grandeza al resort, he conseguido encontrar una grieta en su armadura de cristal. Y el muy imbécil sabe perfectamente que la he visto.

—Ten muchísimo cuidado con lo que sale de tu boca —me advierte entornando los ojos, aunque su voz ha perdido notablemente la fuerza y la firmeza de antes.

—¿Por qué debería tenerlo? ¿Acaso las acusaciones bien fundamentadas pueden resultar peligrosas para tu carrera? —respondo con una calma que me asombra hasta a mí misma—. Las conductas delictivas también lo son, créeme. Y las tuyas en este hotel están quedando meridianamente claras ante todos.

El despacho queda sumido en un silencio denso, pesado, de lo más incómodo. Y entonces, ocurre la magia. La máscara de triunfador se le resquebraja durante un solo segundo. En el fondo de su mirada vidriosa veo miedo. Miedo real. Auténtico. El pánico absoluto de perder su estatus.

—Menos mal que las normas de este resort protegen la privacidad de sus huéspedes —dice, intentando recuperar desesperadamente el terreno perdido y enderezando la espalda.

—Así es, por supuesto —sonrío de verdad por primera vez desde que ha entrado, una sonrisa que destila veneno puro—.

Protegemos la privacidad por encima de todo.

Pero la dirección del hotel, por desgracia, no puede controlar de ninguna de las maneras los teléfonos móviles privados de todos y cada uno de los huéspedes que se alojan en Paraíso Azul.

Ni las conversaciones privadas que deciden grabar en los chiringuitos, ni las imágenes que capturan con sus cámaras.

Ni, por supuesto, lo que esos clientes deciden compartir después en sus propias plataformas.

Su mandíbula se tensa de una forma tan visible que casi puedo escuchar crujir sus dientes.

—Entiendo perfectamente por dónde vas —murmura con un hilo de voz.

—Me alegra enormemente que lo hagas. Nos ahorra muchísimo tiempo a las dos partes.

—Así que... según tú, debería llevar cuidado por las instalaciones.

—Muchísimo —le confirmo asintiendo con la cabeza—. Por tu propio bien, por el de tus contratos publicitarios y por el de tu valiosa imagen pública.

Nos observamos durante varios segundos en silencio, midiéndonos el pulso como dos adversarios de ajedrez que acaban de descubrir que las reglas del tablero han cambiado a mitad de la partida.

Por primera vez desde que empezó esta pesadilla de verano, tengo la absoluta certeza de que ya no se siente tan sumamente invencible.

Finalmente se pone en pie de un salto y recupera su sonrisa ensayada. Aunque ahora, os lo aseguro, parece una mueca forzada, artificial y de lo más desesperada.

—Ha sido una conversación de lo más… interesante, Directora —dice dándose la vuelta y dirigiéndose a pasos rápidos hacia la puerta.

—Coincido plenamente contigo. Hacía tiempo que no tenía una reunión tan productiva.

—Nos veremos muy pronto por aquí, Aitana.

—Seguro que sí. Disfruta de lo que te queda de estancia.

Camina hacia la salida, abre la puerta de madera y, justo antes de cruzar el umbral para salir al pasillo de las oficinas, vuelve la cabeza un segundo.

—Espero que todo este asunto salga bien para el hotel.

—Yo también lo espero —guardo la compostura respondiendo con una sonrisa de lo más educada que no llega a mis ojos ni por asomo.

Después, desaparece del pasillo, la puerta de mi despacho se cierra y el silencio absoluto regresa a las cuatro paredes de mi oficina.

Permanezco completamente inmóvil durante varios segundos que se me hacen eternos, escuchando el latido acelerado de mi propio corazón y repasando mentalmente cada frase pronunciada.

Entonces, y solo entonces, dejo escapar lentamente todo el aire que llevaba reteniendo en los pulmones.

Porque sé perfectamente lo que acaba de ocurrir aquí dentro.

Ha entendido la indirecta al vuelo. Ha comprendido, con el agua al cuello, que ya no maneja los hilos de la situación ni nos tiene acorraladas.

Y eso, viniendo de un narcisista de su calibre, lo vuelve un ser extremadamente peligroso.

Muy peligroso. Cuando se ven acorralados es cuando más muerden.

Cojo mi teléfono móvil de inmediato, desbloqueo la pantalla y busco el contacto de Valeria. Mis dedos vuelan sobre el teclado táctil mientras le escribo a mi gaditana:

Aitana : Nuestro amigo común se ha marchado bastante calentito de mi despacho.

Dudo apenas un segundo con el dedo suspendido en el aire, sintiendo un vuelco en el estómago, y añado a continuación:

Aitana : Llévate muchísimo cuidado, por favor.

Y la frase clave de nuestra estrategia:

Aitana : Diles a las chicas que estén preparadas. Empieza la acción.

Pulso el botón de enviar. Mientras observo cómo el mensaje de texto desaparece de la pantalla, una mezcla extraña de sensaciones se instala en mi pecho: alivio por haberle plantado cara, una determinación feroz que no sabía que poseía y un miedo sordo, frío, que no consigo acallar del todo por el bienestar de Valeria.

Algo en mi instinto de mujer me dice que nos estamos acercando a marchas forzadas al desenlace final de esta locura.

Me levanto del asiento y me acerco al gran ventanal de mi despacho.

Desde esta posición privilegiada veo el complejo en todo su esplendor bajo el sol del mediodía.

Pienso en Valeria. Pienso en nosotras. En lo que estamos construyendo a pesar de todo.

Y por un momento, solo por un instante, permito que el amor tan inmenso que siento me llene el cuerpo del coraje que tanto necesito para lo que se avecina.