CAPÍTULO 54
VALERIA
Si alguien con dos dedos de frente me hubiera dicho a principios de este bendito verano que acabaría organizando una especie de operación militar encubierta contra un influencer de pacotilla para intentar salvar la carrera a la mujer de la que estoy enamorada, probablemente me habría reído en su mismísima cara.
Pero aquí estoy ahora, sentada en el chiringuito a las once y media de una noche, con un tinto de verano bien frío delante que apenas he probado —cosa rarísima en mí—, un nudo de corbata apretado en el estómago y tres de las personas más importantes de mi vida observándome fijamente como si acabara de anunciar que pienso atracar el Banco de España con un tirachinas.
La brisa marina mece con suavidad las lámparas de cuerda suspendidas sobre nuestras cabezas, dibujando sombras danzantes sobre la madera de la mesa.
La playa privada se extiende casi desierta ante nuestros ojos, y a lo lejos solo se escucha el rumor constante, acompasado y de lo más tranquilizador de las olas rompiendo contra la orilla.
Delante de mí están Clara, Sofía y Marta.
Bueno, para ser del todo sincera, Marta está físicamente aquí sentada con nosotras, pero mentalmente parece haberse pegado un viaje en nave espacial a otro planeta.
Lleva más de diez minutos sin levantar la vista de la pantalla táctil de su teléfono, algo que os aseguro que es completamente inusual en ella.
Marta jamás de los jamases mira la pantalla durante tanto tiempo seguido cuando estamos de cháchara.
Jamás. Tiene el ceño fruncido y una sonrisita de lo más sospechosa.
—A ver, Marta... ¿estás esperando acaso una videollamada del mismísimo presidente del Gobierno o es que te ha tocado el Euromillón y no quieres compartirlo? —pregunta Clara con ese tono burlón, picante y gamberro que tanto la caracteriza.
Marta levanta la cabeza de golpe, parpadeando desorientada, como si acabara de regresar de un sueño erótico o algo por el estilo.
—¿Qué? ¿Decíais algo de las instalaciones?
—Que llevas toda la santísima noche pegada a esa pantalla como si te fuera la vida en ello —insiste Clara, cruzando los brazos sobre el pecho con una ceja arqueada.
—No es verdad, exagerada, solo estaba mirando una cosilla en la agenda—se defiende Marta, guardándose el móvil a toda prisa en el bolsillo con las mejillas sospechosamente coloradas.
—Sí que lo es, que te hemos visto —le espeto yo con guasa.
Sofía y yo intercambiamos una mirada de lo más cómplice y cargada de picardía.
Algo muy raro le pasa a Marta con ese teléfono, y las dos lo hemos percibido al vuelo.
Pero antes de que podamos meter el dedo en la llaga y empezar a indagar el cotilleo, Clara apoya los codos en la mesa y dirige toda su atención hacia mí con una determinación renovada.
—Vale, chicas, vamos al turrón. Ahora cuéntanos qué demonios está ocurriendo y por qué tantas prisas por reunirnos a estas horas, Valeria. Y haz el favor de no dejarte ni un solo detalle, que nos tienes en un sinvivir.
La sonrisa de broma se me borra del rostro de golpe.
Ha llegado el momento de la verdad. Respiro hondo, apoyo las palmas de las manos sobre la madera de la mesa y comienzo a largar la historia desde el mismísimo principio.
Les relato el seguimiento de Lucas de la otra noche, como nos espió a Aitana y a mí desde el otro lado de la puerta, el asqueroso chantaje, las amenazas de Lucas de hundirle la carrera si yo no me acostaba con él, la conversación que he tenido con Aitana en este mismo lugar y, por supuesto, mi drástica dimisión voluntaria.
Cuanto más avanzo en los detalles del culebrón, más se van transformando las expresiones de mis amigas.
La incredulidad del principio da paso a una indignación monumental y, finalmente, a una rabia de las gordas.
—Ese tío está completamente enfermo —sentencia Sofía en cuanto termino de hablar, con la voz teñida de un asco absoluto, apretando el vaso con fuerza.
—Bastante trastornado, sí —añade Clara, apretando la mandíbula con una agresividad que denota que como se cruce con él lo ahoga en la playa—. Más que enfermo, es un miserable y un rastrero.
—¿Me estás diciendo en serio que os siguió a escondidas hasta el apartamento de Aitana? —pregunta Marta con seriedad.
Asiento lentamente con la cabeza, dándole un sorbo por fin al tinto de verano para pasar el mal trago.
—Sí. Tal cual te lo cuento.
—Pero vamos a ver, ¡eso es acoso en toda regla! —afirma Marta con una rotundidad legal que asusta.
—Lo sé.
—Y un delito contra la intimidad —añade Sofía con los ojos encendidos.
—También lo sé, pero Lucas se cree intocable porque es amiguito de la familia del jefazo y porque tiene millones de seguidores en las redes —respondo con un suspiro.
Durante unos segundos larguísimos reina un silencio denso en el chiringuito, solo roto por el vaivén constante del mar. Las tres intentan procesar el tremendo embolado. No las culpo en absoluto; a mí misma todavía me resulta de lo más surrealista y asqueroso todo el asunto.
—Yo es que sigo sin entender por qué tienes que ser tú la que pague los platos rotos de esta historia y renuncie a su curro —dice Sofía, inclinándose hacia delante con el ceño fruncido y cruzándose de brazos—. No es justo para ti.
—Porque era la solución más rápida y efectiva para cortarle las alas —respondo con total calma, acariciando el borde de mi vaso.
—Pues no me parece bien.
—Que sí, mujer, hazme caso.
—Que no —repite ella con esa terquedad aragonesa que tanto la define cuando se le mete algo entre ceja y ceja—. No me da la gana quedarme de brazos cruzados mientras tú te enfrentas a ese malparido.
La firmeza de su respuesta y el cariño que me demuestra me arrancan una sonrisa de lo más sincera. Es que Sofía es exactamente igual que yo cuando algo o alguien le importa de verdad: terquísima, leal y de lo más adorable.
—Coy a poder volver el verano que viene en cuanto pase la tormenta, os lo prometo —insisto para tranquilizarlas.
—Eso tú no lo puedes saber a ciencia cierta, Valeria.
—No pasará nada. En la central no tienen una sola queja de mí. Es más, gracias a mí y mis ocurrencias el resort funciona tan bien.
—Madre mía del amor hermoso, parecéis un matrimonio de los de antes discutiendo por el color de las cortinas —murmura Clara, sacudiendo la cabeza con una diversión que rompe la tensión del ambiente.
La ocurrencia consigue que las cuatro rompamos a reír a carcajadas limpias, incluso yo, que os aseguro que lo necesitaba como el comer.
Llevo demasiadas horas funcionando a base de adrenalina pura y sofocones.
Cuando las risas de complicidad se van apagando en el chiringuito, vuelvo a ponerme seria y las miro fijamente una a una a los ojos.
—Ahora en serio, chicas... Necesito vuestra ayuda para ejecutar un plan.
Las tres se me quedan mirando de inmediato, atentas al más mínimo detalle.
—¿Qué clase de ayuda necesitas? Dispara —pregunta Marta, ahora sí, completamente presente y con los cinco sentidos puestos en la mesa.
Me inclino ligeramente hacia delante y bajo el tono de voz por puro instinto, aunque a estas horas no hay ni un alma.
—Quiero que ese desgraciado se sienta observado las veinticuatro horas del día.
Yo voy a seguir actuando por el resort un par de días como si trabajara aquí de forma normal, dándole largas.
Quiero que el muy cretino se crea que todavía tiene posibilidades de salirse con la suya y meterse en su cama.
Las tres comprenden al instante por dónde van los tiros.
Y las tres, os lo juro, sonríen exactamente de la misma manera maliciosa.
Una sonrisa que en otra situación debería preocuparme muchísimo, porque conozco de sobra el peligro que tienen cuando se juntan.
Suelen ser el preludio de un terremoto de categoría cinco.
—Valeria… cuenta con ello —empieza a decir Clara con un brillo de lo más peligroso en los ojos.
—Pero ojo, no quiero que hagáis ninguna locura de las vuestras, ¿eh? —me apresuro a aclarar con las manos en alto.
—¡Mentirosa! Si eres la primera a la que le va la marcha —replica Clara con una ceja arqueada y una risotada.
—Escuchadme bien —digo apoyando los codos sobre la madera y mirándolas con total seriedad—. Necesito que estéis pendientes de todos y cada uno de sus movimientos en el resort. De lo que hace, de lo que dice, de con quién habla o de cómo trata a las chicas. Y en cuanto meta la pata lo más mínimo...
La sonrisa de Clara se amplía aún más, volviéndose brillante y letal.
—¿Qué hacemos entonces?
—Quiero pruebas de las gordas. Imágenes con el móvil, grabaciones de sus conversaciones, capturas... cualquier cosa que demuestre la clase de rata podrida que es en realidad fuera de sus redes.
El silencio que sigue a mi propuesta es de lo más breve, apenas dura dos segundos de reloj antes del estallido.
—Chicas… —La voz de Clara adquiere un tono peligrosamente entusiasmado que me encanta—.
No sé vosotras, pero a mí me fascina la idea de llenar las redes sociales con imágenes de ese imbécil quedando en muy mala posición delante de sus millones de seguidores.
Que todo el mundo vea la clase de bicho que es.
La carcajada que suelto yo en ese momento resuena probablemente hasta en el puerto deportivo de Benidorm.
—¡Sabía perfectamente que podía contar con vosotras!
—Pues claro que sí, faltaría más —responde Clara sin dudarlo ni un instante.
—Cuenta con lo que haga falta, Valeria —añade Sofía con una sonrisa leal de oreja a oreja.
—Y conmigo también, por supuesto —dice Marta, aunque su mirada se desvía de nuevo un segundo travieso hacia la pantalla de su teléfono.
Las tres levantan sus vasos de tinto de verano al mismo tiempo en mitad de la noche, chocándolos en un brindis sonoro.
Yo también levanto el mío con un subidón tremendo.
Y durante unos instantes maravillosos siento algo muy parecido a la tranquilidad.
Si ese influencer de pacotilla se cree que tiene delante a una mujer ue va a abrirse de piernas para él por culpa de sus chantajes baratos, está a punto de descubrir por las malas lo equivocadísimo que está.