¿Y a ti, qué más te da mi edad, jefa? (Paraíso Azul 1) CAPÍTULO 54
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CAPÍTULO 54

AITANA

Fingir que tienes las riendas de tu vida completamente sujetas cuando, en realidad, tu estabilidad emocional pende de un hilo finísimo que tú misma no sabes cómo sostener, es agotador.

Llevo exactamente dos días viviendo en una absoluta contradicción andante.

Cuarenta y ocho horas sonriendo como una autómata, firmando informes de viabilidad, resolviendo las típicas incidencias veraniegas, atendiendo con mi mejor cara a los huéspedes más exquisitos y coordinando los equipos de las distintas áreas con una serenidad ejecutiva que, os lo juro, no siento ni por asomo.

Detrás de cada conversación, de cada correo electrónico que intercambio con la central de Madrid y de cada decisión operativa que tomo en este resort, late un pensamiento constante, obsesivo, que no me da ni un segundo de tregua: Valeria.

Valeria rondando por los jardines del hotel, Valeria sonriéndole al imbécil de Lucas con una profesionalidad impecable que me hiela la sangre, Valeria fingiendo un interés romántico que me revuelve las tripas mientras actúa como la mejor de las actrices de Hollywood.

Mientras que yo estoy aquí metida, intentando por todos los medios no volverme loca, luchando contra el impulso animal de salir corriendo a protegerla y mandarlo todo a freír espárragos.

Ella me pidió confianza ciega la otra noche y la tiene.

Confío en ella más que en nadie en este bendito mundo, porque me ha demostrado tener un corazón y unos ovarios que ya quisiera tener más de un directivo de la cadena.

Pero confiar ciegamente no significa, ni de lejos, que el miedo desaparezca de mi pecho.

Sobre todo cuando conoces perfectamente los riesgos y sabes, con pelos y señales, la clase de víbora con la que está tratando de jugar.

Me apoyo contra el respaldo de mi silla y observo las pantallas del circuito cerrado de seguridad que tengo frente a mi escritorio.

Fuera, en los exteriores de Paraíso Azul, el resort vive uno de esos días extraños, nostálgicos y mágicos de mediados de agosto.

Los huéspedes siguen disfrutando del solazo en las hamacas, los niños corren entre los jardines de palmeras con la misma energía desbordante de todo el verano y las piscinas permanecen llenas de risas, música chill-out y chapoteos.

Pero la energía del ambiente ha cambiado.

El verano comienza a despedirse de nosotros poco a poco, con una lentitud casi imperceptible.

Se nota en el volumen de maletas que se acumulan en la zona de recepción, en el ritmo de reservas de última hora que empieza a descender y en esa mirada de nostalgia anticipada que se instala en los clientes que apuran sus últimos segundos frente al mar.

Todo parece más silencioso, más vulnerable...

como si el mismísimo resort supiera perfectamente que sus días de máximo esplendor estival están contados.

Miro de reojo el reloj de pulsera. Dentro de apenas veinte minutos he quedado para comer en el restaurante con Valentina.

Lo necesito como el comer. Porque si hay alguien en este mundo capaz de sacarme a patadas de mis propios pensamientos tormentosos y arrastrarme de vuelta a la cruda realidad a base de verdades como puños, esa es Valentina.

Aunque normalmente lo haga con sus insultos cariñosos, sus comentarios sin filtros y ese humor afilado que gasta.

Estoy terminando de poner la firma digital en unos presupuestos de mantenimiento cuando llaman a la puerta de mi despacho. Dos golpes secos, decididos.

—Adelante —digo en voz alta sin levantar la vista del monitor de inmediato.

Sigo leyendo un par de líneas más de un informe hasta que, de repente, percibo un perfume intenso, dulzón y de lo más empalagoso, seguido de un silencio cargado de una energía sumamente desagradable.

Ese tipo de vibración que siempre precede a las peores noticias.

Levanto la cabeza de golpe. Y allí está. Otra vez. El mismísimo demonio en persona.

Lucas se apoya contra el marco de la puerta, sonriendo con una suficiencia que me revuelve el estómago. Contengo un suspiro profundo, colocándome la máscara de Directora, intentando por todos los medios no echarlo a patadas como ya sucedió la última vez.

—Te recuerdo que algunos trabajamos y no precisamente tumbándonos a la bartola al sol —le digo sin mirarlo apenas—. ¿Puedo ayudarte en algo?

—Siempre tan amable, Aitana —responde él, entrando en mi despacho privado sin esperar a que le dé permiso e invitándose solo—. Hay que reconocer que haces muy bien tu trabajo, guapa —añade dedicándome una sonrisa que resulta tan falsa como asquerosa.

Pero esta vez, para mi propia sorpresa, no siento esa rabia ciega e inmediata que me nubló la vista la vez pasada.

Algo ha cambiado de forma radical dentro de mí en las últimas horas.

Quizá sea el hecho de que ya conozco la bajeza de sus verdaderas intenciones, quizá que su presencia ya no me intimida lo más mínimo o quizá, simplemente, porque sé de buena tinta que no somos nosotras las que estamos perdiendo las riendas de esta situación.

Se deja caer con total descaro sobre el sillón y cruza las piernas con una lentitud de lo más afectada.

Es en ese preciso instante cuando mi olfato capta el detalle: alcohol.

No está borracho como para caerse redondo, pero lleva el suficiente encima como para venir alegre.

Lo noto en el brillo vidrioso de sus ojos y en la forma en que desparrama el cuerpo sobre el asiento, como si fuera el mismísimo CEO de la cadena.

—¿Ya consumiendo alcohol antes de la hora del almuerzo? —pregunto con un tono de lo más neutro, apoyando las manos entrelazadas sobre la mesa.

Su sonrisa de suficiencia se amplía, mostrando sus dientes.

—Estoy de vacaciones en un resort de cinco estrellas, Aitana. ¿Qué demonios esperabas? ¿Que beba agua con gas?

—Eso que acabas de decir no responde a mi pregunta.

—Digamos que hoy he empezado la fiesta un poquito más temprano de lo habitual —contesta encogiéndose de hombros con una soberbia insoportable—. ¿Qué pasa? ¿Acaso estás celosa porque no te he invitado a mi suite?

Vuelve a cambiar de postura, cruza las piernas en dirección a mí y me observa con un detenimiento de lo más lascivo, relamiéndose los labios.

—Tengo que reconocer una cosa, Directora —dice tras un breve y tenso silencio, tamborileando los dedos.

Espero pacientemente sin responderle lo más mínimo, manteniendo mi mirada fija, fría y cortante clavada en sus ojos. No pienso regalarle ni un solo centímetro de ventaja.

—Eres una mujer verdaderamente inteligente. Bastante más de lo que aparentas detrás de ese traje de chaqueta tan serio.

—Ah, ¿sí? —respondo arqueando una sola ceja con elegancia gélida—. Curioso. Aunque viniendo de ti, no tengo del todo claro si debo tomármelo como un cumplido o como un insulto.

—Te lo digo totalmente en serio —insiste inclinando todo el torso hacia delante, invadiendo descaradamente mi espacio vital. Su aliento confirma la mezcla de ginebra y tónica que sospechaba—. Has entendido perfectamente cómo funciona el juego de la vida y cómo está la situación ahora mismo.

Ya sé de sobra adónde quiere llegar el muy desgraciado. Hago un esfuerzo supremo de autocontrol mental para no poner los ojos en blanco delante de él.

—Ilumíname, por favor —le espeto con un sarcasmo fino—. Me tienes en un sinvivir, como puedes comprobar.

—Has cedido a mis peticiones, Aitana —afirma con una sonrisa de satisfacción que me dan ganas de borrarle de un plumazo—. Y eso demuestra que sabes perfectamente qué cosas hay que priorizar cuando el puesto de trabajo de una está en juego. Eres lista, nena. Muy lista.

Mi mandíbula se tensa de golpe, pero procuro que sea un movimiento imperceptible para sus ojos. Mantengo la compostura como si me fuera la vida en ello.

—Sigo sin tener la más mínima idea de qué demonios me estás hablando.

—Vamos, mujer, no hace falta que sigas fingiendo conmigo —dice haciendo un gesto vago y despectivo con la mano en el aire—. Ese bombón... Valeria... merece ser disfrutada por alguien que sepa apreciar el producto. Y tú has sabido apartarte a tiempo. Es de agradecer.

Tengo que repetirme mentalmente el código deontológico del hotel y recordarme tres veces seguidas que bajo ningún concepto puedo abofetear a los huéspedes, por muy tentador y terapéutico que resulte en este preciso instante.

—¿Has venido hasta mi despacho privado única y exclusivamente para hablarme de la vida personal de mis empleadas?

—He venido expresamente a agradecerte tu valiosa colaboración —responde con esa arrogancia barata que exudan los tipos como él—. Soy todo un señor.

—Desde luego. Eres el vivo retrato de un caballero de la tabla redonda.

Él continúa sonriendo, absolutamente convencido de que está resultando el ser más encantador, seductor y magnético del planeta.

Es en ese momento de euforia alcohólica cuando empieza a largar sin ningún tipo de filtro ni decoro.

Comentarios machistas subidos de tono, insinuaciones groseras sobre las mujeres de la plantilla disfrazadas de humor moderno y observaciones de una vulgaridad tan espantosa que seguramente repite en su círculo de amigos que le ríen las gracias por puro compromiso.

Yo me limito a escucharlo en absoluto silencio, conteniendo la respiración, sin perder los nervios ni un solo segundo.

Esta vez no vas a hacerme saltar, desgraciado. Esta vez no.

—Además… —Se acomoda aún mejor en la silla, cruzándose de brazos con una suficiencia asquerosa—.

Hay mujeres realmente impresionantes trabajando en este complejo, Aitana.

Ayer mismo estuve a punto de exigirle a una de las masajistas que me hiciera un servicio completo con la boca.

Ya sabes, para relajar la tremenda tensión del verano. Que para eso pago lo que pago.

Mi paciencia, que os aseguro que es bastante elástica, se agota en un microsegundo.