¿Y a ti, qué más te da mi edad, jefa? (Paraíso Azul 1) CAPÍTULO 52 #2
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CAPÍTULO 52 #2

—Sigo sin entender a qué te refieres con esas insinuaciones, y te recuerdo que estás en un despacho oficial —respondo con una voz que es puro hielo picado, aunque por dentro la sangre me esté hirviendo como un volcán en erupción.

—Vamos a dejarnos de discursos, Aitana —dice por primera vez utilizando mi nombre de pila con una familiaridad que me resulta asquerosa, excesivamente cercana y de lo más impertinente—.

No soy ningún idiota. Os vi perfectamente llegar al resort.

Y también escuché algunas cosas de lo más interesantes.

Casualmente mi suite está justo debajo de apartamento, mi terraza y la tuya están a metro y medio de distancia...

Y esa noche no estabais precisamente redactando informes de calidad ni hablando del clima mediterráneo, ¿verdad?

Esos gemidos se escuchaban perfectamente.

La sangre abandona mi rostro durante un segundo completo. Solo un segundo de shock absoluto, pero el muy desgraciado lo detecta al vuelo porque su sonrisa de hiena se ensancha, como el cazador que acaba de confirmar una sospecha delictiva mediante una trampa rastrera.

Y entonces, en ese preciso e infame instante, lo comprendo.

La conversación casual sobre las instalaciones, la visita inesperada a mi despacho, la actitud chulesca y arrogante desde que cruzó el umbral.

Este desalmado no ha venido a hablar de las maravillas de Paraíso Azul.

Ha venido a jugar sucio. Ha venido a hablar de Valeria, de mí, de nuestra intimidad y de lo que hacemos en nuestra vida privada.

—Ten muchísimo cuidado con lo que sale de tu boca —le advierto, inclinándome yo también hacia delante. Mi voz sale mucho más fría, más dura, más cortante y más peligrosa de lo que jamás la he escuchado en toda mi trayectoria profesional.

Él, lejos de amedrentarse, parece divertirse de lo lindo con mi reacción defensiva. Se repanchinga en el sillón con total chulería.

—Yo pensaba, por lo que Héctor me comentó hace ya un tiempo, que tenías prohibido acostarte con tus empleadas y que eso era un error grave cara a la reputación de la cadena.

El despacho entero se queda en un silencio tan denso que casi se podría cortar con un abre cartas.

Mi corazón golpea con una fuerza brutal contra mis costillas, como un caballo desbocado.

Una vez. Dos. Tres. Pero mi expresión facial no cambia ni un ápice.

Años de disciplina, protocolo e inteligencia emocional sirven para algo en los momentos críticos de la vida.

—Eso que estás soltando con tanta alegría es una acusación difamatoria bastante seria —digo con una voz controlada, modulada y sin que me tiemble una sola cuerda vocal.

—No es una acusación, Directora, es una realidad —responde encogiéndose de hombros con una desfachatez insufrible.

—Es una invasión flagrante, ilegal y asquerosa de mi estricta vida privada.

—¿Privada? ¿En un resort lleno de cámaras y personal?

—Se ríe con ganas, soltando una carcajada falsa y sacudiendo la cabeza de forma sumamente teatral—.

Qué mala reputación te estás ganando como ejecutiva, Aitana.

Y eso que en las oficinas de Madrid me habían asegurado por activa y por pasiva que eras la mejor en tu puesto.

La directora impecable, la profesional intachable, la mujer de hielo que nunca comete un desliz...

Lo observo fijamente en absoluto silencio, analizando la situación con la mente fría de una estratega.

Ya no me interesa lo más mínimo mantener la cortesía con este personaje.

Ahora mismo solo intento calibrar con precisión cuánto sabe realmente de nosotras, qué pruebas cree tener y qué pretende conseguir exactamente con esta extorsión.

Porque las personas de su calaña nunca hacen nada gratis ni se mueven por amor al arte. Jamás.

Así que decido saltarme los preámbulos y voy directa al epicentro del problema.

—¿Qué es lo que quieres exactamente para cerrar la boca? —pregunto sin rodeos, yendo a la yugular.

Su sonrisa de suficiencia desaparece apenas una décima de segundo. No esperaba que fuera tan directa ni que tuviera el valor de plantarle cara de esa forma tan cortante.

—¿Yo? —finge sorpresa abriendo mucho los ojos, intentando recuperar el guion de la escena.

—Sí. Tú. Déjate de teatrillos y habla claro.

—Bueno, nada del otro mundo, en realidad… —empieza a balbucear, pero lo interrumpo con una palmada seca sobre la mesa.

—Todo el mundo quiere algo a cambio de su silencio. Dime cuál es tu precio y acabemos con esta farsa de una vez por todas.

Él vuelve a cruzar las piernas, intentando recuperar la compostura cómoda y relajada del principio, como si estuviera convencido de tener la sartén por el mango y el control absoluto de mi carrera en sus manos.

—En ese caso, quiero pasármelo igual de bien con esa andaluza de lo que te lo has pasado tú.

Ya sabes a lo que me refiero… una noche de sexo en mi suite, tal vez dos para saborearla bien.

Nada serio, soy un hombre de mundo. Soy un tipo generoso, Aitana; podría incluso olvidarme de todo lo que vi y escuché anoche si ella acepta mi propuesta de forma voluntaria.

Al fin y al cabo, todo queda entre amigos, ¿no te parece?

El mundo entero desaparece de mi radar durante un segundo completo.

Dejo de escuchar el zumbido constante del aire acondicionado del despacho, dejan de llegarme las voces lejanas del personal en el pasillo y el rumor constante de las risas de los huéspedes desde la piscina.

Solo resuena en mi cabeza esa frase infame y toda la rabia acumulada que provoca dentro de mi ser.

Es una furia pura, violenta, volcánica, abrumadora y destructiva.

Porque ese miserable está hablando de Valeria como si fuese una conquista de catálogo.

Como si fuese un premio. Como si fuese un objeto de cambio que cree poder conseguir de forma gratuita simplemente porque está malacostumbrado a que nadie en su miserable vida se atreva a darle un «no» por respuesta.

Pues bien, niñato. Hoy se te ha acabado el crédito en este establecimiento. Conmigo has pinchado en hueso.

Me pongo en pie con una rapidez tan fulminante y violenta que mi sillón sale despedido hacia atrás, golpeando con fuerza contra la pared de madera con un estruendo seco y rotundo.

Él parpadea un par de veces seguido, completamente sorprendido y asustado por primera vez desde que cruzó la puerta de mi despacho.

—Aitana… oye, frena un poco... —alcanza a balbucear, encogiéndose ligeramente en el asiento.

—Levántate ahora mismo —ordeno con una voz que destila un peligro de muerte inminente.

—Creo que estás exagerando las cosas. Solo era una conversación informal entre dos adultos que saben cómo funciona el negocio, no hay por qué ponerse así...

—Que te levantes. Ahora mismo. No te lo voy a repetir una tercera vez.

Mi voz ya no suena fría ni profesional. Suena a sentencia firme, a furia desatada, y el tipo lo percibe en sus propias carnes porque deja de sonreír al instante y se le muda el color de la cara, volviéndose pálido como el papel.