¿Y a ti, qué más te da mi edad, jefa? (Paraíso Azul 1) CAPÍTULO 55
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CAPÍTULO 55

VALERIA

Cuando me despido de las chicas y me marcho de La Ola, el complejo está prácticamente sumido en un silencio de lo más idílico.

Siempre queda algún rezagado caminando por los jardines de palmeras, alguna pareja de ricos que regresa de cenar tarde en Benidorm o algún huésped solitario que disfruta del fresquito de la noche; todo parece muchísimo más tranquilo, más íntimo y más suave bajo la luz titilante de las farolas.

Mientras avanzo por los senderos iluminados hacia la zona de las habitaciones, siento cómo los nervios traicioneros regresan de golpe a mi cuerpo y me encogen el estómago.

Todavía me queda una conversación pendiente esta noche.

Una muy importante. Probablemente una de las más cruciales de toda mi vida.

Conozco a mi madre mejor que si la hubiera parido yo a ella.

Sé de sobra que no va a montar ningún drama de los suyos, que no le va a dar un síncope, que no se va a escandalizar ni me va a juzgar con severidad.

El problema real no es ese en absoluto. El problema es que jamás en la vida he tenido esta clase de conversación con ella.

Nunca. Porque nunca antes en mis veintiséis años me había enamorado de esta manera tan brutal, con esta intensidad volcánica que lo arrasa todo a su paso.

Nunca antes había sentido las ganas locas de compartir mi vida con una mujer de una forma tan profunda, madura y definitiva.

Cuando llego por fin a la puerta de su habitación, respiro hondo y llamo suavemente con los nudillos.

La puerta tarda apenas unos segundos en abrirse y allí aparece ella, con un pijama ligero de algodón con flores, las mejillas ligeramente sonrojadas por el sol playero de la tarde y esa sonrisa cálida, protectora y enorme que llevo viendo desde el día en que nací.

—Hola, cariño de mi alma. ¿Qué haces tú a estas horas por aquí?

Al escuchar su voz, os lo juro, de repente siento que vuelvo a tener diez años y trenzas en el pelo.

—Hola, mamá. Buenas noches.

Ella me rodea con sus brazos inmediatamente en un abrazo apretado y me envuelve ese olor tan sumamente familiar.

Porque hay algunas personas en este mundo que tienen ese efecto mágico en tu cuerpo.

Da igual los años que vayas cumpliendo o los palos que te dé la vida, siguen siendo tu refugio sagrado contra las tormentas.

—A ver, Valeria... ¿pasa algo malo, mi niña? —pregunta apartándose lo justo para clavarme sus ojos sabios.

—¿Por qué lo dices? Si vengo de lo más normal.

—Porque te conozco, desde la cena que apenas nos vemos y has venido a buscarme a estas horas de la madrugada con una cara de angustia que no puedes con ella. Las madres tenemos un radar especial para estas cosas, ya lo sabes de sobra.

Maldita sea mi estampa. Mi madre no tiene un radar, lo que tiene son superpoderes de bruja buena.

—Si no he venido antes es porque sé que has estado disfrutando a lo grande —la señalo con un dedo—. Que trabajo aquí y tengo ojos en todas partes. Es solo que, necesito hablar contigo de un asunto.

—Pues entonces pasa para dentro, mi vida, no te quedes ahí en el pasillo.

Entramos en la habitación en penumbra, pero enseguida la conduzco de la mano hasta la pequeña pero coqueta terraza exterior.

La noche es una auténtica delicia caribeña, las estrellas brillan con una fuerza tremenda sobre el fondo oscuro del mar y desde aquí arriba se ve parte del resort iluminado como si fuera un sueño de revista de lujo.

Durante unos segundos largos ninguna de las dos articula palabra.

Yo busco con desesperación las palabras adecuadas en mi diccionario mientras mi madre espera pacientemente con esa tranquilidad infinita que siempre ha tenido para aguantar mis locuras de juventud.

—Vale... a ver, mamá... la verdad es que no sé ni por dónde coño empezar a contarte esto —digo al fin, rascándome la nuca con nerviosismo.

—Uy, cuando tú empiezas una frase con rodeos, suele ser una señal —comenta ella entornando los ojos con guasa.

—Que no es una mala señal, de verdad que no, todo lo contrario.

—Pues entonces cuéntame de una vez, mi vida, y no le tengas miedo a tu madre, que yo no muerdo.

Respiro profundamente, llenando los pulmones de aire, cierro los ojos y me lanzo de cabeza al vacío sin paracaídas.

—Estoy enamorada, mamá. Pero enamorada de verdad, hasta las trancas.

Se hace un silencio sepulcral en la terraza. Mi madre parpadea un par de veces seguidas, asimilando el golpe, y de repente esboza una sonrisa enorme, luminosa y llena de una alegría de lo más genuina que le cambia la cara.

—¡Ay, por fin, bendito sea Dios! ¡Que mi niña no se me va a quedar para vestir santos en Cádiz! ¡Ya era hora!

Me quedo mirándola con los ojos como platos, completamente estupefacta por su reacción.

—¿Perdona? ¿Cómo que por fin?

—Pues que pensaba que nunca llegaría este bendito día, hija. Que llevo yo años esperando a que me vinieras con este cuento del amor verdadero en vez de tanto lío de verano.

—Mamá, por favor, compórtate, que te lo estoy diciendo en serio —le protesto colorada como un tomate.

—¿Qué pasa? Si es la pura verdad, hija.

—Se supone que tenías que sorprenderte un poquito, poner cara de drama o algo, no sé.

—Llevo media vida esperando tener esta conversación contigo, mi alma —insiste ella riéndose bajito y cogiéndome de las manos con un cariño inmenso—. Anda, cuéntame ya el cotilleo entero... ¿quién es la mujer afortunada que te ha robado el corazón?

Ahí es donde llega la segunda parte de la confesión. La que yo consideraba verdaderamente complicada y espinosa por la diferencia de edad.

—Es Aitana, mamá.

—¿Aitana? ¿Aitana Robles? ¿La mismísima Directora del hotel? ¿Ese pedazo de mujerón que es más estirada que un palo pero elegante a rabiar? —pregunta gesticulando con las manos en el aire, dibujando las curvas y el porte imponente de mi jefa de hielo.

—Sí, mamá. Esa misma. La que según tú es muy seria.

—¿La que te mira cada vez que te ve pasar por recepción como si fueras la última botella de agua fría en mitad del desierto de Almería? —añade con una guasa andaluza que me deja muerta.

Abro los ojos de par en par, alucinando en colores.

—¿Pero bueno, tú te has dado cuenta de cómo me mira?

—Valeria, por el amor de Dios, no seas ingenua. Creía yo que todo el mundo en este bendito resort se había dado cuenta. La química y las chispas que saltaban entre vosotras dos son más que evidentes. Que a tu madre no se le escapa una.

Me tapo la cara con las dos manos, muerta de la vergüenza más absoluta que he sentido en mis veintiséis años de vida. Ella suelta una carcajada limpia y sonora de las suyas.

—Qué vergüenza, de verdad... —murmuro entre dientes.

—Pues a mí me parece de lo más adorable, de verdad te lo digo. Muy tierno.

—No te rías de mí, que tiene guasa la cosa.

La observo detenidamente a los ojos, esperando captar algún atisbo de objeción, alguna duda moral o algún reproche tradicional por su parte.

Pero os prometo que no llega absolutamente nada de eso.

En sus ojos sabios solo encuentro una ternura infinita, un orgullo de madre que no le cabe en el pecho y una aceptación del todo absoluta.

—Bueno... pero es que también hay otra cosilla que te tengo que decir del asunto... —añado con la voz un pelín más baja y temerosa.

—Dime, cariño. Suéltalo.

—Que... que Aitana es dieciséis años mayor que yo, mamá. Que ella ya tiene los cuarenta y dos cumplidos y yo soy una niñata a su lado en temas de la vida.

Mi madre, lejos de inmutarse, se encoge de hombros literalmente con una naturalidad pasmosa que me deja helada.

—¿Y a mí qué puñetas me importa la edad que tenga tu jefa? A ver... respóndeme a una sola cosa con el corazón en la mano: ¿tú la quieres bien?

La respuesta me sale del alma de forma automática, clara, rotunda y sin el más mínimo atisbo de duda.

—Muchísimo más de lo que jamás imaginé que fuera posible querer a alguien, mamá. Me vuelve loca.

—¿Y ella te quiere a ti con la misma fuerza, mi niña?

Sonrío de oreja a oreja por puro instinto, y creo sinceramente que la expresión de felicidad de mi cara responde muchísimo antes y mejor que mis propias palabras.

—Sí. Me quiere con todo lo que tiene, mamá.

—Pues entonces ya está todo dicho, Valeria —concluye ella con una sencillez tan aplastante que me desarma—. El resto de la historia son simples detalles. Lo importante de la vida lo tenéis ya.

Siento un nudo tremendo de la emoción apretándome la garganta.

A veces, las cosas que nos parecen un mundo en la cabeza son sorprendentemente simples cuando se miran con los ojos del amor de una madre.

Y os juro que yo necesitaba escuchar exactamente esas palabras en el día de hoy para quitarme de encima la angustia.

Después, ya mucho más relajada y sintiéndome respaldada, me decido a contarle todo lo demás que ha pasado esta mañana: el acoso del influencer , las amenazas asquerosas de extorsión, mi dimisión fulminante de esta tarde para proteger a Aitana, los riesgos que corremos y las posibles consecuencias colaterales para mi futuro laboral.

A medida que voy desgranando el complot, la expresión de mi madre se va volviendo cada vez más seria y preocupada, lógicamente, pero en ningún momento la noto asustada, defraudada o decepcionada conmigo.

Cuando termino de contarlo todo, me toma de la mano con una firmeza asombrosa, apretándome los dedos con la misma fuerza con la que lo hacía cuando yo era una niña y me caía en la playa de la Caleta.

—Escúchame muy bien lo que te voy a decir, Valeria Ruiz —me dice mirándome muy fijo a los ojos—.

Estoy profundamente orgullosa de la hija que tengo y de la mujer en la que te has convertido.

Y no te lo digo por haber dejado el trabajo, que entre tú y yo, me parece una locura de campeonato...

te lo digo por haber tenido el valor tan grande de defender con uñas y dientes a la persona que amas.

Por ser valiente, honesta contigo misma y no achantarte ante un miserable. Eso es tener arte y tener coraje.

Mi garganta se cierra debido a las lágrimas de emoción que empañan mis ojos.

Nunca antes en mi vida había escuchado esas palabras tan bonitas referidas a mí, a Aitana y a lo nuestro.

Dichas así, en voz alta, sin tapujos, sin miedo al qué dirán, sin ocultarlas como si estuviéramos cometiendo un pecado de oficina.

Y, por primera vez en todo el verano, siento de corazón que todas las piezas de mi puzle interno terminan de encajar a la perfección.

Ya no estoy escondiéndome de nada ni de nadie.

Ya no tengo por qué hacerlo. Puedo amar a mi jefa con todas las consecuencias, sin pedirle permiso a nadie, sin tener que justificarme y sin pedir disculpas por ser feliz.

Cuando me abalanzo sobre ella y la abrazo con todas mis fuerzas, hundiéndome en su cuello, siento que algo muy pesado dentro de mí se termina de liberar.

Y mientras observo por encima de su hombro las luces brillantes del resort reflejándose mágicamente sobre las aguas oscuras del mar Mediterráneo, comprendo perfectamente que pase lo que pase en los próximos días...

yo, Valeria Ruiz, ya no le tengo miedo a absolutamente nada en esta bendita vida.