¿Y a ti, qué más te da mi edad, jefa? (Paraíso Azul 1) CAPÍTULO 53 #3
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CAPÍTULO 53 #3

—¿Cómo que no lo mejora? Lo mejora todo y por goleada —afirma ella con una firmeza inquebrantable en la voz—.

Ahora mismo ese imbécil se ha quedado sin ningún cabo suelto con el que chantajearte a ti en la empresa.

Si yo ya no trabajo oficialmente para este hotel, ¿con qué te va a amenazar?

Soy una mujer cualquiera, una turista más si me da la gana, ya no formo parte de tu plantilla.

Y si Lucas va con el cuento al Director General de la cadena...

Lo único que va a hacer el pobre hombre es reírse su cara por generar chismes sobre alguien que ni trabaja aquí y mandarlo a paseo por poner en jaque la imagen del resort.

Se le ha acabado el chollo de la extorsión.

La miro fijamente, en absoluto silencio, completamente anonadada.

Detrás de su aparente sonrisa gamberra y su chulería andaluza, descubro algo muchísimo más profundo, algo que me desborda: una determinación inquebrantable, una madurez sorprendente y un amor tan inmenso y generoso que me deja literalmente sin aliento.

—Valeria… mi vida… —murmuro sintiendo cómo los ojos se me llenan de lágrimas de pura emoción.

—Escúchame, Aitana Robles —me dice ella apretando mi mano con una fuerza descomunal—.

Tú llevas un montón de años sudando sangre para construir esta pedazo de carrera.

Años sacrificándolo todo, tus relaciones, tu tiempo, trabajando sin descanso día y noche para demostrar lo que vales en un mundo de hombres que no siempre se lo pone fácil a mujeres.

Yo no voy a permitir bajo ningún concepto que un desgraciado pegado a una pantalla de teléfono y mucha mala uva te destruya la vida. Eso ni se te ocurra pensarlo.

Trago saliva a duras penas, sintiendo cómo se me cierra la garganta por el nudo de la emoción.

Comprendo a la perfección la magnitud exacta de lo que está haciendo por mí: está sacrificando su propio sustento, su comodidad laboral y su puesto de años en el resort con el único y noble objetivo de protegerme a mí del escándalo. Y eso, os lo juro, me rompe el corazón.

—Pero es que tienes por qué llegar a este extremo por mí, Valeria…

—Sí que tengo, Aitana —responde ella sin dudarlo ni un milímetro—.

Y lo hago con todo el gusto del mundo. Yo no me voy a quedar aquí de brazos cruzados viendo cómo un baboso intenta hacernos daño y pisotear lo nuestro.

—Sus dedos morenos empiezan a acariciar el dorso de mi mano sobre la mesa, trazando círculos suaves, rítmicos, de esos que consiguen calmarme los nervios y alterarme el pulso a partes iguales—.

Escucha. En cuanto firme el papeleo del despido, que la de Recursos Humanos me ha dicho que estará listo y finiquitado en un par de días, le plantamos cara a Lucas las dos juntas.

Le hacemos creer con un poquito de arte que tiene alguna posibilidad conmigo, que me lo estoy pensando, le damos largas y así ganamos un tiempo de oro para pensar con la mente fría cómo neutralizarlo por lo legal sin que nos explote la bomba en la cara.

—Eso que propones es jugar con fuego y sumamente peligroso, Valeria —le advierto, aunque por dentro no puedo evitar admirar con locura su valentía temeraria.

—Ya lo sé —dice ella, y su sonrisa se vuelve aún más amplia, más gamberra, más imposible, de esas que consiguen que me vuelva a enamorar de ella hasta los huesos incluso cuando debería estar enfadada por su cabezonería—.

Pero lo bueno de la historia es que lo vamos a hacer juntas.

Además, no estamos solas en este paraíso; tenemos a las chicas de nuestra parte, y a Valentina. Ese no sabe dónde se ha metido.

La observo embelesada desde mi silla, con ese desparpajo que quita el sentido y tan condenadamente buena persona que a veces, de verdad, me cuesta horrores entender cómo ha terminado enamorándose de alguien tan seria, cuadriculada y con tantas mochilas y cargas a la espalda como yo.

El viento de la tarde le revuelve el pelo con gracia y, por un maravilloso instante de paz, todo el mundo desaparece.

Solo existimos nosotras dos, frente a frente, de cara al Mediterráneo.

—Valeria, escúchame... si algo de esta locura sale mal…

—Que no va a salir mal, mi alma, hazme caso —me interrumpe con una ternura infinita en la mirada, dándole un apretón final a mis dedos—. Confía en mí, Aitana. Déjate llevar de una puñetera vez.

Asiento lentamente con la cabeza, esbozando una sonrisa de alivio real.

Por primera vez en todo el día, desde aquella espantosa y sucia conversación en mi despacho, siento que los pulmones se me llenan de aire y que vuelvo a respirar con total normalidad.

La maravillosa mujer que tengo delante de mí me acaba de demostrar, una vez más y de la forma más generosa posible, que sería capaz de hacer cualquier locura por defender lo nuestro.

Incluso lanzarse al vacío sin paracaídas.

Y yo, tengo que estar firmemente a la altura de las circunstancias.

Que se prepare, que con nosotras no se juega.