¿Y a ti, qué más te da mi edad, jefa? (Paraíso Azul 1) CAPÍTULO 53 #2
88%

CAPÍTULO 53 #2

El silencio que se instala tras mis palabras es casi violento, de los que duelen en los oídos. Valeria parpadea varias veces seguidas, sacudiendo la cabeza como si su cerebro no terminara de traducir al castellano lo que le acabo de soltar.

—¿Qué has dicho? ¿Que ese malaje quiere qué?

—Lo que oyes. Me ha amenazado con ir con el cuento de nuestra relación a los directivos de la central de Madrid y armar un escándalo por favoritismo con el personal si tú no accedes a pasar un par de noches en su suite.

La mandíbula de Valeria se tensa de una forma impresionante, marcando el músculo. Sus ojos, siempre alegres, brillan ahora mismo con una furia contenida que da miedo de verdad.

—Ese hijo de la gran puta… —empieza a rugir, pero se detiene en seco y respira hondo por la nariz para no montar un escándalo en el chiringuito—. No puede estar hablando en serio, Aitana. Ese niñato se cree que la vida es un vídeo de TikTok donde todo el mundo pasa por el aro.

—Créeme, Valeria, por desgracia habla en serio. Está acostumbrado a que nadie le diga que no a sus caprichos.

—¿Y te ha plantado ese chantaje en tu propia cara? —Su voz se eleva un punto de más, preñada de una incredulidad tremenda.

—Sí. Con contarlo todo y hundir mi carrera si tú no pasas por el aro.

Ella se queda completamente callada, asimilando el golpe, pensando a mil por hora. Se muerde con saña el labio inferior, un gesto que conozco a la perfección y que delata que está intentando ordenar el caos de ideas que tiene en la cabeza. Yo la observo esperando su reacción con el alma en vilo.

—Valeria... mírame... no te estarás planteando ni por un solo segundo...

—empiezo a preguntar con un hilo de voz, pero nada más pronunciar las palabras me arrepiento de forma fulminante.

La herida del reproche aparece inmediatamente en sus ojos oscuros; no es una mirada profunda, pero sí real, dolida por mi desconfianza.

—Pero bueno, ¿tú de qué vas, Aitana? ¿Tú te crees que yo soy estúpida o qué te pasa a ti en la cabeza? —me responde con un deje de dolor y orgullo herido en la voz que me desarma.

—No, mi vida, claro que no creo eso. Lo siento.

—¿Entonces a qué santo me vienes con esa pregunta?

—Lo siento de verdad, de corazón —digo extendiendo mi mano sobre la mesa para buscar la suya con desesperación—. Es que... es que estoy muerta de miedo, Valeria. Es la primera vez en mi vida que siento que puedo perderlo todo por ser feliz con alguien.

Valeria suelta un hondo suspiro y, tras un segundo de duda donde me mira fijamente, entrelaza sus dedos con los míos con una fuerza arrolladora. Su tacto es cálido, familiar, confortante, y me transmite una paz inmensa en mitad de este puto caos.

—Claro que no me lo planteo, Aitana. Ni loca se me pasaría a mí por la cabeza. Que yo estoy enamorada de ti, mujer. ¿Es que no te enteras todavía?

Mi atribulado corazón se detiene por un instante completo en el pecho y el alivio me golpea con tanta fuerza por dentro que casi me da un mareo de los gordos.

—Lo sé, Valeria. Lo sé perfectamente.

—Pues si lo sabes, deja ya de hacerme preguntas absurdas, anda —añade esbozando una media sonrisa que le ilumina las facciones a pesar de la gravedad del asunto.

Pese a lo negro que veo el panorama del verano, no puedo evitar sonreír yo también al escucharla.

Es que la adoro con locura. Incluso en mitad de este desastre monumental, ella consigue que me sienta mejor, más fuerte, más viva y con ganas de luchar.

Pero entonces, la expresión de Valeria cambia y se queda pensativa.

Muy pensativa. Reconozco ese gesto al milímetro: es la misma cara de pilla que pone cuando una idea loca se le cruza por la mente, una idea de las suyas que suele ser audaz, temeraria y, la mayoría de las veces, sumamente peligrosa para mi salud mental.

—¿Se puede saber qué estás tramando? —pregunto con muchísima cautela, entornando los ojos.

—Que nos vamos a adelantar a ese mamarracho, Aitana —responde con una convicción que me deja de piedra.

—¿Cómo que adelantarnos? ¿De qué estás hablando?

Ella no se molesta en contestarme de inmediato. Saca con decisión su teléfono móvil del bolsillo del pantalón corto y marca un número interno del hotel a velocidad del rayo.

—Espera un momentito, no me hables ahora —me pide levantando una de sus manos para pedirme silencio.

Me quedo observándola fijamente, completamente confundida y con las pulsaciones a mil. Al otro lado de la línea responden al fin y ella, aclarándose la garganta, adopta de golpe un tono de lo más profesional que me deja muerta.

—Hola, buenas tardes, soy Valeria Ruiz, la responsable del departamento de relaciones públicas.

Mira, cariño, sé perfectamente que apenas quedan dos semanas escasas para el cierre de la temporada oficial del resort, pero es que me ha surgido un problema familiar de última hora de lo más urgente en Cádiz y necesito rescindir mi contrato de trabajo de forma inmediata hoy mismo...

—Mi estómago se encoge como una pasa al escucharla.

Siento un frío horrible. Ya sé perfectamente a quién demonios ha llamado con tanta soltura: al departamento de Recursos Humanos de la central—.

Sí, sí, por supuesto, yo lo entiendo perfectamente todo —continúa ella hablando con una calma pasmosa que me abruma—.

Las condiciones de la liquidación me parecen del todo correctas.

Muchas gracias por todo, guapa. Un beso.

Cuelga la llamada con un toque seco en la pantalla y me mira fijamente con una sonrisa decidida y triunfal en los labios. Yo la observo con la boca abierta de par en par, incapaz de articular palabra, estupefacta.

—¿Te... te acabas de despedir tú misma? —consigo preguntar al fin, incrédula, como si estuviera viviendo una pesadilla.

—Pues claro que sí. Blanco y en botella.

—¿¡Pero tú estás completamente loca de la cabeza, Valeria!?

—Probablemente un poquito de los nervios sí que estoy, no te digo yo que no —admite soltando una risa suave y de lo más fresca—. Pero te aseguro que es la mejor solución para quitarle la tontería a ese imbécil.

—Valeria, por favor, escúchame —insisto inclinándome hacia delante sobre la mesa, perdiendo los papeles—. ¡Que acabas de renunciar voluntariamente a tu puesto de trabajo!

Al escuchar mis gritos, varias personas que estaban sentadas en las mesas cercanas del chiringuito giran la cabeza hacia nosotras con curiosidad. Me importa un pimiento el protocolo ahora mismo. No me puedo creer la locura que acaba de cometer.

—Bueno, bueno, frena un poco que ha sido una baja temporal —matiza ella encogiéndose de hombros con una tranquilidad pasmosa—. El verano que viene puedo volver. Llevo dos años currando en esta cadena y en la empresa saben de sobra que soy muy buena en lo mío.

—Eso no mejora en absoluto nuestra situación —protesto de forma airada, aunque una parte de mi cerebro empieza a vislumbrar el jaque mate que acaba de hacer.