¿Y a ti, qué más te da mi edad, jefa? (Paraíso Azul 1) CAPÍTULO 52
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CAPÍTULO 52

AITANA

Hay pocas cosas en este mundo capaces de alterarme una mañana de agosto que, para variar, ha empezado de una forma razonablemente idílica y productiva.

Una videollamada sorpresa de la central de Madrid sin previo aviso.

Una avería masiva en el sistema de climatización de las suites.

Un amago de incendio por grasa en las cocinas de Sofía.

O, peor aún y con diferencia, un mensaje de texto de Valentina.

Miro la pantalla táctil de mi móvil por tercera vez consecutiva, como si por arte de magia las palabras de WhatsApp pudieran cambiar de significado en los últimos cinco segundos.

Valentina : Lucía está en Benidorm. La he visto en el hall del resort. He quedado con ella para comer. No pongas esa cara de vinagre. Ya sé perfectamente la expresión que estás poniendo ahora mismo desde tu despacho.

Resoplo con una fuerza tremenda, dejando caer el teléfono sobre el escritorio, porque efectivamente sabe al milímetro cuál es mi gesto en este preciso instante.

Llevo más de media vida conociendo a Valentina, compartiendo confidencias y batallas profesionales, y ella lleva exactamente los mismos años divirtiéndose a mi costa, pinchándome el orgullo con esa mezcla de cariño y malicia que solo las amigas de toda la vida se permiten el lujo de desplegar sin terminar en los tribunales.

Pero vamos a ver... ¿Lucía aquí? ¿En mi resort?

Solo escuchar o leer su nombre hace que se me revuelva el estómago de una forma espantosa.

Nunca nos hemos llevado bien, las cosas como son, y la verdad más absoluta es que no la trago.

Es algo superior a mis fuerzas. Todavía recuerdo a la perfección los años en los que mi exnovia y ella eran uña y carne, uña y mugre diría yo, defendiéndose mutuamente las espaldas y formando un frente unido de lo más insoportable que a mí siempre me dejaba en un perpetuo fuera de juego emocional.

Los problemas de competitividad con ella vienen de muy lejos y, a mis cuarenta y dos años, no tengo la más mínima intención de fingir una cordialidad hipócrita que no siento en absoluto.

El hotel ya es un auténtico hervidero de tensiones y cotilleos con la llegada de Lucas; lo último que me faltaba para rematar el cuadro era cruzármela por los pasillos o aguantar su presencia altiva merodeando por mis dominios.

Estoy precisamente tecleando una respuesta de lo más tajante para Valentina cuando llaman a la puerta de mi despacho con dos golpes secos, autoritarios y de lo más impertinentes.

—Adelante —digo en voz alta sin levantar la vista de la pantalla todavía, dándole a las teclas con una rapidez que denota mi evidente mal humor.

Un error por mi parte porque cuando por fin alzo la mirada dispuesta a despachar a quien sea, me encuentro de bruces con él.

El influencer de las narices. El niño mimado de las redes sociales al que la central nos ha encasquetado esta semana para hacer promoción visual del complejo.

Lucas está apoyado con una despreocupación que roza la mala educación en el marco de la puerta, con sus millones de seguidores digitales a la espalda y una actitud de creerse el dueño y señor del cortijo.

Sonriendo. Y os aseguro que no es una sonrisa amable, de esas de cortesía que relajan el ambiente laboral.

No, qué va. Es la clase de sonrisa cínica y sutil que anuncia problemas gordos, con ese brillo calculador y un punto mezquino en los ojos que he aprendido a reconocer al vuelo tras años dirigiendo hoteles como este.

Mi estómago se tensa de forma instintiva en el acto. Algo me dice que esta visita sorpresa no tiene absolutamente nada que ver con una queja sobre el servicio de habitaciones.

—¿Se puede pasa? —pregunta con una voz falsamente melodiosa, aunque para cuando termina de formular la frase ya ha dado dos pasos descarados dentro de mi despacho.

—Ya lo has hecho, de modo que toma asiento —respondo con una sequedad que tiraría de espaldas al mismísimo rey, dejando el móvil boca abajo sobre la mesa con un golpe seco.

Su sonrisa se amplía aún más, denotando una satisfacción que me enciende las alarmas.

Bloqueo el teléfono, me coloco bien la solapa de mi chaqueta y adopto mi expresión profesional más letal: esa que he perfeccionado para lidiar con clientes insoportables, accionistas tacaños y famosos caprichosos. Fría, educada, corporativa e inexpugnable.

—¿Qué puedo hacer por ti?

—Oh, nada imposible, Aitana. Solo quería charlar un poco contigo de tú a tú —dice el niñato, acomodándose en el asiento con una confianza excesiva y bastante molesta.

Cruza una pierna sobre la otra, dejando ver unos pantalones cortos de lino y una camisa hawaiana que cuesta un sueldo, y empieza a observar el despacho con una curiosidad de lo más impertinente, como si estuviera evaluando el precio de los muebles.

—Bonito sitio tienes aquí montado —comenta finalmente, paseando la mirada descarada por las estanterías de madera noble y los enormes ventanales que dan al azul del mar.

—Gracias. Por fin, después de semanas compartiendo despacho, tengo el mío propio —respondo con una brevedad cortante, manteniéndome rígida en mi sillón.

—Aunque me da la sensación de que pasas aquí dentro metida muchísimo más tiempo del que te gustaría, la verdad.

—Eso suele ocurrir cuando diriges un resort con más de trescientos empleados a tu cargo. El trabajo de dirección no entiende de horarios ni de vacaciones, te lo aseguro.

Asiento brevemente con la cabeza, fijando mis ojos en los suyos, esperando pacientemente a que vaya al grano de una dichosa vez.

—¿Qué tal está siendo tu estancia en el complejo? —pregunto, forzando el tono cortés.

Su expresión se ilumina de inmediato, adoptando esa pose de vídeo promocional que tanto rédito le da en las pantallas.

—Increíble, de verdad, no tengo ninguna queja.

Las instalaciones son una auténtica locura.

Ese spa nuevo de tratamientos es una auténtica maravilla para los sentidos; ya me he hecho dos masajes exóticos esta semana y he quedado como nuevo.

El personal es excelente, siempre atento al más mínimo detalle.

Y la comida del restaurante… fantástica.

Esa Chef que tenéis, Sofía, se ha superado mis expectativas. Un diez.

—Me alegra enormemente oír eso. Se lo transmitiré personalmente al equipo de cocina y a los jefes de departamento; les encantará saber que su esfuerzo diario tiene sus frutos —respondo manteniendo el tipo.

Durante unos minutos, la conversación se llena de comentarios banales sobre el resort, el nivel de los servicios, la experiencia de los huéspedes de clase alta y el impacto digital de sus publicaciones.

Todo correcto. Todo escrupulosamente profesional.

Todo normal. Hablo de las próximas actividades programadas, de las mejoras de domótica en las suites y de la nueva carta de vinos con denominación de origen.

Él asiente con la cabeza, sonríe con suficiencia y hace alguna que otra broma ligera de las suyas.

Hasta que, de golpe, el ambiente se congela y deja de ser una charla de cortesía.

Noto un cambio drástico en su postura corporal.

Se inclina un poco hacia delante sobre el borde de mi escritorio, apoyando los antebrazos con un descaro que me hace saltar las alarmas.

Su sonrisa se vuelve más lenta, más calculada, más desagradable.

La mirada se le estrecha con una malicia que me pone los pelos de punta.

—Por cierto, Aitana… —suelta de repente, ensanchando los labios como quien no quiere la cosa.

Mi espalda se vuelve una barra de acero de inmediato. Noto cómo la adrenalina empieza a bombear.

—¿Sí? Dime.

—Bonita fiesta la de la cala privada del otro día por la noche. Muy íntima, muy bien organizada y muy... discreta.

No. No puede ser. Siento un golpe helado en mitad de mi pecho . ¿Cómo narices sabe este tipo lo de la fiesta sorpresa de mi cumpleaños? ¿Acaso nos estuvo espiando en mitad de la noche? ¿Nos siguió a Valeria y a mí?

—No sé exactamente de qué fiesta me estás hablando —contesto sin pestañear, manteniendo mi rostro completamente inalterable, impasible, sin dejar que note ni un milímetro de debilidad o sorpresa por mis palabras.

—Oh, vamos, fue una celebración muy íntima —repite él, saboreando la palabra con una ironía asquerosa que me revuelve las tripas—. Parecíais estar sumamente unidas Valeria y tú. Pero que muy muy unidas, Directora.

—Valeria es una de las responsables de este resort y somos compañeras de trabajo —respondo con una calma glacial, aunque siento perfectamente cómo todo mi sistema de defensa interno empieza a activarse a mil revoluciones por minuto.

Esa alarma roja silenciosa que aparece cuando una conversación está a punto de desviarse por un barranco de lo más peligroso y rastrero.

—Claro, claro... Compañeras de trabajo, por supuesto —dice el imbécil, y la forma tan sutil en que pronuncia las palabras, alargándolas con retintín y una risita de superioridad, me dan unas ganas físicas inmensas de levantarme y despeñarlo por el ventanal directo al mar.

—¿Existe algún problema con el personal o con las actividades del resort que deba conocer esta dirección? —pregunto yendo directa al grano, sosteniéndole la mirada fija, sin desviar los ojos ni un solo milímetro.

—Ninguno, desde luego —miente con un descaro que clama al cielo.

Lo sé yo perfectamente, él sabe de sobra que lo sé, y aun así el muy sinvergüenza continúa adelante con su discurso de chantajista—.

Solo me llamó poderosamente la atención la extrema confianza que existía entre vosotras cuando llegasteis al resort.

Esa forma tan poco profesional de miraros, de tocaros...

Mis dedos se entrelazan sobre el escritorio con tanta fuerza que los nudillos se me vuelven completamente blancos.