¿Y a ti, qué más te da mi edad, jefa? (Paraíso Azul 1) CAPÍTULO 53
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CAPÍTULO 53

AITANA

Los últimos días de agosto, están plagados de algo extraño y casi mágico.

Una especie de melancolía invisible que se instala en el aire, como si el propio verano mediterráneo se resistiera a marcharse del todo de nuestras vidas.

Después de semanas intensas de una actividad frenética en el hotel, con un desfile incesante de huéspedes que entran y salen sin descanso, niños que corren y parejas acarameladas que fotografían cada rincón instagrameable del resort, llega ese momento de la temporada en el que todo se ralentiza de golpe.

Todavía hay vida en las instalaciones, por supuesto, todavía se escuchan risas flotando entre las hojas de las palmeras, pero todo parece moverse a un ritmo más pausado, más suave.

Incluso el propio mar parece saber perfectamente que la temporada estival toca a su fin; sus olas de un azul turquesa rompen contra la arena de la playa con un ritmo mucho más cadencioso, casi resignado.

Camino por los senderos con las manos hundidas hasta el fondo en los bolsillos de mi pantalón de lino blanco, intentando por todos los medios aparentar una normalidad y una calma profesional que estoy a años luz de sentir en mi interior.

El sol de justicia de la tarde me calienta con fuerza la nuca, pero por dentro cargo con un peso de lo más helado que me atenaza las entrañas.

Mi mundo se ha puesto completamente patas arriba esta misma mañana tras el altercado en mi despacho y, cada vez que cometo el error de cerrar los ojos, vuelvo a ver de forma nítida la cara engreída, chula y mezquina de Lucas.

Escucho sus palabras asquerosas en mi cabeza, cargadas de esa amenaza velada de extorsión, y siento una mezcla de rabia volcánica subirme por la garganta junto con un miedo cerval que me atenaza el pecho.

Y no, no es miedo por mí sola ni por mi puesto de trabajo.

Es pánico absoluto por Valeria. Por nosotras.

Por esta relación tan bonita, tan intensa y tan dulce que hemos ido construyendo con el paso de las semanas.

Respiro hondo, intentando calmar el torbellino de pensamientos que me asaltan a cada paso.

Necesito encontrarla ahora mismo, antes de que mi cabeza siga tejiendo escenarios apocalípticos dignos de una película de sobremesa.

La busco con la mirada fija por los alrededores y, como es de esperar, la localizo de inmediato en la zona de la piscina.

Allí está ella, más bonita que un sol, sentada en el borde de una tumbona justo al lado del maldito chantajista de las redes.

Los dos parecen reírse de algo que él está mirando en su móvil.

Valeria gesticula con esa naturalidad tan suya, tan puramente andaluza y expresiva, moviendo las manos en el aire mientras se recoloca los tirantes de su biquini, y el tipejo la observa con una evidente fascinación masculina que me revuelve las tripas.

Durante una décima de segundo, una punzada sumamente desagradable y afilada me atraviesa el estómago de lado a lado.

No son celos posesivos exactamente, aunque no voy a ser hipócrita a estas alturas, quizás haya un fuerte matiz de eso en mi orgullo.

Es furia pura y dura. Sé perfectamente quién es ese hombre y sé con qué asquerosas intenciones la está rondando.

Él es el primero del dúo en advertir mi presencia junto a las hamacas.

Se quita las gafas de sol con una lentitud deliberada, chulesca, y me dedica una sonrisa de medio lado que me obliga a recordarme a mí misma tres veces mentalmente que agredir físicamente a un huésped está penalizado y muy mal visto en la industria hotelera internacional.

Valeria gira la cabeza al notar su gesto y, al verme allí plantada, su rostro se ilumina al instante con esa sonrisa gamberra y enorme que siempre, absolutamente siempre, consigue calmar mis demonios internos, aunque sea solo un poco.

—Valeria, por favor, necesito que hablemos un momento a solas en cuanto puedas —digo clavando mis ojos en los suyos, forzando un tono de voz que procuro mantener lo más tranquilo, profesional y controlado posible ante el enemigo.

Por dentro, sin embargo, os prometo que soy un auténtico nudo de nervios marineros.

Lucas nos observa a las dos con una curiosidad descarada, relamiéndose como si estuviera viendo un duelo de titanes en su pantalla.

—¿Pasa algo malo, Directora? ¿Interrumpo acaso algún asunto urgente? —pregunta con un tono de voz falsamente inocente que me resulta vomitivo.

—Sí —respondo de forma tajante, seca y sin dudarlo un solo segundo, clavándole una mirada que derretiría el iceberg del Titanic.

Él suelta una risa breve, engreída, pero yo no me muevo un milímetro ni le sigo el juego. Valeria, que me conoce mejor que nadie, se pone de pie de inmediato de la tumbona, sacudiéndose la arena de las piernas. Sabe perfectamente por mi lenguaje corporal que algo grave está ocurriendo.

—Ahora mismito vuelvo —le dice Valeria al tipo con una amabilidad de lo más forzada y un deje gaditano que a mí me suena a gloria.

—Aquí estaré esperándote, preciosa —le responde el cretino, y ese tono posesivo y baboso de su voz me da una patada directa en el estómago.

Me giro sobre mis talones y comienzo a caminar por el sendero sin esperar a ver su reacción.

Valeria me sigue los pasos en absoluto silencio, intuyendo la marejada.

Avanzamos deprisa por los caminitos del resort dejando atrás el bullicio de la piscina hasta llegar a La Ola.

A esta hora de la tarde el local está prácticamente vacío y en penumbra: solo se ven algunas mesas dispersas bajo los toldos de lona blanca que se mueven suavemente con la brisa marina, el rumor lejano de las olas rompiendo abajo y la suficiente intimidad que requiero para una conversación que promete ser de lo más complicada.

Nos sentamos en la mesa más apartada de todas, justo de cara a la inmensidad del mar.

Valeria se sienta frente a mí y me clava esos ojos suyos tan expresivos. Su expresión risueña ha cambiado en tres segundos; ya no queda ni el menor rastro de la sonrisa andaluza de antes. Ahora parece verdaderamente preocupada, con el ceño ligeramente fruncido y morderse el labio.

—Aitana, me estás asustando con esa cara... ¿Qué ha pasado? —pregunta con una suavidad extrema, inclinándose hacia delante sobre la mesa y buscando mi mirada.

No tengo fuerzas ni ganas de dar rodeos. Estoy agotada.

—Esta mañana, poco después de que tú empezaras el turno, ese tipejo vino a verme a mi despacho.

Ella frunce más el ceño, extrañada.

—¿Quién? ¿Lucas?

—El influencer , sí.

Se hace un breve y espeso silencio en la mesa. Valeria se recoloca en la silla, tensa como una cuerda de guitarra.

—¿Y para qué coño quería verte a ti ese mamarracho? Si tiene alguna queja, que se vaya a llorar a otra parte.

Miro fijamente hacia el horizonte, donde el sol de la tarde arranca destellos dorados y cegadores del agua. Os prometo que me resulta muchísimo más fácil soltar la bomba de esta manera, mirando al mar, sin tener que enfrentar sus ojos limpios directamente y ver cómo se rompen.

—Al parecer, Valeria... la otra noche nos siguió a escondidas hasta mi apartamento privado.

Veo de reojo cómo todo su cuerpo se tensa de golpe, como si acabara de recibir un puñetazo físico en mitad de mi pecho.

—¿¡¡Cómo!!? ¿¡Que hizo qué!? —exclama con el acento de Cádiz saliéndosele por los poros de la indignación.

—Y nos estuvo escuchando —añado en un susurro bajo, sintiendo una vergüenza tremenda al verbalizarlo—. Al parecer, su terraza y la mía… conectan.

—No me jodas, Aitana… —susurra ella negando con la cabeza repetidamente, con los ojos como platos—. No puede ser verdad. Eso es mentira, no me lo creo.

Su incredulidad es tan absoluta, tan pura, que por un instante yo misma desearía volver a sentirla. Suena todo tan sumamente absurdo, tan rastrero, tan surrealista y profundamente asqueroso...

—He revisado personalmente las grabaciones de las cámaras de seguridad antes de venir a buscarte —le explico con la voz aún más baja, casi inaudible—.

Y no nos escuchó desde su terraza, sino que nos persiguió hasta quedarse en el pasillo al otro lado de la puerta, escuchando absolutamente todo lo que hacíamos y decíamos dentro.

Valeria se queda completamente de piedra, inmóvil en la silla de mimbre. El color moreno y saludable abandona sus mejillas poco a poco, dejándola pálida.

—Virgen de la Palma... —murmura entre dientes. Se pasa ambas manos por la cara con desesperación, horrorizada e indignada a partes iguales—. ¿Se quedó allí el muy guarro? ¡Qué asco de tío, por favor! ¿Pero qué clase de sinvergüenza hace eso?

Asiento con la cabeza, con un nudo en la garganta.

Durante unos segundos larguísimos, ninguna de las dos articula palabra alguna.

El silencio es denso. Solo se escucha el suave romper de las olas contra las rocas del chiringuito y el graznido lejano de alguna gaviota despistada.

Valeria clava la mirada en el horizonte, procesando la información a velocidad de crucero en su cabeza.

Luego, se vuelve hacia mí con una chispa peligrosa en los ojos.

—A ver, Aitana. ¿Qué es lo que quiere exactamente ese desalmado para no abrir la boca? —pregunta al fin, y en su tono detecto una mezcla de temor lógico y una determinación de lo más firme.

Ahí está la pregunta del millón. La pregunta clave que llevo masticando sola durante horas, intentando apartarla de mi mente sin éxito.

—Quiere acostarse contigo, Valeria —respondo a bocajarro, sin paños calientes ni eufemismos profesionales.

No puedo suavizar algo tan sucio—. Te lo digo así de claro.

Te ha convertido en una especie de trofeo de caza o premio de consolación del verano y pretende cobrárselo a toda costa jugando con nosotras.