¿Y a ti, qué más te da mi edad, jefa? (Paraíso Azul 1) CAPÍTULO 52 #3
86%

CAPÍTULO 52 #3

—Solo era una propuesta... una conversación —insiste batiéndose en retirada, levantándose por fin del asiento a toda prisa—. No pretendía ofenderte. Entiendo perfectamente que te sientas amenazada por mi influencia, pero…

No llega a terminar la puñetera frase. Porque yo ya he rodeado el escritorio. Lo sujeto del brazo con una fuerza descomunal, muchísimo mayor de la que yo misma esperaba encontrar en mis propios músculos, y le meto un tirón hacia la salida que casi lo desmonta.

—¡Pero qué demonios estás haciendo, loca! ¡Suéltame ahora mismo! —protesta a grito pelado, intentando zafarse de mi agarre de acero sin el menor éxito.

—Sacarte a patadas de mi despacho y de mi vista antes de que cometa una locura de la que no me arrepienta —le rujo de cerca, arrastrándolo sin miramientos hacia la puerta de salida.

—¡Que me sueltes, coño, que te voy a hundir el hotel! —forcejea el niñato.

—Con muchísimo gusto y con el servicio de cortesía incluido —le espeto con una rabia ciega.

Lo arrastro literalmente los últimos metros mientras él no para de quejarse, patalear y forcejear como un crío malcriado.

Abro la puerta del despacho de golpe, de un solo tirón, y entonces ocurre lo peor que podría pasar.

El pasillo está completamente lleno de gente.

Hay empleados y personal administrativo.

Absolutamente todo el mundo se queda petrificado, observando la dantesca escena en directo y en primera línea.

Lucas aprovecha el impacto del público para dar un tirón violento y consigue finalmente liberarse de mi mano de hierro.

Retrocede dos pasos por el corredor, se recoloca con gestos nerviosos la camisa y me dedica una mirada cargada de una furia pura, humillada y sedienta de venganza delante de los testigos.

—Esto te va a costar muy caro. Va a traerte problemas muy serios, te vas a enterar de quién soy yo —escupe a grito pelado, alzando la voz con total intención para que hasta la última persona que trabaja en el resort se entere del escándalo.

Mi pecho sube y baja a una velocidad de vértigo, buscando aire con desesperación. La rabia sigue ardiendo dentro de mis venas como un incendio forestal que no logro sofocar con ninguna respiración de yoga de las que enseña Marta en sus talleres de yoga.

—Lárgate de aquí ahora mismo antes de que llame al personal de seguridad —le digo con una voz baja, rota por el esfuerzo, pero con una firmeza que corta el aire.

—¡No tienes ni la más remota idea de con quién estás hablando, pedazo de imbécil! —me grita fuera de sí, buscando la aprobación del público del pasillo—. ¡Soy un invitado de honor de esta cadena! ¡Esto no se va a quedar así, te vas a ir a la puta calle!

—Alguien en este mundo tenía que enseñarte de una vez por todas que la educación básica pasa por no tratar a las mujeres como si fuesen un maldito trofeo de caza o una mercancía de cambio, desgraciado —le respondo sin apartar mis ojos de los suyos ni un solo segundo, sosteniendo el tipo frente a la multitud que nos rodea.

El silencio que se instala en el pasillo de la oficina se vuelve absoluto, denso, casi doloroso. Nadie se atreve a mover un solo dedo. Nadie de los presentes se atreve a respirar. Nadie pestañea, temiendo perderse el desenlace del choque de trenes.

Finalmente, Lucas esboza una última sonrisa de medio lado. Pero os aseguro que ya no tiene nada que ver con la sonrisa arrogante y engreída de antes. Ahora es algo muchísimo peor, más oscuro y más sutil. Una mueca fría, calculadora y puramente vengativa de las que dan miedo de verdad.

—Nos veremos muy pronto las caras, Aitana. Disfruta de lo que te queda de cargo —me amenaza con voz sibilina antes de dar media vuelta definitiva y marcharse a zancadas hacia el ascensor. Dejando tras de sí un rastro espeso de tensión que se puede masticar en el ambiente del pasillo.

Yo permanezco completamente inmóvil en mitad del corredor, con la respiración entrecortada y observando fijamente el hueco por donde acaba de desaparecer el tipo.

Poco a poco, a medida que la adrenalina empieza a bajar y el frío de la realidad vuelve a mi cabeza, empiezo a comprender la magnitud exacta de la estupidez que acabo de cometer.

He perdido los papeles delante de mis propios subordinados y de varios clientes.

He agredido físicamente y expulsado a empujones a un invitado de honor.

Uno de los perfiles digitales más influyentes e importantes que ha pisado el resort este verano.

El pensamiento me golpea con la fuerza destructiva de un puñetazo directo en la boca del estómago, dejándome casi sin aire.

Porque si ese hombre decide hablar con los directivos de Madrid, si decide ejecutar su venganza, si decide utilizar sus redes para hacernos daño a Valeria y a mí…

os aseguro que no seré la única en esta historia que pague el altísimo precio del escándalo.

Las consecuencias colaterales pueden ser devastadoras para nuestras vidas.

Para mi puesto de Directora. Para mi impecable carrera de años.

Y lo que es muchísimo peor… para el futuro de Valeria.